La Venus de las pieles. Leopold von Sacher-Masoch

La Venus de las Pieles, de Leopold Sacher-Masoch. Reseña de cicutadry sobre masoquismoNadie recordaría a Leopold von Sacher-Masoch si no hubiera publicado en 1870 La Venus de las pieles. El escritor austriaco tuvo cierto éxito en su tiempo con novelas naturalistas y de costumbres que gustaron a Victor Hugo o Zola pero que para el lector actual serían ilegibles. Posiblemente ni siquiera La Venus de las pieles hubiera trascendido si el psiquiatra Richard von Krafft-Ebing no hubiera inventado en su libro Psychopathia Sexualis de 1886 el término masoquismo para denominar la conducta que Sacher-Masoch describía en su libro.

¿Qué llevó al autor austriaco a cambiar radicalmente de estilo y escribir esta novela? Pues una ineludible necesidad interior: Sacher-Masoch era masoquista, y si me permiten la broma, un masoquista de libro, ya que esta obra recoge sus propias vivencias sexuales con la escritora Fanny Pistor, de la que fue esclavo durante al menos seis meses.

La Venus de las pieles apenas tiene valor literario; podemos decir que su estilo es romo, su estructura narrativa es casi inexistente y su trama adolece de una puerilidad asombrosa a la hora de explicar el comportamiento de sus personajes, tan solo tres, un escaso número que en principio no supondría ningún reto para un escritor medianamente dotado.

Es evidente que el valor de esta novela reside en su erotismo, que impregna el texto de principio a fin. A diferencia de otras obras eróticas, en las que las escenas sexuales se inscriben dentro de un contexto argumental más o menos cotidiano, en La Venus de las pieles los personajes solo viven para el eros en un mundo cerrado y aislado de cualquier injerencia externa.

La trama se circunscribe exclusivamente a la adoración que un hombre llamado Severin siente por Wanda, una joven de 24 años, a la que convierte en su ama, dueña, diosa y propietaria. Si bien las razones de tan absoluta pasión no aparecen en la novela (repito que la pobreza en la introspección psicológica es total), esta ausencia de motivaciones sirve precisamente para analizar con mayor libertad los complejos mecanismos de la conducta masoquista, que al fin y al cabo es lo que buscamos si pretendemos comentar el erotismo de la obra.

La primera característica que impresiona en la actitud de Severin respecto a Wanda es la obsesión por verla como un objeto, en este caso de culto. Se reitera hasta el hartazgo la comparación entre la joven y la figura de la diosa Venus, ya sea en forma de estatua (la Venus de Medicis) o pintada sobre lienzo (la Venus del espejo, de Tiziano). Para Severin, Wanda no es realmente una mujer de carne y hueso sino que él la dota de un significado místico, superior, acorde con sus deseos.

A este respecto es interesante comparar el comportamiento del personaje Severin con la propia vida del escritor, bastante documentada. Decíamos anteriormente que Sacher-Masoch tuvo una relación sadomasoquista con Fanny Pistor, que terminó en un corto espacio de tiempo. Poco después, el escritor se casó con Aurore von Rümelin, una joven que se enamoró perdidamente de Leopold y que accedió a mantener con él la misma relación sexual que había vivido años antes su marido.

En sus memorias, publicadas en 1906, Aurore von Rümelin, confiesa respecto a la actitud de Sacher-Masoch antes de su matrimonio:

Me sentí fuertemente impresionada por toda la humildad y la súplica que trasuntaba su ser, que parecía decir: no soy nada, tú lo eres todo…Mírame, postrado ante ti, pisotéame y seré feliz con tal de que me toque tu pie.

Para Aurore, tal declaración era un homenaje sin precedentes a la mujer, que procediendo de un hombre de reconocido prestigio, alcanzó en ella la emoción y la fascinación. Desde que se casó con él adoptó el nombre de Wanda de Sacher-Masoch.

Estamos convencidos de que esta declaración de amor fue idéntica a la que anteriormente había hecho a Fanny Pistor, y aún antes, a la baronesa von Ristow y a madame de Kottwitz, con las que también intentó mantener relaciones de carácter masoquista. Sacher-Masoch intentaba establecer con ellas un mundo cerrado, una erotización total tanto en el plano físico como mental.

