La ópera flotante. John Barth: Introducción a la novela posmoderna

La opera flotante. John Barth. Reseña de Cicutadry

John Barth es uno de los mejores novelistas norteamericanos de la segunda mitad del siglo XX. Poco traducido a la lengua castellana, forma parte de un grupo de escritores de su país (cuyo más famoso referente quizá sea Thomas Pynchon) con un interés nulo por la literatura de masas, lo que lo llevó a transitar por modelos narrativos distintos en esa corriente que se terminó llamando posmodernismo, cuya difícil definición ha empapelado de tesis doctorales las universidades de todo el mundo. La ópera flotante fue la primera novela escrita por John Barth, a los veintiséis años, dato éste, dada la envergadura de la obra, que puede bajar la autoestima a cualquier aspirante a escritor.

El posmodernismo de John Barth

El posmodernismo de John Barth se ancla, principalmente, en la ironía a la hora de tratar sus temas, una ironía que por lo general deriva en sarcasmo, y en cualquier caso, en un ingenio narrativo de naturaleza superlativa.

Las novelas de John Barth son diferentes. Quien acuda a ellas creyendo que se encontrará una historia al uso, quedará defraudado. Tal vez ese sea su encanto: es un autor imprevisible. No hay manera de seguirle el paso, cambia constantemente de registro, se sale de la trama para entrar el propio autor de forma subrepticia, da giros a la historia con un aparente aire de azar o capricho y lleva a sus personajes a situaciones inauditas aunque verosímiles.

John Barth parece querer decir al lector aquello que se le atribuye al torero Rafael Molina Sánchez “Lagartijo”, y que traducido a correcto castellano sería: “Hay gente para todo”. Apliquen la frase a los personajes de John Barth y entenderán los extraños itinerarios narrativos de sus novelas.

La extenuación de las formas narrativas tradicionales

La opera flotante es el mejor ejemplo para indagar en la forma de contar de John Barth. Lo primero que llama la atención es el carácter metaficcional de sus textos. Nada es seguro.

En La ópera flotante, su protagonista, Todd Andrews pretende escribir una novela que se llama La ópera flotante. Otra cosa es que lo vaya a conseguir, porque él es abogado y no escritor, y además ha decidido escribir sobre el día que, hace años, decidió suicidarse, lo que no es fácil. Así  se lo confiesa al lector:

Sin duda, cuando le coja el truco a esto de contar historias, tras un capítulo o dos, iré más rápido y divagaré menos.

Bueno, vamos con lo del título y luego veremos si podemos empezar con la historia. Cuando decidí, hace dieciséis años, escribir sobre cómo había cambiado de opinión una noche de junio de 1937, no tenía ningún título en mente. De hecho, no fue hasta que empecé a escribir esto, hace una hora, más o menos, que me di cuenta de que la historia tendría como mínimo la duración de una novela y decidí, por lo tanto, darle un nombre novelesco.

La experiencia como excusa

Lo normal es que un autor escriba una historia para contar una experiencia determinada. Sin embargo, Todd Andrews lo que desea contar a toda costa es por qué no se suicidó una noche de junio de 1937, es decir, los fundamentos existenciales, filosóficos o de cualquier otra índole que lo llevaron, primero a decidir suicidarse, y más tarde, a no hacerlo (tanto una decisión como la otra las tomó el mismo día).

Con esta triquiñuela argumental, John Barth rompe la lógica novelística, puesto que lo que ofrece al lector son aproximaciones, indicios, experiencias, hechos más o menos aislados, pero no los motivos reales, digamos, por propia incapacidad del personaje para expresarlos o transmitirlos.

Naturalmente, un escritor con un cierto talento lo hubiera hecho más o menos bien, pero recordemos que Todd Andrews no es escritor, y además intuimos que no tiene demasiado talento para la literatura. La novela consiste en todos esos titubeos e incapacidades y, sin embargo, la novela es extraordinaria. John Barth se sirve de esta paradoja para romper, una vez más, las formas tradicionales de narrar.

