Henry James: Una vida en 100 imágenes (II)

La novela es el más completo y elástico de los cuadros. Se extiende hasta cualquier extremo, abarca absolutamente todo. Lo único que necesita es un asunto y un pintor. Y en cuanto al asunto, ella tiene a su disposición la conciencia humana completa. Y si nos empujan un paso más atrás y nos preguntan por qué tiene que ser necesaria la representación cuando el objeto representado es más accesible, la respuesta parece ser que el hombre combina su eterno deseo de más experiencia con una destreza infinita para conseguir dicha experiencia con el mínimo gasto posible.

Henry James con Julia y Adrian Stephen, madre y hermano de Virginia Woolf. Talland House, 1894

 

Henry James con Julia y Adrian Stephen. Talland House, 1894

 

Alice James, enferma crónica (e imaginaria), postrada en la cama desde su juventud. En compañía de su íntima amiga Katherine Peabody Loring, y al cuidado de su hermano Henry James, permaneció durante los últimos años de su vida en Londres. Murió el 6 de marzo de 1892.

 

Henry James en Dunwich, Suffolk. Fotografía de 1897.

 

Constance Fenimore Woolson. Se cree que su amistad con Henry James pudo haber derivado en una relación sentimental, que finalmente nunca existió. Se suicidó el 24 de enero de 1894 en Venecia.

 

La señorita Woolson era una amiga mía tan valiosa y cercana y lo había sido por tantos años que siento una intensa proximidad de participación en cada circunstancia de su trágico fin y en cada detalle de la secuela. Pero es esta proximidad de emoción que ha hecho imposible para mí -desde ayer- la inmediata y horrorizada prisa para enfrentar personalmente estas cosas.

 

Henry James, delante del Palazzo Borghese. Roma, 1899

 

Lamb House, en Rye, Sussex, residencia de Henry James desde 1894. Fotografía desde la calle, con la Habitación del Jardín a la izquierda.

 

Henry James con Cora, esposa de Stephen Crane. Fotografía tomada en Brede Rectory, cerca de Rye

 

Henry James en su estudio. Fotografía de 1899

 

Retrato al óleo de Henry James, por Ellen Emmet Rand. 1900

Vivir en el mundo de la creación; entrar en él y quedarse; frecuentarlo, habitarlo; pensar intensa, fecundamente; dar vida a intuiciones y combinaciones mediante una atención reflexiva, profunda y sostenida: no hay ninguna otra cosa que cuente. Y yo la descuido mucho, demasiado: por indolencia, por vaguedad, por distracción, y por un extraño miedo nervioso a soltarme. Si venzo este nerviosismo, el mundo es mí­o.

Henry James. Fotografía de 1900.

 

Henry James junto a su hermano William. Fotografía de septiembre de 1900.

 

 

Henry James con su bicicleta. Antes de su traslado a su residencia en Rye, tomó clases para aprender a conducirla

 

Carta manuscrita de Henry James a sir Hugh Bell, escrita el 4 de enero de 1895 desde su residencia en De Vere Gardens

 

Henry James junto a su hermano mayor William. Fotografía de 1901.

 

..como si en los dieciséis meses en los que su experiencia del mundo precedí­a a la mía me hubiese tomado tal ventaja que yo jamás, en lo que duró nuestra infancia y juventud, logré ponerme a su altura o adelantarlo. Siempre estaba a la vuelta de la esquina, fuera de mi vista, volviendo a hacer acto de presencia solamente en sus horas de esparcimiento. Nunca estuvimos en la misma aula, en el mismo juego, ni siquiera llevando el mismo paso o en la misma fase a la vez; quiero decir que cuando nuestras fases vení­an a coincidir, aquello duraba apenas un instante: él ya había salido apenas yo habí­a acabado de entrar. No puedo pretender ahora establecer qué ventaja habí­a llegado realmente a alcanzar en un momento dado; lo que veo es que yo, por mi parte, me mantení­a permanentemente, dolorosamente detrás, y que esta relación, tanto entre nuestros campos de interés como entre nosotros mismos, parecía cosa normal y preestablecida.

 

Henry James junto a su hermano mayor William. Fotografía de 1901.

 

Henry James en el jardín de Lamb House. Fotografía de William Vander Weyde. 1904

 

Burgess Noakes, mayordomo de Henry James desde finales de la década de los 90. Entró a su servicio con 14 años y permaneció junto a él hasta su muerte.

 

Henry James. Fotografía tomada para su inclusión en el frontispicio de la Edición de Nueva York.

 

Henry James. Fotografía de Alice Boughton, 1905

 

Henry James. Fotografía de Alice Boughton, 1905

Todo mi ser clama por algo a lo que pueda llamar mío, y cuando miro alrededor el esplendor de tanta gentecita «literata», mis cofrades (M. Crawford, P. Bourget, la señora Ward, Hodgson Burnett, W. D. Howells, etcétera) siento que aún puedo impresionar al mundo, a los cincuenta y seis, con mi larga labor y mi genio, como inconsciente, presuntuoso e injustificado al establecerme (para una producción pacífica más asegurada) en un pobre refugio pequeño de 10.000 dólares, una vez para siempre y por todo el tiempo. Entonces sí siento la amargura de la humillación, el hierro entra en mi alma y (me sonrojo de confesarlo) ¡lloro! ¡Pero basta, basta, basta!

Fotografía de Henry James, por Katherine McClellan. Northampton, 1905

 

Fotografía de Henry James, por Katherine McClellan. Northampton, 1905

 

Fotografía de Henry James, por Katherine McClellan. Northampton, 1905

 

Henry James junto a Mary Augusta Arnold, Mrs. Humphry Ward

 

 

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Acerca de José Luis Alvarado

José Luis Alvarado
Dijo el sabio griego que nada es comunicable por el arte de la escritura; tras apurar la copa de seca cicuta, su discípulo dilecto lo traicionó y acaso lo perfeccionó transmitiendo por escrito sus irónicos conocimientos. Como antes hiciera Montaigne, pienso que la obra de un autor se prolonga y modifica cada vez que se escribe sobre ella. La memoria, que fue oral y minoritaria, ahora se multiplica con cada palabra que integra y justifica el continuo universo, también llamado la Red.

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