Hombres de 40. Eduardo Galán

portada de hombres de 40

Hombres de 40 es una comedia bastante adecuada para los tiempos actuales, pues trata sobre la crisis o, mejor dicho, sobre las crisis, porque de forma implícita y explícita son varias clases de crisis las que se tratan en esta obra de teatro, que actualmente se está representando en el Teatro Marquina de Madrid, con un estupendo reparto compuesto por Roberto Álvarez, Diana Lázaro, Santiago Nogués y Francesc Galcerán.

El mismo título de la obra ya nos facilita una pista bastante fiable sobre la primera de estas crisis: me refiero, como no, a la famosa crisis de los 40, algo que se suele asociarse predominantemente al género masculino. No en vano, tres de los cuatro personajes que intervienen en esta obra de teatro son hombres, a cuál más neurótico:

El primero de ellos es Carlos, un arquitecto que a raíz de la crisis económica se encuentra en horas bajas, sin empleo y, por consiguiente, con evidentes apuros económicos, casado con una mujer a la que casi no ve (debido a que trabaja como piloto en una compañía aérea) y con tres hijos a los que adora. Pese a su aparente aspereza, pronto descubriremos que esconde a una persona afectuosa y sensible.

El segundo personaje masculino es Santi, hermano de Carlos, un sacerdote que se plantea, en plena crisis de fe, colgar los hábitos y reorientar su vida, aunque no sepa bien hacia dónde debe fijar el rumbo. Personaje un tanto hipocondriaco, mantendrá a lo largo de la obra una relación de amor y odio con su hermano Carlos y es sin duda el que proporciona mayores dosis de comicidad a lo largo de toda la función.

Por último está Javier, un empresario teatral casado con Eva. Se trata de un sujeto materialista y egocéntrico, incapaz de mostrar empatía por nadie que no sea él mismo, un personaje antipático cuya vanidad lo vuelve un ser insensible.

Los tres personajes anteriores giran en torno a Eva, el único papel femenino que, sin embargo, actúa como catalizador de todos los demás, además de ser posiblemente el personaje más sensato de esta obra. Eva representa el idealismo que, sin duda, les parecerá trasnochado al resto de los protagonistas, pero el rol que encarna la convierte, al mismo tiempo, en la única persona que mantiene los pies sobre el suelo y que aporta un brote de esperanza para superar los diferentes aprietos que acucian a los demás personajes.

El conflicto de esta obra surge a raíz de un gimnasio en decadencia cuyos antiguos dueños, los padres de Eva y Carlos, han muerto. Lo que en otro tiempo había sido un local al que iban a entrenar algunos boxeadores, se ha convertido en un lugar poco rentable, sin apenas clientela, por lo que Carlos, cuyas necesidades financieras son acuciantes, quiere convencer a Eva de la venta del inmueble, pues han recibido una suculenta oferta monetaria, difícil de rechazar. Para convencer a Eva, Carlos cuenta con la connivencia de su hermano Santi, un sacerdote hipocondriaco, y también con el apoyo de Javier, el marido de Eva que necesita el dinero de la venta para financiar su próxima obra teatral. Cuando Carlos acude a encontrarse con Eva y ésta rechaza la oferta, se produce una inevitable colisión, en la que el cuadrilátero que forma parte de la escenografía se nos mostrará continuadamente como una alegoría de la lucha y la rivalidad existente, no ya sólo entre los dos sexos, sino entre dos formas de pensar y de afrontar la vida radicalmente opuestas.

El gimnasio y más concretamente ese ring de boxeo, se convierten en un símbolo sentimental de unos ideales, de una forma de vida completamente alejada del materialismo puro y duro, separada de ese espíritu egoísta que ha sido y es una de las causas de la actual crisis financiera.

Hombres de 40 no es una comedia hilarante que nos haga reír a carcajadas, y de hecho, alterna momentos divertidos con otros más reflexivos, o incluso dramáticos, pero hace algo mucho mejor que provocarnos una explosión de risa: nos despierta una sonrisa con la que salimos satisfechos y reconfortados de la función y, sobre todo, nos contagia de su optimismo, lo cual no es poco. Su mayor virtud consiste precisamente en eso: que se trata de una obra de teatro positiva, optimista, una obra cuyos personajes, aunque ingenuos, terminan ganándose nuestra simpatía y gozan de nuestra complicidad. No hay duda de que Eduardo Galán quiere tomar partido, y en su texto consigue hacer con dosificada eficacia toda una declaración de intenciones, proclamándose, de un modo irrenunciable, partidario de la felicidad. Y ese hecho me ha traído a la memoria estos versos de Jaime Gil de Biedma:

porque hasta el tiempo, ese pariente pobre
que conoció mejores días
parece hoy partidario de la felicidad.

 


Así debería ser, al menos. Todas las crisis que representan los personajes de Hombres de 40 son tratadas por su autor con una evidente dosis de ternura, ya se trate de la crisis producida por la edad, la económica, la existencial, la familiar o la de valores, tanto da. Animo a la gente a acercarse a conocer esta obra de un teatro porque creo que les hará sentirse más felices o menos desgraciados y también porque, según espero, el teatro siempre sobrevivirá a cualquier tipo de crisis. Y si lo hace contagiándonos su buen humor, tanto mejor.

Hombres de 40. Eduardo Galán

Acerca de Jaime Molina

Licenciado en Informática por la Universidad de Granada. Autor de las novelas cortas El pianista acompañante (2009, premio Rei en Jaume) y El fantasma de John Wayne (2011, premio Castillo- Puche) y las novelas Lejos del cielo (2011, premio Blasco Ibáñez), Una casa respetable (2013, premio Juan Valera), La Fundación 2.1 (2014) y Días para morir en el paraíso (2016).

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