La desolación del solitario

John Ford necesitó apenas unas cuantas escenas para condensar de forma magistral el pasado de Ethan Edwards. Un hombre desarraigado, un solitario que luchó con el ejército confederado y que cuando volvió a casa de su hermano, mucho tiempo después de acabada la guerra, llevaba consigo un viejo sable, alguna condecoración y un puñado de monedas de oro recién acuñadas y que solo una persona temía que quizás no hubiesen sido ganadas honestamente.

Pero Ford nos contó algo más a través de unas miradas, en un gesto de inquietud, con un casto beso en la frente o en la forma en que una mujer acariciaba un viejo capote y es que la relación que existía entre Ethan y su cuñada Martha encerraba mucho más misterio que el que puede haber en una simple relación familiar.

Cuando Ethan parte junto a un grupo de rangers para perseguir a los comanches que están robando ganado y comprenden que han caído en una trampa alejándose y dejando desamparados los ranchos, deciden volver en su auxilio, pero la experiencia hará que Ethan le dé un descanso a su caballo antes de emprender el largo camino de regreso al rancho familiar.

Es en ese momento cuando el primer plano que Ford hizo del rostro de Ethan, me conmueve enormemente porque solo en un par de segundos se siente la verdadera angustia del personaje, quizá su momento de mayor vulnerabilidad y el gesto de quien tiene la certeza de que ya no hay esperanza, pero por encima de todo creo que ese primer plano de la mirada acuosa fija en la lejanía nos dice que su único pensamiento es ella, es Martha, aquella mujer por la que regresó a casa.

El único instante de Centauros del desierto en el que vemos a Ethan temer y sufrir con verdadera desolación y sin asomo de ira, ni resentimiento, está comprimido en este simple y magistral plano que dejaron para siempre Ford y Wayne.

john ford solitario

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2 Comentarios

  1. Avatar

    Ya lo dijo Truffaut «Ford era uno de esos artistas que nunca pronuncian la palabra arte, y de esos poetas que no hablan nunca de poesía». Debajo de esa fachada de tirano y cascarrabias se escondía un sentimental, un poeta que supo transmitir como nadie, a través de los gestos y los silencios, sentimientos como el amor, la amistad, la inquietud, la soledad, la vejez… y también la alegría de vivir. Dedicas una entrada estupenda a una obra maestra que me encanta. Es de las que veo una vez al año, y nunca me canso. Un saludo María José.

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      Gracias por tus palabras, Álvaro. Efectivamente, es una obra maestra absoluta e imperecedera. No creo que exista discusión entre los amantes del cine y de la obra de Ford (exceptuando a Lyndsay Anderson) que esta película es mucho más que un Western. Desde mi punto de vista, es una obra perfecta, profunda, un compendio fordiano lleno de sabiduría, madurez y sentimientos. Y con un protagonista inusual en Ford, ya que estando tan presente en la historia la importancia de la familia, de la madre, de la comunidad, Ethan, desde el principio hasta el final, es un outsider para el que no hay cabida y ésa es, precisamente, su verdadera tragedia. Mención especial, por supuesto, para la actuación de John Wayne. ¡Inconmensurable!
      Un saludo.

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