La princesa Casamassima. Henry James: Londres revolucionario

CasamassimaPara muchos lectores, La princesa Casamassima (The Princess Casamassima, 1886) es la novela menos representativa de Henry James; no la menos interesante o la peor valorada, sino la que más se aleja de los recursos estilísticos y la idea temática que tenemos del autor, y realmente esa es la primera pregunta que uno se hace cuando se comienza su lectura: ¿dónde está Henry James? Me adelanto a decir que se trata de una gran novela y que no entiendo el poco aprecio que se tiene por ella, incluidos el de sus propios biógrafos, que la consideran “floja”.

Para comprenderla en toda su magnitud acaso sea interesante hacer una serie de puntualizaciones que nos pueden servir de ayuda: la primera, la necesidad de Henry James por demostrar que sabía escribir novelas más allá de sus primeros temas característicos, sobre todo después del fracaso de Las Bostonianas, que lo dejó francamente afectado; la admiración por el estilo naturalista que estaba triunfando en Francia de la mano de Zola y Maupassant y que, con matices, gustaba a James como una forma nueva de expresión narrativa; y en tercer lugar, la mera curiosidad por saber qué podía hacer –en sus manos- un personaje que tenía a disposición ese fascinante Londres que el escritor tan bien conocía pero que, dada su miserable condición social, sólo podría verlo como a través de un escaparate. En el prefacio a la Edición de Nueva York correspondiente a esta novela indica cómo concibió la personalidad de su protagonista:

…una naturaleza individual y sensitiva de mente fina, alguna pequeña, oscura, inteligente criatura, cuya educación se derivara casi enteramente de ellos, capaz de disfrutar de toda la civilización, todas las acumulaciones de las que dan testimonio y condenada, sin embargo, a ver todas esas cosas únicamente por fuera, en mera consideración apresurada, mero deseo, envidia y desesperación. Me parecía que solo tenía que imaginar un espíritu así, lo bastante atento y lo bastante turbado, y ponerlo en presencia de los que iban y venían, la gran compañía gregaria de los más afortunados que él, para entrar en posesión de un tema interesante. Fue así como llegué a la historia del pequeño Hyacinth Robinson; brotó ante mí del pavimento de Londres. Para poder encontrar su posible aventura interesante, solo tenía que concebirle contemplando el mismo espectáculo público, las mismas innumerables apariencias que yo había contemplado, y que lo hubiera hecho de forma muy semejante a como los había contemplado yo, salvo por una pequeña diferencia. Esa pequeña diferencia sería que, mientras toldo aquel enjambre de hechos debería hablar de libertad y holgura, conocimiento y poder, dinero, oportunidades y saciedad, él podría dar vueltas alrededor de ellos, pero a una muy respetable distancia y con todas las puertas de aproximación cerradas en sus narices.

Su propósito fue mostrarnos ese otro Londres que no aparecía ni en los libros ni en los periódicos, esa ciudad fea, sin brillo, mísera, y a sus millones de habitantes que superaban por mucho en cantidad a la gran sociedad londinense pero que no tenían ninguna de las posibilidades de las que disfrutaban las personas acaudaladas. Así nace Hyacinth Robinson, fruto de la relación adúltera entre una prostituta francesa y un aristócrata inglés que rehusó reconocer a su hijo ilegítimo y que fue asesinado a manos de su despechada amante. Desde la cuna –quiere decirnos James- Hyacinth tiene sangre noble y plebeya, aunque de esto se entere ya de adolescente, que es justo cuando comienza la acción.

Prevengo a un futuro lector de la novela que estos primeros capítulos son los más desconcertantes de esta ya de por sí desconcertante novela. Entramos de boca en un mundo típicamente dickensiano, con todos los elementos del escritor inglés y con un tratamiento muy cercano a él; nos es imposible reconocer a Henry James como autor de estas páginas, con un estilo naturalista que jamás volvió a emplear. Y lo que más llama la atención: el tono lúgubre, sombrío, pegajoso, fatalista, con que narra la acción y que ya nos acompañará a lo largo de todas las páginas. Henry James quiso retratar los bajos fondos y realmente lo consiguió; otra cosa es que no lo esperemos de él.

