Lo que Maisie sabía. Henry James: El narrador como intérprete

Lo que Maisie sabíaFue la culminación de la carrera literaria de Henry James y la primera novela del siglo XX, aunque fuera escrita en 1897. Lo que Maisie sabía (What Maisie Knew) rompió las estructuras narrativas hasta entonces conocidas con una audacia técnica que aún nos asombra. Es un relato divertido, profundo, sagaz, irónico, incluso socarrón, “una horrible historia de adulterio narrada a través de los ojos de una niña que no está capacitada para entenderla”, en palabras de Borges. Pero Borges se equivocaba.

Si solo hubiera sido la contienda que dos padres divorciados emplean entre ellos contada desde la perspectiva de su hija estaríamos sin duda ante una novela ingeniosa, pero este punto de vista no sería novedoso puesto que para ello James podría haber elegido cualquiera de las técnicas que entonces se empleaban para esta clase de perspectiva: el monólogo –en primera persona- o el estilo indirecto libre –como hubiera sido el caso ya que la obra está escrita en tercera persona. Hasta ese momento, el narrador se podía poner en los ojos de su protagonista e incluso adentrarse en sus pensamientos, lo que sin duda confería una profundidad a la historia que de otra manera sería imposible. Como sabemos, esta técnica triunfaría plenamente en la novelística del siglo XX.

Sin embargo, en este caso el escritor no se pone en los ojos ni en la mente de Maisie; James interpreta lo que Maisie sabe, y esa interpretación nos la muestra a nosotros, lectores adultos, que a través de sobreentendidos y el conocimiento previo que se supone que tenemos de la naturaleza humana, compartimos con James indulgentemente las vicisitudes que está atravesando la pobre Maisie. De hecho, el nivel de lectura variará de acuerdo a la mentalidad del propio lector: si esta historia se le da a leer a un adolescente se enterará poco más de lo que se entera la propia Maisie, mientras que si la lee una persona con una cierta instrucción acerca de los modos y costumbres de la sociedad (de su tiempo o de cualquier otra), encontrará matices críticos en la trama que en otro caso se escaparían, todo ello teniendo en cuenta que casi nada de lo que se cuenta es explícito, puesto que ya decimos que lo que nosotros sabemos es una interpretación de los hechos, no los hechos en sí.

La inteligente estructura de la novela lleva al escritor a usar varios niveles expositivos, que emplea indistintamente según las necesidades narrativas a las que se enfrente. Un ejemplo de la primera forma de aproximarse al texto serían aquellas experiencias que Maisie vive directamente relacionadas con lo que ella ha percibido por sus sentidos. Así, la primera vez que, tras permanecer seis meses con su padre, la recoge su madre, asistimos a este corto diálogo:

––Y dime ángel mío ¿no te ha dado el asqueroso de tu padre un mensaje para tu mamá que tanto te quiere?

Fue entonces cuando Maisie se percató de que las palabras dichas por su asqueroso papá habían sido recogidas, pese a todo, por sus infantiles y desconcertados oídos, de los cuales, ante la solicitud de su madre, pasaron directamente, con su clara voz aguda, a sus infantiles y candorosos labios:

 ––Me ha mandado decirte de su parte ––informó con fidelidad–– que eres una cerda repugnante y horrible.

Detrás de escenas como ésta hallamos un narrador casi notarial, perfectamente ingenuo, que levanta acta de lo que le entra a Maisie a través de sus sentidos, es decir, lo que escucha, lo que ve, lo que toca e incluso lo que huele. Es un nivel narrativo necesario para que el texto no se diluya en elucubraciones y, también, un modo de comprobar directamente en qué estado de percepción se encuentra la niña –recordemos que la novela comprende desde que Maisie tiene seis años hasta que cumple los trece. No obstante, James no es del todo “inocente” al seleccionar estas escenas entre las muchas que vivirá Maisie. Más abajo explicaremos el motivo de esta supuesta objetividad.

