La máquina de Nozick

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¿Qué deseamos cuando decimos que deseamos? Me gusta mucho navegar por Internet para averiguar cuáles son los deseos de los demás, es una búsqueda apasionante. Hay una web que me atrae especialmente: 43things. En ella, los usuarios exponen sus deseos más personales y buscan experiencias de otras personas que han tenido el mismo deseo, de manera que es como una especie de red social de deseadores que se apoyan y aconsejan entre sí: lo que vale para uno puede valer para otro. Resulta conmovedora tanta ingenuidad.
 
Les invito a echar un vistazo a esa página porque es sorprendente. El ser humano está diseñado para desear algo, lo que sea, pero hay una tendencia irremediable a confundir los deseos con los sueños, y como éstos suelen ser inalcanzables, se termina confundiendo el placer con la felicidad, lo inmediato con lo permanente, lo fácil con lo arduo.
 
Un perspicaz filósofo norteamericano, Robert Nozick, propuso una interesante idea hace unos años: ¿qué pasaría si se inventara una máquina capaz de hacernos experimentar todos nuestros sueños, aun a sabiendas que sería una falacia mientras estuviéramos conectados a ese aparato?
 
Lo que resulta más inquietante es que esa máquina, en teoría, es posible, puesto que en este sentido se han hecho experimentos en animales con resultados asombrosos. Los investigadores sólo tuvieron que sobreestimular ciertas zonas cerebrales donde se albergan los centros del placer para que las ratas sintieran una satisfacción tal que olvidaban sus necesidades más básicas, como alimentarse, hasta llegar incluso a la muerte.
 
Sin alcanzar esos extremos, ¿compraría usted esa máquina? Piénselo despacio. Podría vivir en un mundo feliz, un mundo sin miseria, sin injusticias, sin enfermedades ni dolor, una sociedad solidaria, donde no existirían las guerras, el hambre, las catástrofes, sin que hubiera necesidad de trabajar, con todo el dinero a su disposición, amando y siendo amado por las personas que deseara. ¿No sería fascinante? La tendría en su casa, y cuando quisiera, en un momento de tristeza o de euforia, se conectaría a ella y todos sus problemas se solucionarían, flotaría en la felicidad más absoluta, en su felicidad, ¿no es cierto? ¿No es lo que todos deseamos: la felicidad? Les añado otra pregunta algo más insidiosa: ¿sería eso la felicidad?
 
Recuerdo, no hace mucho tiempo, el auge de las clínicas de cirugía estética, ¿por qué seguir teniendo el físico que uno tiene si puede comprar otro mejor? ¿No le gustaría tener una nariz más recta, unos labios más sensuales, unos pechos más perfectos? ¿Por qué se empeña en no ser más feliz? Yo he hablado con algunas personas que han pasado por esas clínicas y todas me han contado que así se sienten más satisfechas consigo mismas. Sí, se sienten satisfechas, son dichosas, son más felices. Se tumbaron en una camilla con un deseo y se despertaron con una feliz realidad.
 
Y usted, ¿por qué sigue aguantando a su pareja, por qué deja que el amor se vaya desgastando, que su relación se vaya degradando con la rutina? Apúntese a los nuevos tiempos, a la nueva tendencia: la monogamia sucesiva. ¿Para qué empeñarse en mantener con esfuerzo el amor con una persona para siempre cuando existe el enamoramiento, ese placer insólito que lo convierte todo en deseo puro, en atracción absorbente, en seducción encantadora, en esa deliciosa enfermedad de la atención de la que hablaba Ortega? ¿Por qué no vivir en un enamoramiento perpetuo y sucesivo, entre viajes románticos y palabras halagadoras, entre sábanas que van cambiando de cuerpos y de pasiones? ¿No sería también la felicidad perpetua, redonda, completa?
 
Déjese llevar por el carpe diem, por el refinamiento de la belleza, por la satisfacción que da el dinero, por el placer del buen sexo; el ancho mundo lo espera con su manantial incesante de nuevas emociones, de grandes aventuras por explorar, de cuerpos por descubrir, de experiencias con las que se sentirá más realizado. Piénselo bien: la máquina de Nozick está a su alcance. No espere a que se la lleve otro.
 
No escuche a los agoreros que afirman que la depresión será la enfermedad de este siglo. Para eso está el Prozac. El paraíso puede estar en una pastilla y nadie se ha dado cuenta. Tómesela con una buena compañía al lado, junto a otra pastilla azul que le hará sentirse irresistible. El placer es infinito, la felicidad es limitada. La felicidad sólo puede partir de la realidad, y la realidad es cotidiana y rutinaria, nos pongamos como nos pongamos. ¿De qué valen los deseos si no se pueden hacer factibles, para qué soñar si después nos tenemos que despertar? La realidad es mucho más dura, necesita de un proyecto donde sobrevivir y que nos sobrelleve, de una motivación que nos dé alas y de unos inciertos resultados que podrán o no llegar. La realidad es un camino, no una meta; en la realidad no hay atajos; en la realidad lo importante no es ganar sino participar, ¿y quién no quiere ganar? ¿Para qué está la vida si no es para disfrutarla en toda su intensidad?
 
Y ahora despierte. La máquina de Nozick no existe. Cuando el filósofo hizo un estudio entre la población y preguntó ¿se metería usted en esa máquina?, la gran mayoría respondió que no. Y Nozick llegó a la siguiente conclusión: no es tan importante ser feliz como interesarnos con lo que ocurre de verdad. ¿Desolador o realista? Otro filósofo vitalista, Jean Marie Guyau dijo “se trata de ser y de vivir, de sentirse existir y vivir, de obrar como se es y como se vive, de no ser una especie de mentira en acción, sino una verdad en acción”.
 
Y ahora de nuevo la pregunta insidiosa: si pudiera elegir qué preferiría, ¿la dulce apariencia o la rigurosa realidad?. Es más, qué cree usted, ¿vive en la realidad o en la apariencia? No se engañe, pero si es de estos últimos, le ruego que no siga leyendo, porque a lo mejor no comprenda que Machado escribiera: todo necio confunde valor y precio.
 

 

 

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Acerca de José Luis Alvarado

José Luis Alvarado
Dijo el sabio griego que nada es comunicable por el arte de la escritura; tras apurar la copa de seca cicuta, su discípulo dilecto lo traicionó y acaso lo perfeccionó transmitiendo por escrito sus irónicos conocimientos. Como antes hiciera Montaigne, pienso que la obra de un autor se prolonga y modifica cada vez que se escribe sobre ella. La memoria, que fue oral y minoritaria, ahora se multiplica con cada palabra que integra y justifica el continuo universo, también llamado la Red.

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