La mujer y el pelele. Pierre Louÿs: El mito de la mujer fatal

La mujer y el pelele. Pierre Louys. Reseña de CicutadryNo es posible hablar de las mejores novelas eróticas de la historia sin referirnos al escritor francés Pierre Louÿs. Sin duda ha sido el mejor pornógrafo que ha dado la literatura, un autor dotado artísticamente como pocos que prefirió volcar su talento en el erotismo y la transgresión en lugar de hacerlo en la narrativa convencional. Sus méritos son muchos pero para mí reviste especial importancia el que creara un mito, el de la femme fatale, cuya presencia literaria y cinematográfica a lo largo del siglo XX se debe a su novela La mujer y el pelele, escrita en 1896.

Todo lo que rodeó a esta obra y a su autor es fascinante. Empecemos por Pierre Louÿs. Aunque nació en Bélgica en 1870, pronto fue a vivir a Francia y desde los 18 años fue un entusiasta impulsor de la poesía simbolista y parnasiana que se estaba haciendo en esa época. Algunos de los mejores escritores de aquel momento fueron sus amigos: André Gide, Paul Verlaine, Paul Valéry. Capítulo aparte merece su amistad con Oscar Wilde, de la que hablaremos más adelante.

Pierre Louÿs pudo ser un meritorio poeta y un novelista destacado pero eligió la literatura como una forma de juego, de simulacro o remedo de la realidad. Con 24 años presentó una colección de poemas eróticos, Las canciones de Bilitis, en principio la traducción realizada por él de una poeta de la Antigua Grecia, llamada Bilitis, contemporánea de Safo, y que había vivido en la isla de Lesbos en el siglo VI a.C. Como no podía ser de otra manera, estos versos eran un canto al amor lésbico, poemas sensuales y apasionados que incluso inspiraron una bella pieza de su amigo Claude Debussy.

La mujer y el pelele. Pierre Louys. Reseña de Cicutadry
El escritor francés de origen belga Pierre Louÿs, en 1898

El fraude fue descubierto pero demostró la audacia y la cultura de Pierre Louÿs ante sus contemporáneos. Su defensa de la pasión sexual se vio reflejada en su primera novela, Afrodita, una especie de reconstrucción onírica y amoral de Alejandría, un relato refinado y decadente que tuvo un éxito inmediato entre el público y convirtió a esta obra, durante décadas, en el libro más vendido en Francia.

Desde ese momento, su carrera viró radicalmente hacia la literatura pornográfica siempre acompañada de un fino sentido de lo artístico, de manera que cada novela iba ilustrada por dibujos o xilografías de artistas entonces en ciernes, o inspiraban otro tipo de obras, como ocurrió después de fallecido el artista. Así, Las aventuras del rey Pausole (1901) fue bellamente ilustrada con xilografías del dibujante japonés Tsuguharu Foujita y en 1930 fue adaptada en forma de opereta por el músico Arthur Honegger. En 1917 publicaría Manual de Urbanidad para Jovencitas, una corrosiva parodia en clave pornográfica de los tratados de buenas costumbres con los que las clases aristocráticas trataban de mantener sus modelos de vida, y ya póstumamente vería la luz Las tres hijas de su madre (1926), una descacharrante novela en el que el protagonista mantiene relaciones sexuales muy elevadas de tono con una madre puta y sus tres hijas, tal vez la novela pornográfica más graciosa que me ha sido dada leer.

La mujer y el pelele. Pierre Louys. Reseña de Cicutadry
Xilografía de Tsuguharu Foujita para Las aventuras del rey Pausole (1901), de Pierre Louÿs

La vida de Pierre Louÿs tampoco estuvo exenta de todos los ingredientes propios de una telenovela venezolana. En un apartamento cercano a los Campos Elíseos conoció al poeta cubano José-María Heredia y Campuzano, un simbolista que ganará el sillón de la Academia Francesa a Émile Zola y a Paul Verlaine. En aquel apartamento conoce a una de sus tres hijas, Marie, una joven culta y rebelde que odia a los simbolistas como su padre y crea una academia paralela a la oficial (la Canacadémie) a la que se adhieren Pierre Louÿs, Marcel Proust o Paul Valéry.

