La tregua, de Mario Benedetti: la duración de la felicidad

Portada de La tregua, de Mario BenedettiComo la mayoría de las obras de Mario Benedetti, La tregua se caracteriza por una prosa intimista y no carente de lirismo. No en vano, Mario Benedetti es uno de los poetas hispanoamericanos más relevantes, lo que se deja traslucir en su narrativa, ya sean relatos o, como en este caso, novela.

La tregua está escrita en forma de diario. Quien lo escribe es Martín Santomé, un viudo a punto de cumplir cincuenta años, que al parecer era la edad necesaria por entonces para jubilarse en Uruguay. Martín tiene tres hijos, Esteban, Jaime y Blanca, con quienes no mantiene una relación demasiado buena, exceptuando a Blanca, con quien se permite ciertas confidencias y que, además, sirve como nexo de unión con sus otros hijos.

Para Martín, a quien apenas queda un año para alcanzar su retiro, la idea de pasar sus horas de ocio es algo que le alienta y le preocupa al mismo tiempo, pues nota con pesadumbre cómo el paso del tiempo hace cada vez más mella en él, y siente la incertidumbre de que su jubilación tal vez no le sirva para poder disfrutar de su ocio y teme que éste se convierta en una nueva rutina monótona y gris como aquella en la que se sume a diario en la oficina para la que trabaja llevando la contabilidad. Como expresa el protagonista en su diario:

Tengo la horrible sensación de que pasa el tiempo y no hago nada y nada acontece, y nada me conmueve hasta la raíz.

Un día, sin embargo, esa existencia monótona se ve sacudida de forma súbita con la llegada de una nueva empleada a la oficina: se trata de Laura Avellaneda, una mujer joven y atractiva de la que él además será su inmediato superior. Comienza a producirse aquí una metamorfosis en Martín quien acaba irremediablemente enamorado de Laura, aunque al principio siente ciertos reparos por la diferencia de edad que tienen ambos. Uno de los puntos más logrados de este libro es precisamente comprobar cómo se produce esa evolución en Martín, como va pasando de un indudable interés basado meramente en el atractivo de Laura Avellaneda hasta un profundo enamoramiento del que ya no podrá escapar. De esta forma, esa atracción comienza con esta anotación en su diario:

Me atraían sus ojos, su voz, su cintura, su boca, sus manos, su risa, su cansancio, su timidez, su llanto, su franqueza, su pena, su confianza, su ternura, su sueño, su paso, sus suspiros. Pero ninguno de estos rasgos bastaba para atraerme compulsiva, totalmente. Cada atractivo se apoyaba en otro. Ella me atraía como un todo, como una suma insustituible de atractivos, acaso sustituibles.

Hay un momento en el que Martín no puede más y sentados a la mesa de un café, le confiesa su enamoramiento, algo que ella también ha percibido, pero en ese momento, el milagro sucede y lo que podría haber acabado con un rechazo de Laura se convierte en un amor aceptado y correspondido:

Ayer de tarde estábamos sentados junto a la mesa. No hacíamos nada, ni siquiera hablábamos. Yo tenía apoyada mi mano sobre un cenicero sin ceniza. Estábamos tristes: eso era lo que estábamos, tristes. Pero era una tristeza dulce, casi una paz. Ella me estaba mirando y de pronto movió los labios para decir dos palabras. Dijo: Te quiero. Entonces me di cuenta de que era la primera vez que me lo decía, más aún, que era la primera vez que lo decía a alguien. Isabel me lo hubiera repetido veinte veces por noche. Para Isabel, repetirlo era como otro beso, era un simple resorte del juego amoroso. Avellaneda, en cambio, lo había dicho una vez, la necesaria. Quizá ya no precise decirlo más, porque no es juego: es una esencia.

Amor que Martín viene a reiterar en sucesivos pasajes de su diario, en los que insiste en la idea de que la sola presencia de Avellaneda le basta para sentirse dichoso:

Ella me daba la mano y no hacía falta más. Me alcanzaba para sentir que era bien acogido. Más que besarla, más que acostarnos juntos, más que ninguna otra cosa, ella me daba la mano y eso era amor.

De esta forma, Martín nos desgrana en su diario una especie de teoría sobre la felicidad:

De pronto tuve la conciencia de que ese momento, de que esa rebanada de cotidianidad, era el grado máximo de bienestar, era la Dicha. Nunca había sido tan plenamente feliz como en ese momento, pero tenía la hiriente sensación de que nunca más volveré a serlo, pero lo menos en ese grado, con esa intensidad. La cumbre es así. Además estoy seguro que la cumbre es sólo un segundo, un breve segundo, un destello instantáneo, y no hay derecho a prórrogas.

