Lo que arraiga en el hueso, de Robertson Davies: La simulación como arte

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Lo que arraiga en el hueso es la segunda novela perteneciente a la llamada Trilogía de Cornish, del escritor Robertson Davies, publicada en 1985. En esos momentos, el autor canadiense ya poseía todos los recursos narrativos que lo harían mundialmente famoso, y en contra de lo que ocurriría en otras trilogías, centradas en ciudades, en ésta la historia gira en torno a un personaje, Francis Cornish, a su vida, a su muerte, a su legado y a su familia.

El estudio del carácter

En este sentido creo que Robertson Davies se sintió muy a gusto enfrentándose a todos los detalles posibles alrededor de un ser humano sin caer en la manida novela de iniciación con la que los escritores, por lo general, despachan sus obras cuando se centran únicamente en un personaje.

Lo que intentó –y logró- Robertson Davies en esta novela fue dar una vuelta de tuerca al estudio de los comportamientos humanos, y ya el título, Lo que arraiga en el hueso, es toda una declaración de intenciones. ¿Qué es lo que arraiga en el hueso? Pues todas las vivencias y las herencias que adquirimos a muy temprana edad y que nos hacen ser como somos. Es decir, la creación de un carácter.

No es baladí que traiga a colación el carácter de un personaje, porque tal vez sea el punto fuerte de Robertson Davies, aquello que lo hace tan encantador, tan singular como escritor. Con una sensibilidad fuera de lo común, el canadiense tenía el don de transmitir la personalidad de sus criaturas sin que pareciera forzado por ello, haciéndolas reales ante los ojos del lector. Una forma de hablar, unas costumbres, unos pensamientos le bastaba para hacerlos cercanos e inolvidables para sus lectores.

Un gran personaje

Francis Cornish, el protagonista de Lo que arraiga en el hueso es un hombre que se mueve buscando una personalidad en la que apoyarse. A pesar de ser la figura central de la novela, no es ni mucho menos el personaje más atractivo de la misma. Un carácter se forja con otros caracteres, y en el caso de Francis Cornish, se va a encontrar a lo largo de su vida con personalidades muy fuertes, decisivas para su formación.

Como en todo personaje interesante, hay un secreto en su vida; en su caso, el hecho de que él no debería haber nacido. De alguna manera me ha recordado a Salvador Dalí, otro artista que suplió, incluso con el mismo nombre, a un hermano nacido anteriormente a él y que murió.

No es el caso exacto de Francis Cornish, puesto que ese hermano que se llama exactamente como él sobrevive, pero es curioso que este hecho forma una personalidad extraña, una especie de sentimiento de usurpación, de fingimiento, tan característico del pintor catalán y que podemos observar en este también pintor (imaginario) especialista en el Medievo.

La formación de un falsificador

Si bien la primera parte de la novela es un extenso relato de “lo que arraiga en el hueso” de Francis Cornish, con su desesperada necesidad de formarse un carácter, con su búsqueda incansable por establecer las bases de lo que posteriormente será su vida adulta, la parte de la obra que más me ha interesado es aquella en la que, aún siendo joven, desarrolla esa personalidad en una circunstancias, diríamos, extraordinarias.

Y es que este gran dibujante joven termina en un castillo alemán, siguiendo las directrices del servicio secreto canadiense, para el que trabaja su padre. No estamos ante una novela de espías, ni mucho menos, pero es importante recalcar el hecho de que este personaje vive una doble existencia en los albores de la Segunda Guerra Mundial.

No será su única experiencia como doppler: en el castillo conocerá a un gran experto en arte antiguo, Tancred Saraceni, que supuestamente está catalogando los cuadros de la familia dueña del castillo, pero que salta a la vista que está haciendo algo más.

Y este es uno de los puntos más interesantes de la novela: Saraceni no es un falsificador, pero su gran conocimiento de las técnicas pictóricas antiguas le posibilita para “arreglar” cuadros que podrían considerarse perdidos por el polvo y la cochambre que acumulan, y hacerlos pasar por obras atractivas. Es decir, no se trata de una falsificación propiamente dicha (el cuadro ya existía) pero sí una simulación para obtener beneficios económicos.