Ignoro qué le llevó a escoger un comienzo tan propio de Dickens: el huérfano que vive acogido en casa de una amiga de su madre, una pobre modista sin espíritu alguno, que recibe la visita de una especie de gobernanta de la cárcel de Millbank ya que la madre se está muriendo en una celda y quiere ver a su hijo por última vez. Como es natural, Hyacinth no sabe nada de sus orígenes y precisamente esta angustiosa visita será la que le abra los ojos respecto a su miserable condición. Digo angustiosa porque James carga las tintas sobre las condiciones insanas de la prisión –él mismo la visitó para describir la escena-, la patética reunión entre madre e hijo y las consecuencias nefastas que producirá en éste. Para completar el cuadro, también aparece un vecino de la modista, Anastasius Vetch, violinista en un teatro de ínfima categoría, cínico y despegado del mundo, que pretende tratar a Hyacinth como su propio hijo sin demasiado éxito y que añade otra nota dickensiana –la última- a estos primeros capítulos.

Será el violinista el que encuentre trabajo para Hyacinth en un taller de encuadernación de libros. No es casual que éste sea el oficio del muchacho, porque es lo más adecuado que ha encontrado su vecino para su espíritu delicado, o dicho con otras palabras, lo más cercano que Hyacinth va a estar en su vida del arte. Este es un aspecto fundamental en la novela: la imposibilidad de ascenso en la escala social de estos desdichados personajes, condenados a vivir una gris existencia y con un sueldo que apenas le llega para sobrevivir, salvo en los casos en los que todo el dinero se lo gastan en el pub hasta caer al suelo completamente borrachos.

La única posibilidad que encuentra esta gente es la de conspirar contra el sistema, incentivar la revolución social. Desde el momento en que Hyacinth conoce a los primeros compañeros que lo llevan a las clandestinas reuniones de trabajadores, la historia parece tomar el derrotero de lo que podríamos considerar una novela social. Sin embargo, leer esta obra desde esa perspectiva es un grave error, en el que creo que han caído muchos lectores. La princesa Casamassima no es una novela política, aunque todo el trasfondo de la trama se base en las ideas revolucionarias que por aquel entonces corrían por ciertos países occidentales. James, como hemos dicho, se proponía enseñarnos a un personaje que vive ese otro Londres, y dicho aspecto de la ciudad lo llevaba irremisiblemente a tratar el tema de la revolución social. De alguna manera ya le había ocurrido a Dickens en Tiempos difíciles. Pero el punto de vista de Henry James es marcadamente individualista, y por tanto no se puede esperar de ella una historia de bombazos y grandes huelgas, sino la intrahistoria de ese movimiento.

De hecho, es muy posible que en el lecho de muerte de su muy admirado Ivan Turgueniev, James conociera a Kropotkin, uno de los padres del anarquismo que siempre consideró que el gran problema de los revolucionarios era su falta de organización, y así nos presenta el novelista esos conciliábulos secretos: como una mezcla de charlatanería y vaguedad, que puede defraudar al lector ansioso de acción pero que refleja aquella realidad. No había debate de ideas, no existía siquiera la camaradería: los obreros se unían porque así se sentían mejor, pero no había una mínima meta para salir de su humilde condición. En una de estas reuniones Hyacinth conocerá a Paul Muniment, un joven tímido y ensimismado cuya inteligencia lo deslumbra y que será su guía.

Hasta ese momento, la novela se concentra exclusivamente en la pobre situación de la clase trabajadora londinense, con un retrato escalofriante de los bajos fondos, pero no hay ni rastro de la idea primigenia de James. Ésta surgirá de la mano de la princesa Casamassima.

