Los periódicos. Henry James: La notoriedad de lo banal

20.periódicosHay cuestiones sociales que parecen inalterables o escritores lo suficientemente inteligentes como para entender que la sociedad mantiene ciertos hábitos, sea cual sea la época que le ha tocado vivir. Henry James fue un ejemplo casi perfecto de observador de la vida, un hombre que dedicó la mitad de su tiempo a empaparse de lo que ocurría a su alrededor y la otra mitad para narrarlo. Si de algo se le puede acusar al escritor norteamericano es de que, a través de sus obras, contara cuanto observaba con la prolijidad propia de un profesor de vivisección ante sus alumnos.

El argumento de Los periódicos (1903) es la demostración de este hecho. En esta novela corta no hay nada que no pueda ocurrir en la actualidad, y ese mérito hay que sumarlo al haber del escritor. A este mérito hay que añadir que además escribiera esta historia con una claridad casi diáfana sin perder un ápice del misterio que suele guardar la profesión de periodismo en cuanto a sus intenciones y las fuentes de información de que dispone.

El periodista es un profesional que suele caminar sobre la fina línea que separa lo que se debe decir de lo que se quiere leer, la verdad de los hechos frente a lo sensacional de la noticia. Esa dicotomía la refleja James en esta novela uniendo dos protagonistas que están en momentos muy diferentes dentro de su carrera como periodistas: por un lado, la joven e inexperta Maud, cuyo carácter “era una edición especial, un número extra de esos que salen a la hora de bullicio, que viven su vida entre el estrépito de los vehículos, el ir y venir de las aceras y el griterío de los chicos que vocean las portadas de acuerdo con la dosis exacta de escándalo que conviene propalar a los cuatro vientos”. Que lleve falda sólo supone que su capacidad de emancipación garantiza que dentro de ella lleva continuamente en la cabeza un número de escándalo.

Por otro lado, y digamos que relacionado con Maud por una admiración mutua y algo que se parece al amor sin que necesite nombrarse, se encuentra Howard Bight, también joven pero experimentado, es decir, que ha claudicado tantas veces que lo único que le preocupaba era “ganarse el almuerzo, si bien nunca estaba más desprovisto de mordiente que cuando solicitaba personalmente esos jirones de información, o cuando cazaba esos fragmentos de noticia que andaban pululando  y de los que dependía su almuerzo”. Su atracción por Maud no descarta la impresión de que ella le puede ofrecer algo y él puede aprovecharse de ello.

Y entre los dos, la figura principal que, muy propio de James, nunca aparece en la novela pero sobre cuya implícita presencia hace pivotar toda la trama. Se trata de uno de esos personajes de la vida social que inevitablemente reconocerá el lector actual al instante: una persona que nunca ha hecho nada pero que lleva 10 años alimentando, canalizando y dirigiendo a su antojo las caprichosas fuentes de la publicidad, eso que damos en llamar la fama. En la novela se llama Sir A.B.C. Beadel-Muffet, K.C.B, M.P., pero quien ahora lea esta suculenta novela puede ponerle el nombre que quiera y que seguro aparecerá sin demora en su cabeza. Es de esas personas que está en todos sitios: arriba, abajo, detrás y delante, nadie sabe el motivo de su celebridad porque no se dedica más que a aparecer en los periódicos, a trabajar, a su manera, para que una vez concluida la jornada pueda decirse que se ha ganado la recompensa de obtener a la mañana siguiente su pequeño caudal de gloria.

Para cerrar esta cuadratura del círculo que es Los periódicos, James nos muestra a uno de esos escritores que, por mucho que se empeñen, siempre están en la antesala de los despachos, siempre a punto de publicar, pero cuya existencia es nula en los medios. Es el catalizador perfecto del interés de la trama, pues esta avanza cuando Bight, no se sabe muy bien por qué, piensa que el personaje archiconocido quiere desaparecer de la vista de todos, cosa que consigue.

