La filosofía en el tocador. Marqués de Sade

La filosofía en el tocador. Marqués de Sade. Reseña de Cicutadry sobre novelas eróticasPocos escritores son más reconocibles y a la vez menos conocidos que el Marqués de Sade. Los términos “sádico” y “sadismo” entraron en el diccionario de la RAE en el siglo XIX, cualquier persona medianamente cultivada sabe lo que significan estos sustantivos pero pocas veces son aplicados a experiencias sexuales sino a actos de mera crueldad. Es más, muy pocas personas han leído al Divino Marqués y cuando hablan de sus prácticas lo hacen de oídas.

No es de extrañar su desconocimiento como escritor ya que sus novelas, amén de poco editadas por razones obvias, son por lo general aburridas o al menos difíciles de digerir. Acaso Justine o los infortunios de la virtud sea su obra más conocida, pero hemos elegido La filosofía en el tocador, su segunda novela, por ser un texto asequible al lector profano que se quiera acercar al pensamiento del Marqués de Sade.

La filosofía en el tocador fue escrita en 1795 durante uno de los múltiples encierros en la cárcel que sufrió durante su vida (en total, estuvo entre rejas 37 años, la mayoría de las veces por motivos políticos, no por escándalos sexuales). Fue publicada de forma anónima dada la terrible situación que vivía en aquel momento el autor: encerrado en una cárcel a las afueras de París, durante el período de El Terror, estaba incluido en las listas de aspirantes a la guillotina y desde su propia celda asistía diariamente a las ejecuciones en el patio de la prisión. Estas circunstancias, como fácilmente comprenderá el lector, fueron fundamentales para inspirar las bases de la filosofía del Marqués de Sade.

Porque nos apresuramos a aclarar al lector interesado en el Divino Marqués que en su obra hay que distinguir entre lo “sádico” y lo “sadiano” (el término lo tomo prestado de Lacan). Quizás La filosofía en el tocador sea su mejor obra a estos efectos. Diremos que esta novela está escrita en forma dialogada (algo muy habitual en aquella época) y que trata de la iniciación filosófica y sexual de Eugénie, una joven de 15 años, por parte de unos “preceptores inmorales”, una mujer y dos hombres, enclaustrados en una casa. Como también es habitual en el Marqués de Sade, las prácticas sexuales y las disquisiciones filosóficas se suceden sin solución de continuidad en una especie de círculo vicioso en el que unas ilustran a otras.

En 1955 Simone de Beavoir se preguntaba: “¿por qué seguimos leyendo a Sade?“, a lo que respondía: “La aventura de Sade reviste una amplia significación humana. ¿Podemos satisfacer nuestras aspiraciones a la universalidad sin renegar de nuestra individualidad?, ¿o sólo podemos integrarnos en la colectividad mediante el sacrificio de nuestras diferencias? Este problema nos afecta a todos. En Sade, las diferencias se exageran hasta el escándalo, y la inmensidad de su trabajo literario nos demuestra con cuánta pasión deseaba ser aceptado por la comunidad humana: en él encontramos, pues, bajo su forma más extrema, el conflicto que ningún individuo puede eludir sin mentirse a sí mismo.”

Ciertamente ese es el atractivo del Marqués de Sade: su rabiosa individualidad, su reivindicación del egoísmo como motor de la civilización. Sade tuvo la valentía de decir, como en el cuento infantil, que el rey está desnudo. El escritor francés soñaba con un modelo de sociedad en el que la libertad individual prevaleciera por encima de los preceptos establecidos por las instituciones sobre la colectividad, y de alguna manera el tiempo le dio la razón, ya que esa libertad individual, como han venido a demostrar las leyes posteriores, se ha consolidado mediante la primacía de las decisiones individuales frente a las colectivas.

En un momento de la historia en que se luchaba por la libertad, la igualdad y la fraternidad, el Divino Marqués invita a las mujeres y a los hombres a no dejarse convencer por las supuestas bondades de la virtud (según él, heredadas de unas enseñanzas religiosas hipócritas y caducas), sino a escuchar la voz de la naturaleza, de lo primitivo que hay en nosotros mismos, como una forma de rebeldía personal ante la imposiciones de los poderes fácticos, ejemplo más que evidente del egoísmo elevado al cubo. Como escribiera en una ocasión:

…esa  razón con la que me condenáis, también me justifica, es tan monstruosa como yo y sólo por la pura apariencia ideológica es que la usáis para legitimar la libertad, la igualdad y la fraternidad que tanto predicáis, pero en realidad es coartada para poder aplicar opresivamente los caprichos de vuestra voluntad de vuestros intereses y vuestra forma de vida haciéndolos pasar, por virtud de un imperativo vacío, como leyes universales.

