La verdad sobre el caso Savolta. Eduardo Mendoza: (V) La novela inaudita

Eduardo Mendoza Portada de la 1ª edición de La verdad sobre el caso Savolta
Portada de la 1ª edición de La verdad sobre el caso Savolta

Acaso exagerando los encantos del sistema decimal, hoy celebramos 40 años desde que vio la luz La verdad sobre el caso Savolta, el 23 de abril de 1975, coincidiendo con el Día del Libro. Según asegura Eduardo Mendoza –que no estaba allí- aquel día se vendieron 8 ejemplares, cuatro de los cuales los adquirió su hermana Cristina para que, entre otras cosas, los padres pudieran leer lo que había escrito su juicioso hijo.

Desde entonces se han escrito miles de páginas acerca de la obra y, lo peor, ha sido escogido como libro obligatorio para las pruebas de Selectividad, convirtiendo en momia autopsiada lo que es un texto vivo que puede ser leído como si hubiera sido escrito ayer.

Podríamos pasarnos párrafos y párrafos alabando las virtudes de la novela con opiniones tan personales que seguro que 100 personas más han escrito exactamente lo mismo que pueda escribir yo.

Por eso, en estos casos pienso honradamente que el mejor homenaje que se le puede hacer a una gran novela es dejar hablar al escritor por sí mismo a través de su propio texto, y que sea el lector quien pueda sentirse seducido por la obra al punto de querer leerla o, en el peor caso, dejarlo indiferente. Inducir hacia la admiración es la mejor tarea que puede emprender un admirador.

Sólo quiero hacer una advertencia preliminar que tal vez pueda ayudar a hacer más jugosa la lectura: la gran virtud de La verdad sobre el caso Savolta es la prodigiosa variedad y cantidad de registros que contiene, algo anómalo en una sola novela (sólo recuerdo algo así en el Quijote y el Ulises de Joyce), aún más extraño cuando consigue una coherencia interna que no existe en estas dos obras citadas.

En la novela de Mendoza conviven -y son fácilmente distinguibles- la novela histórica, la novela social, la novela epistolar, la novela policiaca, la novela romántica, la novela decimonónica, la comedia de enredo, la novela humorística, la novela costumbrista, la novela existencial y el folletín, pasando de una a otra con una facilidad pasmosa que dota de una fluidez narrativa al texto impropio de tal amasijo de géneros. Y para que no falte de nada, también utiliza la técnica cinematográfica del Macguffin en forma de carta que Pajarito de Soto envía por correo antes de sufrir un terrible accidente.

Pero dejemos hablar a Mendoza. (Nota: Interrumpo a Mendoza para avisar al sufrido e impaciente lector de internet que le quedan por delante 30 fragmentos de la novela. Puede leerlos de corrido, interrumpirse donde más le plazca e incluso acordarse de mi familia cuando esté harto. Quede en mi defensa que en ningún momento destripo parte alguna de la trama. También advertimos que la lectura de Mendoza produce adicción. Allá ustedes.)

Empecemos por una de las constantes de la obra: el continuo sentido del humor, expuesto de las más diversas maneras.

Como suele ocurrir en el autor catalán, la mayoría de las veces es irónico:

El autor del presente artículo y de los que seguirán se ha impuesto la tarea de desvelar en forma concisa y asequible a las mentes sencillas de los trabajadores aun los más iletrados, aquellos hechos que, por haber sido presentados al conocimiento del público en forma oscura difusa, tras el camouflage de la retórica y la profusión de cifras más propias al entendimiento y comprensión del docto que del lector ávido de verdades claras y no de entresijos aritméticos, permanecen todavía ignorados de las masas trabajadoras que son, no obstante, sus víctimas más principales.

Otras veces es satírico:

JUEZ DAVIDSON. Dígame su nombre y profesión.

MIRANDA. Javier Miranda, agente comercial.

JD. Nacionalidad.

M. Estadounidense.

JD. ¿Desde cuándo es usted ciudadano de los Estados Unidos de América?

M. Desde el 8 de marzo de 1922.

JD. ¿Cuál era su nacionalidad anterior?

M. Española de origen.

JD. ¿Cuándo y dónde nació usted?

M. En Valladolid, España, el 9 de mayo de 1891.

JD… ¿Dónde ejerció usted sus actividades entre 1917 y 1919?

M. En Barcelona, España.

JD. ¿Debo entender que vivía usted en Valladolid y se trasladaba diariamente a Barcelona, donde trabajaba?

M. No.

JD. ¿Por qué no?

M. Valladolid está a más de 700 kilómetros de Barcelona…

JD. Aclare usted este punto.

