La fontana sagrada. Henry James: La ambigüedad como forma narrativa

Sin duda, Henry James (1843-1916) fue un maestro de la palabra. Nadie como él para crear situaciones ambiguas, frases de doble sentido y personajes impenetrables. Por la razón que fuera, el escritor americano sentía una fuerte atracción por las historias misteriosas que basan su enigma, no en hechos tangibles, sino más bien en la inteligente ordenación de la trama, suficientemente vaga, y en estructuras cerradas que le permitían jugar con el lector a base de escamotearle parte de la narración gracias al cuidadoso punto de vista elegido para contarla.

En ese sentido, La fontana sagrada (1901) es una novela ejemplar. Cualquier otro escritor hubiera naufragado en su intención de mantener el misterio abusando de explicaciones sobrenaturales. Sin embargo, Henry James toma el secreto de la historia como un ingrediente más añadido a la lógica recreación de situaciones triviales, de modo que no desvela nada que el lector no pueda alcanzar por sí mismo.

Para ello, el marco donde se sitúa la trama debía ser lo más natural posible, y qué más natural para él que un fin de semana en el campo, invitado por una familia amiga. Así es como comienza esta novela, desde el momento en el que el protagonista innominado (que bien podría ser el propio Henry James pero del que ni siquiera sabemos su sexo) se monta en el tren para pasar unos días en casa de unos amigos, y en el compartimiento encuentra, para su pesar, a otro de los invitados, buen conocido de él precisamente por ser un hombre estúpido y de necia conversación con el que no le agrada la perspectiva de viajar.

Sin embargo, nuestro hombre descubre al cabo de pocos minutos que su conocido, Gilbert Long, mantiene con él una charla amena e inteligente, justamente acerca de otra invitada a la casa de campo que asimismo viaja en el tren y sobre la cual de inmediato hablan puesto que esta mujer, conocida esposa ya madura de un hombre más joven que ella, aparece ante los ojos atónitos de los amigos mucho más bella y joven de lo que ambos recordaban.

Este extraño cambio de apariencias se confirma cuando el protagonista llega a la casa y se encuentra con el marido de esta amiga, hombre de 30 años que, sin embargo, aparenta de repente tener muchos más, con las espaldas cargadas y un aspecto que no es sino el de un viejo. Los cambios no terminarán ahí, y se irán sucediendo tal y como van apareciendo ante los ojos del protagonista: la mujer huraña se ha convertido en sociable y la inteligente en insustancial. Nada parece tener explicación aparente y este misterio pronto lo comparte con un amigo pintor, al que le cuenta la inexplicable situación en la que se encuentran. Pero el pintor no puede ayudarle, puesto que no conocía anteriormente a estas personas, por lo que nuestro hombre se dirige a la madura con apariencia de joven, Grace Brissenden, que le da la razón en sus enigmáticas conjeturas e incluso aventura una razón: el influjo que ejerce sobre los demás una de las invitadas, Lady John.

Curiosamente, Lady John es una mujer mundana que se relaciona con todo el mundo, excepto con el protagonista, al que parece querer dar esquinazo. No muy diferente es la actitud de otra mujer, la señora Server, anteriormente un ser gris e insociable que ahora parece flirtear con todos los hombres de la reunión salvo, como queda dicho, con el descubridor de las extrañas circunstancias que están ocurriendo en la casa de campo. Para mayor secreto, el amigo pintor le señala al protagonista que la señora Server ha parecido querer decir que siente miedo por éste, cuando ese miedo, evidentemente, no tiene sentido.

A partir de ese momento, la novela se va desplegando como una sucesión de sensaciones que va obteniendo el narrador de la minuciosa observación de sus conocidos, en una especie de espiral de ideas que le abocan hacia un callejón sin salida, puesto que él lo único que pretende es desentrañar el misterio atribuyendo a alguno de éstos el poder suficiente como para cambiar las conductas y las apariencias de los demás. Grace Brissenden será una ayuda inestimable para ello, puesto que la mujer parece entender que determinados sujetos de la reunión están vampirizando a otros, transfiriendo su personalidad y su edad en provecho propio.

De esta manera, y tal como se desarrolla la trama, estaríamos ante una historia de vampiros poco convencional, en el que las suposiciones y los sobreentendidos se toman como realidades, y la realidad, en cambio, se transmuta resbaladiza hasta el punto de no poder diferenciar lo que sucede de lo que debería estar sucediendo.

Por supuesto, una trama así contada resulta grosera frente a la sutileza empleada por Henry James, cuyas frases no evocan en ningún momento este proceso de vampirización de forma explícita sino que debe ser intuido por el lector, al que, al igual que el protagonista, le faltan piezas para completar el rompecabezas en el que éste se ha metido.

¿Tendrán una explicación los extraños sucesos que están ocurriendo? En este aspecto, Henry James no da facilidades. A través de diálogos plagados de lagunas e intrincadas aclaraciones, nunca sobrenaturales, se podrá seguir el denodado esfuerzo del protagonista por entender algo de lo que está sucediendo. En ese sentido, la novela se convierte en una barroca indagación de múltiples soluciones, ninguna de las cuales parece clara. Solo al final podrá el lector llegar a sus propias conclusiones, si es que las halla. Ahí es donde reside precisamente la fascinante atracción de esta novela. No hay descanso para el lector, que se ve abocado a permanecer en el incómodo punto de vista del perplejo narrador, que de ser un observador fiable pasa paulatinamente a convertirse en un sospechoso elemento inquietante que hace suyas verdades que posiblemente no ocurran en la realidad.

En este viraje de la trama se halla el encanto de esta novela que en su momento no encontró la menor comprensión y que hoy nos aparece como uno de los primeros ejemplos de docilidad narrativa y ambigüedad argumental que serán tan característicos del siglo XX.

La fontana sagrada. Henry James. Valdemar.

Reseñas sobre Henry James en Cicutadry:

Acerca de José Luis Alvarado

José Luis Alvarado
Dijo el sabio griego que nada es comunicable por el arte de la escritura; tras apurar la copa de seca cicuta, su discípulo dilecto lo traicionó y acaso lo perfeccionó transmitiendo por escrito sus irónicos conocimientos. Como antes hiciera Montaigne, pienso que la obra de un autor se prolonga y modifica cada vez que se escribe sobre ella. La memoria, que fue oral y minoritaria, ahora se multiplica con cada palabra que integra y justifica el continuo universo, también llamado la Red.

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