La simulación como forma de vida

Naturalmente, el joven Francis Cornish podría haberse negado a seguir la estela de este experto en arte, pero su propia personalidad, lo que arraiga en el hueso y marca para siempre, lo lleva precisamente a disfrutar del fingimiento, de la simulación. Desde el momento en que conoce la actividad de Saraceni lo escoge como maestro, con todas las connotaciones que puede tener este apelativo.

Esta parte de la novela es realmente impresionante. En pleno siglo XX, dos hombres deciden mantener una relación de maestro-discípulo al más puro estilo medieval, lo que no deja de ser otra nueva forma de simulación, de actuación, puesto que Francis Cornish no tiene necesidad alguna de sufrir los desmanes, humillaciones y pequeñas tiranías de un maestro a la antigua usanza. Pero lo acepta de buen grado.

Así, de repente, parece que la novela haya retrocedido varios siglos, ya que estos dos hombres, en el ambiente cerrado y claustrofóbico del castillo, aislados del mundo, desarrollan una relación entre mágica y extravagante que hace las delicias del lector.

El aprendizaje con un maestro

Y es que por la vida de Francis Cornish han pasado muchos personajes, de los cuales da buena cuenta Robertson Davies con su habitual sentido del detalle, y también muchos de ellos le han decepcionado, o más bien, han sido decepcionantes, sin que ello haya repercutido, al menos conscientemente, en la personalidad del joven pintor.

Pero sí, lo que arraiga en el hueso es algo muy poderoso, y Francis Cornish se agarra a las enseñanzas de una sola persona, de un maestro, para internarse en todos los pliegues que ofrece la vida, esos pliegues que permiten el fingimiento. De alguna manera, Cornish representa el ser humano que no está satisfecho con la realidad tal como es y se “inventa” otra realidad paralela, no menos real que la vida misma, porque es lo que su carácter le demanda.

Y como todo buen discípulo, Cornish tratará de superar a su maestro, a imponer una personalidad propia. De alguna manera, todos matamos a nuestros maestros para ser nosotros mismos, aunque nos queden dentro todas sus enseñanzas y seamos incapaces de distinguir, en nuestro interior, lo que hay de ellos y lo que aportamos nosotros.

Precisión narrativa

Esta delicada forma de forjar una personalidad no es fácil de llevar al papel, y en este sentido, Robertson Davies nos ofrece en esta novela todo un prodigio de precisión narrativa. En ningún momento molesta al lector con explicaciones acerca de su cometido, sino que será el comportamiento de sus personajes lo que se irá desplegando ante los ojos de sus lectores hasta que en un momento dado entendemos que los personajes obran de una u otra manera por lo que ha sucedido, como si todo ocurriera de una forma inexorable.

Entonces es cuando el lector agradece esta especial inteligencia de Robertson Davies, y me atrevería a decir que sus novelas hacen más inteligentes a sus lectores, si se me permite la expresión. Hay en su peculiar forma de narrar un esfuerzo por ser implícito, por no dejar ver la tramoya de sus historias, que fluyen de un hecho a otro sin cesar, introduciendo al lector en una corriente narrativa en la que todo es esplendor y encanto.

Lo que arraiga en el hueso. Robertson Davies. Libros del Asteroide.

Acerca de José Luis Alvarado

José Luis Alvarado
Dijo el sabio griego que nada es comunicable por el arte de la escritura; tras apurar la copa de seca cicuta, su discípulo dilecto lo traicionó y acaso lo perfeccionó transmitiendo por escrito sus irónicos conocimientos. Como antes hiciera Montaigne, pienso que la obra de un autor se prolonga y modifica cada vez que se escribe sobre ella. La memoria, que fue oral y minoritaria, ahora se multiplica con cada palabra que integra y justifica el continuo universo, también llamado la Red.

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