M. …aproximadamente 400 millas de distancia. Casi dos días de viaje.

JD. ¿Quiere decir que se trasladó a Barcelona?

M. Sí.

JD. ¿Por qué?

M. No encontraba trabajo en Valladolid.

JD. ¿Por qué no encontraba trabajo? ¿Acaso nadie le quería contratar?

M. No. Había escasez de demanda en general.

JD. ¿Y en Barcelona?

M. Las oportunidades eran mayores.

JD. ¿Qué clase de oportunidades?

M. Sueldos más elevados y mayor facilidad de pro moción.

JD. ¿Tenía trabajo cuando fue a Barcelona?

M. No.

JD. Entonces, ¿cómo dice que había más oportunidades?

M. Era sabido por todos.

JD. Explíquese.

M. Barcelona era una ciudad de amplio desarrollo industrial y comercial. A diario llegaban personas de otros puntos en busca de trabajo. Al igual que sucede con Nueva York.

JD. ¿Qué pasa con Nueva York?

 M. A nadie le sorprende que alguien se traslade a Nueva York desde Vermont, por ejemplo, en busca de trabajo.

JD. ¿Por qué desde Vermont?

 M. Lo he dicho a título de ejemplo.

JD. ¿Debo asumir que la situación es similar en Vermont y en Valladolid?

M. No lo sé. No conozco Vermont. Tal vez el ejemplo esté mal puesto.

JD. ¿Por qué lo ha mencionado?

M. Es el primer nombre que me ha venido a la cabeza. Tal vez lo leí en un periódico esta misma mañana…

JD. ¿En un periódico?

M. …inadvertidamente.

JD. Sigo sin ver la relación.

M. Ya he dicho que sin duda el ejemplo está mal puesto.

JD. ¿Desea que el nombre de Vermont no figure en su declaración?

M. No, no. Me es indiferente.

Hiperbólico (en ocasiones relacionado con datos históricos reales):

—Van der Vich —prosiguió Cortabanyes— dejó un hijo y una hija que siguieron habitando el castillo, al que las gentes atribuyeron fama de encantado. Se decía que por las noches vagaba el alma de Van der Vich y atrapaba entre sus zarpas a cuantos veía, exceptuando a sus hijos, que le dejaban en las almenas miel y roedores muertos para su alimentación. Los hijos vivían incestuosamente amancebados, y en un estado de desidia tal que las autoridades intervinieron y apreciaron en ambos síntomas de locura. El hijo, Bernhard, fue internado en un manicomio en Holanda y la hija, Emma, en un sanatorio suizo. Al estallar la guerra, en 1914, Bernhard Van der Vich logró huir de su encierro y se unió al ejército alemán, donde alcanzó el grado de capitán de dragones.

Socarrón:

Cuando el camión se hubo acercado lo suficiente, comprobé que llevaba en los flancos sendas pancartas en las que se leía: viva el amor libre. Ocupaban el camión siete mujeres, una de ellas muy joven, otra madura y las cinco restantes de edades que oscilaban entre los veinticinco y treinta y cinco años. Salvo la que conducía, las demás se habían instalado en la caja, jugaban a las cartas, comían y bebían y fumaban tagarninas. Vestían atuendos campesinos, de amplísimos escotes, y no se recataban de mostrar las pantorrillas. Iban muy repintadas y perfumadas y se tocaban con pañuelos rojos arrollados a la cabeza, al cuello o a la cintura. Recuerdo que la menor se llamaba Estrella, y la mayor, Democracia. (…)

La mayor y la más joven (que no tendría más de quince años, según deduje) me pusieron al corriente de sus actividades. No saqué las ideas muy claras de su explicación, pero entendí que se habían puesto en camino apenas iniciada la huelga general con el propósito de predicar el amor libre de palabra y de obra. Llevaban recorrida buena parte de la región y habían conseguido un número grande de prosélitos.

Sarcástico hasta llegar al disparate:

—Oh, hol-lol —dijo el chino—, la clueldad del homble. El oficinista vicioso se aproximó al marino con los zapatos en la mano y le insultó.

—Haga usted el favor de devolver este animalillo a su dueño, desvergonzado.

El marino asió la paloma por la cabeza y la blandió ante los ojos del oficinista.

—Suerte tiene usted de ser cegato, que si no, le daba…

El oficinista se quitó las gafas y el marino le dio con la paloma en ambos carrillos. Rodaron los zapatos y el oficinista se agarró al borde de la mesa para no caer.

—Soy un hombre instruido —exclamó—, y miren adónde me ha conducido mi mal.