La naturaleza absurda de la existencia humana

Uno de los puntos fuertes de John Barth en esta novela es su capacidad para el spoiler. El lector sabe en todo momento lo que va a pasar (o cree saberlo) mientras que el escritor no cesa de hacerle resúmenes de lo narrado hasta ese momento, mostrando de forma patente esa inseguridad a la que hemos aludido con anterioridad.

De ahí que nos vayamos a servir del propio narrador para contar someramente la historia –o más bien, las experiencias- que contiene esta novela:

Yo había sido un niño bastante corriente; después, un día de 1919, durante un toque de retreta, me desmayé en la plaza de armas de Fort Meade, el doctor Frisbee me examinó con el estetoscopio y yo empecé a comer, beber y disfrutar de la vida en Johns Hopkins: mi primera máscara. En 1924, Betty June Gunter me cortó con una botella rota, un hombre llamado Cozy me dio un puñetazo y me sacó a patadas de un burdel de Calvert Street, Marvin Rose me encontró una infección horrible en la próstata y me convertí en un santo: mi segunda máscara. En 1930, mi padre, con quien (creyendo que mi santidad iba a dar paso a la madurez) pensaba que estaba empezando a comunicarme, se ahorcó inexplicablemente; yo le quité el cinturón del cuello, le envié por correo mi herencia al coronel Morton y me convertí en un cínico: mi tercera máscara. Y cada vez, no tardé demasiado tiempo en llegar a creer que mi postura no sólo era la mejor para mí, porque de alguna manera saldaba cuentas con el estado de mi corazón, sino la mejor en sí misma, en términos absolutos. Después, la noche del 20 o del 21 de junio de 1937…

En realidad, a Todd Andrews le ocurren más cosas, algunas de difícil explicación incluso para él mismo y que el lector acepta de buen grado gracias a la vena humorística de esta sorprendente novela.

El humor como coartada narrativa

Por alguna razón desconocida, Todd Andrews tiene una amante; no una amante cualquiera, sino la mujer de su mejor amigo. En realidad no es su mejor amigo, sino que pasa a ser su mejor amigo porque cuando inician su relación de amistad, la mujer del amigo se mete en la cama de Todd Andrews con el permiso del amigo, montando así un triángulo sexual insospechado.

No es la única experiencia extraña que vive Todd a diario: por ejemplo, siendo un mediocre abogado, consigue que este amigo se haga con la abultada herencia de su padre (que antes de morir había dejado escritos 13 testamentos seguidos) en detrimento de su madre, legítima heredera a todas luces, y todo por culpa de unos botes vacíos de pepinillos.

Que Todd Andrews viva en un hotel no debe de extrañar al lector a estas alturas; que lo pague diariamente, es decir, salga y entre de la habitación cada día, tampoco: Todd padece del corazón y puede morir en cualquier momento. ¿Un hipocondríaco? ¿Un neurasténico? No; un filósofo de la existencia.

El existencialismo de fondo

Todd Andrews es un existencialista que no sabe que lo es. Su vida gira alrededor de varias preguntas de importante calado: ¿Por qué aceptamos el absurdo de la existencia? ¿Por qué el gana casos en el juzgado en lugar de perderlos? ¿Por qué a una edad se piensa de una manera y a otra edad de manera diferente?

Con el tiempo descubrimos que la gran pregunta que lleva a Todd a hacer todo lo que hace –y a escribir esta novela- es saber por qué su padre se suicidó.

No deja de ser interesante que el tema central del libro sea el suicidio –el propio y el de su padre- porque fue uno de los temas centrales del existencialismo francés. ¿Un guiño al lector, una preocupación real de John Barth o pura ironía? El tono de la novela da la respuesta.

