La vida sexual de Catherine M. Catherine Millet

La vida sexual de Catherine M. Catherine Millet. Reseña de CicutadryCatherine Millet era -y es- una prestigiosa crítica de arte y directora de la revista Art Press, una especie de gurú ilustrado del arte contemporáneo. Se había casado con el escritor y fotógrafo Jacques Henric con quien formaba una de las parejas más chic e intelectuales de París. Un día de 2001, Catherine saltó a la fama con la publicación de La vida sexual de Catherine M., uno de los libros eróticos más influyentes y decisivos de los últimos años. De una tirada inicial de 6.000 ejemplares, la obra se convirtió en un best-seller traducido a 44 lenguas y con tres millones de ejemplares vendidos en todo el mundo.

Tímida, de rostro reservado y mirada inteligente, Catherine Millet explicaba por primera vez y en primera persona que una mujer podía tener infinitud de relaciones sexuales sin ningún tipo de compromiso y no por ello ser calificada con ese término entre peyorativo y confuso que los hombres llaman ninfómana.

La obra no se puede calificar estrictamente de novela aunque tampoco es una autobiografía o unas memorias, sino que contiene algo de todos estos géneros y, en cualquier caso, la protagonista, Catherine M., está vista con una distancia lo suficientemente fría como para entender que es un personaje más de la historia.

Lo que en principio llamó la atención de los críticos (no así del público, mucho más sabio) fue la gelidez con que Catherine contaba sus experiencias sexuales. No había ni una gota de pasión en el relato, ni un mínimo de erotismo, si entendemos por erotismo el tipo de literatura que se había escrito hasta entonces. El propio Mario Vargas Llosa, que apreció la obra cuando se publicó, escribía al respecto:

Este libro confirma lo que toda literatura confinada en lo sexual ha mostrado hasta la saciedad: que, el sexo, separado de las demás actividades y funciones que constituyen la existencia, es extremadamente monótono, de un horizonte tan limitado que a la postre resulta deshumanizador. Una vida imantada por el sexo, y sólo por él, rebaja esta función a una actividad orgánica primaria, no más noble ni placentera que el tragar por tragar, o el defecar. Sólo cuando lo civiliza la cultura, y lo carga de emoción y de pasión, y lo reviste de ceremonias y rituales, el sexo enriquece extraordinariamente la vida humana y sus efectos bienhechores se proyectan por todos los vericuetos de la existencia.

A mi entender, creo que Vargas Llosa no comprendió en su justa medida la intención de la obra: en la actitud de Catherine Millet, desde su primer acto sexual con 17 años, hay una relación extremadamente erótica con el otro, con los demás; lo que ocurre es que ese erotismo (como todo verdadero erotismo), es personal e intransferible, y en su caso tiene un substrato de búsqueda de la degradación extrema que lo emparenta (aunque solo en el fondo, no en la forma) con ciertas conductas sadomasoquistas.

Lo que siempre buscó Catherine Millet, aunque fuera inconscientemente, fue la transgresión, romper las normas morales y encontrar en el sexo una fuente constante de autohumillación personal, una dejadez de su voluntad que prácticamente la anulaba como mujer y como ser humano cada vez que era penetrada por cualquiera de sus agujeros (o por todos a la vez).

El erotismo de Catherine Millet consistía básicamente en ser usada; usada en primer lugar por su pareja de turno, y posteriormente ser usada por la multitud de hombres a los que era prestada por ese hombre que la acompañaba. De ahí que el primer capítulo del libro se titule Los números: confiesa que, reconocibles con nombres, apellidos y un cierto conocimiento de su personalidad, ha estado con 49 hombres, pero el número de sujetos con los que ha tenido sexo es, para entendernos, infinito: hombres sin rostro, que la penetran por detrás, que le introducen su sexo en la boca, mientras ella, en cualquier sitio, apoyada la cabeza en el asiento de un coche, en una orgía, en el metro, en un descampado, en el trabajo o en un portal de París, siente cómo se degrada hasta límites extremos, siente cómo es una muñeca en manos de hombres que se satisfacen sexualmente con ella y que ni siquiera les dan las gracias. En ocasiones, 30 hombres se saciaban con ella en una hora.

Naturalmente, ante esta perspectiva, la palabra amor no aparece una sola vez en el libro; ¿cómo se puede querer a alguno de los 150 hombres que a veces estaban a su lado dispuestos a penetrarla? Aunque parezca paradójico, a este hecho le atribuyo precisamente el éxito de la novela: Catherine Millet representa, a la vez, la libertad de una mujer que hace con su cuerpo lo que quiere, pero que sin embargo, cuando el sexo se materializa representa otra de las fantasías más recurrentes de las mujeres: el sentirse usada. El éxito posterior de Cincuenta sombras de Grey así lo atestigua, si bien esta novela, con sus escenas sexuales de chichinabo, parece un cuento infantil comparado con la obra de la escritora francesa.

