Instrucciones de viaje

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Uno está cada día más seguro de que las cosas inútiles del mundo son las más importantes. Nuestra vida está tan llena de momentos turbadores y preocupaciones insoslayables que el hecho de prestar atención a aquello que no nos procura un beneficio económico o material inmediato reviste un aura de paz y tranquilidad, como el masaje que se recibe después de un esfuerzo físico intenso. Si hay algo realmente beneficioso para la salud, no les quepa duda, es la curiosidad. Estamos tan encerrados en nosotros mismos, tan llenos de nosotros, encadenados a una monotonía que erosiona con la firme insistencia del agua sobre la roca, que no nos damos cuenta que el mundo nos ofrece a manos llenas toda la riqueza que ha ido acumulando a través de los siglos para que podamos disfrutarla con solo desearlo. Hay quien decide coleccionar sellos o jugar al parchís, la cuestión es descansar durante un tiempo de los aletargados hábitos impuestos por las circunstancias.
 
A un servidor le dio hace mucho tiempo por viajar para saciar su curiosidad, quizás porque se dio cuenta de que el mundo, a pesar de ser redondo, es muy estrecho. Nada le espanta más que aquellas personas que nunca salen de su terruño porque lo consideran el más maravilloso de cuantos hay, como si hubieran conocido otros. Desde luego, ellos se lo pierden. Jamás sentirán el placer de la imaginación antes de realizar el viaje, que es uno de los momentos más gratos que existen, porque el viajero traza los itinerarios futuros por ciudades inexploradas con la exactitud de una fórmula matemática cuyo resultado coincidiera con el de su más íntimo deseo.
 
El viajero, cuando parte el tren o el avión y percibe que la tierra ya corre bajo sus pies, siente en la boca del estómago el vértigo de la ilusión, un grato estremecimiento que le recuerda los días en que se subía al autobús con sus compañeros de colegio para visitar el pueblo de al lado. Entonces, se encomienda al ángel que vela por todos los viajeros del mundo, no para que regrese sano y salvo, sino para que aquel viaje sea el más inolvidable de cuantos haya hecho.
 
El viajero tiene la costumbre de leer libros de viajes cuando tiene que permanecer en su ciudad, para poder así mantener mudas conversaciones con otros vagabundos que también le han hecho soñar. Ha viajado del Miño al Bidasoa con Cela, ha recorrido los recónditos ríos de León de la mano de Julio Llamazares y sobre todo ha disfrutado con la prosa serena y precisa de Josep Pla, que le ha enseñado a mirar con ojos nuevos los pequeños detalles de la vida. De Josep Pla aprendió que no hay nada como alejarse un poco para curarse de la deformación de la proximidad, de la que todos estamos atacados. Hay que viajar, nos dijo Pla, para aprender a conservar, a perfeccionar, a tolerar.
 
Lo que más le gusta al viajero al llegar a una ciudad es romper todos los esquemas que llevaba tan aprendidos y dejarse llevar por el vientecillo errabundo del azar, que es el único capaz de depararle todas las sorpresas que hay escondidas detrás de las esquinas del camino, y con su mochila a cuestas y su esperanza saltándole en el corazón, se aventura por las calles ignoradas de los pueblos con el mismo espíritu sobrecogido de un explorador en mitad de la selva. Pero como es hombre de su tiempo y no le gusta mentir, el viajero reconoce que, a veces, ha ejercido de turista y no le duelen prendas en confesar que ha tirado una moneda a la Fontana de Trevi por encima de su hombro mientras formulaba el deseo de poder volver alguna vez a tirar otra moneda en aquel mismo sitio o que ha visto el cambio de guardia en el Palacio de Buckingham con la emoción inocente de un niño pequeño.
 
Sin embargo, el viajero, que se ha recorrido Europa por los cuatro costados, sabe que ningún viaje se repite jamás y busca en esos días momentos únicos que se le enquisten en la memoria como una enfermedad benigna. Persona de costumbres anómalas, el viajero colecciona atardeceres en sus jornadas vagabundas y piensa que es una materia de la que no se le puede discutir. Ha visto la luz fatigada de la tarde bruñir las piedras inmortales del Foro Romano, los atardeceres lentos y dorados de Lisboa, que no tienen rival en el mundo, y el ocaso casi apocalíptico ennegreciendo las aguas últimas de Finisterre. Y de cada uno de esos instantes, y de tantos otros, guarda un preciado tesoro que nadie, salvo la muerte, podrá quitarle.
 
El viajero se dio cuenta hace tiempo que para ver la puesta de sol sobre una ciudad recién conocida, no hay nada mejor que hacerlo al lado de una persona querida. Los atardeceres no se contemplan, sino que se comparten. El pasado verano, sentado en la tibia arena de la playa de Punta Candor, el viajero tuvo el privilegio de compartir un inolvidable atardecer en la compañía querida, serena e insuperable del poeta Jesús Saavedra. Cuando sobre el mar tan solo flotaba una tenue luz verde que se fundía con el horizonte, entre los dos se produjo un momento de silencio sobrecogedor que dijo más que las más bellas palabras.
 
Pero todo acaba, y el viajero, que piensa que no es de ninguna parte, tiene que regresar a su ciudad con el alma encogida y una sensación de extrañeza y desamparo para perderse por los vericuetos de su vida diaria. Al fin y al cabo, la rutina no deja de ser un viaje alrededor de uno mismo que nos puede deparar tantas sorpresas como la aventura más exótica.
 

 

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Acerca de José Luis Alvarado

José Luis Alvarado
Dijo el sabio griego que nada es comunicable por el arte de la escritura; tras apurar la copa de seca cicuta, su discípulo dilecto lo traicionó y acaso lo perfeccionó transmitiendo por escrito sus irónicos conocimientos. Como antes hiciera Montaigne, pienso que la obra de un autor se prolonga y modifica cada vez que se escribe sobre ella. La memoria, que fue oral y minoritaria, ahora se multiplica con cada palabra que integra y justifica el continuo universo, también llamado la Red.

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Un comentario

  1. Jaime

    Precioso artículo, no puedo estar más de acuerdo, me ha encantado.

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