La Venus de las Pieles, de Leopold Sacher-Masoch. Reseña de cicutadry sobre masoquismo
Fotografía de Fanny Pistor y Leopold Sacher-Masoch, en diciembre de 1869

Buena prueba de ello es la necesidad que sentía el escritor de firmar un contrato con sus parejas por el que se reglaba la particular relación que él pretendía. No me resisto a transcribir el contrato que Sacher-Masoch firmó con Fanny Pistor a fin de que el lector comprenda el alcance de la conducta masoquista del escritor:

Contrato entre Madame Fanny Pistor y Leopold von Sacher-Masoch.

Bajo palabra de honor, Leopold von Sacher-Masoch se compromete a ser esclavo de Madame Pistor y a ejecutar
absolutamente todos sus deseos y órdenes, y esto durante seis meses.

Por el contrario, Madame Fanny Pistor no le exigirá nada deshonroso (que pueda hacerle perder su honor de hombre y ciudadano). Además, deberá dejarle seis horas al día para sus trabajos, y nunca mirará sus cartas y escritos. A cada infracción o negligencia, o a cada crimen de lesa majestad, la dueña (Fanny Pistor) podrá castigarle según sus deseos a su esclavo (Leopold von Sacher-Masoch). En resumen, el sujeto obedecerá a su soberana con sumisión servil, acogerá sus gestos de favor como un don maravilloso y no intentará hacer valer pretensión alguna a su amor ni derecho alguno a ser su amante. Por su parte Fanny Pistor se compromete a usar pieles lo más frecuentemente posible y sobre
todo mientras ella sea cruel.

(Añadido más tarde). Al expirar los seis meses, este intervalo de servidumbre será considerado como no efectuado por las dos partes, y ellos no harán alusión alguna a lo habido. Todo lo que haya tenido lugar deberá ser olvidado, con retorno a la antigua relación amorosa.

Estos seis meses no tienen por qué ser continuos; podrán sufrir grandes interrupciones, comenzando y acabando según el capricho de la soberana.

Y añadimos el contrato que Sacher-Masoch firmó con su esposa Aurore, mucho más detallado, ya que vivirían como matrimonio:

Esclavo mío:

Las condiciones bajo las cuales os acepto como esclavo y os soporto a mi lado son las siguientes:

Renuncia de todo punto absoluta a vuestro yo.

Fuera de la mía, no tenéis voluntad.

Usted es en mis manos un instrumento ciego que ejecuta todas mis órdenes sin discutirlas. En el caso de que olvidarais ser mi esclavo y que no me obedezcáis en todo absolutamente, tengo el derecho de castigaros y corregiros a mi gusto, sin que podáis osar quejaros.

Todo aquello que yo os ofrezca de agradable y feliz será una gracia de mi parte, y usted no deberá acogerlo sino agradeciéndolo. A vuestros ojos, actuaré siempre sin error y yo no tengo ninguna obligación.

Usted no será ni un hijo ni un hermano ni un amigo; usted no será más que mi esclavo que yace en el polvo.

Del mismo modo que vuestro cuerpo, vuestra alma me pertenece también, y asimismo, aunque sufráis mucho, deberéis someter a mi autoridad vuestras sensaciones y vuestros sentimientos.

La más grande crueldad me estará permitida, y si os mutilo habréis de soportarlo sin queja. Deberéis trabajar para mí como un esclavo y si me entrego a lo superfluo dejándoos en privaciones, pisoteándoos, habréis de besar, sin murmurar, el pie que os pisotee.

Yo podré despediros a cualquier hora, pero no tendréis derecho a abandonarme contra mi voluntad, y si llegáis a huir habréis de reconocerme el poder y el derecho de torturaros hasta la muerte, bajo todos los tormentos imaginables.

Fuera de mí no tenéis nada; para usted soy todo, vuestra vida, vuestro futuro, vuestra felicidad, vuestra desgracia, vuestro tormento y vuestra alegría.

Usted deberá ejecutar cuanto yo exija, sea bueno o malo, y si exijo un crimen de usted habréis de convertiros en criminal para obedecer a mi voluntad.

Vuestro honor me pertenece, vuestra sangre, vuestro espíritu y vuestra capacidad de trabajo.

Si llegarais a no poder soportar mi dominación y vuestras cadenas llegasen a ser demasiado pesadas, será preciso que os matéis: nunca os devolveré la libertad.

