La adaptación cinematográfica y Jane Austen

jane austen y el cine

Jane Austen y el cine

Me barruntaba yo, frente al documento en blanco y el cursor titilando, que cuál sería el artículo idóneo para casar en una página dedicada a la literatura y el cine. De pronto, más súbita que una ráfaga de viento, apareció en mi cabeza la imagen de Emma Thompson recogiendo el Oscar por el guión adaptado de “Sentido y Sensibilidad” y deshaciéndose en elogios con Jane Austen.

¡Acabáramos! Hablemos de adaptaciones literarias al cine. Aún es más, ¡hablemos de Jane Austen en el cine!

Pero antes, pongamos de manifiesto unas reflexiones que me asaltan antes de hablar de la inglesa.

Existen tres grandes tipos de adaptación literaria (en lo que a mi juicio respecta) en el cine:

Para empezar, en compartimento estanco y sin dar lugar a ningún tipo de debate, están las películas basadas en obras de teatro. Textos que han triunfado (o no) sobre las tablas y han visto en el celuloide el nicho de cristal en el que perdurar, sin la viveza y encanto de ser disfrutadas en directo, pero que, al menos han dado a las pantallas sólidos diálogos y que gozan de un halo particular más que subrayable. Uno sabe a ciencia cierta -ya sea por lo recogido de sus localizaciones, ya sea por las intensidades (a veces demasiado hiperbólicas) dramáticas de sus conflictos, o por la priorización de los caracteres frente a la expresión formal y logros narrativos en sus estructuras- que se encuentra ante una adaptación de una obra de teatro y ante esto, el espectador entra en el juego sabiendo que la pantalla bien podría ser un balcón tras el cual los actores se moverán como lo harían si fuera un escenario.

En segundo lugar, están las grandes sagas de novelas que han sido llevadas a las salas, odiseas narrativas que piden a gritos una representación en el fotograma, generalmente suelen ser épicos best sellers, que han hecho las delicias de sus lectores y que en muchos casos, ya en su esencia intrínseca literaria tienen mucho de cinematográfico.

Atención, que es ahora cuando este que suscribe se mete en terreno farragoso. Este grupo, en el que yo incluiría desde Arthur Conan Doyle hasta Tom Clancy, pasando por anillos, varitas de magia e incluso vampiros adolescentes, es un gran cajón desastre llamado a infinitas salvedades. Y aventurar esta clasificación es aún más escurridizo cuando algunos de los autores referidos son muy anteriores al lenguaje cinematográfico. Sin embargo, a la hora de verse en la pantalla, han caído todos en una generalidad de representación, una linealidad sin demasiado lugar a la peripecia cinematográfica, en cuyas adaptaciones no ha habido demasiadas sorpresas, más que nada porque pesaba más la expectativa del lector que deseaba ver a Lisbeth Salander dando bandazos por la pantalla, que el interés por hacer grandes películas cimentadas sobre las letras.

Y por supuesto que hay salvedades, incluso en lo que a un mismo autor se refiere (es más, en lo que a un mismo personaje de un mismo autor, por concretar y ponernos puntillosos) se han realizado excepcionales guiones que han quedado flotando como perlas entre un mar de anodino interés más allá del puro entretenimiento, llamémosle “telefilmesco”. Pongamos por ejemplo, el “Asesinato en el Orient Express” de Sidney Lumet (1974), obra maestra donde las haya, en cuanto a su narración y su adaptación, surcando un mar de productos de dudosa calidad todos salidos de la pluma de su misma autora (de entre las cuales, permítaseme la maldad, los “Diez Negritos” (1974) de Peter Collinson, que, curiosamente se produjo el mismo año, quizá sea de las peores adaptaciones).

Para finalizar el epígrafe, me gustaría mencionar en este grupo dos fenómenos también algo polémicos: uno, al que me gusta llamar “el síndrome de John Grisham”. Y que es aquél por el cual, autores de reconocidísimo nombre y aceptadísimo éxito entre los lectores y los expositores de aeropuertos y estaciones de tren, han visto en infinidad de ocasiones sus obras llevadas a la gran pantalla. En este caso, las novelas no tienen por qué ser antologías de un único personaje (o sí, ahí está Jack Ryan) puesto que el peso de un Stephen King pesa más en el cartel que si el film está dirigido por el mismísimo Stanley Kubrick.

Y dos, en este grupo habría que incluir así mismo, todas las historias llevadas del cómic a la pantalla e incluso, diría más, de la televisión (series) o incluso de las nuevas tecnologías (videojuegos).

Dicho lo cual, nos quedaríamos con un tercer grupo de guiones surgidos de novelas como punto de partida sobre las cuales se han cimentado obras cinematográficas en las que ha prevalecido el sentido cinematográfico al literario, adaptando (en su más fiel acepción) lo que se leía en sus páginas a un medio infinitamente más limitado pero mucho más vistoso.