Otro nivel enriquecedor es aquel en el que el escritor narra en estilo indirecto libre, es decir, desde dentro de Maisie, estilo, como decíamos, nada novedoso ya en su época y que James utiliza sobre todo para subrayar aspectos de su interpretación de los hechos desde otra perspectiva presumiblemente más veraz. Así, dice en un momento dado de Maisie:

Ella conoció una sensación nueva: la sensación del peligro; ante la cual surgió un remedio nuevo para hacerle frente: la idea de una vida interior o, en otras palabras, la oportunidad de ocultarse. Dedujo mediante señales imperfectas, pero con un espíritu prodigioso, que ella había sido un depósito del odio y una mensajera del insulto, y que si todo iba mal era porque ella había sido utilizada para que así fuera. Sus abiertos labios se cerraron apretadamente con el firme propósito de no volver a dejarse utilizar. Lo olvidaría todo, no repetiría nada, y cuando, como tributo a la consumada puesta en práctica de su método, empezaron a llamarla pequeña idiota, degustó un placer nuevo e intenso. Cuando consiguientemente, conforme fue creciendo, en sus propias narices sus padres proclamaban por turno que se había vuelto escandalosamente dura de mollera, aquello no era producto de ninguna disminución auténtica de la pequeña corriente de la vida de la niña. Ella les arruinó la diversión, pero a cambio era ella quien la experimentaba.  

Escrito de esta forma, la decisión de Maisie, y los motivos por los que la toma, parecen ciertos, como si el narrador los hubiera extraído directamente de la cabeza de la niña. Si James se hubiera quedado en este nivel, su talento no hubiera llegado al virtuosismo que alcanzó con esta novela. La sorpresa, lo que James aporta, es la consideración del narrador como intérprete o comentarista de los hechos, y aún más, con capacidad para escoger un tono determinado, en este caso entre indulgente y paternalista, que nos hace identificarnos inmediatamente con él.

Un ejemplo, entre muchos, podría ser este: Maisie tiene que aguantar las visitas que hacen a casa de su madre señoras que la miran con lástima, como esa víctima que sus padres no son capaces de ver, y la someten a toda clase de preguntas chismosas. James lo cuenta de la siguiente forma:

Para ella no era ninguna novedad que las preguntas de los menores constituyen la diversión favorita de los mayores: salvo las tribulaciones de su muñeca Lisette, en casa de su madre apenas había habido jamás cosa alguna que pudiera ser explicada con cara seria. A ella nada le era tan fácil como lograr que se troncharan de risa las mujeres que venían de visita, y habría podido sacar partido de ello con fines ambiciosos si su naturaleza hubiese sido más calculadora. Detrás de todo siempre había algo oculto: la vida era como un corredor muy, muy largo con infinidad de puertas cerradas.

Como se puede observar, James no nos relata directamente estas conversaciones presumiblemente hilarantes, ni siquiera sabemos por qué son divertidas desde el punto de vista de la propia Maisie –para ella, las visitas se ríen nada más-, sino que debe ser el lector quien comprenda que estas señoras se aprovechan de la inocencia infantil de Maisie para sonsacarle sin escrúpulos información que de otra forma no obtendrían y, además, se ríen cruelmente delante de la niña con completa despreocupación, lo que también nos da una clara idea de la actitud poco edificante de su madre, que permite tal situación.

El otro aspecto asombroso de Lo que Maisie sabía es su peculiar estructura narrativa en forma de círculos concéntricos que se expanden, difuminándose el foco original de la trama conforme avanza la historia.

Así, en los primeros capítulos solo vemos a Maisie respecto a sus padres, o mejor dicho, respecto a cada uno de sus progenitores por separado, y si bien la novela comienza con las escaramuzas que toman a la niña como medio para herir al otro, pronto será la niña la dañada, quedando al cuidado de dos institutrices en dos casas diferentes, que amplían la esfera de su realidad. A su vez, la realidad se ensancha cuando cada uno de sus progenitores se casa, su padre con la institutriz que Maisie tan bien conoce, y su madre con sir Claude, un caballero agradable y cercano que pronto se hará cargo de la niña ante su devastadora situación de desamparo.

Maisie se encuentra de repente con dos padres, dos madres y dos hogares, seis protecciones en total, y la paradójica situación de no tener “adónde ir”: sus enfrentados padres ya han encontrado acomodo con otra pareja, y ahora la niña no es más que un estorbo para su nueva vida, mientras que su madrastra y su padrastro crean un nuevo círculo afectivo más amplio donde ya más que amor por ella opera la caridad.

Pero una nueva pirueta de James hace que el desconcierto de Maisie sea mayúsculo, haciéndola percibir la realidad justo como la perciben los niños, donde todo es presente: parece ser que con el tiempo sus padres dejan de tener una relación tan estrecha con sus nuevas parejas y aparecen, sin ningún recato, otros hombres y mujeres del brazo de sus padres, para estupefacción de la niña e irritación manifiesta de su madrastra y su padrastro, y además, estos dos parecen tener una relación entre ellos que sobrepasa la mera cordialidad y que la niña cree haber propiciado por sus continuos encuentros.