Con 18 años, Marie de Heredia es pretendida por el novelista Henri de Régnier y el propio Pierre Louÿs. El primero, mucho más rico que el joven poeta aún novel, es el elegido por su padre para que se case con su hija Marie, pero ésta decide desde el primer momento que Pierre Louÿs será su amante desde el primer día de su matrimonio. Poco después se queda embarazada y le dice a Pierre Louÿs que él es el padre. En lugar de bautizarlo con el nombre de Henri, como su marido, decide ponerle Pierre. Al año siguiente, Henri de Régnier publica una novela evidentemente autobiográfica titulada La Double maîtresse (que podríamos traducir como La amante doble). En realidad, Marie tiene más amantes que Pierre Louÿs, y éste trata de abandonarla. Para tenerlo cerca, utiliza a su hermana Louise, que se enamora de Pierre, con el que termina casándose.

La mujer y el pelele. Pierre Louys. Reseña de Cicutadry
Marie de Heredia (Marie de Régnier), fotografiada por Pierre Louÿs

Marie comienza una relación con Georgina-Raoul Duval, una lesbiana muy conocida por haber sido amante de Colette. Pierre Louÿs se divorcia de Louis y conoce a la actriz y directora de cine Jeanne Roques, más conocida como Musidora. Jeanne Roques se había hecho famosa en el cine gracias a su papel de Irma Vep en el filme Les Vampires, de 1915. Su presencia misteriosa daba perfectamente la imagen de femme fatale (o vampiresa) y pronto fue adoptada como musa por los poetas surrealistas. Sin embargo, Jeanne se enamoró del rejoneador Antonio Cañero y se fue a vivir a España, donde dirigió y protagonizó tres películas de ambiente taurino entre 1920 y 1924.

La mujer y el pelele. Pierre Louys. Reseña de Cicutadry
La directora y actriz francesa Jeanne Roques, conocida en el mundo del cine como Musidora

Mientras tanto, Marie ha comenzado un relación tormentosa y sadomasoquista con el dramaturgo Henry Bernstein. Acuciado por los problemas económicos y en un lamentable estado de salud, Pierre Louÿs se retira al campo y comienza a escribir páginas que sabe que serán póstumas. En ese período convive con Zhora Ben Brahim (antigua musa de Claude Debussy), con la que tiene tres hijos, ninguno de él. En 1925 Pierre Louÿs muere en París y cuenta la leyenda que hasta el último momento estuvo escribiendo versos obscenos. Marie de Heredia, con el seudónimo de Gérard D’Houville, vivirá aún hasta 1967, siendo considerada una de las mejores escritoras francesas del siglo XX.

La mujer y el pelele. Pierre Louys. Reseña de Cicutadry
Zora Ben Brahim, fotografiada por Pierre Louÿs

Centrándonos ya en La mujer y el pelele, decíamos que es la obra que inaugura en el arte el tema que podríamos denominar de la femme fatale. Pierre Louÿs había permanecido dos largas temporadas en Andalucía, sobre todo en Sevilla, y ahí llevó el escenario de su novela, sin duda influido por Carmen de Prosper Mérimée. El decadentismo característico de final de siglo hacía creíble la historia de una joven cigarrera (de nuevo la acción comenzaba en la Fábrica de Tabacos de Sevilla) que enamora con su encanto a un rico desocupado, don Mateo, hasta hacerle perder la cabeza. Como se dice ahora, ya el mismo título de la novela es un spoiler, así que no hace falta ahondar mucho en su argumento.

