Levadura de malicia, de Robertson Davies: La pequeña ciudad de provincias

Levadura de malicia, de Robertson Davies. Reseña de Cicutadry

Levadura de malicia fue la segunda novela publicada por Robertson Davies, en 1954. Quizás de todas sus obras, sea la que más se acerca a una novela convencional en cuanto que gira a un único núcleo argumental que se revela desde las primeras páginas. A pesar de que el autor canadiense ha sido tildado como el Dickens del siglo XX, la estructura narrativa de sus argumentos no sigue ni mucho menos la clásica discurso de introducción, nudo y desenlace, sino que suele derivar en infinitud de meandros, derivaciones y pequeñas tramas que han hecho de Robertson Davies un maestro en materia novelística.

Un asunto provinciano

Como explicaba en la reseña de su anterior libro, A merced de la tempestad, Robertson Davies eligió como escenario para su primera trilogía una ciudad de provincias, Salterton. Este hecho no es casual, porque entre las muchas virtudes de Robertson Davies, la que más destaca es su fina capacidad de observación de la conducta humana y eso, en una pequeña ciudad, supone todo un filón para quien sepa aprovecharlo.

De hecho, Levadura de malicia gira en torno a un acontecimiento de lo más provinciano: el anuncio en un periódico local de la boda de dos jóvenes; en definitiva, a lo que siempre se ha llamado Ecos de sociedad. Lo extraño de la noticia es que esos dos jóvenes apenas se conocen y que la boda dice celebrarse el 31 de noviembre.

Hasta aquí todo puede parecer una broma. Pero lo que en una gran ciudad pasaría desapercibido, en la pequeña Salterton produce un cataclismo: todo el mundo felicita a los novios, que estupefactos reciben la noticia de que por lo visto se van a casar con una persona desconocida. No obstante, como jóvenes que son, entienden que han sido objeto de una broma –una broma pesada, ciertamente, pero nada más- y siguen haciendo sus vidas sin ni siquiera sacar del error a las ignorantes personas que los felicitan.

La provincia tenebrosa

Nada hubiera ocurrido si no fuera porque el padre de la presunta novia, un profesor universitario de carácter imposible, se lo toma como una ofensa personal y decide demandar al periódico que ha publicado la falsa noticia. Por su parte, el director del diario, un hombre apacible cuya tranquila vida queda perturbada por el agrio carácter del profesor ofendido y su muy rancio abogado, se encuentra con la sorpresa de que el bromista, muy astutamente, ha aprovechado un momento propicio para entregar su propuesta de noticia en las oficinas del periódico evitando tener que revelar su identidad.

Lo que a los propios ojos del lector no deja de ser una simple anécdota se convierte, por obra y gracia de la maestría de Robertson Davies, en una bola de nieve que va creciendo progresivamente conforme avanza la novela, con todo tipo de efectos colaterales sobre una parte de la población de Salterton. En un mismo argumento, el escritor canadiense mezcla las vicisitudes del periodismo, las rencillas universitarias, los conflictos en la abogacía, el mundo de la música, la paz de una parroquia y los secretos recelos entre vecinos, que en una pequeña ciudad aparecen como liebres cuando la calma se ve perturbada por la menor controversia.

La levadura de la malicia

Robertson Davies recuerda en un pasaje de la novela una jaculatoria del Libro de Oraciones que dice:

Líbranos, Señor, de la levadura de malicia para poder servirte siempre en esta vida con sinceridad y verdad.

Ya digo que el autor canadiense fue siempre muy sensible a la curiosa conducta humana, y lo que viene a mostrar en esta novela es que la malicia actúa como fermento: se mueve, se hincha y transforma cuanto la rodea. No hay forma de aislarla; cuando empieza a actuar, la levadura ya no se puede separar de la masa. Y esto es lo que ocurre en esta espléndida Levadura de malicia.

Téngase en cuenta que no se trata del mal, de ese mal puro al que tanto nos tienen acostumbrados los novelistas; es simple malicia, algo que se hace como una pequeña jugarreta, con algo de broma y sin pensar en las consecuencias. He leído muy pocas novelas que traten de la malicia, porque sus efectos son muy sutiles y para un escritor no tan dotado como Robertson Davies, derivaría en un texto nada interesante, el peor de los males para una novela.

Los pequeños detalles

Sin embargo, parece que Robertson Davies campa a sus anchas cuando se trata de argumentos sutiles. Para ello, como es propio de su narrativa, compone una novela coral, porque comprende que al fijar el argumento en unos pocos personajes se le caería el interés de la novela.

Son muchos los personajes que pasan por la obra, y aunque al principio no tienen nada que ver con ellos, esa levadura de malicia va aglutinándolos hasta componer un soberbio retrato de la vida provinciana. Sería aconsejable que el lector se tomara la molestia de comprobar que cada personaje, visto singularmente, no tiene nada de interesante, y que su parte de actuación en la novela es relativamente breve.

Será el talento de Robertson Davies el que haga que tomen la importancia que deben tener en el peso de la narración cuando se mezclan con otros personajes, de manera que son inseparables unos de otros. Esto que escribo le da un valor especial a la novela, porque es capaz de producir sinergias entre los personajes, una capacidad propia de la narrativa del siglo XIX que casi desapareció en el siglo XX y que la gran sabiduría de Robertson Davies resucitó para regocijo de sus lectores.

El otro periodismo

Aparte del interés de la trama en cuanto a sus numerosas vicisitudes entre los personajes y –digamos- el suspense por saber quién gastó la pesada broma que da origen a todo, Robertson Davies pone su indulgente mirada en un mundo que conocía bien, el del periodismo. En el momento en que escribió Levadura de malicia él publicaba en un periódico unas columnas humorísticas que le dieron prestigio y fama.

El hecho de que durante años viviera el ambiente de un pequeño periódico y que fuera editor de una revista semanal, le sirvió para mostrar ese microcosmos tan peculiar que es el mundo del periodismo a pequeña escala.

Decía Mark Twain que “en el mundo real, lo que es apropiado nunca sucede en el lugar ni en el momento apropiados; es el deber de los periodistas y los historiadores lograr que parezca que así es”. Y precisamente de eso va esta novela: los hechos casi nunca suceden cuando viene bien, sino cuando el azar los coloca en la realidad, y la gran labor del buen periodista es hacer que esa noticia encaje con las expectativas de sus lectores.

Los malabarismos que tendrá que hacer el director de este pequeño periódico para sacar todos los días una edición y, en la medida de lo posible, evitar los conflictos que puedan surgir en su clientela, es la parte más sensible y genuina de la novela. Aquella famosa frase atribuida a Rafael El Gallo, “Hay gente pa’ tó”, se hace patente en el día a día de un periódico, y también en una pequeña ciudad de provincias, y no duden que en Levadura de malicia Robertson Davies la eleva a categoría de arte.

Levadura de malicia. Robertson Davies. Libros del Asteroide.

Acerca de José Luis Alvarado

José Luis Alvarado
Dijo el sabio griego que nada es comunicable por el arte de la escritura; tras apurar la copa de seca cicuta, su discípulo dilecto lo traicionó y acaso lo perfeccionó transmitiendo por escrito sus irónicos conocimientos. Como antes hiciera Montaigne, pienso que la obra de un autor se prolonga y modifica cada vez que se escribe sobre ella. La memoria, que fue oral y minoritaria, ahora se multiplica con cada palabra que integra y justifica el continuo universo, también llamado la Red.

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