La lechuza ciega. Sadeq Hedayat: La inquietante fascinación por la muerte

Los cuentos no son más que una vía de escape abierta para los pobres deseos que cada narrador ha forjado dentro de los estrechos límites de su mentalidad hereditaria y que no ha podido satisfacer. Así pensaba el escritor iraní Sadeq Hedayat (1903-1951) y así lo supo plasmar en una novela que se debe emparentar con una larga pesadilla, La lechuza ciega (1936) donde lo real y lo onírico se entremezclan de manera que el lector siempre tiene la sensación de asistir a un relato sobrenatural, como fantasmal.

Sadeq Hedayat
Sadeq Hedayat

La lechuza ciega puede ser que hable de un hombre obsesionado que hace realidad sus propias pesadillas, pero ni siquiera cuando cerramos el libro podemos estar seguros de ello. Es cierto que en el relato hay sueños, y también que hay escenas reales, pero también hay historias contadas bajo los efectos del opio. Y es que hay llagas que, semejantes a la lepra, corroen lentamente el alma, en la soledad; males que no se le pueden confiar a nadie, cuyo destino debe ser el olvido que dispensa el vino y la somnolencia artificial que procura la droga o los estupefacientes. Desgraciadamente, sus efectos son pasajeros, y otra vez vuelven los sueños y la realidad a apoderarse de la mente, cada vez más oscurecida y confundida.

No es extraño que esta novela fuera extraordinariamente bien recibida por los surrealistas franceses: las escenas parecen haber sido sacadas de una extraña alucinación. Todo parece encajar, pero sin embargo, a la vez, nada parece tener sentido. La lectura de este libro es un continuo debate entre los distintos planos con los que está construido.

Sabemos que el hombre que escribe (y que además, sabemos que escribe para exorcizar sus propios fantasmas), un escritor sin nombre, un soñador anónimo, fue hijo de una bailarina india y de un hombre que quizá nunca se casó con ella, sino con su tío, hermano gemelo de su padre. También sabemos que esa mujer volvió a la India desde Irán, y que el padre (o el tío) desapareció, aunque no podemos estar seguros de que hayan desaparecido para siempre, y no se encuentren escondidos en alguno de los rincones de la mente o de la realidad del protagonista. Éste, termina criándose con su nodriza, al lado de su hija, con la cual termina casándose, pero no termina de consumar el matrimonio. Es más, jamás la besa, porque ella es pérfida (la llama «la zorra» de mi mujer) y sólo tiene ojos para los demás hombres, a los que invita a su cama, mientras que el marido yace enfermo, enfermo de deseo por ella.

Todo esto lo cuenta el protagonista, pero como lo hace bajo los efectos del opio, que toma para olvidar su extraño destino, no sabemos a ciencia cierta la verdad que encierra su desgracia familiar. Sí sabemos que está solo, que sufre de soledad y de infortunio, y que se dedica a beber, a fumar y a escribir cueros para escribanías: en esos cueros siempre realiza el mismo dibujo, de una forma continua y desasosegante: un ciprés a cuyo pie se haya sentado un anciano encorvado, semejante a los yoguis de la India, y frente a él, una joven vestida de negro, que se inclina para ofrecerle una flor de capuchina. Un riachuelo los separa.

El protagonista dibuja agonísticamente esos trazos sobre los cueros que más tarde venderá, pero esa imagen no sabemos si es anterior o posterior a otra igual de perturbadora: un anciano se adentra a su casa, y él, hospitalario, le va a ofrecer un vino que se hizo el mismo día de su nacimiento. Cuando va a cogerlo, por el tragaluz de la habitación contempla la siguiente escena: un ciprés a cuyo pie se haya sentado un anciano encorvado, semejante a los yoguis de la India, y frente a él, una joven vestida de negro, que se inclina para ofrecerle una flor de capuchina. Un riachuelo los separa.

La belleza de la mujer no tiene palabras para ser expresada. Inmediatamente se siente enamorado de ella, y sólo está deseando que la visita se vaya para acercarse de nuevo al tragaluz; pero cuando vuelve, sólo ve un muro negro, y donde estaba la chica, un cubo de basura. ¿Se trata de una alucinación? ¿Son escenas nacidas del opio, o de su imaginación enferma? Lo cierto es que la chica se presenta un día en su casa: es Ella, la que ha sembrado de veneno su vida, que ha llegado a su propio lecho para entregarse en cuerpo y alma: cuando va a tocarla, ella está muerta.

A partir de ahí, la historia se convertirá en una crónica macabra y gótica, con el cadáver descuartizado de ella metido en una maleta, en busca de un enterramiento. A pesar de hablarse de pesadillas, a pesar del tono alucinógeno que envuelve toda la novela, Hedayat no nos hace pensar en Kafka, sino en Poe: hay un regocijo especial en la muerte, en lo terminal, en la soledad dolorosa. Y, ante todo, hay una genuina poesía en cada una de las frases de la novela, de una sensualidad y una sensibilidad inusitadas: sus frases se recorren como si estuvieran escritas en seda. Las imágenes son poderosas, y la atmósfera que envuelve el relato no deja escapar, junto a la pesadilla, el misterio. Al final, debemos reconocer que hay pesadillas que se convierten en realidad, pero también hay realidades que se pueden convertir en pesadillas, y quizás éstas sean las peores.

La lechuza ciega. Sadeq Hedayat. Siruela

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Acerca de José Luis Alvarado

José Luis Alvarado
Dijo el sabio griego que nada es comunicable por el arte de la escritura; tras apurar la copa de seca cicuta, su discípulo dilecto lo traicionó y acaso lo perfeccionó transmitiendo por escrito sus irónicos conocimientos. Como antes hiciera Montaigne, pienso que la obra de un autor se prolonga y modifica cada vez que se escribe sobre ella. La memoria, que fue oral y minoritaria, ahora se multiplica con cada palabra que integra y justifica el continuo universo, también llamado la Red.

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