Los Europeos. Henry James: una comedia nada ligera

16.europeosPara entender cabalmente una novela tan singular en la narrativa de Henry James como es el caso de Los Europeos (1878), hay que remontarse unos años atrás, a sus dos primeras novelas, y más concretamente a la afable protesta que le hizo su íntimo amigo y editor William Dean Howells ante la publicación de El Americano, cuando reconocía no entender por qué James se empeñaba en escamotear a los lectores un final feliz que parece anunciado a lo largo de la novela, y más aún cuando Roderick Hudson ya había culminado anteriormente con un final trágico.

James insistía que él era un escritor realista y que el cariz de sus historias exigía finales reales. Sin embargo, su inexperiencia le impedía ver que había escrito dos novelas románticas, mucho más cargadas de literatura que de realidad.

Bien fuera por contentar a su amigo editor o por buscar un nuevo camino que lo llevara al éxito, cuando en marzo de 1877 Howells le encargó una novela corta para su revista, James le contestó con un primer anuncio de intenciones:

Ni qué decir tiene que, por ahora, no puede usted recibir de mis manos otro matrimonio evaporado.[…] Tendrá usted la más brillante mancha de sol para la historia en cuatro entregas de 1878. Va a ser una pequeña historia muy jubilosa.[…] Es probable que desarrolle una idea que tengo, sobre un muchacho jovial y encantador, de corte bohemio, que vuelve de parajes extranjeros al seno de una familia puritana, mohosa y ascética, de parientes (alguna localidad imaginaria de Nueva Inglaterra en 1830), y con su alegría y amable audacia alisa sus rugosidades, cura su dispepsia y disipa sus inquietudes. Todas las mujeres se enamorarán de él (y él de ellas: sus facultades amatorias son ilimitadas); pero ni siquiera en aras de un final feliz se puede casar con todas. Se casa con la más guapa.[…] Pretendería ser, hablando groseramente, el cuadro de la conversión de un círculo doméstico sombrío y lúgubre al epicureísmo. Pero acaso no consiga hacer nada con ello. El mérito estaría en la cantidad de color que fuera capaz de ponerle.

Así, entre julio y octubre de 1878 se publicó por entregas esta novela que James tituló The Europeans. A Sketch, poniendo acertadamente el acento en lo que de bosquejo o pequeña escena había en la obra, y reconociendo desde el principio un tono menor y jovial que se distinguía de su producción anterior. Al igual que ocurriera con su predecesora Daisy Miller, a la que denominó un estudio, James se adentraba con cierta timidez por un camino más experimental que los presupuestos estéticos de donde habían partido sus primeras obras. En realidad –ahora lo sabemos- estaba preparando el camino que lo llevaría a El retrato de una dama, o lo que es lo mismo, a la búsqueda de una voz personal y prestigiosa.

La lectura de Los Europeos es un ejemplo de cómo un escritor es capaz de adaptar su tono y su mirada a una historia ya lastrada desde el comienzo por la obligación de tener un final feliz dentro de un contexto no muy lejano de la novela sentimental. Esa versatilidad demostraba que el joven autor sabía manejar con precisión sus recursos, y si en El Americano había cargado las tintas hasta lograr un cuadro lleno de claroscuros, esta vez necesitaba que ese color al que refería en su carta a Howells fuera más ligero, una especie de vistosa acuarela impresionista que destacara más por su viveza que por su contenido.

De hecho, el protagonista de Los Europeos, Felix Young, es pintor, pero no un pintor consagrado o talentoso, sino un simple amateur cuya máxima aspiración es vivir discretamente alguna vez de sus dibujos y pinturas recorriendo el mundo. Sin recursos económicos, acompaña a su hermana Eugenia en un viaje trasatlántico que los lleva de Francia a Boston en busca de sus orígenes norteamericanos, y más concreta y descaradamente, al asalto a su desconocida y próspera familia, con la intención de sacar tajada de su estancia y, a ser posible, encontrar un buen arreglo matrimonial que los saque de la ruina.

Como se ve, James fiel a sí mismo vuelve a utilizar el tema internacional para otra de sus historias, pero en este caso invirtiéndolo de dirección, puesto que son los europeos los que visitan América. Manteniendo esa fidelidad a sus principios, James retrata a estos europeos, desde la primera página, como personas cínicas e interesadas, que van a dar el golpe en el corazón de la inocencia americana.

Sin embargo, lo que se encuentran en Boston no es lo que esperaban. Como si de una novela de Hawthorne se tratara, la familia americana de los hermanos Young vive inmersa en una cultura puritana, cerrada, infeliz, severa y aburrida. Los Wentworth nos son presentados como si salieran de la mismísima Salem, con un sentido trágico de la vida en el que la obligación y el deber han sepultado cualquier semilla sobre la que pueda germinar el placer o el gusto por las cosas.

