Jerusalén. Selma Lagerlöf

Jerusalén. Selma Lagerlöf

A veces, en la historia de la literatura, se producen curiosos silencios y olvidos que no se corresponden con los méritos de los olvidados. Incluso esa omisión, en ocasiones, no se produce con un autor de forma generalizada, sino en determinadas lenguas. Selma Lagerlöf (1858-1940) fue una escritora de éxito, avalada por unas innegables cualidades literarias, que, como es conocido, recibió el Premio Nobel en 1909 (quiere decirse, en el pleno apogeo de su carrera) y cuya obra es muy extensa. Sin embargo, en español no ha sido una autora que haya obtenido la atención de los editores. Podríamos decir que, casi milagrosamente, se pueden encontrar dos de sus novelas en las librerías, una de los cuales es una evidente obra maestra, Jerusalén (1901), que pasa fácilmente desapercibida para el público.

La obra se divide en dos partes diferenciadas por el lugar geográfico donde se desarrollan, pues de hecho, la escritora sueca concibió en un principio dos novelas diferentes que, dada la unidad argumental existente, ahora pueden leerse como un único libro.

Para ello nos introduce en las zonas más profundas de Suecia, en el medio rural, donde la nieve, el frío y el silencio son los dueños absolutos de la escena. Bien es verdad que hay otros dueños, una familia, los Ingmarsson, que desde tiempos inmemoriales rigen la vida de sus convecinos en la provincia de Dalecarlia.

Contrariamente a lo que se podría esperar, no son los Ingmarsson ricos potentados ni fatuos terratenientes a la manera mediterránea, sino humildes labradores y ganaderos que mantienen un cierto ascendiente sobre sus congéneres adquirido con su fuerte personalidad y su entrega al trabajo, lo que los ha llevado a ser propietarios de una amplia finca.

Pero nada de ello tiene importancia en la novela, cuyo interés se focaliza en la peculiar forma de ser de los miembros de esta familia, para los cuales solo existe un lema: no temer el juicio de los hombres, porque solo basta seguir los caminos de Dios.

Y de los hombres y de Dios trata precisamente toda la novela, de esa relación primitiva y tortuosa del hombre temeroso de Dios. En todos los movimientos de estos personajes, en el devenir de sus vidas, en las decisiones que han de tomar, muchas veces decisivas para sus vidas, notan cómo los ojos de Dios se posan sobre sus hombros y los hacen regirse de una forma honrada e íntegra.

Es cierto que, en la literatura del siglo XX, la bondad siempre ha tenido muy mala prensa, y por eso precisamente merece la pena disfrutar de esta novela aunque sea para comprobar la alegría que es capaz de transmitir un texto cuando trata de mostrar las virtudes de los seres humanos. Creo no exagerar si digo que, salvo quizá un personaje, no hay ningún otro que podamos considerar oscuro, atormentado o infeliz.

Precisamente la gran pericia de Selma Lagerlöf es modelar esa masa que a todas luces puede resultar edulcorada, dando como resultado un relato sólido, vigoroso, interesante y cautivador, escrito además con una sabiduría narrativa poco usual.

Los episodios alrededor de los Ingmarsson se van sucediendo, lo que supone la lógica aparición de otros personajes ajenos a la familia, y los sucesos se van encadenando en el tiempo con una inusitada facilidad hasta un momento determinado en el que aparece ese temor de Dios en forma de predicador que se acerca a la iglesia del pueblo para prometer que hay una nueva Jerusalén que los está esperando, donde los hombres se ayudan los unos a los otros y no hay sufrimiento ni dolor sino una infinita paz espiritual.

Tras una serie de circunstancias de gran interés, la novela nos lleva de repente a la propia ciudad de Jerusalén, donde un grupo formado en Dalecarlia, pretenden vivir de la manera más cristiana posible, deslumbrados por los parajes bíblicos en los que se habla de la tierra que pisaron Jesucristo, los discípulos y los profetas.

Es en este momento en el que la novela empieza a levantar sombras y dudas alrededor de los personajes. Aquella ciudad bíblica revestida de brillantes y piedras preciosas, con puertas de oro y edificios de marfil no es más que una horrible ciudad dominada por la pobreza, la fealdad y la enfermedad. Ese grupo de suecos, acostumbrados al frío, a la disciplina de las horas de trabajo, a la unión entre los vecinos, se ven abocados, sin poder retroceder, a un mundo de polvo, calor y miseria donde además no son bien recibidos por las autoridades.

El contraste entre la primera parte de la novela, casi idílica, y esta segunda parte, en un lugar absolutamente extraño para estos hombres y mujeres hechos a otro clima y otro tipo de tierra, es magistral. Permanecemos con la mayoría de los personajes que conocimos en Dalecarlia pero en circunstancias extremadamente adversas para ellos. Y en medio de todo, la fe en Cristo, que los lleva a espejismos de todo tipo, como si, en su interior bondadoso, estos personajes pudieran trocar la peor de las pesadillas en un sueño dichoso de esperanza y alegría.

Habrá un momento dado de la trama en el que el divorcio entre lo que dicen y piensan los personajes y lo que el lector está advirtiendo, es total. Esos hombres abandonados a la Providencia luchan como náufragos en un mar de tierra embravecido que los va mermando moral y físicamente, que los va matando poco a poco, a pesar de lo cual tratan de erguirse con valentía por tal de defender su fe, posiblemente lo único que les queda. La llegada de un Inmargsson a Jerusalén será el revulsivo necesario para que aquellas vidas abandonadas a su suerte obtengan el beneficio de la ilusión.

En definitiva, Jerusalén es una novela inesperada, imprevisible y distinta. Por la época en la que fue escrita, no puede encuadrarse en ningún estilo literario en boga, ni tampoco ofrece novedades estilísticas de ningún tipo, pero en su interior alberga la esencia de la más pura literatura: llegar a emocionar al lector desde la primera hasta la última palabra.

Jerusalén. Selma Lagerlöf. Ediciones B.

Acerca de José Luis Alvarado

José Luis Alvarado
Dijo el sabio griego que nada es comunicable por el arte de la escritura; tras apurar la copa de seca cicuta, su discípulo dilecto lo traicionó y acaso lo perfeccionó transmitiendo por escrito sus irónicos conocimientos. Como antes hiciera Montaigne, pienso que la obra de un autor se prolonga y modifica cada vez que se escribe sobre ella. La memoria, que fue oral y minoritaria, ahora se multiplica con cada palabra que integra y justifica el continuo universo, también llamado la Red.

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