La novedad que presenta La mujer y el pelele es la crueldad con que es tratado el hombre que sucumbe ante una joven de la cual el lector también se enamora rápidamente. Conchita Pérez es la representación de la mujer que con absoluta libertad elige con qué hombre quiere estar y cuándo, y esto a finales del siglo XIX significaba toda una revolución. No obstante, el feminismo ha querido ver en esta figura de la mujer fatal una forma de odio de los hombres hacia el género femenino, la representación del puro mal como esencia de las mujeres; en definitiva, la demostración de la misoginia de ciertos autores ante la presencia cada vez más constante de la mujer en la sociedad del siglo XX.

A mi entender esto no es así. La mujer fatal es el reverso actualizado del mito de don Juan. Ambos son perversos; ambos, seductores; ambos buscan la admiración y la rendición de sus víctimas, la humillación del otro como triunfo personal. En realidad, tanto la mujer fatal como don Juan son unos perfectos psicópatas: su falta de empatía es total. La diferencia estriba en el sexo: las mujeres se conducen de una manera muy diferente a los hombres a la hora de seducir, y esto es lo que supo ver Pierre Louÿs; es más: vio que la reacción de las víctimas también era distinta según su sexo. Al fin y al cabo, las mujeres y los hombres, aun siendo víctimas, buscan cosas diferentes. En el caso de La mujer y el pelele, don Mateo es la representación del perfecto imbécil que cae una y otra vez en las infinitas postergaciones a las que le somete Conchita con la esperanza de acostarse con ella.

La mujer y el pelele. Pierre Louys. Reseña de Cicutadry
Ilustración de Paul-Émile Bécat para la primera edición de La mujer y el pelele, de Pierre Louÿs (1898)

Los mitos son generalizaciones que no admiten excepción alguna. En el momento que no se cumpla alguna de las premisas sobre las que se sostiene, deja de formar parte del mito. En el de don Juan, la mujer víctima desea ser amada; en el de la femme fatale, el hombre lo que quiere es acostarse con su verdugo, cueste lo que cueste. A don Mateo le cuesta su riqueza y su dignidad el poder acceder a la vagina de Conchita Pérez, así de claro, y lo único que pretende Conchita es alargar ese instante todo el tiempo posible para sacarle a Mateo lo que tiene y, ante todo, probar su abyección, hasta qué punto está dispuesto a rebajarse ante ella. Sencillamente, dentro de su perversión, Conchita juega sus bazas.

Reproducimos uno de los muchos diálogos sostenidos entre la pareja en el que ambos miden sus fuerzas y se deja ver quién es la víctima y quién el verdugo:

Se sucedieron dos mañanas, dos días y dos noches interminables. Yo estaba feliz, y a la vez, atormentado e inquieto. Creo que, sobre los contradictorios sentimientos que me invadían, reinaba la alegría, pero una alegría turbia, casi dolorosa.

Se puede decir que, durante esas cuarenta y ocho horas, me imaginé una y cien veces «lo que iba a pasar», la escena, las palabras e incluso los silencios. A mi pesar, yo representaba en mi pensamiento el inminente papel que me aguardaba. Me veía a mí mismo, y a ella entre mis brazos. Y, cada cuarto de hora, mi agotada imaginación se detenía, una y otra vez, en los detalles de la misma escena.

Llegó la hora. Caminaba por la calle, sin atreverme a pararme delante de su ventana para no comprometerla, y al mismo tiempo crispado, pensando que estaba mirándome por la ventana, sin poner fin a la agitación que me ahogaba.

—¡Mateo!

Por fin, me llamó.

En ese momento, era como si no tuviese más de quince años. Veinte años de amor se desvanecieron detrás de mí, como en un sueño. Tuve la ilusión absoluta de que era la primera vez que iba a poner mis labios sobre los labios de una mujer y a sentir el peso cálido de un cuerpo joven al doblarse entre mis brazos.

Apoyando un pie sobre una piedra, y el otro en los barrotes salientes, me colé en su casa, como los galanes de teatro, y la abracé.

