Las bostonianas. Henry James: La mujer como solución

26-bostonianasPara los amantes de la literatura que disfrutamos con los distintos niveles de lectura que ofrece toda obra maestra, Las bostonianas (The Bostonians) es puro deleite; para los que, además, nos gusta descubrir las complicaciones técnicas y las complejidades argumentales a los que se ha tenido que enfrentar el autor y las diversas soluciones que ha encontrado, esta novela es un festín. Estamos ante un texto en el que la lucha entre la maestría de Henry James y los materiales de los que disponía fue tan ardua que su aclaración merecería un ensayo, pero como no disponemos del espacio suficiente trataremos de poner orden comenzando desde el principio.

En 1885, Henry James es un escritor que tiene el reconocimiento del público y la crítica. Daisy Miller y El retrato de una dama han sido un éxito. Asentado en este momento de gloria, ha publicado en forma de libro todos los relatos escritos hasta la fecha que él cree que merece la pena ser reeditados. Podemos decir que en ese instante James tenía las alforjas vacías. Piensa que el tema internacional, base sobre la que ha escrito sus obras más conocidas, ya está agotado. Técnicamente se ha demostrado a sí mismo y al público que posee un sólido manejo de los recursos narrativos. Es el momento adecuado para cambiar de registro.

A principios de 1883 escribe una carta a su editor americano J. R. Osgood explicando la trama de su próxima novela. A pesar de su extensión la vamos a trascribir aquí porque nos servirá de resumen de la historia, aunque omitiré el final por respeto al lector que aún no haya leído la obra:

El escenario de la historia es Boston y su barrio; relata un episodio relacionado con el denominado «movimiento de la mujer». Los personajes que figuran en ella son en su mayoría personas de tipo reformista radical, especialmente interesados en lograr que las mujeres se emancipen, concederles el sufragio, liberarlas de la esclavitud, coeducarlas con los hombres, etc. Lo consideran el gran problema del momento: la reforma más urgente y sagrada. La heroína es una joven muy lista y «talentosa», relacionada de nacimiento y por las circunstancias con un círculo inmerso en esas opiniones y en toda nueva agitación, hija de antiguos abolicionistas, espiritualistas, trascendentalistas, etc. Ella también se interesa por la causa, pero es objeto de un interés todavía mayor por parte de su familia y amigos, que han descubierto en ella un extraordinario talento natural para hablar en público con el que la creen capaz de convencer a una audiencia numerosa y prestar una gran ayuda en la liberación de su sexo. La quieren como a una especie de apóstol o de redentora. Ella está de muy buen ver, y su don para hablar es todo un estímulo. Tiene una amiga íntima, otra joven, que procede de un círculo social totalmente distinto (una exclusiva familia rica y conservadora) y que se ha lanzado a esas cuestiones con intenso fervor y alberga una apasionada admiración por nuestra muchacha, sobre la cual, gracias a un carácter completamente distinto, ha adquirido una gran influencia. Ella tiene dinero propio, pero carece de talento para aparecer en público y sueña con que ella y su amiga (una usando su dinero y la otra su elocuencia) consigan, trabajando codo con codo, revolucionar la condición de las mujeres. Lo considera una tarea noble y ambiciosa, una misión por la que hay que sacrificar todo lo demás, y cuenta tácitamente con su amiga. Sin embargo, ésta conoce a un joven que se enamora de ella y por el que ella a su vez se interesa enormemente, pero que, debido a su temperamento realista y conservador, se opone firmemente al sufragio femenino y otras reformas parecidas. Cuanto más ve a la heroína, más la ama y más decidido está a liberarla de las garras de sus amigos reformistas, a los que detesta con toda su alma. Le pide que se case con él y no le oculta que, si lo hace, deberá renunciar por completo a su «misión». Ella cree que lo ama, pero que el sacrificio de la citada misión sería terrible y que la decepción que causaría a su familia y amigos, y sobre todo a la joven rica, sería peor. Su amado es un pariente lejano de la joven rica, quien en mala hora, por casualidad, y antes de haberse informado de las opiniones del joven (ha pasado diez años en el Oeste), se lo presentó. Le pide a su amiga que se mantenga firme en nombre de su amistad y de todas las esperanzas depositadas en el talento de la joven. La historia relata la lucha que se produce en la mente de ésta […]

Naturalmente, este resumen no permite ver la complejidad de la novela pero sí nos sirve para puntualizar una serie de detalles.