—¿Cuál es tu mal, hijito? —preguntó el vejete que había recogido los zapatos y sujetaba con ternura al oficinista.

—Tengo mujer y dos niños y mire dónde me hallo, ¡en qué antro!

O directamente surrealista:

[Carta enviada por Nemesio Cabra al desterrado comisario Vázquez]

Barcelona, año del Señor de 1918

día de Gracia del 12 de julio

Muy señor mío y hermano en Cristo Nuestro Señor:

Jesucristo, por mediación de uno de sus Ángeles, me ha comunicado que se halla usted en Tetuán, noticia que me sumió en la tristeza y el desconsuelo, si bien recordé aquellas Sus Palabras:

 Nos azota por nuestras iniquidades

y luego se compadece y nos reunirá

de las naciones en que nos ha dispersado.

 (Tobías, 13-5)

 Dulcificada mi alma y serenado mi espíritu me decido a escribir esta carta para que sea usted partícipe, como lo es Dios Nuestro Señor, de las grandes calamidades que por mis pecados me persiguen.

De hecho, el humor es algo que impregna la novela de principio a fin, como podrá comprobarse en muchos de los fragmentos que se incluyen a continuación.

No obstante, y como se ha indicado, Mendoza no olvidó el carácter dramático de aquel período cafre de la historia de Barcelona y explica las causas mediante una crítica de la sociedad de la época, no exenta de continuos ribetes irónicos.

Así hace hablar a la superficial burguesía catalana:

María Rosa Savolta vacilaba en la puerta de la biblioteca, con la mirada perdida que atravesaba el aire sin tropiezo. A su lado un hombre lustroso y un anciano de barba blanca discutían.

—Lo que yo digo siempre, amigo Turull —decía el hombre de la barba blanca—, suben los precios, baja el consumo; baja el consumo, bajan las ventas; bajan las ventas, suben los precios. ¿Cómo llamada usted a esta situación?

—La hecatombe —decía el llamado Turull.

—Antes de un año —prosiguió el de la barba blanca—, todos en la miseria; y si no…, al tiempo. ¿Sabe usted lo que se dice por Madrid?

—Cuénteme usted. Me tiene sobre ascuas, como se dice vulgarmente.

El anciano bajó la voz.

—Que antes de la primavera cae el gabinete de García Prieto.

—Ah, ya…, ya veo. De forma que García Prieto ha formado nuevo Gobierno, ¿eh?

—Hace dos meses que lo formó.

—Vaya. Y dígame, ¿quién es ese García Prieto?

—Pero, bueno, vamos a ver, ¿usted no lee los periódicos?

Aunque, a pesar de esa incultura manifiesta, la burguesía no deja de ser atractiva a los ojos del protagonista, Javier Miranda:

Me pintaba un futuro sórdido y odioso a las órdenes de un Cortabanyes cada vez más viejo, más irritable y más dejado de la mano de la fortuna. Me pintaba, en cambio, un panorama esplendoroso de la mano de Lepprince, en las altas esferas de las finanzas y el comercio barceloneses, en el gran mundo, con sus automóviles, sus fiestas, sus viajes, su vestuario y sus mujeres, como hadas, y un caudal de dinero en monedas deslumbrantes, tintineantes, que manaban de los poros de esa bestia rampante que era la oligarquía catalana.

A lo que opone el lamentable retrato de la condición obrera:

Los suburbios que atravesábamos, y que yo desconocía, me deprimieron hondamente. Junto a la vía, y hasta donde alcanzaba la vista, se apiñaban las barracas sin luz, en una tierra grisácea, polvorienta y carente de vegetación. Circulaban por entre las barracas hileras de inmigrantes, venidos a Barcelona de todos los puntos del país. No habían logrado entrar en la ciudad: trabajaban en el cinturón fabril y moraban en las landas, en las antesalas de la prosperidad que los atrajo. Embrutecidos y hambrientos esperaban y callaban, uncidos a la ciudad, como la hiedra al muro. Eso recuerdo del viaje y que, al llegar a mi destino, un andén gélido barrido por el viento, alquilé un simón desvencijado que me condujo a la fábrica Savolta.

Aunque hay clases y clases, por ejemplo la distinción del obrero formado:

Por una parte, tenemos al anarquista teórico, al fanático incluso, que obra por móviles subversivos de motivación evidente y que podríamos llamar autóctono. —Nos miró a través de los párpados entrecerrados, como preguntándonos y preguntándose si habíamos asimilado su contribución terminológica—. Son los famosos Paulino Pallás, Santiago Salvador, Ramón Sempau, Francisco Ferrer Guardia, entre otros, y actualmente, Ángel Pestaña, Salvador Seguí, Andrés Nin…, hasta el número que quieran imaginar.

