Juego y distracción. James Salter

Juego y distracción, James Salter. Reseña de CicutadryNo es fácil literaturizar el sexo. Hay autores que naufragan en escenas soeces, vulgares, chabacanas, como si el acto sexual fuera un espectáculo de feria. Otros autores se quedan cortos en tímidas descripciones repletas de metáforas insoportables que pretenden elevar la sexualidad a una categoría poética que no tiene. Solo un escritor como James Salter, criado en la escuela de Hemingway y Scott Fitzgerald, podía acometer la difícil empresa de incluir escenas sexuales explícitas en una novela de singular belleza. Quizás, Juego y distracción sea la mejor novela erótica que he leído, si nos atenemos estrictamente a su calidad literaria.

Su insulso título no la ayudó cuando se publicó en 1967: la editorial pegó en su portada una pegatina donde rezaba: “Atención, lectores, no es un libro sobre béisbol“. Sin embargo, el título es una advertencia sobre lo que nos vamos a encontrar en el texto; se refiere a un versículo del Corán que dice: “¡Sabed que la vida del mundo es juego y distracción…!”

Desde luego así era la vida de algunos norteamericanos que pasaban temporadas en Europa después de la Segunda Guerra Mundial. Lo fue de Hemingway, del propio James Salter, militar hasta 1957, año en que publicó su primera novela. Francia solía ser su destino, no ya la decadente vida de París, que había dejado de ser el centro del mundo, sino la campiña francesa, ese territorio entre mezquino y bucólico que ofrecen las pequeñas poblaciones galas, tan lejanas del glamour parisino.

Allí nos vamos a encontrar a un narrador que podría ser el propio James Salter, un artista norteamericano que se establece en Francia a caballo entre París y Autun, un modesto pueblo de la Borgoña. Uno se lo imagina en ese dolce far niente de este tipo de artistas que venían a Europa a impregnarse de ese ambiente campesino y sensual colmado de historia que no existe en Estados Unidos.

En Autun conocerá a otro norteamericano, Phillip Dean, un joven también cargado de ciertos atributos típicos de algunos ciudadanos de su país: indolente, misterioso, hijo de un millonario a la espera de la siguiente asignación, brillante pero en cierto modo cansado de sus dotes, como sobreviviendo a ellas: el joven para quien todo ha sido demasiado fácil. Phillip Dean está de visita en Francia, hace turismo conduciendo un precioso automóvil, un Delage, que naturalmente no es suyo. Cuando se encuentra con el narrador acaba de conocer a una chica, Anne-Marie, una joven de provincias, no demasiado guapa, trabajadora, tal vez un poco vulgar pero con verdadero encanto.

Podríamos resumir la trama en una sola frase: es la historia de amor y sexo entre Anne-Marie y Phillip durante unos meses, viviendo los placeres sencillos de las comarcas francesas de interior. No hay más ni falta que le hace a James Salter, que como otros grandes escritores norteamericanos, es capaz de extraer la excelencia literaria de temas normales y corrientes.

¿Cómo lo hace? Pues con esa tensión narrativa interna tan propia de esta clase de autores. Recordemos a Richard Ford, a Raymond Carver, a Jonathan Frenzen. En este caso, la elección del punto de vista es esencial: la historia la cuenta este artista con una precisión en el detalle imposible, puesto que no es testigo de prácticamente ningún episodio que narra. Es lo que se imagina, o lo que reconstruye a partir de algunas notas que le dejó Phillip Dean, o algunas conversaciones que tuvo con él.

En esta reconstrucción hay mucho de envidia por esa pasión que adivina entre los dos jóvenes, quizás también de admiración por su pujanza, de frustración por no ser él, sino Phillip, quien viva el romance con una chica cuya pureza parece fuera de toda duda. El narrador es el voyeur que ve tal vez lo que no está ocurriendo delante de sus ojos, que inventa una sensualidad necesaria para saciar su imaginación.

El otro hallazgo sorprendente de la novela es el tiempo verbal escogido para narrarla: el presente de indicativo. Sabemos que lo que está contando ocurrió en el pasado, pero él insiste en mantener ese presente en cada frase para darle inmediatez a la historia, como diciéndonos que el amor y el sexo es siempre presente, es instantáneo, se vive.