Sin duda, el que un personaje tan famoso se suma repentinamente en el silencio, es una noticia más sensacional aún que sus apariciones diarias, y para poder rellenar ese hueco pretende utilizar al desconocido escritor, que debe nutrir de palabras las columnas de los periódicos con todo tipo de rumores o chismorreos acerca del desaparecido, al que ni siquiera conoce en persona.

Cuando Henry James plantea el nudo argumental de la novela, ya hemos caído en su trampa: su especial forma de narrarla. La historia está contada en tercera persona, pero no sólo huye de lo que es el típico narrador omnisciente, sino también del estilo indirecto libre: tampoco entra en los pensamientos de sus protagonistas.

Como un malabarista de la narración, hace un triple mortal y se aventura por un camino muy complejo para el que, en la época que redactó la novela, ya estaba preparado para transitar por él. Es relevante saber que Los periódicos se redactó entre Las alas de la paloma y La copa dorada, ese momento dulce en el que Henry James ya había alcanzado su maestría en el manejo de la ambigüedad y la indecisión, de manera que en Los periódicos nos ofreció una muestra única del tratamiento del punto de vista haciendo que todos los personajes, cuando aparecen en la historia, se rijan exactamente por lo que ellos sólo saben, aunque nosotros, los lectores, sepamos más, o creamos saber más.

Utilizo el verbo creer deliberadamente para juzgar la información que posee el lector, porque lo que aparece ante sus ojos a modo de hechos y de palabras de cada uno de los personajes es tan sumamente subjetivo que casi de inmediato levanta suspicacias. El lector sólo puede acogerse al punto de vista que cada personaje, como observador, define a los otros y, sin darse cuenta, a sí mismo, pero parcela de tal modo la realidad que el lector se ve obligado a tomar parte activa en la trama para ponerla en orden o tratar de entender los movimientos de los protagonistas.

Así, la joven Maud, que James nos presentó como una perseguidora de la noticia bomba, parece acobardarse ante los oscuros tejemanejes de su compañero Bight, quien cuenta que se ha reunido con el famoso que pretende desaparecer de los medios, pero no sabemos en qué términos, aunque en cualquier caso no parece que sean nada halagüeños para él. Pero es que el presunto cinismo de Bight se desploma cuando tiene ante sus ojos la posibilidad de desarrollar una historia veraz a través de su resucitado escritor y no sabe qué materiales puede utilizar, puesto que el famoso se le ha escapado de las manos y ha dejado de tener contacto con él. Inventarse noticias puede ser tan peligroso como hablar verazmente de alguien que no sabemos si volverá a aparecer para desmentir lo publicado.

James aprovecha el peculiar mundillo del periodismo para seguir sus pautas profesionales: la opacidad, la posible mentira, la búsqueda de la gloria personal, las supuestas fuentes de información o la búsqueda de la verdad para contarla u ocultarla. Todo vale, pero no sabemos qué es lo que tiene valor y lo que no. Los periodistas de esta novela navegan entre esas dos aguas y no parecen decidirse por ninguna, porque al fin y al cabo están vendiendo humo aunque los materiales de los que parten son bien reales.

Es fascinante observar la sabiduría del escritor americano al ir aportando sin complejos una información que, dentro de su poca fiabilidad, algo tiene de verdad –si no toda-. Ese hábil manejo para contar la realidad desde la más pura subjetividad y, a la vez, resultar diáfano y ameno, es lo que hace que esta pequeña novela sea una joya dentro de la sólida producción literaria de Henry James.

Los periódicos. Henry James. Alba Editorial.

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Acerca de José Luis Alvarado

José Luis Alvarado
Dijo el sabio griego que nada es comunicable por el arte de la escritura; tras apurar la copa de seca cicuta, su discípulo dilecto lo traicionó y acaso lo perfeccionó transmitiendo por escrito sus irónicos conocimientos. Como antes hiciera Montaigne, pienso que la obra de un autor se prolonga y modifica cada vez que se escribe sobre ella. La memoria, que fue oral y minoritaria, ahora se multiplica con cada palabra que integra y justifica el continuo universo, también llamado la Red.

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