Y junto a ellos, pero no mezclados, el resto, los demás, que con un poco de mala suerte termina convirtiéndose en chusma:

La masa. La componen mayormente los inmigrantes de otras regiones, recién llegados. Ya saben cómo viene ahora esa gente: un buen día tiran sus aperos de labranza, se cuelgan del tope de un tren y se plantan en Barcelona. Vienen sin dinero, sin trabajo apalabrado, y no conocen a nadie. Son presa fácil de cualquier embaucador. A los pocos días se mueren de hambre, se sienten desilusionados. Creían que al llegar se les resolverían todos los problemas por arte de magia, y cuando comprenden que la realidad no es como ellos la soñaron inculpan a todo y a todos, menos a sí mismos. Ven a las personas que han logrado abrirse camino por su esfuerzo, y les parece aquello una injusticia dirigida expresamente contra ellos. Por unos reales, por un pedazo de pan o por nada serían capaces de cualquier cosa.

Mendoza repasa todos los estratos de la sociedad, desde los grandes salones, que tiene el acierto de no describir más que en sus aspectos más superficiales…

La señora de Parells, enjuta, pecosa, con el cuello estriado de arrugas y la nariz huesuda y prominente, se puso a cuchichear.

—¿No sabéis? Hace una semana la policía sorprendió a la de Rocagrossa en un hotel de tercera categoría con un marinero inglés.

—¡Qué me dices! —exclamó la señora de Claudedeu.

—No lo creo —terció la señora de Savolta.

—Es seguro. Buscaban a un maleante o a un anarquista y allanaron todas las habitaciones. Cuando se los llevaban a la comisaría, la de Rocagrossa se identificó y pidió hablar por teléfono con su marido.

—¡Qué cara más dura! ¡Parece imposible! —dijo la señora de Claudedeu—. ¿Y qué dijo él?

—Nada, ya veréis. La de Rocagrossa fue muy astuta. En vez de llamar a su marido, llamó a Cortabanyes y él la sacó del lío. (….)

—¿Por qué haría esa mujer una cosa semejante? —reflexionó la señora de Savolta.

—Cosas de la vida, mujer —dijo la señora de Claudedeu—. Es joven y medio extranjera: Tienen otra forma de ser.

—Además —añadió la señora de Parells—, está lo de su marido, no sé si lo sabéis.

—¿Rocagrossa? ¿Lluís Rocagrossa? Pues, ¿qué le pasa?

—¿Cómo? ¿No estáis enteradas? Dicen que…, en fin, que si le gustan los hombres…

—¡Hija! —dijo la señora de Claudedeu—. Cada día incluyes uno de nuevo en tu lista.

—¿Qué le voy a hacer? Los calo a la primera.

—Ay, chicas —dijo la señora de Savolta—, no comprendo cómo os gusta hablar de estos temas tan escabrosos. A mí me dan asco estas cosas. No lo puedo remediar.

—Ni a mí tampoco me gustan, Rosa —protestó la señora de Parells—. Os lo cuento porque me lo acaban de contar, pero no para disfrutar con estas porquerías.

—Vamos de mal en peor —dijo la señora de Claudedeu.

…hasta la descripción de los lúgubres bajos fondos, cuyo retrato oscila entre el sarcasmo y la ternura:

Por entre la clientela vagaban cuatro mujeres semidesnudas, entradas en carnes, depiladas fragmentariamente, que circulaban de mesa en mesa entorpeciéndose las unas a, las otras, adoptando posturas estáticas por breves segundos, como fulminadas por un rayo paralizador. La que más asiduamente visitó nuestra mesa se llamaba Remedios, “la Loba de Murcia”. Pedimos a Remedios una jarra de ginebra, como habíamos visto hacer al marino, y aguardamos.

Una ternura que une al desencanto en reflexiones existenciales que Mendoza suelta como quien no quiere la cosa pero que son más profundas de lo que parecen:

—Te confesaré que me preocupa más el individuo que la sociedad y lamento más la deshumanización del obrero que sus condiciones de vida.

—No sé qué decirte. ¿No van estrechamente ligadas ambas cosas?

—En modo alguno. El campesino vive en contacto directo con la naturaleza. El obrero industrial ha perdido de vista el sol, las estrellas, las montañas y la vegetación. Aunque sus vidas confluyan en la pobreza material, la indigencia espiritual del segundo es muy superior a la del primero.

—Esto que dices me parece una simpleza. De ser así, no emigrarían a la ciudad como lo están haciendo. Un día en que le hablaba en términos elogiosos del automóvil meneó la cabeza con pesadumbre.