*****************

Yo me obligo, bajo mi palabra de honor, a ser el esclavo de madame Wanda, tal y como ella lo exige, y a someterme sin resistencia a cuanto ella me imponga.

Dr. Leopold von Sacher-Masoch

Un contrato muy simular aparece en La Venus de las pieles firmado entre Severine y Wanda. Es importante destacar que la novela fue escrita antes de que Sacher-Masoch y Aurore se conocieran (también es interesante recordar que un contrato mucho menos draconiano aparecía en Cincuenta sombras de Grey, en lo que se consideró el colmo de la originalidad y la depravación).

La existencia de este contrato es fundamental para entender la relación masoquista que pretendía Sacher-Masoch: firmándolo ambas partes, no es el masoquista el que se compromete a obedecer ciegamente a su ama, puesto que esta pretensión es anterior al contrato, sino que de esta forma obliga a su pareja a conducirse con él de la manera que él desea. Es decir: a pesar de las apariencias, es el masoquista el que organiza y controla la relación, no la figura dominante.

Esta actitud se observa con claridad en la novela: Severin está continuamente azuzando a Wanda para que sea cruel con él, la desafía, la envalentona y la excita para satisfacer sus propias pulsiones sexuales. Y cuando ésta toma decisiones por su cuenta, por lo general humillándolo o mostrándole indiferencia, Severin reacciona con lamentos y recriminaciones hacia su ama.

La relación entre Severin y Wanda está realmente cosificada; el masoquista pretende que se le utilice como una cosa, pero a su vez, ve a su ama como un objeto, como la parte fundamental -pero parte, al fin y al cabo- de un conjunto de fetiches al que su mente otorga un valor especial, supremo. En el caso de Severin (y del mismo Sacher-Masoch) las pieles adquieren el atributo del poder y la belleza.

También entran en la categoría de fetiches la adoración por los pies y por las zapatillas, y más aún cuando son utilizadas para golpearlo o pisotearlo. Pero ya decimos que la presencia de las pieles en la novela es absoluta. Las innumerables veces que Wanda se reviste de pieles, o se hace poner por su esclavo las pieles con las que ha de cubrirse, llevan directamente a pensar en la satisfacción sexual que el masoquista obtiene con la fijación por determinados objetos, no elegidos caprichosamente; de esta forma, él, el esclavo, es el que dota a la ama de la vestimenta que la endiosa y con la que ha de aparecer justamente con el rango de déspota.

El masoquista se seduce a sí mismo a través de su ama, la convierte en el objeto necesario para su gratificación sexual. De ahí que Severin-Sacher-Masoch trate de hacer descubrir a sus respectivas Wandas su pulsión sádica mediante la adoración permanente a su persona. De esta manera, el ser dominante, una vez metido en el juego, pasa a tener un papel de dependencia inequívoca respecto del esclavo, lo que contradice su rol de dominador.

Naturalmente la ama debe tener una cierta predisposición por el dominio dentro de la pareja, pero la adulación, la vanidad, el endiosamiento y la facilidad con que el sumiso le otorga todo poder sobre él hacen el resto. El conflicto comienza cuando el masoquista y la ama ven la relación sadomasoquista desde distinto ángulo, y así viene demostrado en la novela.

Como decimos, el esclavo no se cansa de adorar a su objeto; sin embargo, la parte dominante, si no es capaz también de cosificar a su esclavo, se termina aburriendo. Esta circunstancia se agrava cuando, como ocurre con Severin, el sumiso no ofrece satisfacciones sexuales a su ama. Es notable observar que en toda la novela Severin no tiene una sola erección, ni mantiene relaciones sexuales de ningún tipo con Wanda. Ni siquiera hay una sola descripción del cuerpo femenino.

De esta manera, Severin se convierte en un objeto pasivo, excitado en su mundo interior, suficientemente erotizado por la relación que mantiene, pero que ofrece pocos alicientes a la otra parte fuera de esa burbuja que él mismo se ha fabricado. De ahí que Wanda comience a buscar otros intereses fuera de la casa donde casi se ha enclaustrado con Severin, y si bien su lealtad para con su esclavo no ha de resentirse por ello, no ocurre lo mismo con su fidelidad sexual.

