La verdad sobre el caso Savolta. Eduardo Mendoza: (y VI) El placer de contar, el placer de leer

12.Savolta1Ignoro la influencia que los medios de comunicación puedan tener en la difusión de la literatura. Sólo me cabe imaginarla en aquella España de Franco moribundo: cero. Los motivos que adujo Mendoza para abandonar el país e irse a Nueva York en 1973 creo que son suficiente muestra del desierto cultural en que se vivía en España.

Cuenta Mendoza que un día, junto a su novia Helena y su amigo Diego Medina (al que dedicó el caso Savolta), y después de ver El último tango en París, paseaban por Perpignan buscando un sex shop que sabían ubicado en la plaza de la República. Un tanto desorientados, preguntaron a dos beatas por dicha plaza. Para desconcierto de Mendoza, escuchó que por lo bajinis le decía una a otra, “estos cerdos van al sex shop”. La conclusión a la que llegó el futuro escritor fue cristalina: “Venimos de un sistema político horrible, donde tres personas que reúnen cuatro o cinco carreras universitarias pueden ser ridiculizadas por dos beatas”.

12.Savolta2Viene esta anécdota a cuento porque no cabe explicarse el éxito de La verdad sobre el caso Savolta sino es más que por el boca-oreja, ya que la importancia que pudiera tener una buena crítica en aquel momento intuyo que era nula, como cualquier otra cuestión cultural, no por efecto del franquismo (a Franco y a casi el resto del país la literatura les traía sin cuidado, porque entre otras cosas para apreciar una novela primero hay que saber leer) sino porque la escasa labor cultural estaba en manos de santones pseudomarxistas que trataban de encontrar implicaciones dialécticas en la descripción de una zanahoria.

Por eso se agradece comprobar que algún crítico se diera cuenta de la novela que tenía entre las manos. Tal es el caso de Martín Vilumara, seudónimo del escritor y ensayista José Batlló, que el 5 de mayo de 1975 comienza su crítica en Triunfo de la siguiente manera: “La lectura de esta primera novela de Eduardo Mendoza me ha producido un entusiasmo que me creo obligado a moderar a la hora de escribir unas líneas sobre ella. Entusiasmo provocado no tanto por la verificación de que un joven escritor español se siente capaz en estos tiempos de abordar sin falsas renuncias una «novela río» (…) como por la sorpresa sufrida ante la reivindicación sin vacilaciones de la peripecia argumental como elemento esencial de la escritura narrativa.”

12.Savolta3Más tarde volveremos sobre las visionarias palabras de Batlló. El resto de la crítica también alabó la obra aunque desde otras perspectivas más comunes, desde la extrañeza acerca de un dato que parece haber pasado después inadvertido: “No es demasiado frecuente, ni muchísimo menos, encontrar en un primerizo libro la desenvoltura literaria y la facilidad narrativa de que hace gala su autor”, dice Francesc Rodón en El Correo Catalán; como desde la no menor extrañeza de su aportación novedosa al género: “Se trata de una novela considerable, que incorpora un modelo narrativo original, mezcla irónica del viejo folletín y la moderna novela policiaca” (Ángel Marsá, de nuevo en El Correo Catalán, dos semanas después de la crítica anterior).

Aparte de otras críticas más o menos elogiosas, quisiera rendir aquí un homenaje personal a un hombre al que debo (y no creo que sea yo el único) muchos de mis primeros discernimientos literarios. Se trata del profesor Fernando Lázaro Carreter. El insigne académico, en su libro de texto sobre Literatura Española para estudiantes de COU, dedicaba un capítulo entero a La verdad sobre el caso Savolta, y lo tomaba por tanto como digno de estudio cuando Mendoza aún no había publicado siquiera su segunda novela. Ya entonces, a finales de los setenta, anunciaba que era la novela que marcaría un antes y un después en la narrativa española. Quiero imaginar que introducir una novela tan reciente en los libros de texto sobre Literatura es el espaldarazo definitivo para alcanzar un buena porción de éxito.