Ese presente, conforme transcurre la historia, se vuelve angustioso, porque intuimos que esa hermosa aventura va a terminar, aunque no sabemos de qué manera. Salter se ocupa de que nos enamoremos de la pareja salpicando el texto de escenas eróticas explícitas, contadas con una sencillez apabullante. Pongo un ejemplo para que sepamos de qué estamos hablando:

Sus pechos son duros. Su coño está empapado. La folla con vigor, impelido por puro júbilo. Se arquea para verla y para mirar la polla hundirse en ella, los huevos tersos debajo. La mitología lo ha aceptado, a él; imágenes en las que no puede creer de veras, breves como sueños. El sudor le resbala por los brazos. Retoza en las húmedas hojas del amor, se alza límpido como el aire. No hay nada en ella que no adore. Cuando terminan ella permanece echada, quieta, exhausta. Ya es suya por completo y yacen ebrios…”

Hay muchas escenas de este tipo; la pareja no deja de follar, por la mañana y por la noche, cuando llegan cansados después de recorrer algunas poblaciones en coche, antes de bajar a un restaurante a tomar verduras y frutas frescas, queso, vino; cuando se despiertan y Anne-Marie acerca su cálida boca a la polla erecta de Phillip. Viajan, ríen, conversan, follan, pasean, duermen, todo en un clima lleno de colorido, de sensualidad, de luz.

¿Por qué Juego y distracción me parece una excelente novela erótica? Porque lo que describe en ella es el auténtico erotismo, es el sexo en estado puro, sin alardes, sin exageraciones. El sexo como momento de belleza y felicidad, como modo de comunicarse entre dos personas que se están conociendo y enamorando, no como una pasión equívoca con visos de sumidero por donde caerán sus protagonistas.

El sexo en Juego y distracción huele a lavanda, a aire limpio, a carne joven, a sudor fresco, y cuando el sexo entre dos personas es así se hace mucho: no he contado los polvos que se describen en esta novela, pero posiblemente superan en número a muchas novelas pornográficas. Y sin embargo, el lector no es consciente de este hecho, porque son actos naturales, diríamos que necesarios en el contexto en que se desarrolla esta historia.

Pero como he escrito más arriba, hay algo que nos dice que los motivos últimos de cada uno de los jóvenes son diferentes. Ella es hija de la provincia francesa, es decir, sin glamour, sin un atractivo extra a su persona. Él, sin embargo, ha estudiado en Yale (pero no ha terminado la carrera), vive de la asignación de su padre, no ha trabajado nunca, está de visita en un país extranjero. El sexo une los cuerpos, pero no las mentes, o las mentalidades, para ser más precisos. Una erección es una erección con cualquiera.

De repente el insulso título de la novela pende como una amenaza: Juego y distracción, lo que, según el Corán, es la vida del mundo. El narrador habla de él mismo en pasado y habla de ellos en presente. La entrega se escribe en presente; el obsesivo interés por esa historia pasional por parte del narrador, la escribe en pasado. Una comezón atrapa al lector con esa neblinosa e incierta personalidad del narrador, esa incómoda posición del vulgar mirón testigo de intimidades sexuales que jamás ha visto ni nadie le ha contado. Lo que hace de esta novela una obra maestra es que, frente a la irresistible frescura del sexo, del buen sexo, del abundante sexo, James Salter erige la fantasmagórica figura del frustrado hombre invisible que nunca estuvo allí.

Juego y distracción. James Salter. Salamandra

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Acerca de José Luis Alvarado

José Luis Alvarado
Dijo el sabio griego que nada es comunicable por el arte de la escritura; tras apurar la copa de seca cicuta, su discípulo dilecto lo traicionó y acaso lo perfeccionó transmitiendo por escrito sus irónicos conocimientos. Como antes hiciera Montaigne, pienso que la obra de un autor se prolonga y modifica cada vez que se escribe sobre ella. La memoria, que fue oral y minoritaria, ahora se multiplica con cada palabra que integra y justifica el continuo universo, también llamado la Red.

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