Henry James quiso escribir desde el principio una novela netamente americana, y dado que las convulsiones sociales era lo más característico de Estados Unidos frente a la inmovilidad ideológica de Europa, pensó en el movimiento reformista a favor de la mujer que en aquellos momentos comenzaba a cobrar fuerza, con el añadido de que se desarrollaba en la costa Este, en concreto en Boston y Nueva York, dos ciudades que conocía muy bien.

En particular le atraía el Estado de Massachusetts porque era la cuna del intelectualismo americano y, a la vez, no dejaba de estar situado en Nueva Inglaterra, que para James aún seguía siendo la zona austera, supersticiosa y provinciana que había retratado Hawthorne en sus novelas.

Si para  James había algo peor que Nueva Inglaterra era el Oeste americano, de ahí que en un principio lo nombrara como el origen del joven que vendrá a perturbar la misión idílica de las bostonianas. Sin embargo, finalmente decide que Basil Ramson provenga de un estado del Sur; la acción de la novela se sitúa en la década de 1870 y los ecos de la Guerra Civil son aún evidentes en la sociedad americana. Que Ramson sea sureño (y piense como tal) es lo más retrógado que se podía ser en ese momento.

Para terminar con la carta arriba trascrita hemos de pararnos en lo que precisamente he ocultado: el final. James se ha comprometido con su editor y le ha ofrecido un final contundente y cerrado, pero ese final va a lastrar toda la narración porque tal y como va desarrollando la trama, el desenlace parece cada vez más forzado hasta el punto de que la novela entra en serias contradicciones por tal de llegar al último párrafo. En otras palabras: cuando Henry James lleva muy avanzada esta larga novela se nota que la complejidad de la historia se le ha impuesto por encima de sus ideas primeras y a partir de ese momento la narración se convierte en un caballo desbocado que a duras penas puede mantener a raya. Es un lujo ver cómo sufre Henry James para encauzar la novela.

Como hemos dicho, el escritor quiere cambiar radicalmente de registro y toma otra decisión curiosa: si bien Henry James es considerado el maestro del punto de vista, en Las bostonianas resuelve dejar a un narrador omnisciente la tarea de contar la historia en tercera persona, pero con tal grado de perversión que pronto deriva en un narrador omnipotente, cínico, sarcástico en ocasiones, también caprichoso, subjetivo, parcial, que se permite dar su opinión –solapadamente- cuando lo estima oportuno y, más importante aún, se arroga el derecho a caracterizar a los personajes, si viene al caso, con frases lapidarias y hasta divertidas.

Porque otra de las exclusivas características de esta novela es el sentido del humor, tan escaso en la obra de James. Como no podía ser de otra manera, lo usa de manera intelectual, deformando la realidad a través de una ácida ironía. Éste fue un factor que jugó en su contra para que la novela terminara siendo un fracaso comercial porque detrás de la ironía suele haber un cierto pesimismo y también una nota degradante que llevó a pensar (y aún se sigue pensando) que James se despachó a gusto con el movimiento feminista. Nos basta leer algunas frases escritas por el narrador “omnisciente” sobre una vieja reformadora de causas perdidas, Miss Birdseye, todo un modelo para las reformistas, para entender el tono y enfoque de la obra:

“Pertenecía, por supuesto, a la Liga de las Faldas Cortas; pues formaba parte, sin excepción, de todas y cada una de las ligas que hasta la fecha se hubieran fundado cualquiera que fuese el propósito. Esto no le impedía ser una anciana confusa, complicada, inconsecuente, discursiva, cuya caridad comenzaba en casa y no se sabía dónde acababa, cuya ingenuidad no se quedaba atrás, y que sabía menos de sus semejantes, si eso era posible, después de cincuenta años de celo humanitario, que el día que había decidido lanzarse al campo de batalla a luchar contra las injusticias de la vida.”

La caracterización de Olive Chancellor, la joven protagonista que representará la defensa del feminismo, y cuya importancia en la obra es fundamental, nos lleva al retrato de la solterona rancia, seca, austera, de principios puritanos aunque ella no lo sepa, fanática, celosa –muy celosa- y, por supuesto, nada agraciada físicamente. No obstante, en el otro extremo James sitúa a su hermana, Mrs. Luna, sin tener tampoco mayor consideración con ella: rica y caprichosa, es superficial, poco inteligente y además es madre de un hijo que está convirtiendo en un pequeño monstruo mimado. Esto en lo que se refiere a la parte de Boston.