12.Savolta4En mi caso fue así, ya que, por una serie de casualidades, y justo después de leer entusiasmado los elogios que un entusiasmado Lázaro Carreter vertía en su manual, cayó en mis manos la novela, que me introdujo sin anestesia en mi devoción por Eduardo Mendoza.

La novela mereció en 1975 el Premio de la Crítica (único galardón fiable en este país), que disputó frente a El otoño del patriarca de García Márquez. Este dato, que ahora es revelador de la buena acogida del libro de Mendoza, entonces sólo lo era para un sector muy reducido de la población porque ¿qué se puede esperar de un país culturalmente condenado durante 40 años por falangistas analfabetos, censores soplagaitas y eclesiásticos pajilleros? La verdad sobre el caso Savolta fue como una rosa clavada en mitad del desierto justo en el momento político que prometía verdes praderas.

¿Explica todo esto el éxito de la novela? No. Y para llegar al fondo del asunto hay que volver al contexto de su publicación al que aludí en el primer artículo de esta serie. Entonces me referí al secarral narrativo existente antes de la aparición de la novela, a lo que he sumado esa dictadura estúpida que regía entonces por parte de  determinados elementos de una izquierda trasnochada que se habían quedado interesadamente varados justo en los límites que demarcaban los gulags.

12.Savolta5Por ello no es raro (pero en el fondo sí lo es) que Batlló en su entusiasmada crítica a la primera novela de Mendoza añadiera: “Un «cuento» desprovisto de moraleja y de tesis, cuya construcción y lenguaje (cuyo estilo) están siempre sometidos a la voluntad principal de ofrecer un producto artístico válido por sí mismo, cuya «realidad narrativa», sin ser reflejo de la «realidad» a secas, guarda respecto a la misma los suficientes puntos de contacto como para que se produzca la imprescindible identificación  entre lo «vivo» y lo «pintado», y mantiene al mismo tiempo la suficiente distancia o autonomía como para que la pintura no sea reproducción mecánica, reproducción a secas.” Es decir, que ya estaba bien de novelas tituladas La zanjaCentral eléctrica que hablaban de obreros que trabajaban en una zanja o en una central eléctrica. Lázaro Carreter lo dictaminó con menos palabras: “Eduardo Mendoza resucita «el placer de contar»”. Que hablar del placer de contar tenga que venir entrecomillado ya da que pensar.

Aunque no sea políticamente correcto, quiero llegar a la conclusión de que parte del éxito de La verdad sobre el caso Savolta se debió a que la narrativa que se publicó en España desde casi principios de la década de los sesenta hasta poco antes de la mitad de la década de los ochenta fue de una pésima calidad, y todas las excepciones que queramos encontrar (y eso es lo malo, que las podemos recordar de memoria) no hacen más que confirmar la regla. Aquella expresión que se difundió entre los medios culturales que aseguraba que “se escribía mejor contra Franco” era, por un lado, una triste justificación de la pobreza literaria de la Transición española; por otro, una falsedad nostálgica que trataba de dignificar las obras por su espíritu de compromiso en vez de hacerlo por su calidad y, finalmente, una patraña puesto que “a favor de Franco” se escribía aún peor, como bien demostró el recalcitrante Fernando Vizcaíno Casas.

12.Savolta6No haré aquí repaso de los novelistas que tuvieron éxito en la Transición, en su gran mayoría ya olvidados, porque entiendo que hicieron lo que buenamente pudieron, aunque sí me detendré en algunas de las novelas más significativas por su contenido como ejemplo de lo que se escribía en aquel momento. Así podemos recordar El ingenioso hidalgo y poeta Federico García Lorca asciende a los infiernos y Memorias inéditas de José Antonio Primo de Rivera de Carlos Rojas, Lectura insólita de «El Capital» de Raúl Guerra Garrido, donde también se aborda el tema del terrorismo vasco, Conversación sobre la guerra de José Asenjo Sedano, Autobiografía de Federico Sánchez, de Jorge Semprún, El desfile de la Victoria de Fernando Díaz Plaja y En el día de hoy de Jesús Torbado, estas dos últimas novelas de política-ficción que tratan de recrear qué hubiera ocurrido si la Guerra Civil la hubiera ganado el bando republicano.

