La oscuridad. John McGahern

Nadie elige a sus padres: John McGahern (Dublín, 1934-2006) nos lo explica compasivamente en La oscuridad (1966), novela cuyo protagonista es el joven John McGahern. Tampoco se eligen los deseos, o tal vez ocurra que a veces se desea demasiado pronto; en su autobiografía Memoir el escritor cuenta la promesa que le hizo a su madre poco antes de que ésta muriera: por ella se haría sacerdote. Sobre estos dos asuntos gira la trama principal de la novela: la infancia junto a un padre autoritario, violento, opresivo, en un ambiente familiar de penuria económica, y la precoz vocación de servicio a Dios, o mejor dicho, por el deseo de ser sacerdote.

El adolescente McGahern sólo tiene una obsesión: salir de su casa como sea. No en vano, la novela comienza con una lección inolvidable: la paliza que le pega el padre con una correa de cuero sobre su cuerpo completamente desnudo delante de sus hermanos menores. Y el lector asiste silencioso a otra inolvidable lección: el mal cotidiano que los débiles pueden infligir a los débiles. Lo cuenta el joven McGahern en primera persona, con una voz pulcra, exacta, estremecedora: las noches junto a su padre, acostados en la misma cama, fingiendo estar dormido mientras el otro le habla de proyectos absurdos que nunca podrán compartir porque sólo les une el lenguaje de la humillación, sintiendo su barba dura y la mucosa reseca de sus labios que se le pega a la cara, sus manos que le acarician los muslos y la espalda, su respiración excitada de pobre viudo, solo. Y también el adulto McGahern se lo cuenta al joven McGahern, en segunda persona, el recuerdo de sus muchas horas de estudio, del largo camino hacia un incierto futuro, de su esfuerzo por ser alguien en la vida, de sus dudas, la lucha por purificar su cuerpo y su alma, defendiéndolo frente al vicio solitario, siete u ocho veces por semana según confiesa tras un enrejado de alambre a un cura que le pregunta cada detalle, si le dio placer, si se excitó deliberadamente, si piensa en una o varias mujeres, reales o imaginarias, la frecuencia de las poluciones.

Una segunda persona que se cuenta a sí misma, como a un íntimo diario, como a un espejo que refleja los acontecimientos con minuciosidad y que también nos cuenta a nosotros, los lectores, esa noche en casa de un sacerdote amigo, cuando su vocación vacila, y el cura se mete con él en la cama estrecha para convencerlo, para enseñarle la senda que renuncia a la vida y que se ofrece a Dios, mientras le pasa el brazo por el hombro y le habla sobre la lucha contra el pecado hurgando con sus dedos en la garganta del muchacho, que hace esfuerzos por no gritar, por contener las lagrimas a la vez que contesta a las preguntas del sacerdote acerca de si le gustan las mujeres, de si ha derramado semen excitándose con ellas.

No obstante, la novela es un canto de amor al padre, que trabaja tenazmente la tierra para sacar adelante a su familia mientras su hijo se prepara los exámenes que pueden facilitarle una beca para la universidad; que ayuda a éste en los momentos de desdicha, cuando el chico sufre en soledad las consecuencias de sus propios actos y los sacerdotes que iban ayudarle le vuelven la espalda con su indiferencia. Al final de la narración, cuando padre e hijo se encuentran perdidos ante la más importante decisión de sus vidas, el hombre le hace una confidencia al joven aprendiz: un hombre solo, sin una mujer que pueda llevar la casa, se siente extraviado frente a su familia, pero pase lo que pase, siempre querrá a sus hijos por encima de todo. “También yo te amaré siempre”, responde el chico, aunque ni siquiera haría falta decirlo. El padre lo sabe, y también lo sabe el lector.

Hay otra voz en la novela, en tercera persona, que va narrando la vida del joven McGahern en su ambiente rural y opresivo, irlandés, donde el escepticismo sobre el futuro es un sentimiento tan fuerte como el de la dura realidad del presente. ¿Para qué esforzarse en cambiar si detrás de todo está la muerte, si somos frágiles criaturas que no podemos escapar a los altos designios de Dios? La vida sólo sirve para aprender la experiencia de la resignación: los días transcurren monótonos, las mismas acciones de funeral de siempre, sin importar lo que ocurra, todos los días y las vidas transcurren igual. Sólo los anhelos y los sueños cambian. “La única cosa cierta es que un perro se come a otro”, le dice su padre. Lo importante es quién come y quién es comido, y que harán los comedores y los comidos. Éste es el resumen de la existencia: poco importa lo que hagas, siempre serás un perro. Sólo puede salvarte la suerte, y tener suerte con tu suerte.

Algo de esto supo el escritor McGahern después de publicar esta novela, que fue prohibida por las autoridades irlandesas, incómodas por las escenas que relacionaban iglesia y sexo, y que le supuso el despido de su trabajo como maestro. Igual que en la novela, John McGahern tuvo que vivir el duro aprendizaje de la vida en contra del poder establecido, la familia, la iglesia, el Estado. Sin embargo, este excelente relato no cae nunca en la autocomplacencia, sino que transmite un mensaje de esperanza, haciendo suyas las palabras de Robert Browning: cuando la lucha de un hombre comienza dentro de sí, es que ese hombre vale algo. John McGahern fue la mejor prueba de ello.

La oscuridad. John McGahern. AH, Buenos Aires. 2009

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Acerca de José Luis Alvarado

José Luis Alvarado
Dijo el sabio griego que nada es comunicable por el arte de la escritura; tras apurar la copa de seca cicuta, su discípulo dilecto lo traicionó y acaso lo perfeccionó transmitiendo por escrito sus irónicos conocimientos. Como antes hiciera Montaigne, pienso que la obra de un autor se prolonga y modifica cada vez que se escribe sobre ella. La memoria, que fue oral y minoritaria, ahora se multiplica con cada palabra que integra y justifica el continuo universo, también llamado la Red.

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