A esta ciudad llega, desde las profundidades de Nueva Inglaterra, Verena Tarrant, la jovencísima criatura cuya oratoria es un prodigio, eso sí, de la mano de su padre, un charlatán espiritista cuyo presunto magnetismo es transmitido a su hija cada vez que ella habla en público, como si lo hiciera en trance. La madre de Verena no deja de ser una consecuencia más de lo peor de la cultura americana, siempre a la sombra de su “gran” marido y en secreto deseosa de que su hija alcance un alto estatus social que ella, naturalmente, aprovecharía para llevar una vida menos miserable que la que sufre.

Dejo para el final al joven Basil Ramson porque será el personaje que le dará verdaderos quebraderos de cabeza a James. Como decíamos, es un sureño cuyas ideas retrógradas se oponen frontalmente al reformismo que conoce gracias a su prima Olive, de la cual se convertirá en enemigo cuando los dos ponen el ojo en la inocente Verena. Sin embargo hay que pensar que lo que ahora nos parece un carácter reaccionario, en su momento no lo era, de forma que Basil Ramson opera más como contraste en la dicotomía Norte-Sur que en el ámbito más estricto de las ideas políticas.

A este respecto hay algo confuso en Las bostonianas que el propio James confesó en una carta a un amigo: siendo como es una novela política, ese material se le agotó pronto al escritor, y en lugar de reducir la extensión del texto, decidió abordar con largueza el conflicto de poder entre Olive y Basil por la posesión de Verena.

La propia estructura de la novela representa esta inesperada carencia: está dividida en tres partes, la primera de las cuales se desarrolla en Boston y centra su atención en el movimiento feminista, además de servir de presentación de los personajes. Esta primera parte es la más extensa con diferencia. La segunda se centra en Nueva York y sirve para presentar el nudo de la trama, en el que el reformismo ya deja de tener tanta importancia, dando paso a la parte sentimental cuyo centro es Verena Tarrant y que enfrenta al lado posesivo y neurótico de Olive Chancellor contra las pretensiones amorosas de Basil Ramson, desvelando a la vez su carácter cínico y conservador. La última parte de la novela, bastante breve, no es más que la preparación para el desenlace, situado al principio en una tranquila localidad costera de Massachusetts, Cap Cop, para terminar en Boston, más concretamente en un gran teatro de esta ciudad. Aquí ya apenas hay rastros de la novela política que empezamos a leer.

Uno de los problemas que le surgió a Henry James –quizá el más arduo- era hacer atractivo al sureño Basil Ramson sin que le saliera un galán plano y meramente decorativo. Lo consigue a través del victimismo, puesto que Basil emigra del Sur a Nueva York para comenzar su carrera de abogado sin alcanzar ningún éxito. Sin dinero y sin amigos, sólo con su presencia, tiene que atraer a Verena Tarrant, lo que le granjea la admiración del lector.

Si bien se muestra ingenioso en los primeros capítulos de la novela, y su ataque a las feministas no deja de tener cierta gracia debido a que la ironía hace su discurso pasablemente racional –que no razonable-, poco a poco James va cargando las tintas contra él, revelando a un joven ambicioso, terco, tenaz y sobre todo pesimista, un pesimismo que termina impregnando el tono de la novela. Así es como James abona el terreno para la lucha final que se desata dentro de Verena: su amistad con Olive, profundísima, comprometida con la causa reformadora, con la perspectiva de convertirse en una brillante oradora por todo el país y, todo hay que decirlo, con el agradecimiento que le debe a su amiga por librarla (sin ahogarla tanto como quiere hacernos ver el narrador “onmisciente”) de la miserable situación de su familia, se enfrenta a las sinceras promesas de Basil Ramson acerca de su futuro con él: vivir sin dinero y sin ninguna posibilidad de desarrollar su talento ya que Basil le impedirá salir de la cocina -para entendernos. De alguna forma, Verena tendrá que elegir entre vivir en una jaula de oro o en una miserable ratonera con fogones.