El desplazamiento de la atención de la persona dominante hacia otros objetivos perjudica inmediatamente la relación: en esa cosificación en la que el masoquista vive imbuido, él, como cosa, queda desenfocado, arrumbado. No olvidemos que a la diosa se le ha otorgado la potestad de hacer con su voluntad lo que quiera; sin embargo, después la realidad demuestra que no es así: puede hacer lo que desee con su esclavo, pero solo con él, puesto que su gratificación sexual (la del masoquista) depende por completo de su presencia real y controladora en cada escena.

El propio Sacher-Masoch pasó por el mismo lance que describe en la novela, y así terminó divorciándose de Aurore por una supuesta infidelidad de ésta con un desconocido, aunque en repetidas ocasiones le había rogado que le fuera infiel (pero, claro está, con un hombre elegido por el propio Leopold). Esta aparente contradicción tiene una sencilla respuesta: para Sacher-Masoch pensar en la infidelidad de su esposa, en la posibilidad de perderla en manos de otro hombre, le hacía sufrir, o mejor dicho se embriagaba en el sufrimiento, pero solo como posibilidad, como juego mental relacionado con la humillación, no como hecho real que pudiera suceder. De nuevo aparece ese claro manejo del masoquista sobre la voluntad del dominante.

La Venus de las Pieles, de Leopold Sacher-Masoch. Reseña de cicutadry sobre masoquismo
Aurore von Rümelin, también conocida como Wanda von Sacher-Masoch y Wanda von Dunajew, esposa del escritor austríaco entre 1873 y 1883

En las citadas memorias de Aurore Rümelin aparece una confesión que a estas alturas ya no debe sorprendernos. Afirma que tras contraer matrimonio con Leopold:

Desde ese momento no pasó un día sin que azotara a mi marido, sin que le probara mi parte del contrato. Al principio mi repugnancia fue feroz; pero poco a poco me fui habituando a ello, aunque siempre lo hice a disgusto y obligada por la necesidad. Al ver que yo me sometí a sus deseos, se ingenió para hacerlo lo más doloroso posible. Se hizo fabricar látigos de acuerdo con indicaciones especiales suyas, entre ellos un knut de seis correas armadas con agudos clavos.

Desde el instante en que sus deseos sexuales fueron incorporados por Leopold a sus prácticas domésticas desapareció la experimentación de la escritura. No había nada que sublimar: había triunfado en sus pretensiones eróticas y vitales desde su presunta posición inferior de esclavo.

Este curioso intercambio de roles en las relaciones sadomasoquistas llevó a la psicología clínica a inventar un nuevo término, la algolagnia (de algos, dolor, y lainos, excitación sexual) y llamar al sadismo algolagnia activa y al masoquismo algolagnia pasiva.

A este respecto, el sexólogo Havelock Ellis escribió:

No puede mantenerse la distinción entre el “sadismo” y el “masoquismo”: no tan sólo el mismo Sade fue algo masoquista y Sacher-Masoch algo sadista, sino que entre estos dos grupos extremos de fenómenos existe un grupo central en que la algolagnia no es ni activa ni pasiva. “Sadismo” y “masoquismo” son sencillamente términos clínicos para clases de manifestaciones que con mucha frecuencia se presentan en la misma persona. Hemos visto, además (…), que apenas es correcto emplear la palabra “crueldad” en relación con los fenómenos que hemos considerado. Las personas que experimentan estos impulsos generalmente no demuestran amar la crueldad fuera de la emoción sexual; hasta pueden ser intolerantes con la crueldad.

Todas estas consideraciones y muchas más que nos dejamos en el tintero por falta de espacio se pueden extraer de una lectura atenta de La Venus de las pieles, una novela erótica más interesante por lo que no cuenta que por lo que cuenta.

La Venus de las pieles. Leopold von Sacher-Masoch. Editorial Sexto Piso.

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Acerca de José Luis Alvarado

José Luis Alvarado
Dijo el sabio griego que nada es comunicable por el arte de la escritura; tras apurar la copa de seca cicuta, su discípulo dilecto lo traicionó y acaso lo perfeccionó transmitiendo por escrito sus irónicos conocimientos. Como antes hiciera Montaigne, pienso que la obra de un autor se prolonga y modifica cada vez que se escribe sobre ella. La memoria, que fue oral y minoritaria, ahora se multiplica con cada palabra que integra y justifica el continuo universo, también llamado la Red.

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