Ella estaba de pie, pegada a mí. Se abandonaba, y se ponía tensa. Nuestras cabezas, unidas por la boca, se inclinaban al unísono hacia un lado, respirando, jadeantes, con los ojos cerrados. Nunca he comprendido tan bien, a pesar del vértigo, el extravío y la inconsciencia en que me hallaba, toda la verdad que se expresa cuando se habla de la «embriaguez del beso». Ya no sabía quiénes éramos, ni qué había pasado, ni lo que sería de nosotros. El presente era tan intenso, que el futuro y el pasado se desvanecían. Ella movía sus labios con los míos, ardía entre mis brazos, y yo sentía su pequeño vientre, a través de la falda, apretarse contra mí, en una impúdica y ferviente caricia.

—Me siento mal, murmuró. Te lo ruego, espera… Creo que voy a desmayarme… Ven al patio conmigo, voy a echarme en la esterilla, al fresco… Espera… Te quiero…, pero estoy casi desmayada.

Me dirigí hacia una puerta.

—No, esa no. Es la habitación de mi madre. Ven por aquí. Yo te indicaré.

Un trozo de cielo negro y estrellado, por donde discurrían azuladas nubes, dominaba sobre la blancura del patio. Una de las plantas de la casa brillaba, iluminada por la luna. El resto permanecía en una confidencial penumbra.

Concha se echó a la oriental sobre una esterilla. Yo me senté cerca de ella y cogí su mano.

—Amigo mío, ¿me amará usted?

—¡Y tú me lo preguntas!

—¿Cuánto tiempo me querrá?

Siempre he temido ese tipo de preguntas que hacen todas las mujeres, a las que sólo se puede contestar con absurdas banalidades.

—¿Y cuando sea menos hermosa, también me amará?… ¿Y cuando sea vieja, totalmente vieja, también me amará? Dímelo, corazón mío. Aunque no sea cierto, necesito que me lo digas y que me des fuerzas. Ya ves, te prometí que esta noche…, pero no sé si seré capaz… Ni siquiera sé si lo mereces. ¡Ay, Santa Madre de Dios! Si me equivocara contigo, mi vida entera estaría perdida. Yo no soy de esas chicas que van con unos y con otros. Después de ti, no amaré a nadie más, y si me dejas, será como si hubiera muerto.

Se mordió los labios con una apremiante queja, mirando fijamente al vacío, pero su gesto acabó en una sonrisa.

—He crecido en estos últimos seis meses. Ya no puedo abrocharme los corpiños del verano pasado. Desabrocha el que llevo ahora, y verás qué hermosa soy.

Si yo se lo hubiera pedido, ella, seguramente, no me lo habría permitido. Yo ya empezaba a dudar de que aquella noche de parlamentos se acabara en una noche de amor; ya no la tocaba: entonces, ella se acercó.

¡Ay! Los senos, que yo liberé al abrir su henchido corpiño, eran como frutos de la Tierra Prometida. Ignoro si los hay tan bellos. Ni siquiera éstos mismos, nunca los vi tan hermosos como aquella noche. Los senos son seres vivos que tienen infancia y declive. Estoy convencido de que pude admirar los suyos en su máximo momento de esplendor.

Mientras tanto, ella besaba piadosamente un escapulario de tela que había sacado de entre sus pechos, vigilando, de reojo, mi emoción.

—Entonces, ¿le gusto?

Volví a cogerla en mis brazos.

—No, luego.

—¿Qué pasa ahora?

—Que no estoy preparada. Eso es todo.

Y volvió a cerrar su corpiño.

Yo sufría realmente. Ahora le suplicaba, casi con brusquedad, luchando contra sus manos, con las que se protegía. La habría acariciado y maltratado a la vez. Su obstinación en seducirme y en rechazarme, esas intrigas que duraban ya desde hacía un año, y que se repetían en el preciso momento en que yo esperaba el desenlace, conseguían exasperar mi más paciente ternura.

—Pequeña —le dije—, estás jugando conmigo. Ten cuidado, no vaya a cansarme.

—¿Ah, sí? Pues entonces hoy tampoco le amaré, don Mateo. Hasta mañana.