A la sombra de Borges

A lo largo de la novela hay múltiples referencias paródicas a determinadas corrientes filosóficas o literarias, o a escritores en concreto. John Barth es lo suficientemente inteligente como para evitar el trazo grueso y así llegar con más sutileza al lector avezado.

Esta actitud paródica y metaficcional es propia del posmodernismo. Consciente de este hecho, John Barth monta –aparentemente- toda una novela alrededor de una cuestión que ya hemos indicado más arriba: el suicidio de su padre. Para llegar a saber los motivos que tuvo para matarse, Todd Andrews comienza una serie de pesquisas para conocer la vida de su padre, a la que llama su Investigación.

Serán años de búsqueda de información para encontrar sentido a un hecho fundamental en su vida. Pero hay un momento en que descubre que esa investigación es imposible. De alguna forma, es una especie de laberinto, de jardín de senderos que se bifurcan. Es aquí cuando aparece (de modo subrepticio) la figura de Borges, uno de los escritores posmodernos más importantes del siglo XX. Lean si no estos dos párrafos que harán las delicias de los seguidores del escritor argentino:

Esta Investigación, si tuviera tiempo para dedicarle, algún día podría titularse Una Investigación acerca de la vida de Thomas T Andrews, de Cambridge, Maryland (1867-1930), prestando especial atención a su relación con su hijo, Todd Andrews (1900- ****). En otras palabras, sería un estudio completo sobre la personalidad y la vida de mi padre, desde su nacimiento en el dormitorio principal de la casa de los Andrews hasta su muerte en el sótano de dicha casa; desde el cordón umbilical que lo ataba a su madre hasta el cinturón con el que quedó colgando de una viga.

Una tarea considerable: mi objetivo es enterarme de todo lo que se pueda uno enterar sobre la vida de mi padre; obtener todas las claves posibles sobre el funcionamiento de su personalidad. Para hacer esto debo, además de realizar a una escala mayor todas las indagaciones descritas en relación con la otra Investigación, llevar a cabo algunas tareas extra: por ejemplo, debo leer todos los libros que sé que leyó mi padre, buscando influencias en su carácter y en su forma de pensar. Si se pueden comparar dos cosas infinitas, esta tarea es aún más interminable que la otra.

Naturalmente, para rematar la visión posmodernista de la novela, John Barth hace que su personaje vaya acumulando cientos de papeles de su Investigación en simples cestas de melocotones.

El sentimiento tragicómico de la vida

En definitiva, lo que John Barth nos plantea en La ópera flotante es una mirada cómica e incluso cínica sobre la existencia no exenta de melancolía. Como buen texto canónico del posmodernismo, nos reserva una sorpresa al final que obviamente no desvelaremos.

Sí diremos que el título de la novela revela su sentido al final de la historia. La ópera flotante es un barco que ofrece un espectáculo de variedades típico de la América profunda. En ese barco, al final, confluirán todos los personajes de la novela como espectadores del más bien pobre espectáculo. Y allí, en la ópera flotante, el personaje de Todd Andrews revelará su verdadera personalidad.

Como un cuento de Poe, o como los mejores relatos de algunos escritores sudamericanos, la novela deviene en un artefacto literario preparado expresamente para ese final inesperado. No es extraño que Julio Cortázar admirara a John Barth: una maestría técnica de esta envergadura es digna de la más profunda admiración.

John Barth dejó de escribir en 1982.

La ópera flotante. John Barth. Sexto Piso.

Acerca de José Luis Alvarado

José Luis Alvarado
Dijo el sabio griego que nada es comunicable por el arte de la escritura; tras apurar la copa de seca cicuta, su discípulo dilecto lo traicionó y acaso lo perfeccionó transmitiendo por escrito sus irónicos conocimientos. Como antes hiciera Montaigne, pienso que la obra de un autor se prolonga y modifica cada vez que se escribe sobre ella. La memoria, que fue oral y minoritaria, ahora se multiplica con cada palabra que integra y justifica el continuo universo, también llamado la Red.

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