—Pronto los caballos habrán desaparecido, abatidos por la máquina, y sólo se utilizarán en espectáculos circenses, paradas militares y corridas de toros.

—¿Y eso te preocupa —le pregunté—, la desaparición de los caballos barridos por el progreso?

—A veces pienso que el progreso quita con una mano lo que da con la otra. Hoy son los caballos, mañana seremos nosotros.

Si hasta ahora hemos visto aspectos más habituales en una novela, donde Mendoza realmente encuentra su fuerte es en la variedad de lenguajes utilizados a modo de secuencias casi seguidas, creando un efecto puzzle que no sólo caracteriza a esta novela como única, sino que la dota ese encanto tan particular que posee.

Iniciamos nuestro muestrario con el lenguaje jurídico, tan conocido por el escritor ya que a la sazón era abogado mientras escribía la novela:

JUEZ DAVIDSON. Señor Miranda, celebro que se halle repuesto de la dolencia que le ha impedido asistir a las sesiones del tribunal estos últimos días.

MIRANDA. Muchas gracias, señoría.

JD. ¿Se halla en condiciones de proseguir su declaración?

M. Sí.

JD. ¿Podría informarnos de la índole de la enfermedad que acaba de padecer?

M. Agotamiento nervioso.

JD. Tal vez desee pedir un aplazamiento sine die.

M. No.

JD. Le recuerdo que comparece ante este tribunal por propia voluntad y que puede negarse a seguir prestando declaración en cualquier instante.

M. Ya lo sé.

JD. Por otra parte, quiero hacer constar que es intención de este tribunal, en virtud de las atribuciones que le han conferido el pueblo y la Constitución de los Estados Unidos de América, esclarecer los hechos sometidos a su juicio y que la aparente dureza que ha mostrado en ciertas ocasiones responde pura y exclusivamente al deseo de llevar a cabo con rapidez y eficacia su cometido.

M. Ya lo sé.

JD. En tal caso, podemos seguir adelante con el interrogatorio. Sólo me resta recordar al declarante que se halla todavía bajo juramento.

M. Ya lo sé.

 

El lenguaje administrativo:

 Don Alejandro Vázquez Ríos, comisario de Policía de Tetuán, con el debido respeto y consideración a V. E.

EXPONE

Que ha llegado a su poder carta de un individuo llamado Nemesio Cabra Gómez, de fecha 12-7-1918, actualmente detenido por orden gubernativa en los calabozos de la Jefatura de Policía de Barcelona. Que hace unos meses, y hallándose el que suscribe destinado en dicha Jefatura, tuvo ocasión de conocer y tratar al citado Nemesio Cabra Gómez, apreciando en él síntomas de trastorno mental, síntomas que más tarde se confirmaron y motivaron su internamiento en una de las casas de salud que para tales fines existen en nuestro país. Que más adelante, y a la vista de su parcial recuperación y de que no presentaba indicios de peligrosidad fue dado de alta por los facultativos y reintegrado a la vida social para en ella, merced al trabajo y contacto con las gentes, recuperar el equilibrio y cordura. Que hace, pocas semanas fue detenido por una supuesta falsificación de cigarros puros. Que el antedicho Nemesio Cabra Gómez es un débil mental, incapaz de responsabilidad penal y que su encierro sólo puede contribuir a aumentar y hacer incurable su enfermedad, por lo cual, y con el debido respeto y consideración, a V. E.

SUPLICA

Se sirva conceder a la mayor brevedad posible la libertad al susodicho Nemesio Cabra Gómez para que éste pueda integrarse de nuevo a la vida social y llevar a feliz término su curación.

Es gracia que espero obtener del recto proceder de V. E. cuya vida guarde Dios muchos años.

 

El lenguaje periodístico con paródicas resonancias de ecos sociales:

NOMBRAMIENTOS

Don Alejandro Vázquez Ríos, que desempeñó con admirable brillantez el cargo de comisario de Policía de nuestra ciudad, pasando luego a desempeñar idénticas funciones en Tetuán, ha sido nombrado comisario de Policía de Bata (Guinea).

Los barceloneses que recordamos con gratitud y afecto su estancia entre nosotros y que tuvimos ocasión de admirar su inteligencia, su tesón y su humanidad más allá de lo que exige el cumplimiento del deber, le deseamos una grata estancia en esa hermosa ciudad y le felicitamos de todo corazón por su merecido nombramiento.