Esta multiplicación de acontecimientos alrededor de los padres dota a la novela de otro nivel de lectura, como es el de la relajación de costumbres, el juicio moral y la hipocresía social. Naturalmente, Maisie está ajena a todo esto, pero no James, que insiste una y otra vez en poner a la niña en un brete para que conozcamos de primera mano a los nuevos personajes. Por este motivo indicaba más arriba que en ocasiones el escritor se limita a contar los hechos en una rigurosa tercera persona –aunque siempre hechos acaecidos a la vista de la “inocente” mirada de la niña, que es donde se coloca James habilidosamente- para que nosotros lectores, que estamos en el secreto de lo que de verdad le está sucediendo a Maisie, comprendamos hasta qué punto ésta se encuentra en medio de un maremágnum de sentimientos.

Una pieza fundamental para que el puzle no se complique más allá de lo incomprensible es el personaje de la señora Wix, una pobre mujer que es la institutriz de Maisie en casa de su madre, y que tal como está presentada por James lleva más a la conmiseración que a la afinidad:

Con el elemento adicional de su gruesa montura, la señora Wix le recordaba a su alumna el pulido caparazón o corselete de un horrible escarabajo. Al principio había parecido iracunda y casi cruel; pero tal impresión se disipó conforme la niña se fue percatando de que a ojos de la gente la señora Wix era primordialmente un objeto de burla. Resultaba tan grotesca como una charada o un animal de los que figuran en las páginas finales de una «Historia Natural»: una persona a quien la gente, cuando era cosa de animar la conversación, sacaba a colación y caricaturizaba. Todo el mundo conocía los enderezadores [así llama a las gafas]; todo el mundo conocía la diadema y el botón, los festones y las franjas de raso; todo el mundo ––aunque Maisie jamás se había ido de la lengua–– conocía incluso la historia de Clara Matilde [su hija muerta].

Es un personaje extraño incluso en la misma producción de Henry James, que nos transporta a las páginas más sórdidas de La princesa Casamassima; pero es un personaje necesario porque, dentro de su humildad y cortas luces, da sentido moral a la narración: hace de contraste entre su propia rectitud y la disipación de los demás, lo que introduce al lector en otra dimensión narrativa. La señora Wix juzga, y es a través de sus palabras y de sus actos –que escucha y ve Maisie, pero que ella es incapaz de entender– como intuimos lo que está sucediendo alrededor de la niña. Por desgracia, los críticos y el público de su época solo vieron este aspecto parcial de la novela, calificándola de inmoral, sin entrar en las virtudes literarias que pudiera poseer.

Cabe recalcar un último aspecto no menos destacado de la novela: su historia plenamente moderna. Nunca hasta la fecha se había tratado el divorcio de manera tan descarnada y directa; por otro lado, anticipa con mucha antelación la utilización de los niños-mochila como arma arrojadiza entre padres divorciados, aunque siempre sin dramatismos.

Es cierto que Lo que Maisie sabía supone un esfuerzo de comprensión por parte del lector, pero esta exigencia está recompensada con los descubrimientos que continuamente se hacen. El método elegido por James lo aleja de cualquier caída en el sentimentalismo, y evita a su vez cualquier violencia física –a pesar de las disputas continuas- porque lo que vive la niña ya es suficientemente horroroso. Al virtuosismo técnico une James un encanto especial cifrado en que el destino de Maisie es retratado con simpatía y proximidad, tal vez el único rasgo humano que hay en toda la novela. De una forma muy sutil James nos viene a decir que la corrupción está vedada a quien mira con ojos ingenuos la realidad que lo rodea, por muy inmerso que crea estar en ella.

Lo que Maisie sabía. Henry James. Ediciones Cátedra.

Reseñas sobre Henry James en Cicutadry:

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Acerca de José Luis Alvarado

José Luis Alvarado
Dijo el sabio griego que nada es comunicable por el arte de la escritura; tras apurar la copa de seca cicuta, su discípulo dilecto lo traicionó y acaso lo perfeccionó transmitiendo por escrito sus irónicos conocimientos. Como antes hiciera Montaigne, pienso que la obra de un autor se prolonga y modifica cada vez que se escribe sobre ella. La memoria, que fue oral y minoritaria, ahora se multiplica con cada palabra que integra y justifica el continuo universo, también llamado la Red.

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