La edad ingrata. Henry James: Un particular ajuste de cuentas

En solo tres años Henry James depura su particular técnica del punto de vista con tres narraciones extraordinarias: Lo que Maisie sabía, Otra vuelta de tuerca y En la jaula. Parece que ha llegado al extremo de la ambigüedad y el sobreentendido, pero su siguiente novela no hará más que ahondar en el arte del equívoco por un camino sorprendente: retomando sus viejos temas desde una óptica mucho más esquinada; así nace en 1898 La edad ingrata (The Ackward Age). Ya en el propio título el escritor juega con la ambigüedad porque lo mismo se podría traducir como La edad del pavo (referida a la adolescencia) como La edad difícil o La edad incómoda, y todos ellos –menos el del traductor español- serían títulos admisibles de acuerdo con el texto.

La edad ingrata

la edad ingrataEsta ambigüedad, en contra de lo que se suele pensar de James, no es gratuita: utiliza la misma idiosincrasia del estrato social que refleja la novela, la alta sociedad londinense, basada en lo implícito, en lo sugerido, en la acidez vestida de buenas maneras, en el cotilleo disfrazado de presunto interés. Si se lee en esta clave, La edad ingrata reserva al lector toda una gama de pequeñas maldades y de ingeniosos callejones sin salida; en definitiva, descubrirá que la novela es un monumental ajuste de cuentas que James perpetró contra la sociedad que primero lo había acogido y después le dio la espalda, un feroz retrato de la hipocresía, la vanidad, la altanería y la vacuidad inglesas.

Los escenarios son bien reconocibles: los salones de casas londinenses y mansiones en el campo; los personajes nos son familiares: un círculo cerrado de amigos y unas madres con hijas en edad de merecer que están al acecho del mejor partido; las circunstancias también evocan anteriores relatos: una parte de los amigos vive del aire mientras que otra parte nada en la abundancia; los pobres son –a la fuerza- ingeniosos y mordaces; los ricos son admirables y se dejan querer. Entonces, ¿qué es lo que cambia en esta novela frente a otras narraciones de James? El fiel reflejo de la realidad, es decir, un aparente alejamiento de dramatizar según los cánones de la narrativa a favor de exponer, de manera impresionista, los hechos, tal como ocurren en la vida diaria.

Esto se advierte rápidamente en la cantidad de diálogos que pueblan el libro; podríamos decir que la novela es un puro diálogo, tal como es la vida: por lo general, sabemos cómo son las personas por lo que dicen y hacen ante nosotros, no porque nos lo explique una tercera persona, y en el caso de que ésta nos lo explique, también lo hace mediante palabras, y lo que percibimos de estas conversaciones no es su contenido completo, sino la impresión que nos dejan esas palabras. Si además hablamos de un inglés, casi necesariamente nunca dirá las cosas de manera explícita, sino mediante insinuaciones o sugerencias.

Entrando en la historia de la novela, ésta se divide en diez libros, cada uno encabezado con el nombre de los diez amigos que forman el grupo. El argumento gira en torno a Nanda Brookhenham, una adolescente de 18 años hija de “Mrs. Brook”, una mujer atractiva, cínica y sarcástica, que vive de los embrollos sentimentales de su círculo de amistades y de ser invitada a largas estancias en casa de conocidos. Entre ellos está Mitchy, un personaje sugerente, bondadoso, rico y cotilla, de 35 años, que está enamorado de Nanda pero cuyas pretensiones se verán siempre frustradas por su fealdad. Otra madre en busca del mejor partido para su hija es “la duquesa”, viuda de un aristócrata napolitano que ha regresado a Londres con unas ideas muy continentales acerca de la educación de las jóvenes (al contrario de lo que se pueda pensar, es muy conservadora respecto a las frívolas madres inglesas) de manera que su hija Aggie está prácticamente envuelta entre algodones en su particular torre de marfil que le impedirá conocer algo del mundo hasta el día que se case.

Siempre dentro de la misma línea argumental destaca Gustavus Vanderbank, apuesto hombre de 34 años, elegante, certero en sus ideas, de brillante conversación pero sin recursos económicos, que es posible que sea amante de Mrs. Brook –en esta novela, todo es posible, pero nada es claro. En cualquier caso frecuenta con demasiada asiduidad el salón de Mrs. Brook ante la impávida presencia de su marido Edward, que le importa bien poco los líos de su esposa. Como resulta evidente, los seguidores de James reconocerán personajes y situaciones; sin embargo, la visión que se ofrece de ellos es brutal.