Conociendo de antemano lo superfluo de esta categorización, hay que aventurar que en este grupo quedarían recluidas todas las demás adecuaciones que de historias publicadas sobre el papel se hayan realizado. Y como grupo casi inabarcable, habrá que andarse con pies de plomo y no pillarse demasiado los dedos realizando juicios o sentando cátedras acerca de lo que incluir.

Obviamente en este grupo se adscriben las gigantes adaptaciones que han marcado el trascurso de la Historia del Cine, y que, con sus palabras transcritas a la luz del proyector no solo han propiciado los sueños y pesadillas de los espectadores de más de un siglo, sino que también han cimentado las bases del lenguaje cinematográfico, trascendiendo de ese modo más allá de lo meramente representativo y acometiendo con sus logros verdaderos avances en lo que el enriquecimiento del séptimo arte se refiere.

Están irremediablemente incluidos en este grupo arietes de la adaptación (ándese con cuidado, por favor, que no están todas las que son pero sí son todas las que están) como “Lo que el viento se llevó” (incontestablemente, la primera “gran” novela llevada al cine, de Sidney Howard), “Carta a tres esposas” y “Eva al desnudo” (o cómo Joseph L. Manckiewicz es capaz de demostrar en dos años que es el mejor guionista de la historia del cine, para más inri, el guión de la segunda, parte de un relato corto), “Desayuno con Diamantes” de George Axelrod, “Doctor Zhivago” de Robert Bolt, “El Padrino” de F.F. Coppola y Mario Puzo, “El Exorcista” de William Peter Blatty o “Lo que queda del día” de Ruth Prawer Jhabvala.

Y finalmente, vuelvo al comienzo del artículo y menciono a Emma Thompson y su “Sentido y Sensibilidad”.

Hay algo muy curioso en la figura de Jane Austen en lo que a la historia de la literatura se refiere: contando con tan sólo cuatro novelas publicadas en vida (y en un cortísimo periodo de tiempo) y dos a título póstumo, seis en total, todas ellas centradas en retratos costumbristas del periodo de Regencia (años comprendidos entre los reinados de Jorge III y Jorge IV), en la campiña inglesa y, en adición, protagonizadas por mujeres de clase media, con unos argumentos muy similares y un estilo premeditadamente aséptico; hay pocos autores que, como Jane Austen, hayan calado tan profundamente en el colectivo de lectores y críticos a lo largo de los años. Interesantísimo de investigar resultan las variopintas y heterogéneas reseñas y referencias de importantes literatos, desde las Brontë hasta Sir Walter Scott (quien propiciara, por cierto, un importante empujón a la literatura de la inglesa gracias a un elogioso artículo sobre “Emma”) pasando por Rudyard Kipling, quien, incluso, escribiera un cuento sobre unos soldados que, en secreto, son fans de la autora, titulado “The Janeites”, nombre con el que, a día de hoy, se siguen denominando los incondicionales de la autora.

Hay quien defiende que Austen no hacía sino trascribir en novelas el pensamiento de la revolucionaria Mary Wollstonecraft, escritora, filósofa y pionera en lo que al pensamiento feminista se refiere (además de madre de la mítica Mary Shelley) y de este modo, podría considerársela como madre del feminismo en la historia de la novela. Hay quien dice que su único valor es el de retratar una sociedad estanca y decadente que veía desmoronarse su mundo al tiempo que la Revolución Industrial asomaba el morro en el horizonte de la Historia.

Sea como fuere, auténticas hordas de fanáticos (más fanáticas que fanáticos, todo sea dicho) han consolidado y posicionado a la autora entre las más mencionadas y en cierto modo, de las más influyentes de la historia y este es un hecho que, cuando menos, ha de ser tenido en cuenta.

Y, haciendo hincapié en el hecho de que se conozcan exclusivamente seis novelas suyas, resulta cuando menos chocante que podamos contar al menos con una docena de películas basadas directamente en sus novelas, más otra docena de series, más algunas curiosidades con licencias, desde versiones made in Bollywood hasta biopics sobre su persona o filmes centrados en la influencia de su obra en la vida de las personas.

Así las cosas, si hay que destacar alguna adaptación de la inglesa en la gran pantalla, será, sin duda el “Sentido y sensibilidad” de Ang Lee, obra magistral en la que, no solamente somos testigos y partícipes de las peripecias de Elinor y Marianne Dashwood, sino que, gracias a la sutileza y efectividad del guión de Emma Thompson, el llamado “cine de época” adquiere una nueva era de oro en el cine contemporáneo, resurgiendo y modernizándose, sumando millones de adeptos a los vericuetos de una cinematografía que nunca antes había recibido tanta atención por parte del gran público.