—Ya no volveré.

—Volverá usted mañana.

La perversión de Conchita –como la de cualquier mujer fatal– es que, a la vez que se ofrece seductoramente, no se deja poseer, pero tampoco admite ser definitivamente abandonada; de un modo u otro, Conchita sigue a todas partes a Mateo, y a la vez que no acepta entregársele completamente, tampoco le impide escapar. Una frase un tanto tremebunda de Mateo resume sus sentimientos: «Después de lo que había ocurrido (con Conchita), solo podía optar por tres soluciones: abandonarla, forzarla o matarla. Me decidí por la cuarta, que era sufrirla.»

Como decíamos más arriba, la influencia de La mujer y el pelele en el imaginario artístico del siglo XX fue importante. Ya en su momento el libro contó con unas espléndidas ilustraciones de Paul-Émile Bécat. En 1911, el compositor Riccardo Zandonai compuso la ópera Conchita, interpretada por la bella y misteriosa soprano Tarquinia Tarquini. Pero fue en el cine donde el mito de la femme fatale se desarrolló en todo su esplendor; no debe de extrañarnos: la fascinación visual que causaban las actrices protagonistas sobre el público dotaban de una credibilidad absoluta a la historia.

Aún en vida de Pierre Louÿs, en 1920, se rodó en Hollywood The Woman and the Puppet a mayor gloria de su protagonista Geraldine Farrar. Curiosamente, la Farrar era una muy reputada soprano que, por ejemplo, estrenó en el Metropolitano de Nueva York junto a Enrico Caruso la ópera Madama Butterfly, con la presencia del mismísimo Giacomo Puccini entre el público. Mantuvo durante 7 años una relación secreta como amantes con el director Arturo Toscanini, que terminó con la renuncia de éste, en 1915, a la dirección del Metropolitan Opera.

La mujer y el pelele. Pierre Louys. Reseña de Cicutadry
Geraldine Farrar, en su papel de Conchita en The Woman and the Puppet (1920)

Su belleza y su talento interpretativo aprendido en las tablas de los teatros la hicieron triunfar en Hollywood. Daba la imagen perfecta de oscuro objeto de deseo, lo que llevó a Cecil B. De Mille a darle el papel de Carmen en la película homónima de 1915 o a interpretar a Juana de Arco en 1917. Solo la inconmensurable Theda Bara la superó como la vampiresa oficial de Hollywood.

Otra singular vampiresa –en este caso olvidada- protagonizó la segunda adaptación de La mujer y el pelele. En 1929, la española Conchita Montenegro interpretó a la sevillana Conchita Pérez en un papel memorable. Su aspecto mucho más exótico para el público foráneo, añadido a una belleza de pura femme fatale, colaboró al éxito de esta cinta de cine mudo. Su sensualidad fue bien aprovechada por el director francés Jacques de Baroncelli: en este filme Conchita Montenegro protagonizaría el primer desnudo integral de una actriz española en el cine.

La mujer y el pelele. Pierre Louys. Reseña de Cicutadry
Fotograma de Le Femme et le Pantin (1930), con Conchita Montenegro en el papel de Concha Pérez

Este filme le abrió las puertas de Hollywood, donde su estancia estuvo trufada de momentos memorables: abofeteó públicamente a Clark Gable, recibió encendidos elogios de Lionel Barrymore y fue la amante de Leslie Howard hasta que éste murió en un accidente de aviación. No fue casualidad que se conocieran en el rodaje de Prohibido, en el que ella hacía el papel de una bailarina polinesia del que un americano se enamora perdidamente: se repetía la historia de El mujer y el pelele, que traspasaba la pantalla para instalarse en la vida real de sus protagonistas. Ella tenía 19 años y él más de cuarenta, estaba casado y tenía hijos.