La vida sexual de Catherine M. Catherine Millet. Reseña de Cicutadry

Catherine Millet, fotografiada por su marido Jacques Henric

Hacer juicios de valor acerca del sexo ha sido y es uno de los deportes favoritos de la humanidad desde que se tiene memoria. Catherine Millet ofrece un relato absolutamente amoral, desvinculado de cualquier sentimiento romántico o amoroso al que pretendidamente se insiste en asociar al sexo por no sabemos qué norma ética o cultural. Su confesión es la de una mujer que encuentra en el sexo una válvula de escape de su propia personalidad sin plantearse si lo que está haciendo es bueno o malo, siempre que no haga daño a nadie. Pienso que en el libro hay un párrafo que resume esta actitud ante la vida y ante sí misma:

He follado ingenuamente durante una gran parte de mi vida… De vez en cuando tropezaba, por supuesto, con algunas de las dificultades psicológicas conexas (mentiras, amor propio herido, celos), pero las imputaba a la lista de pérdidas y ganancias. No era una mujer muy sentimental. Tenía necesidad de afecto, lo obtenía, pero sin llegar al extremo de construir, a partir de relaciones sexuales, historias de amor. Cuando estaba colada por alguien, creo que era consciente de sucumbir a un encanto, a una seducción física, hasta a lo pintoresco de un esquema de relación (por ejemplo, mantener simultáneamente una con un hombre mucho mayor que yo y otra con otro más joven, y divertirme pasando del papel de nieta al de tutora), que en ningún caso llegaba nunca a comprometerme. Cuando me quejaba de la dificultad de compaginar cuatro o cinco relaciones seguidas, tenía un buen amigo para responderme que el problema no era el número de esas relaciones, sino el equilibrio que había que buscar entre ellas, y me aconsejaba que tomara un sexto amante. De pronto me volvía fatalista. No me preocupaba tampoco la calidad de las relaciones sexuales. Aunque no me procurasen mucho placer, o incluso si me desagradaban, o cuando el hombre me arrastraba a prácticas que no casaban demasiado con mis gustos, no por eso las cuestionaba. En la mayoría de los casos prevalecía el carácter amistoso de la relación. Era evidente que podía conducir a una relación sexual, y ello incluso me tranquilizaba; necesitaba un reconocimiento de mi persona completa. Que en la relación hallase o no la satisfacción inmediata de los sentidos era secundario. También eso lo apuntaba en el libro de ganancias y pérdidas. No exagero si digo que hasta alrededor de los treinta y cinco años no consideré que mi propio placer pudiera ser la finalidad de una relación sexual. No lo había entendido.

Al igual que más arriba he indicado que Catherine Millet representó ciertos deseos más o menos confesables de las mujeres, también intuyo que muchos de los más de tres millones de ejemplares de libros vendidos fueron adquiridos por hombres, porque la autora también representa un imaginario sexual masculino que no por duro de reconocer es menos realista: la práctica del sexo sin compromiso, por no hablar de otras fantasías masculinas nada oportunas de explicar aquí dados los tiempos que corren.

De hecho, Catherine Millet saltó a los periódicos no hace mucho tiempo al mostrarse muy crítica con el movimiento #MeToo: a todos extrañó que uno de los grandes iconos de la liberación de la mujer se mostrara tan poco feminista. Pienso que los que se sorprendieron de sus palabras no han leído el libro, porque las reivindicaciones en el texto a este respecto brillan por su ausencia.

Catherine Millet explica, o trata de explicar, un modo de ver y sentir el erotismo, de relacionarse con los demás de una forma sexuada como sujeto deseante, y en todo caso, si algo hay que elogiar del libro desde el punto de vista cultural, es que la escritora fuera lo suficientemente valiente como para ofrecer su testimonio de manera pública y sin prejuicios, siendo una persona conocida, con un rostro, una vida y una carrera profesional de prestigio. Se vea como se vea, La vida sexual de Catherine M. no es un libro feminista, sino una obra erótica en el sentido más estricto y humano del término.

Aunque la autora no lo indique expresamente, el relato se interrumpe cuando conoce a su marido, Jacques Henric, por el que naturalmente siente una atracción amorosa que, no sabemos hasta qué punto, borra o desactiva esa pulsión sexual indiscriminada que narra en la novela. Años después, Catherine Millet escribiría un relato estremecedor titulado Celos, en el que cuenta la angustiosa experiencia que vivió en su matrimonio cuando descubrió que su marido tenía relaciones extraconyugales con otra mujer. Es entonces cuando apreciamos que el erotismo de Catherine Millet ha cambiado de perspectiva, ha virado hacia otra forma de entender el sexo.

La relación sexual que ella tuviera o tenga con su marido, los posibles amantes o el sexo practicado durante su matrimonio, es ya un misterio. Posiblemente aún quede bastante de ese deseo de degradación, de ser usada, exhibida en público, y digo esto porque su esposo, prestigioso fotógrafo, ha publicado varios libros de fotografías con desnudos de su esposa Catherine Millet: ¿expresión libre del arte, operación comercial, parte de la relación sexual con su esposa, forma de entender el erotismo en pareja? No sabemos: precisamente lo que nos enseña este libro es que el sexo, afortunadamente, es mucho más complejo y fascinante de lo que la gente se piensa.

La vida sexual de Catherine M. Catherine Millet. Anagrama.

 

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Acerca de José Luis Alvarado

José Luis Alvarado
Dijo el sabio griego que nada es comunicable por el arte de la escritura; tras apurar la copa de seca cicuta, su discípulo dilecto lo traicionó y acaso lo perfeccionó transmitiendo por escrito sus irónicos conocimientos. Como antes hiciera Montaigne, pienso que la obra de un autor se prolonga y modifica cada vez que se escribe sobre ella. La memoria, que fue oral y minoritaria, ahora se multiplica con cada palabra que integra y justifica el continuo universo, también llamado la Red.

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