Como se apreciará tan solo por los descriptivos títulos, se seguía escribiendo “contra Franco”, aunque fuera de una manera mucho más relajada que en las infumables novelas de realismo social de los años sesenta, y ahí es donde seguía radicando el problema: en el escritor regía más la intención (y, por qué no, el oportunismo) que la calidad literaria, el mensaje que la capacidad seductora del relato.

Por eso creo que la actitud demostrada por Mendoza en su narrativa y que mantuvo en sus siguientes novelas, ayudó a muchos escritores a perder el miedo a contar, a narrar sin más pretensiones que el entretenimiento, a lo que hay que añadir una clara intención de sumar calidad e intensidad, renovar las formas y, en definitiva, presentar una historia amena y cuidada: la pasión por narrar debía redundar en la pasión por leer.

12.Savolta8No menos importante fue ese aire fresco que animó a los editores a publicar sin el temor a encabezar las portadas de sus novelas con nombres de escritores desconocidos. A este respecto, creo que es el momento idóneo para desvelar el motivo por el cual el caso Savolta durmió casi dos años en los archivos de Seix Barral: lean, por favor, el corto pero demoledor artículo que Josep María Carandell escribió a propósito de ese extraño “olvido” por parte de su editor (Respuesta a Pere Gimferrer, El País 2 de agosto de 1990).

Para concluir, debemos felicitarnos de que Eduardo Mendoza hubiera conseguido en su primer libro, en mayor o menor medida, su deseo de escribir una novela a la manera de su admirada Guerra y Paz que, según palabras del propio escritor “en un símil cinematográfico podríamos decir que oscila entre la superproducción y el arte y ensayo”.

Esa simbiosis elástica y perfecta entre la intimidad de los personajes y el telón de fondo de la historia había comenzado a ensayarla con La verdad sobre el caso Savolta, pero su siguiente proyecto lo llevó a meterse en honduras, dada su temeraria pretensión de pasar a Tolstoi por el tamiz de Balzac: empezaba a nacer La ciudad de los prodigios. Lo que entonces no podía saber Mendoza es que en medio se le atravesaría un maniático detective sospechosamente emparentado con uno de sus más inolvidables personajes, Nemesio Cabra.

Pero esa, es otra historia…

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BIBLIOGRAFÍA CONSULTADA

Bastos Ansart, Francisco: Pistolerismo (Historia trágica).
Casal Gómez, Manuel: Origen y actuación de los pistoleros.
Lázaro Carreter, Fernando: Literatura Española. Manual de orientación universitaria.
Martínez Cachero, José María: La novela española entre 1936 y el fin de siglo.
Moix, Llàtzer: Mundo Mendoza.
Pérez Pellicer, J. Enrique: Técnicas cinematográficas de Hitchcock en la narrativa de Eduardo Mendoza.
Pestaña, Ángel: Lo que aprendí en la vida.
Pestaña, Ángel: Terrorismo en Barcelona.
Ruiz Tosaus, Eduardo: El caso Savolta: entre realidad y ficción.
Ruiz Tosaus, Eduardo: El caso Savolta de Eduardo Mendoza, treinta años después.
Soubeyroux, Jacques: De la Historia al texto: Génesis de La verdad sobre el caso Savolta de E. Mendoza.
Sueiro Seoane, Susana: El terrorismo anarquista en la literatura española: Eduardo Mendoza y La verdad sobre el caso Savolta.
Ventura Subirats, Jorge: La verdadera personalidad del barón de König.
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Acerca de José Luis Alvarado

José Luis Alvarado
Dijo el sabio griego que nada es comunicable por el arte de la escritura; tras apurar la copa de seca cicuta, su discípulo dilecto lo traicionó y acaso lo perfeccionó transmitiendo por escrito sus irónicos conocimientos. Como antes hiciera Montaigne, pienso que la obra de un autor se prolonga y modifica cada vez que se escribe sobre ella. La memoria, que fue oral y minoritaria, ahora se multiplica con cada palabra que integra y justifica el continuo universo, también llamado la Red.

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