La nota discordante la introduce James desde el primer capítulo en forma de un hombre mayor, el señor Longdon, que en su juventud conoció a la abuela de Nanda –y madre de Mrs. Brook-, se enamoró de ella, fue rechazado y se apartó a una pequeña villa inglesa para tratar de olvidar su fracaso, cosa que no ha logrado. Después de muchísimos años –ya muerta su amada- regresa a Londres y conoce a la joven Nanda, cuyo parecido físico con su abuela es asombroso pero cuya forma de ser nada tiene que ver con los antiguos modales victorianos.

El señor Longdon es un hombre chapado a la antigua, con un gran sentido común y una capacidad de asombro ilimitada. Se ve que su mundo quedó dos generaciones atrás lo que no le impide volcar todo su afecto en la adolescente Nanda, sin saber que ésta puede ser tan mundana como su madre. Para no dejarla caer en la frivolidad, decide regalarle una gran dote a Vanderbank a cambio de que se case con ella. La decisión de éste vertebra la narración como una especie de MacGuffin cinematográfico.

Así expuesto el argumento no parece ofrecer grandes posibilidades, pero la –digamos- autocomplacencia y el cinismo de los personajes dinamitan la trama en varios nudos dramáticos. La propia visión que tiene este grupo de amigos de sí mismo ya induce a pensar que todo en él es apariencia. Como le confiesa Vanderbank al señor Longdon:

En verdad nunca he creído en la existencia de la amistad en las grandes sociedades: en las grandes ciudades y las grandes muchedumbres. Es una planta que requiere tiempo y espacio y aire; y la sociedad londinense es una enorme “aglomeración”, como la denominamos elegantemente: una turba asfixiante, opresiva, sudorosa, parlanchina.

Y termina autocalificándose de la siguiente manera: “Somos gente fría y sarcástica y cínica, sin el menor resquicio de cariño o compasión”. Ante tales características, reconocidas por sus propios miembros, no cabe esperar más que pullas, zancadillas, sonrisas mordaces y una hueca honestidad que no lleva a nada. En definitiva –nos viene a decir James- la edad difícil no es solo la adolescencia, sino cualquier edad que se ponga en contraste respecto a otra: la toma de conciencia respecto al mundo de las jóvenes Aggie y Nanda, sus decisiones y opiniones, se impondrán a la de sus padres, que progresivamente serán arrinconados precisamente por las mismas presuntas buenas maneras que han enseñado a sus hijas, postergación que resulta patética ya en la más alejada generación del señor Longdon, cuya existencia está relegada al baúl de los recuerdos. Y hay algo más en la novela que asombra por su ausencia: no hay pasión ninguna en los actos de los personajes; se dejan llevar de tal forma por la estricta observancia de sus corruptas costumbres que donde debería haber sentimiento hay inercia. No creo que sea una omisión involuntaria de James, sino un acierto más de su genio creador.

Otra sorpresa que nos depara La edad ingrata es su original estructura, absolutamente teatral, puesto que los diez libros que la componen son en realidad diez actos de un mismo drama –revestido de falsa comedia ligera-, en los cuales además, como he señalado, casi todo el texto se limita a largos y enrevesados diálogos en los que el lector se puede perder entre tanto sobreentendido y tantas segundas intenciones, cuestión que no le es ajena a los propios personajes, que muchas veces tampoco saben a ciencia cierta de qué está hablando su interlocutor. En definitiva, un Henry James en estado puro que de esta manera iniciaba su última etapa como virtuoso de la escritura y maestro indiscutible de las situaciones ambivalentes, complejas y desencantadas.

La edad ingrata. Henry James. Seix Barral.

Reseñas sobre Henry James en Cicutadry:

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Acerca de José Luis Alvarado

José Luis Alvarado
Dijo el sabio griego que nada es comunicable por el arte de la escritura; tras apurar la copa de seca cicuta, su discípulo dilecto lo traicionó y acaso lo perfeccionó transmitiendo por escrito sus irónicos conocimientos. Como antes hiciera Montaigne, pienso que la obra de un autor se prolonga y modifica cada vez que se escribe sobre ella. La memoria, que fue oral y minoritaria, ahora se multiplica con cada palabra que integra y justifica el continuo universo, también llamado la Red.

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