Al mismo tiempo que transcurre esta historia de amor, conocemos otros aspectos de la vida de Martín, como el recuerdo de su querida esposa Isabel, o ciertos encuentros con amigos de toda la vida, o la relación con sus hijos. Su hijo Jaime, por ejemplo, confiesa en un momento dado que es homosexual, lo que provoca la ira de su hermano Esteban, que le agrede. Jaime abandona la casa dejando una nota terrible llena de reproches para su padre, que se entera de su condición de homosexual a través de su hija Blanca. Al mismo tiempo esta nota sirve para que se descubra la relación secreta que mantienen Martín y Avellaneda, pues Jaime le dice haberlos vistos juntos. Eso obliga en cierto modo a Martín a sincerarse con su hija y llega incluso a presentarle a Laura, haciéndose ambas muy amigas, lo que no hace sino aumentar la felicidad de Martín, que siente que está viviendo un momento pletórico y, ahora sí, anhela la llegada de su jubilación para poder entregarse por completo a una vida con su amada Laura, o Avellaneda, como a él le gusta llamarla. Todo va bien hasta que encontramos una entrada en su diario que nos revela lo efímera que puede llegar a ser la felicidad. Esa entrada, fechada un 23 de septiembre, dice así:

Dios mío. Dios mío. Dios mío. Dios mío. Dios mío. Dios mío. Dios mío. Dios mío.

El golpe de efecto que se produce tras esta entrada, no se retoma hasta varios meses después, en el diario de Martín. En una entrada más que memorable, nos explica que no siente rencor contra Dios, y que ha llegado a una especie de pacto con Él:

…El 23 de septiembre no sólo escribí varias veces “Dios mío”. También lo pronuncié, también lo sentí. Por primera vez en mi vida, sentí que podía dialogar con Él. Pero en el diálogo Dios tuvo una parte floja, vacilante, como si no estuviera seguro de sí. Tal vez yo haya estado a punto de conmoverlo. Tuve la sensación, además, de que había un argumento decisivo, un argumento que estaba junto a mí, frente a mí, y que pese a ello, yo no podía reconocer, no podía incorporar a mi alegato. Entonces, pasado ese plazo que Él me otorgó para que yo lo convenciera, pasado ese amago de vacilación y apocamiento, Dios recuperó finalmente sus fuerzas. Dios volvió a ser la toda poderosa Negación de siempre. Sin embargo, no puedo tenerle rencor, no puedo manosearlo con mi odio. Sé que me dio la oportunidad y que no supe aprovecharla. Quizá algún día pueda asir ese argumento único, decisivo, pero para ese entonces yo ya estaré atrozmente ajado y este presente más ajado aún. A veces pienso que si Dios jugara limpio, también me habría dado el argumento que debía usar contra él. Pero no. No puede ser. No quiero un Dios que me mantenga, que se decida a confiarme la llave para volver, tarde o temprano, a mi conciencia; no quiero un Dios que me brinde todo hecho, como podría hacer uno de esos prósperos padres de la Rambla, podridos en plata, con su hijo pituco e inservible. Eso sí que no. Ahora las relaciones entre Dios y yo se han enfriado. Él sabe que no soy capaz de convencerlo. Yo sé que Él es una lejana soledad, a la que no tuve ni tendré nunca acceso. Así estamos, cada uno en su orilla, sin odiarnos, sin amarnos, ajenos.

En La tregua, Mario Benedetti nos expone a través de sus personajes diferentes concepciones de la felicidad y del amor al tiempo que habla de algo mucho más genérico: cómo afrontar la vida un día tras otro y la asunción de que la felicidad no se encuentra en las cosas más complejas, sino en la sencillez y en la cotidianidad. Quizá la felicidad no llegue a ser más que una tregua, nos dice Mario Benedetti, pero merece la pena luchar por ella.

La tregua. Mario Benedetti. Editorial Cátedra

Acerca de Jaime Molina

Jaime Molina
Licenciado en Informática por la Universidad de Granada. Autor de las novelas cortas El pianista acompañante (2009, premio Rei en Jaume) y El fantasma de John Wayne (2011, premio Castillo- Puche) y las novelas Lejos del cielo (2011, premio Blasco Ibáñez), Una casa respetable (2013, premio Juan Valera), La Fundación 2.1 (2014) y Días para morir en el paraíso (2016).

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