Curiosamente, este personaje había aparecido en la primera novela de James, Roderick Hudson, y había crecido en ella de tal manera que se había alzado con el protagonismo de la obra. Pues bien, James la recupera para, de nuevo, volver del revés la trama. La princesa, que por esa primera novela sabemos que se vio obligada a casarse con un príncipe italiano, ha huido de él y se ha instalado en Londres. Christina Light –su verdadero nombre- es una mujer fascinante, agradable, bella y sagaz pero también caprichosa, insolente, despreciativa, imprevisible. Sin duda es una de las mejores creaciones de su autor.

Aquí irrumpe como un elefante en una cacharrería en forma de noble rica que pretende apoyar a la causa trabajadora. Que el primer contacto con el modesto Hyacinth sea en el palco de un teatro ya indica las muchas contracciones de esta mujer. Lo atiende como lo que es, una persona de alta alcurnia que, en un momento dado, se rebaja a hablar con un simple trabajador para enterarse de cómo se está desarrollando la lucha obrera. Lo extraño es que ha ido a elegir a la persona menos indicada.

Esto es así porque Hyacinth es una especie de alter ego de Henry James –diríamos que su negativo-, dotado de su inmensa capacidad de observación pero con un nulo talento para la acción. La sorprendente princesa se encuentra con un joven al que puede moldear a su antojo, y aunque ve que poco puede sacar de él, se deja llevar por el efecto Pigmalión y lo amadrina para enseñarle el gran mundo, o más bien, una parte muy reducida de él, pero suficiente para deslumbrar al muchacho.

Esta vez Henry James no cometió la torpeza de titular la novela con el nombre de su protagonista sino de la auténtica vertebradora de la historia, aunque no aparezca hasta bien entrada la narración. Cuando aparece Christina Light todo el aspecto mugriento de la trama se diluye –hasta cierto punto- para combinarse con la seductora atracción que ejerce el dinero y la clase social. Y aquí es donde triunfa la novela: la delicadeza, el amor al arte, los palacios, lo que en sí otorga el dinero, lo pisará tímidamente Hyacinth aun sabiendo que no se va a quedar instalado en esa situación. Durante un tiempo, el joven va a entrar en el interior de ese escaparate que jamás pensó que podría conocer, pero tanto él como los lectores tenemos la sospecha de que tarde o temprano se verá de nuevo arrojado al frío de la calle y a observar la vida a través del cristal de la vitrina.

Otro de los puntos fuertes de la novela es su compleja idea compositiva, basada en la creación de personajes contrapuestos. Hay al menos una docena de ellos que aparecen y desaparecen en la historia para enriquecerla desde todos los puntos de vista. Así, el joven revolucionario Paul Muniment, silencioso, teórico y un tanto envidioso de la clase social a la que quiere derrocar es la otra cara de su propia hermana, Rosy, una inválida prostrada de por vida en una cama por una lesión de espalda, que entiende que hay que admirar la vida tal como es, para lo cual hace volar su imaginación para sentir ese presumible lujo de Londres que ella nunca conocerá; la pobre modista cuidadora de Hyacinth, espíritu sencillo y sacrificado donde lo haya se contrapone con el de su vecino –y tal vez enamorado-, el violinista Anastasius Vetch, cuyo vigor –dentro de su infinita pobreza- se mantiene gracias a una visión ácida y agresiva de la sociedad.

La propia princesa Casamassima, con todos sus oropeles al servicio de la revolución tiene su reflejo en la figura de Lady Aurora, una chica de alta familia que gasta todo su capital en ayudar efectivamente (y de forma modesta y anónima) a los pobres con sus propias manos, una verdadera aristócrata “socialista”; una amiga de la infancia del protagonista, Millicent Henning, con la que se comía los mocos en las sucias calles, y cuya aparición ya de joven representa lo poco (pero digno) que puede ascender una persona nacida en los barrios bajos –es dependienta de una tienda en el centro de Londres- contrasta con la escasa dignidad del Capitán Sholto, pretendiente de la princesa Casamassima, el hombre que le presenta a nuestro joven Hyacinth y que exclusivamente admira las pretensiones de los obreros por tal de seguir cerca de su amada Christina, cuando realmente la clase baja le produce asco; e incluso dos personajes muy secundarios, Madame Grandoni, anciana señorita de compañía de la princesa, y el mismo príncipe Casamassima, representan dos clases de víctimas de las extravagancias de Christina Light: a quien tiene al lado para protegerla y excusarla ante los demás; y a quien no quiere ni ver, porque sabe que nada sacará de la presencia de su marido, pero continúa aprovechando de él la suculenta asignación económica que le tiene concedida.