En este pensamiento se fundamenta lo “sadiano”, en contraposición a lo “sádico”, que lamentablemente es lo que nos ha quedado de él junto a su leyenda negra. En La filosofía en el tocador hay una forma de entender la naturaleza y las relaciones humanas que sorprende por su actualidad. Así por ejemplo, en este rotundo alegato a favor de la igualdad entre mujeres y hombres, que hay que saber leer para no escandalizarse:

El destino de la mujer es igual al de la loba, al de la perra: debe entregarse a todos los que la deseen. Encadenar a las mujeres por el absurdo lazo de un himeneo solitario entrañaría un ultraje evidente al destino que la naturaleza ha impuesto a las mujeres.

Es decir, la mujer no está destinada a ser exclusivamente esposa y madre, a no ser dueña de sí misma, sino bien lo contrario, a satisfacer sus gustos, placeres y necesidades al igual que lo han hecho los hombres a lo largo de toda la historia: “Tu cuerpo te pertenece solo a ti, y solo tú tienes el derecho de gozarlo y hacer gozar con él a quien se te antoje”, le dice el instructor Dolmancé a su joven educanda Eugénie.

Lo mismo podemos decir de las inclinaciones sexuales, que el Marqués de Sade solo vincula al llamamiento de la propia naturaleza y no a los preceptos religiosos y sociales impuestos desde el poder:

Es falso que la naturaleza pretenda que ese licor espermático esté absolutamente destinado a la procreación; si fuese así, no solo no permitiría que este derramamiento se produje en todos los casos […], y de inmediato se opondría a que esas pérdidas se produjeran sin que haya coito, como ocurre durante el sueño o el recuerdo.

El Marqués de Sade entiende que la heterosexualidad obligatoria es precisamente todo lo contrario de lo que nos han dicho: algo vicioso, frustrante, horrendo, contrario a los más elementales impulsos de la naturaleza.

Estas ideas se ilustran sobradamente en las escenas eróticas que trufan el libro de cabo a rabo. Llama la atención la preferencia del Marqués de Sade por la sodomía, práctica que conjuga con todo tipo de juegos sexuales realizados entre tres, cuatro y cinco personas en sofisticadas posturas que no desaprovechan ni una sola zona erógena del cuerpo. En este aspecto la imaginación del Divino Marqués es portentosa dando lugar, eso sí, a barrocas estampas proclives a ser ilustradas en grabados “sicalípticos” para solaz de onanistas exquisitos.

La ventaja que, desde un punto de vista estrictamente erótico, una novela como La filosofía en el tocador ofrece respecto a otras obras más conocidas del Marqués de Sade es la condensación de su ideario (y de sus gustos sexuales) por mor de la forma dialogada del libro.

Tal vez hubiéramos preferido reseñar Las 120 jornadas de Sodoma como el summum sadicum que es, y a este respecto invitamos a nuestros lectores a que vean la película “Saló o Los 120 días de Sodoma” de Pier Paolo Pasolini, donde el director italiano supo extraer pura poesía de la prosa ordenancista del libro. Pero si hay una característica por encima de cualquier otra en la obra del Marqués de Sade es su empeño por organizar, ordenar y racionalizar el mal, labor propia de un enciclopedista convencido, pero aburrida y en ocasiones ilegible para los lectores actuales. Obras tan conocidas como Justine, Juliette o la citada Las 120 jornadas de Sodoma se reducen en muchas ocasiones a un frío catálogo de ideas y prácticas expuestas con un detallismo insufrible.

Por eso recomendamos La filosofía en el tocador como novela ideal para aquellos que quieran acercarse y conocer la obra y el pensamiento del Divino Marqués. En contra de lo que pudiera pensarse, el Marqués de Sade no era un sádico (tampoco lo dejaron en libertad para probarlo) sino un libertino de su época, es decir, más o menos lo que ahora somos todos en el aspecto sexual en Occidente, que llevó hasta extremos muchas veces escabrosos -conviene recordarlo, en obras de ficción– el marco racional de un progresivo bienestar general frente al dominio opresivo que existía para que ese bienestar no fuera general sino privilegio de unos pocos.

La filosofía en el tocador. Marqués de Sade. Valdemar

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Acerca de José Luis Alvarado

José Luis Alvarado
Dijo el sabio griego que nada es comunicable por el arte de la escritura; tras apurar la copa de seca cicuta, su discípulo dilecto lo traicionó y acaso lo perfeccionó transmitiendo por escrito sus irónicos conocimientos. Como antes hiciera Montaigne, pienso que la obra de un autor se prolonga y modifica cada vez que se escribe sobre ella. La memoria, que fue oral y minoritaria, ahora se multiplica con cada palabra que integra y justifica el continuo universo, también llamado la Red.

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