Pero no había sido esta la primera de la lista, ni mucho menos, en llegar a las salas de cine, el pilar totémico de la literatura Austeniana, “Orgullo y prejuicio” ya fue llevado al cine en 1940 por Robert Z. Leonard en la cinta “Más fuerte que el orgullo”, protagonizada por Laurence Olivier y Greer Garson. Y no sería ésta la última vez que Elizabeth Bennett encontraría un rostro en la pantalla, en 2005, Keira Knightley se metió en el papel de la peculiar campesina y algunos años atrás, Jennifer Ehle dio su brillante interpretación para la serie de televisión de la BBC del mismo título, versión que la mayoría considera como la mejor adaptación realizada y en la que el mítico Darcy estaba interpretado por Colin Firth. Él mismo, fue a encontrarse con ese nombre nuevamente cuando, en 2001, se llevó a cabo la versión cinematográfica de “El Diario de Bridget Jones”, novela contemporánea (de Helen Fielding) que guarda algunas semejanzas (pasadas por el tamiz del despropósito y la era pos-televisión) con la obra de Austen.

Emma” (protagonizada por Gwyneth Paltrow) surgió en las carteleras aprovechando el boom que había propiciado el film de Lee, tan sólo un año después de una particularísima versión de Amy Heckerling que pasó sin pena ni gloria pero que hay que tener muy en cuenta y reivindicar como una excelente adaptación: “Clueless, fuera de onda”. O cómo los argumentos de la campiña inglesa del siglo XVIII casan a la perfección dentro de un instituto norteamericano de los noventa. En ella, la joven Emma era convertida en una pija de Beverly Hills de nombre Cher e interpretada con sinigual gracejo por Alicia Silverstone.

Y tanto “Mansfield Park”, como “Persuasión” y “La Abadía de Northanger” han tenido sus representaciones en filmes menores o en las siempre recurrentes series de la BBC.

La inglesa, que además parece fruto de devociones en la India ha visto sus novelas retratadas en forma de numerosos musicales Bollywood, de entre los cuales, “Bodas y prejuicios”, es sin duda el más conocido.

Para concluir la lista menciono algunas curiosidades como “The Jane Austen Book Club” de Robin Swicord (titulada en España “Conociendo a Jane Austen”, aventuro a decir que debido a que un film que llevara en su título “club de lectura” estaba abocado a un estrepitoso fracaso), interpretada por Emily Blunt, Hugh Dancy y Maria Bell y en la que un grupo de seis miembros leen y analizan las novelas de Austen al tiempo que sus vidas parecen asemejarse a lo acontecido en las mismas. O “La Joven Jane Austen”, en la que Anne Hathaway da vida a la escritora en sus años de juventud, dando una (bastante edulcorada) visión del por qué no se casó nunca.

Mucho más reciente es Austenland, que cuenta las peripecias de una joven (Kerry Russell) americana fascinada por la escritora inglesa y decide pasar sus vacaciones en una suerte de resort temático inglés en el que todos los invitados adquieren maneras y roles como si de una novela austeniana se tratara.

Y dentro las últimas adaptaciones, tenemos la singular “Orgullo y prejuicio y zombis”, basada en la novela homónima de Seth Grahame-Smith, y que ya logró un apabullante éxito de ventas.

Así las cosas, claro está que las historias de Austen no han visto las más de 200 representaciones que haya conocido un Sherlock Holmes, por ejemplo, pero también es cierto que las tribulaciones acerca de la educación de las mujeres en el marco de una Inglaterra crepuscular, tampoco es el tópico más jugoso a la hora de enfrentarse a la creación de un guion cinematográfico.

Quizá sea precisamente ese tropismo acerca de unas damas hogareñas y sus relaciones amorosas siempre discretas, pero atormentadas a partes iguales; quizá sea el retrato de un sentimentalismo yermo de romanticismo, aun cuando existen verdaderas explosiones de arrebato erótico-espiritual, como Marianne Dashwood; o quizá simplemente sea el placer suscitado por el regocijo en el siempre estético y socorrido viaje en el tiempo e hincapié en el preciosismo de la campiña y las costumbres inglesas del siglo XVIII. O tal vez sea simplemente la existencia de un público ávido de señoritas que ansían cartas de sus enamorados, o que simplemente cantan sentadas al clavicordio, mirando por la ventana, viendo cómo los confines del cottage en que viven, son besados por una niebla de melancolía que se acerca hacia ellas al tiempo que los lectores acarician las frases con su mirada. No sé lo que será, pero la euforia por Jane Austen levanta almas y entusiasmos, del mismo modo que el Coronel Brandon socorre a Marianne y la salva de su agonía por amor.

 

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2 Comentarios

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    Excelente artículo, Luis Carlos. He disfrutado con tu exposición sobre la adaptación cinematográfica. Como lectora y admiradora de toda la obra de Jane Austen , coincido contigo en que la mejor película que se ha hecho sobre una novela de la autora es, sin duda, la espléndida Sentido y Sensibilidad de Ang Lee. Creo que el guión de Emma Thompson consiguió captar el espíritu de Austen imprimiéndole la delicadeza, la inteligencia y la ironía de la que hace gala esta escritora universal. Todo un ejemplo. Saludos

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    muchas gracias, maría josé…

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