Esta nada halagüeña elección nos permite pararnos en la caracterización de la encantadora Verena Tarrant: no se trata de una joven alegre y superficial como Daisy Miller ni tiene la inteligencia de Isabel Archer. No es la brillante dama americana que hasta entonces quiso crear Henry James, sino que la emparenta con otra joven insospechada: Catherine Sloper, la protagonista de Washington Square. La herencia de Verena es su talento, pero igual que Catherine se veía rodeada por las actitudes nada promisorias de su adusto padre y su pretendiente, Verena tiene que elegir entre la adusta Olive y su pretendiente sureño, que para más inri ni siquiera quiere su talento si no es para enterrarlo.

Esto nos lleva a uno de los temas favoritos de Henry James: la renuncia. Desde el momento en que debes elegir, tienes que renunciar a algo. La novela está trufada de dicotomías: reformismo-conservadurismo, Norte-Sur, riqueza-pobreza, posesión-libertad, amor-amistad, agradecimiento-ingratitud, talento-opacidad, mujeres-hombres. Y hay que elegir. Verena finalmente lo hará, pero como ya hiciera James en Washington Square, dejará una última frase demoledora en la novela que nos hace sospechar que su elección tal vez no ha sido la mejor.

Ya señalábamos que Las bostonianas no tuvo éxito en su momento y, ahora viéndolo en perspectiva, sabemos que supuso el comienzo del declive de Henry James ante el reconocimiento del público. Las razones primeras fueron meramente coyunturales, ya que en Estados Unidos no gustó nada la visión pesimista y poco favorecida de un país en ese momento floreciente. Pero es que en Europa tuvo una repercusión muy limitada y tal vez el hecho se explica por el poco cariño que siente James por sus personajes, una circunstancia que siempre se transmite negativamente a los lectores. Si con alguien podría haberse sentido identificado el público es con la figura central, Verena Tarrant, pero es tal su inocencia y su maleabilidad que nuestras retorcidas mentes lectoras nos hacen imposible cualquier acercamiento a tan encantador personaje.

Vista en la actualidad, Las bostonianas es un compendio de sabiduría narrativa, una historia muy moderna –y atrevida para su época-, un ejemplo de dramatismo aderezado con dosis de humor y, para decirlo con pocas palabras, una abrumadora novela que se defiende por sí sola con su maestría. No es la gran novela americana, como pretendía su autor, justamente por lo contrario de lo que le achacan sus detractores: si para estos es discursiva y espesa, a nosotros se nos antoja que le falta desarrollo a pesar de su extensión, que hay algo que se le pasó inadvertido a Henry James para redondearla aún más. El propio escritor lo reconocía en una carta de 1908 cuando se planteó la posibilidad de incluirla entre sus Obras Completas, lo que se llamó la Edición de Nueva York:

Supongo que tal vez haya que dedicar un par de volúmenes adicionales a ciertas omisiones demasiado evidentes […] Tengo, además, la vaga intención de presentar de nuevo, con abundantes aderezo y supresión, la excesivamente prolija pero, por algún motivo medianamente satisfactoria y pasable Las bostonianas de hace casi un cuarto de siglo; a esa obra no se le hizo, a pesar de mi muy disciplinada paciencia, ninguna justicia. Pero requerirá indudablemente una cuidada reelaboración…

Finalmente renunció a la idea de reeditarla cuando sí lo hizo con La princesa Casamassima, su siguiente novela, también política pero bastante inferior en calidad. No seremos nosotros quiénes para indicar cuáles son esas “omisiones demasiado evidentes” cuando no las añadió ni siquiera su autor. Las bostonianas es una obra maestra y una de las mejores novelas de Henry James, otra manera de leerlo y de entenderlo, otra forma de entrar en su universo de contradicciones.

Las bostonianas. Henry James. Penguin Clásicos.

Reseñas sobre Henry James en Cicutadry:

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Acerca de José Luis Alvarado

José Luis Alvarado
Dijo el sabio griego que nada es comunicable por el arte de la escritura; tras apurar la copa de seca cicuta, su discípulo dilecto lo traicionó y acaso lo perfeccionó transmitiendo por escrito sus irónicos conocimientos. Como antes hiciera Montaigne, pienso que la obra de un autor se prolonga y modifica cada vez que se escribe sobre ella. La memoria, que fue oral y minoritaria, ahora se multiplica con cada palabra que integra y justifica el continuo universo, también llamado la Red.

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