Planteado así el cuadro, la novela prometía ser un nuevo desencuentro entre las dos culturas con infinidad de posibilidades dramáticas, pero James decidió cumplir su promesa y encontró la vena divertida a este choque de trenes aunque, como más tarde explicaremos, sin renunciar a dejar una estela de su personal forma de entender este fuerte contraste.

Su gran mérito residió en que, dentro de este contexto poco jovial, decidió apostar por los personajes y no por sus circunstancias, lo que le dio gran libertad de movimientos. El que pretendía ser el personaje principal de la obra, el despreocupado Felix, es el reverso de Christopher Newman, el injuriado protagonista de El Americano. Si James había estudiado a Newman desde todas las perspectivas posibles, aquí nos presenta a un Felix Young apenas matizado, un personaje de una pieza, pero eso sí, una pieza fundamental: es el único que no pierde el humor en ningún momento y el que arrastra con su sentido epicúreo de la vida a esa pequeña comunidad puritana que parecía pétrea. Toda la historia pivota en él exclusivamente para alcanzar las pretensiones de James, pero sólo es un mero instrumento para alcanzar un fin. El escritor sabía que darle una presencia mayor en el texto conllevaría que las bisagras de la trama chirriaran.

Así que convirtió a su hermana Eugenia en la verdadera protagonista de la obra, a la que revistió de todos los defectos y las virtudes de lo que él entendía eran propios de una ciudadana europea. Aunque, para no perder la costumbre, no es una ciudadana cualquiera sino la baronesa Münster, casada “morganáticamente” con un oscuro príncipe centroeuropeo, del cual huye, o al menos eso es lo que dice. La vida social y las costumbres más rancias de la vieja Europa son su único equipaje en esta aventura americana, lo que le dará un aire de distinción ante su provinciana familia.

Ésta, a su vez, está formada por el patriarca de la familia, un hombre curtido, adusto, austero, temeroso de Dios y con un envidiable sentido práctico, que vive junto a sus dos hijas, Charlotte, guapa pero tan cerrada moralmente como su padre, y Gertrude, que podríamos llamar la persona más abierta de la familia y que, por tal de remediar ese defecto de carácter, su padre la quiere casar con un clérigo amigo suyo. Los otros dos personajes de la familia son unos primos, Lizzie y Robert Acton, éste último muy apreciado por todos puesto que “ha visto mundo” y en sus viajes ha llegado hasta China, cuya cultura lo ha impresionado.

Hasta aquí el cuadro de presentación, poco halagüeño para una comedia. ¿Cómo exponerlo ante el público? Pues con un golpe de efecto. Por ejemplo, el terrible encuentro entre civilizaciones e intereses se produce de la forma más inesperada posible: cuando Felix se dirige a presentarse ante su familia, ésta ha ido a la iglesia salvo la “rebelde” Gertrude, que para hacer tiempo ha cogido Las Mil y Una Noches. Mientras ella está leyendo la historia del príncipe Camaralzaman y la princesa Budur, él en Persia y ella en China, enamorados el uno del otro en sueños y al final unidos tras el largo viaje del príncipe en busca de su amada desconocida, de repente aparece el simpático Felix ante su soñadora prima, como un personaje de cuento de hadas, con su sonrisa portentosa y su agradable conversación. ¿Qué hacían Las Mil y Una Noches en la estantería de una casa puritana? No lo sabemos, pero había que ponerlas allí para darle ese tono risueño al encuentro, nada más comenzar la historia.

La sofisticada personalidad de la baronesa Münster también supondrá una bocanada de aire fresco en la cerrada comunidad americana. No obstante, James es muy consciente de que la cultura religiosa no es la base de la civilización americana, sino su esfuerzo, su gratitud y su hospitalidad. Los americanos de esta novela son buenas, excelentes personas. Inmediatamente acogen a los recién llegados, aunque no sea con alegría, sino por un estricto sentido del deber, por la obligación de ser gratos a quienes se acercan a ellos. James no deja de demostrar un avieso sentido de inferioridad en sus americanos respecto a los europeos cuando, como seres humanos, son muy superiores a ellos. Y así lo demuestran en esta novela, cobijando a sus repentinos invitados en una bonita casa junto a la suya y dedicándoles toda la atención que merecen después de tan largo viaje.