La mujer y el pelele. Pierre Louys. Reseña de Cicutadry
Conchita Montenegro, la primera actriz española que triunfó en Hollywood

Sin quererlo, Conchita Montenegro se convirtió en la fatalidad del actor inglés: cansada de esperarlo, Conchita regresó a España y se casó con Ricardo Giménez Arnau, embajador de asuntos exteriores de la España franquista y hombre de confianza del dictador. Entre la realidad histórica y la leyenda, cuentan que Conchita ayudó a mediar entre Churchill y Franco para que éste se declarara neutral en la Segunda Guerra Mundial. El estadista inglés sabía de la pasión de Franco por Lo que el viento se llevó, y quiso enviar a Madrid a un actor que ya había colaborado con él en otras ocasiones. Éste se negó en principio, pero los ruegos de Conchita consiguieron que volara hacia Madrid. Días después del presunto encuentro entre Franco y Leslie Howard, este moría cuando su avión, de vuelta al Reino Unido, era derribado por seis bombarderos alemanes a la altura de la localidad gallega de Cedeira.

Sin embargo, el estatus de obra memorable lo alcanzó La mujer y el pelele cuando el director Josef von Sternberg filmó en 1935 El Diablo era mujer (The Devil is a Woman), con guion adaptado de John Dos Passos y una inolvidable Marlene Dietrich en el papel de Conchita Pérez. Von Sternberg, especialista en ambientes sórdidos y opresivos, cargó las tintas en la obsesión de don Mateo (Antonio en la película) por una Marlene Dietrich en estado de gracia, personificación de la mujer perversa y despreciativa hasta límites insoportables. La escena final en la que Concha Pérez seduce a Morenito (un inquietante Don Alvarado) delante de su amante, interpretado por un sufriente César Romero, es de la más electrizantes del cine.

La mujer y el pelele. Pierre Louys. Reseña de Cicutadry
Marlene Dietrich, en su papel de Conchita en El diablo era mujer (1935)

Como no podía ser de otra manera tratándose de esta novela, la cinta padeció todo tipo de vicisitudes. El gobierno conservador de la Segunda República Española, aparte de prohibir la exhibición de la película, elevó una protesta a los estudios por lo que consideró una burda mezcla entre estereotipos hispanos y perversión sexual. Inopinadamente, la Paramount escuchó las protestas gubernamentales y retiró la película de la circulación en el mundo entero. No sería hasta más de 20 años después que la propia Marlene Dietrich, con ocasión de un homenaje a Josef von Sternberg, aportó una copia del filme que tenía en su colección privada.

Menos suerte tuvo la mediocre Juguete de una mujer, película inglesa de 1959 protagonizada por la entonces jovencísima Brigitte Bardot. Su director, Julien Duvivier, tuvo la penosa idea de filmar in situ a la Bardot en plena feria de Sevilla (suponemos que por aquello de la ambientación), con una falda de volantes roja a lunares blancos que haría las delicias de los menoreros de aquellos tiempos. Para que el disparate fuera más notorio, la obligó también a bailar unas improbables sevillanas y a deambular sin ton ni son por las calles de la ciudad como si aquello fuera un documental sobre el urbanismo hispalense.

La mujer y el pelele. Pierre Louys. Reseña de Cicutadry
Brigitte Bardot como Conchita en Juguete de mujer, película de 1959

La cuestión es que a Brigitte Bardot, de cuya belleza nadie duda, le faltó el aspecto y el carácter de femme fatale absolutamente necesarios para construir una Conchita creíble, encarnando en su lugar (y sin querer) a un mito bien diferente como es la Lolita que más tarde inmortalizaría Vladimir Nabokov. A pesar (o por culpa) de la fama de la actriz francesa, la prensa española apenas se hizo eco de la estancia del equipo de producción en Sevilla (Brigitte Bardot, para el imaginario franquista, sí que era el mismísimo diablo) y la película pasó sin pena ni gloria, mayormente por la incapacidad del director para entender la historia de Pierre Louÿs.