El lenguaje policial (por cierto, referido a la ficha de un anarquista que existió en la realidad):

 ANDRÉS NIN PÉREZ

PROPAGANDISTA PELIGROSO

MAESTRO DE ESCUELA

Nació en Tarragona en 1890

 Perteneció a las Juventudes Socialistas de Barcelona, las que dejó (sic) para ingresar en el Sindicalismo, siendo con Antonio AMADOR OBÓN y otros, los organizadores del Sindicato Único de Profesiones Liberales.

Asistió como delegado al 2. ° Congreso Sindicalista celebrado en Madrid en diciembre de 1919.

Fue detenido el día 12 de enero de 1920 en el Centro Republicano Catalán de la calle del Peu de la Creu, en reunión clandestina de delegados del Comité Ejecutivo, para promover la huelga general revolucionaria, siendo conducido al castillo de Montjuic.

En libertad el día 29 de junio de 1920.

En marzo del 1921, al ser detenido Evelio BOAL LÓPEZ, se hizo cargo de la secretaría general de la Confederación Nacional del Trabajo, pero, ante la persecución de que fue objeto por la policía de Barcelona, huyó a Berlín, en donde fue detenido por la policía alemana en octubre del mismo año.

El lenguaje místico-religioso:

 Yo estaba postrado, sin saber qué hacer, y sólo repetía: «Señor, yo no soy digno de que entréis en mi pobre morada», y Él me mostró sus Divinas Llagas y su Corona de Espinas que parecía el Sol y me habló con una voz que salía de todos los rincones de la celda. Es verdad, señor comisario, salía de todos los rincones de la celda al mismo tiempo y todo era luz. Y me dijo: «Ve a buscar al comisario Vázquez, de la Brigada Social. Dile todo cuanto sabes y él te sacará de aquí. » Yo le repliqué: “¿Y cómo haré para ir a buscar al comisario Vázquez, si no me dejan salir de aquí, Señor, si me tienen preso?” Y Él respondió: «Yo iré a buscarle a Jefatura y le diré que venga, pero tú has de contarle todo lo que sabes.» Y desapareció dejándome sumido en la oscuridad, en la que permanezco desde que se fue.

 

El lenguaje naturalista:

 

Un frío seco y un aire luminoso y sereno hacían llegar con limpieza el lejano tañido de las campanas. Se oía piafar a los caballos y golpes de cascos en la calzada. Se abrió la puerta de la casa. El criado se retiró y dio paso a un canónigo revestido de ornamentos funerarios. Salieron dos monaguillos y corrieron a formar en hilera. El primero llevaba un largo palo rematado por un crucifijo metálico. El segundo balanceaba un incensario que desprendía volutas perfumadas. El canónigo tenía los ojos clavados en el misal y entonaba un cántico sacro, coreado desde dentro de la casa por voces hondas. Iniciaron la procesión; tras el canónigo marchaban cuatro curas en doble columna. Luego aparecieron los maceros del ayuntamiento con sus vestiduras medievales, sus pelucas y sus clavas doradas, en forma de devanadera. Por último, el féretro en que reposaba Savolta, con festones y brocados.

 

La descripción expresionista:

Unos siseos nos hicieron callar. El humorista que la mujer del piano había presentado con tanto ditirambo se hallaba ya en la pista. Era un pobre diablo con más pinta de asilado que de histrión, que recitó triste y mecánicamente una larga serie de chistes y chascarrillos, políticos unos y procaces los más, la mayoría de los cuales resbalaron por el magín de un público poco habituado a desentrañar dobles sentidos y alusiones relativamente veladas. Con todo, las obscenidades arrancaron ásperas risotadas y la actuación del asilado logró un efímero éxito y fue premiada con breves pero cariñosos aplausos. Una vez se hubo retirado el humorista, se encendieron las luces y la mujer del piano tocó un vals. Dos parejas salieron a bailar a la pista. Ellas eran hetairas del local, y ellos, marineros y rufianes de brutal fisonomía.

El tono del discurso político:

 Y por eso, porque la idea deviene un hecho y los hechos cambian el curso de la Historia, las ideas deben morir y renacer, no permanecer petrificadas, fósiles, conservadas como piezas de museo, como adornos bellos, si queréis, pero aptos sólo para el lucimiento del erudito y del crítico sutil e imaginativo.

»Ésa es la verdad, lo digo sin jactancia, y la verdad escandaliza; es como la luz, que hiere los ojos del que vive habituado a la oscuridad. Y ése es mi mensaje, amigos míos. Que salgáis de aquí meditando, no la idea, sino la acción. La acción infinita, sin límites, sin rémora ni meta. Las ideas son el pasado, la acción es el futuro, lo nuevo, lo por venir, la esperanza, la felicidad.