Este hecho no le pasa inadvertido al joven Felix, que para animar a su hermana respecto a su disgusto de venir a encerrarse a semejante lugar, le dice con ciertos ribetes de lección:

No. No son alegres. Son sobrios, severos incluso. Personas reflexivas. Se toman las cosas en serio. Creo que tienen algún problema; algún recuerdo melancólico o el temor de alguna desgracia futura. No disfrutan de un temperamento epicúreo. Mi tío, el señor Wentworth, es un hombre de una dignidad tremenda; parece que estuviera sufriendo martirio, pero no por el fuego sino por el hielo. Pero nosotros los alegraremos, seremos una influencia benéfica. Vamos a agitarlos un poco. Pero son extraordinariamente amables y delicados, y saben apreciar lo que ven. ¡Les pareces inteligente! ¡Creen que tienes cualidades notables!

De alguna forma Felix pone el dedo en la llaga sobre la pretendida inocencia americana, no de una forma peyorativa, sino como contraste frente a la complejidad y el retorcimiento europeo: si ella busca un descarado provecho económico en ellos amparada por su parentesco, alguien tiene que ser la víctima, el ingenuo que pica en el anzuelo.

En este caso, el “ingenuo” será el apuesto Robert Acton, ese hombre de mundo que sabe apreciar el buen gusto de Eugenia, sus excelentes modales y su fuerte personalidad. Y es en este punto donde la novela se escora hacia el terreno que tanto le gustaba a James y que terminó dominando a la perfección: sus mujeres protagonistas, encantadoras, complejas y repletas de matices. Eugenia Young es otra pieza del molde que comenzó con Christina Light en Roderick Hudson y que continuó con Daisy Miller, para llegar, junto a otras protagonistas femeninas posteriores, a la Isabel Archer de El retrato de una dama. De ahí que la rama argumental que sustenta Eugenia en su coqueto juego con el deslumbrado Robert Acton sea la más interesante, con diferencia, de la novela, sin que haya un solo elemento humorístico en ella.

No sabemos qué juicio crítico posterior le hubiera merecido a Henry James esta desviación de su proyecto, ya que Los Europeos no formó parte de la Edición de Nueva York y por tanto no fue revisada por su autor. Lo que sí es cierto es que Eugenia es la gran sacrificada de la novela, porque aun llevando el peso de ella, no obtiene la gratificación que sí consiguen los demás personajes de la historia.

16.europeos_primera_edición

Primera edición de “The Europeans. A Sketch”, de Henry James Jr., de 1878

James quería escribir una comedia sentimental, y lo consiguió con brillantez pero en parte forzando todo lo que pudo las situaciones hasta culminar en tres felices bodas, un happy end en toda la regla que consigue hacerse verosímil por ese tono menor, impresionista, lleno de colorido, que emplea con retoques y finas pinceladas aquí y allá cuando más le conviene y que recuerda lejanamente esa alegría contagiosa de las novelas de Jane Austen, sin que, por supuesto, sea comparable en calidad.

Quizá el que mejor supo ver las virtudes contenidas en los aparentes defectos de esta obra fue su editor, William Dean Howells, que recién publicada, escribió:

Los Europeos es una colección de retratos de carácter atentamente estudiados. Es una obra perfecta en su clase y lectura deleitable para cuantos se interesan en ese género de estudio. Da una gran satisfacción ver algo bien hecho, y tanto en la sustancia como en el estilo de sus libros M. James ofrece siempre un festín intelectual a los lectores que saben apreciarlo: ni qué decir tiene que escribe sólo para la minoría cultivada.[…] Es evidente que el autor de Roderick Hudson y Los Americanos no tiene el genuino don del fabulador, la facultad de inventar una historia que por sí sola sea interesante. Su talento está en otro terreno, en el de la observación aguda y la diferenciación sutil del carácter. Observando la refinada habilidad con que en Los Europeos se presenta el contraste de tipos, yo, al menos, no he sentido la necesidad de un desenlace más emocionante, porque el interés de cada página según la iba leyendo era ya placer suficiente.

Como profetizaba Howells, esa “minoría cultivada” de lectores podrá apreciar en Los Europeos la brillante novela que se esconde una vez apartadas las concesiones sentimentales de las que hemos hablado con anterioridad. Todo consiste, como bien sabía James, en encontrar adecuadamente el punto de vista, aunque esta vez lo ocultara bajo la brillante viveza de unos fuegos artificiales exquisitos.

Los Europeos. Henry James. Alianza Editorial

Reseñas sobre Henry James en Cicutadry:

Acerca de José Luis Alvarado

José Luis Alvarado
Dijo el sabio griego que nada es comunicable por el arte de la escritura; tras apurar la copa de seca cicuta, su discípulo dilecto lo traicionó y acaso lo perfeccionó transmitiendo por escrito sus irónicos conocimientos. Como antes hiciera Montaigne, pienso que la obra de un autor se prolonga y modifica cada vez que se escribe sobre ella. La memoria, que fue oral y minoritaria, ahora se multiplica con cada palabra que integra y justifica el continuo universo, también llamado la Red.

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