Bien diferente fue la particular y genial versión que Buñuel hizo de la novela y que concretó en la que sería su última película, Ese oscuro objeto del deseo, de 1977. Buñuel extrajo una lectura insólita del tema de la mujer fatal: la película es la historia de la posesión imposible de un cuerpo de mujer. Sin duda, la idea procede de una constante en su filmografía: se parte de una situación en la que surge un obstáculo inesperado y absurdo pero lo suficientemente efectivo para impedir que se cumpla el propósito que se espera realizar (recuérdese, por ejemplo, El ángel exterminador). Es algo inexplicable, fuera de toda lógica, que sin embargo tiene un poder contundente. En definitiva, una visión kafkiana pasada por el filtro del surrealismo.

Lo extraño es que esta visión funciona con La mujer y el pelele: efectivamente, la obsesión de don Mateo por Conchita es absurda, inexplicable, por mucho que queramos justificarla por la pulsión sexual. La sevillana no cesa de ponerle dificultades imprevistas, algunas de ellas estrafalarias, como cuando accede a desnudarse ante Mateo y aparece, sin explicaciones, con una faja ceñida que le tapa desde el abdomen hasta los muslos, haciendo imposible la penetración. Si esta escena la hubiera escrito Buñuel (y no Pierre Louÿs) hubiéramos pensado que era el colmo del surrealismo.

La mujer y el pelele. Pierre Louys. Reseña de Cicutadry
Fernando Rey y Carole Bouquet en una escena de Ese oscuro objeto del deseo, de Luis Buñuel (1977)

El director aragonés añadió una novedad inquietante: hizo que Conchita fuera interpretada por dos actrices, Ángela Molina y Carole Bouquet, lo que hace imposible el acceso a la joven de un atribulado Fernando Rey, que persiste con una mansedumbre de buey en su obsesión por poseer a una mujer ideal que no para de cambiarle de aspecto. Al fin y al cabo, La mujer y el pelele trata de la insatisfacción en estado puro, tanto por parte de don Mateo como de la propia Conchita. Como el escorpión de la fábula, la sevillana es la primera víctima de su propia maldad, puesto que la infinita postergación del acto sexual hace que ella permanezca virgen.

Para terminar, en 1990 el cineasta Mario Camus realizó un telefilm titulado (por fin) La mujer y el pelele, a mayor gloria de Maribel Verdú, que en algunas escenas incluso sale vestida. Llevada la escena a la Barcelona preolímpica, la película es absolutamente prescindible puesto que ya para esa época ni quedaban mujeres fatales ni donjuanes. Tal vez la última femme fatale del cine fue Kathleen Turner en la tórrida Fuego en el cuerpo, de Lawrence Kasdan.

Como decíamos al principio de esta reseña, a Pierre Louÿs le unió una profunda amistad con Oscar Wilde, que le dedicó su obra Salomé. No es casualidad que la historia de Salomé, acaso la última de la larga lista de femmes fatales que alberga las Sagradas Escrituras, juntara a los dos escritores, que colaboraron en su elaboración. El autor irlandés se enamoró del apuesto Pierre, que no le correspondió porque el francés era heterosexual, pero a pesar de ello su relación se mantuvo porque compartían una misma visión del mundo; como Oscar Wilde escribiría en una ocasión: «Los dioses son extraños. No solo nos fustigan con nuestros vicios. También aprovechan lo que hay de bueno, amable y humano en nosotros para buscar nuestra ruina.»

La mujer y el pelele. Pierre Louÿs. Reino de Cordelia.

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Acerca de José Luis Alvarado

José Luis Alvarado
Dijo el sabio griego que nada es comunicable por el arte de la escritura; tras apurar la copa de seca cicuta, su discípulo dilecto lo traicionó y acaso lo perfeccionó transmitiendo por escrito sus irónicos conocimientos. Como antes hiciera Montaigne, pienso que la obra de un autor se prolonga y modifica cada vez que se escribe sobre ella. La memoria, que fue oral y minoritaria, ahora se multiplica con cada palabra que integra y justifica el continuo universo, también llamado la Red.

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