Incluso el tono panfletario:

 «El hombre pobre y trabajador se halla oprimido por el que es rico y no trabaja; pero a este hombre le queda aún el recurso, bien triste por cierto, de vengarse de la opresión que sufre, oprimiendo a su vez a la hembra que le tocó en suerte; a esta hembra no le queda ya ningún medio de desahogo, y tiene que resignarse a padecer el hambre, el frío y la miseria que origina la explotación burguesa y, como si esto fuera poco, a sufrir la dominación bestial, inconsiderada y ofensiva del macho. Y éstas son las más felices, las privilegiadas, las hijas mimadas de la Naturaleza, porque existe un treinta o un cuarenta por ciento de esas mujeres que son mucho más infelices aún, puesto que nuestra organización social, hasta les prohíbe el derecho a tener sexo, a ser tales hembras, o, lo que es lo mismo, a demostrar que lo son.

«OH, LA MUJER! He ahí la verdadera víctima de las infamias sociales; he ahí el verdadero objeto de la misión de los apóstoles generosos.»

 

Que de repente puede virar hacia un lirismo rayano en la cursilería:

 

Nos divertíamos cuando Teresa me dijo de pronto:

—Soy una flor tronchada sin tierra bajo mis pies. Me abraso, vámonos.

Contemplé de cerca el rostro de la mujer que se mecía entre mis brazos y advertí en su piel tersa un tinte descolorido, una red irregular de venillas grisáceas e inicios de surcos en los alrededores de los ojos y la boca. Tras sus párpados entornados adiviné las riberas hasta donde descienden los pastos frescos, la brisa empalagosa de los bosques y el rumor del agua y las hojas y las cosas en movimiento que constituye un lenguaje secreto de la infancia. Jamás olvidaré a Teresa.

 

O hacia un diálogo plagado de catalanismos e incorrecciones lingüísticas:

 

La Doloretas se frotó las manos.

—Tenemos que hacer un pensamiento —dijo.

Yo bostezaba y veía por el ventanuco cómo la calle de Caspe perdía color en la homogeneidad del temprano atardecer. Había luces en algunas ventanas de las casas del frente.

—¿Qué pasa, Doloretas?

—Tenemos de decirle al señor Cortabanyes que ya va siendo hora de encender la salamandra.

—Doloretas, estamos en octubre.

Aproveché aquel improvisado recordatorio para desprender dos hojas atrasadas del calendario y para constatar la fugacidad de los días vacíos. La Doloretas volvió a teclear un escrito cuajado de tachaduras.

—Luego vienen las calipandrias y…, y yo no sé… —refunfuñaba. [por galipandrias, expresión catalana referida a los resfriados].

En cuanto a los personajes, Mendoza se despacha a gusto desde el cómico o descriptivo nombre de muchos de ellos: La Doloretas, Perico Serramadriles, Domingo Pajarito de Soto, Nemesio Cabra, el sargento Totorno, Cortabanyes (en catalán, Cortacuernos), Claudedeu (en catalán, clavo de Dios), Lepprince (el príncipe), Rocagrossa, Pepín Matacríos, el pistolero Lucas El Ciego…., hasta la descripción más sarcástica de algunos de ellos, por ejemplo, el presunto abogaducho Cortabanyes:

Era muy gordo; calvo como un peñasco. Tenía bolsas amoratadas bajo los ojos, nariz de garbanzo y un grueso labio inferior, colgante y húmedo que incitaba a humedecer en él el dorso engomado de los sellos. Una papada tersa se unía con los bordes del chaleco; sus manos eran delicadas, como rellenas de algodón y formaban los dedos tres esferas rosáceas.(…). Cogía la pluma o el lápiz con los cinco deditos, como un niño agarra el chupete. Al hablar producía instantáneas burbujas de saliva. Era holgazán, moroso y chapucero.

O como el retrato de Domingo Pajarito de Soto, descrito con una evidente retranca:

 

Parecía de corta estatura, como era, cabezudo y cetrino, con el pelo negro y brillante como tinta china recién vertida, manos diminutas y brazos excesivamente cortos aun para su exigua persona, ojos abultados y boca rasgada y carnosa, nariz chata y cuello breve: una rana.

Sin embargo, y esto llama la atención, Mendoza no describe físicamente ni una sola vez a los personajes principales de la novela. De ellos recibimos pinceladas muy certeras que nos pueden ayudar a ponerle cara, como es el caso del autorretrato que se hace Javier Miranda:

 

En cuanto a mí, ¿qué puedo decir? Todo aquello me traía sin cuidado, indiferente a cuanto no fuera mi propio caso. Creo que habría recibido como una resurrección la revolución más caótica, viniera de donde viniese, con tal de que aportara una leve mutación a mi vida gris, a mis horizontes cerrados, a mi soledad agónica y a mi hastío de plomo. El aburrimiento corroía como un óxido mis horas de trabajo y de ocio, la vida se me escapaba de las manos como una sucia gotera.