Con esta cantidad de personajes heterogéneos, y sus idas y venidas, se comprende que, aunque en muchos capítulos se aborde el tema social, James quiere hacérnoslo ver desde una perspectiva humana, a ras de suelo, lejos de los grandes discursos. No hay mejor manera de mostrar las desigualdades sociales que tomar a un tipo de baja extracción y meterlo en un palacio, con la condición de que vuelva a dormir todos los días a su miserable habitación. Este aspecto no fue –ni es- entendido por la crítica y los lectores, que esperaban más acción, más ruido de explosiones, cuando lo turbador es que un joven esté dispuesto a coger una pistola para matar a un aristócrata que posiblemente acaba de saludar pocos días antes en un lujoso salón.

Para que esto fuera posible, había que crear un personaje apasionante, y casualmente James ya lo tenía. Si Hyacinth es nuestro hilo conductor (y de hecho, asistimos a su vida), la princesa Casamassima es el detonador que hace saltar por los aires todas las ideas preconcebidas que podamos tener tanto de la aristocracia como de la clase obrera, porque a pesar de que no termina de convencernos su lucha por la igualdad entre los hombres –es demasiado voluble y exquisita- entendemos que las revoluciones necesitan que alguien las dinamite desde dentro, utilizando incluso a personas que son capaces de dar su vida por la causa (los ricos nunca lo harían). Pero cuando un espíritu revolucionario pisa las mullidas alfombras de los salones, ¿puede resistirse a la tentación de aprovechar esos privilegios que prometen?

Aparte de esta interesante disyuntiva ética, y de una historia que progresa con dinamismo, La princesa Casamassima está repleta de personajes secundarios trazados de manera firme y dotada de unos diálogos amenos e inteligentes. Ésta es la impresión que da la novela cuando ya se llevan leídos varios capítulos: que una vez superado esa primera extrañeza a la que hemos aludido, la obra es ante todo inteligente. Construida sobre la base de relaciones interpersonales, muchas de ellas chocantes, levanta un edificio sólido donde podemos deambular de una estancia a otra hasta conocer sus últimos rincones. La sagacidad mostrada por Henry James a la hora de abordar este tema se vio refrendada por la propia realidad: mientras la novela estaba publicándose en la revista Atlantic Monthly, el 1 de mayo de 1886 sucedió la violenta revuelta obrera de Chicago que reivindicaba las ocho horas de trabajo, en la que fueron condenados a muerte cinco anarquistas y que dio lugar a la conmemoración, para esa fecha, del Día de los Trabajadores. Pocas veces un novelista ha estado tan cerca de la inmediata realidad representándola en una obra de ficción.

La princesa Casamassima. Henry James. El cuenco de plata.

Reseñas sobre Henry James en Cicutadry:

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Acerca de José Luis Alvarado

José Luis Alvarado
Dijo el sabio griego que nada es comunicable por el arte de la escritura; tras apurar la copa de seca cicuta, su discípulo dilecto lo traicionó y acaso lo perfeccionó transmitiendo por escrito sus irónicos conocimientos. Como antes hiciera Montaigne, pienso que la obra de un autor se prolonga y modifica cada vez que se escribe sobre ella. La memoria, que fue oral y minoritaria, ahora se multiplica con cada palabra que integra y justifica el continuo universo, también llamado la Red.

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