 

De una manera que podríamos llamar impresionista Javier Miranda hace una descripción perfecta de la personalidad de Lepprince -o más bien la descripción es del juez Davidson, que no lo conoce de nada (detalle típico de Mendoza):

 

JUEZ DAVIDSON. ¿No es raro que un hombre que investiga la muerte de su amigo acepte la invitación del presunto asesino?

MIRANDA. No resulta fácil explicar las cosas que suceden en la vida.

JD. Le ruego que haga un esfuerzo.

M. Pajarito de Soto me inspiraba sentimientos de afecto y Lepprince…, no sé cómo decirlo…

JD. ¿Admiración?

M. No sé…, no sé.

JD. ¿Envidia, quizá?

M. Yo lo llamaría… fascinación.

JD. ¿Le fascinaba la riqueza de Lepprince?

M. No sólo eso.

JD. ¿Su posición social?

M. Sí, también…

JD. ¿Su elegancia? ¿Sus maneras educadas?

M. Su personalidad en general. Su cultura, su gusto, su lenguaje, su conversación.

JD. Sin embargo, lo ha pintado usted en anteriores sesiones como un hombre frívolo, ambicioso, insensible a cuanto no fuera la marcha de su negocio, y egocéntrico en alto grado.

M. Eso creí al principio.

JD. ¿Cuándo rectificó su juicio?

M. Esa noche, a lo largo de la conversación.

JD. ¿Qué temas trataron?

M. Temas varios.

JD. Trate de recordar. Especifíquelos.

 

En cuanto a María Coral, la enigmática mujer que cambiará el sentido de muchos de los sucesos que ocurren en la novela, Mendoza -a través del poco escrupuloso Lepprince- la caracteriza de manera definitiva en unas cuantas frases:

 

Era suave, frágil y sensual como un gato; y también caprichosa, egoísta y desconcertante. No sé cómo lo hice, qué me impulsó a cometer aquella locura. Me sentí subyugado desde que la vi, en aquel cabaret, ¿recuerdas? Me sorbió la voluntad. La miraba moverse, sentarse y andar y no era dueño de mí. Me acariciaba y hubiese dado cuanto poseo de habérmelo pedido. Ella lo sabia y abusaba; tardó en dárseme, ¿comprendes lo que quiero decir? Y cuando lo hizo, fue peor. Ya te lo dije, parecía un gato jugando con el ratón. Jamás se entregó por completo. Siempre parecía estar a punto de interrumpir… cualquier cosa y desaparecer de una vez por todas.

 

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Contraportada de la 1ª edición de La verdad sobre el caso Savolta
Contraportada de la 1ª edición de La verdad sobre el caso Savolta

Espero que el lector que aún no haya leído la obra, o lo haya hecho pero quiera volver a leerla, entienda que estos fragmentos de lo más dispar definen a una novela irrepetible por cuanto todos estos registros, lenguaje y géneros narrativos se suceden continuamente uno detrás de otro y, en lugar de molestarse, colaboran a la hora de dotar de una amenidad al relato que va en aumento conforme Mendoza acelera el interés de la trama y su especial forma de contarla.

Por eso me molesta que en los estudios académicos sobre la novela, aparte de diseccionarla hasta el punto de hacerla intragable, se insista en que se trata de un pastiche, palabra peyorativa donde las haya, que por fortuna ha desmentido el tiempo, el favor de la crítica y el fervor del público.

 ¿Dónde estriba el secreto de su éxito? Aparte de sus innegables cualidades literarias, el secreto de La verdad sobre el caso Savolta es tan sencillo que casi da vergüenza desvelarlo, tan simple que necesitaremos más espacio para decir lo que nadie se atrevió a contar antes.

Continuará…

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Acerca de José Luis Alvarado

José Luis Alvarado
Dijo el sabio griego que nada es comunicable por el arte de la escritura; tras apurar la copa de seca cicuta, su discípulo dilecto lo traicionó y acaso lo perfeccionó transmitiendo por escrito sus irónicos conocimientos. Como antes hiciera Montaigne, pienso que la obra de un autor se prolonga y modifica cada vez que se escribe sobre ella. La memoria, que fue oral y minoritaria, ahora se multiplica con cada palabra que integra y justifica el continuo universo, también llamado la Red.

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