Los talentos

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Hay pocos absurdos mayores que desaprovechar las oportunidades que nos brinda la vida. Estamos tan absorbidos por satisfacer las necesidades de lo inmediato que muchas veces nos pasa por delante el tren que nos puede llevar a nuestro destino exacto y ni siquiera nos damos cuenta, o percatándonos de ello, no realizamos el esfuerzo suficiente para subirnos a él, no agradecemos lo bastante la ocasión que se nos ofrece y que tal vez sea única. Entonces uno se pregunta, ¿si no somos capaces de aprovechar lo que nos viene dado, cómo podremos ofrecer a los demás lo que llevamos dentro?
 
El mundo no está hecho para los perezosos. Sólo los emprendedores son los únicos capaces de sacarle a la vida todo el valor que puede llegar a tener. Podría parecer una afirmación de sentido común, pero como nadie escucha, de vez en cuando hay que repetirlo para ver si alguien se da cuenta de que las ocasiones no caen del cielo y que hay que estar preparado para cuando lleguen. Como reconocía Picasso, es posible que la inspiración exista, pero él, por si acaso, prefería que lo pillara trabajando.
 
Como tantas otras cosas, esta enseñanza la aprendí del Evangelio, y después la he corroborado con la propia experiencia. Siempre me llamó la atención el interés de Jesús por explicarse mediante parábolas, género difícil por cuanto tiende a la vaguedad y la libre interpretación, pero que Él llegaba a concretar de una forma casi milagrosa. Y entre sus parábolas, la de los talentos es de las más contundentes, acaso toda una advertencia sobre la estupidez del género humano. Imagino su importancia en el hecho de que la palabra talento haya pasado de designar el nombre de una imaginaria moneda romana a definir una especial aptitud o capacidad para el desempeño de una ocupación.
 
Porque de eso se trata: de una actitud inteligente ante la vida y sus circunstancias, de una lúcida capacidad de respuesta ante las ocasiones que se presentan. Recordemos que en la parábola, los siervos reciben los talentos de su señor, es decir, no los tienen de antemano, sino que les son dados, se los encuentran de repente. Jesús se adelanta con ello a las posibles réplicas de los apáticos, incluso va un poco más allá: cada siervo recibe una cantidad determinada de talentos, uno de ellos cinco, otro dos, y el último uno. Es decir, según su capacidad. De nada sirve decir que la vida o la naturaleza o las circunstancias han sido adversas, que se ha tenido mala suerte mientras que los demás han gozado de la ayuda de la fortuna: a cada cual se le exige según lo que puede dar y según lo que ha recibido. Para nada vale quejarse de las diferencias, porque sería eludir la realidad; el mundo nos hace diferentes, unas veces nos quita lo que nos da y, otras, nos da lo que nos quita. Pero siempre da, mucho o poco. La gran tarea de la inteligencia es devolver con creces lo que recibimos, y si recibimos mucho, devolver mucho, y si es poco lo que se nos entrega, dar otro tanto en proporción.
 
Lástima que haya gente que ni siquiera sepa lo que tiene. No se nos habla de grandes retos ni de hazañas espectaculares, sino de respuestas coherentes ante los pequeños detalles, de ser fiel a lo que se recibe en cada instante. Dice la parábola: “¡Siervo bueno y fiel; en lo poco has sido fiel, al frente de lo mucho te pondré!” Una fidelidad que se concreta en la diligencia (“enseguida el que había recibido cinco talentos se puso a negociar con ellos”), en saber aprovechar el momento sin dejarlo pasar mucho tiempo, en la tenacidad, en el esfuerzo continuo por sacar adelante las ocasiones de las que disfrutamos, con amor, con atención, con entrega y también con gratitud ante lo que se nos ha ofrecido.
 
No hay afán didáctico en lo que aquí se escribe, sino la constatación de un hecho que resulta preocupante: la inclinación que se vive hacia la indolencia, a dejarse llevar, a no preocuparse más allá de lo mínimo que se nos exige, y a veces ni siquiera eso. Parece como si todos necesitaran que les ocurriera un acontecimiento extraordinario para ponerse a hacer algo, cuando la mayor fortuna seguramente está en las pequeñas cosas que acontecen a diario y que pueden convertirse en grandes con la actitud adecuada. Cuando se mira a los que tenemos alrededor como si fueran muebles, es cuando comienza el fracaso, porque la pereza y la postergación se suelen pagar caras. Ya se advierte en la parábola: “Al que tiene se le dará y le sobrará; pero al que no tiene, aun lo que tiene, se le quitará”.
 
Es tal el derroche que significa no aprovechar los dones que se nos ofrecen, que el propio Jesús, poco proclive a cualquier cosa que no sean enseñanzas que deriven en el amor, termina la parábola de una forma rotunda: “Y a ese siervo inútil, echadle a las tinieblas de fuera. Allí será el llanto y el rechinar de dientes”. No se anda con rodeos para augurar el final de quien no se atarea en lo que tiene, al que conserva, a quien no asume los desafíos que le deparan las circunstancias propicias, porque cae en una de las peores faltas que existen, la del desprecio.
 
Esos son los conservadores, que es como ahora se llaman a los indolentes, los que entierran su ridículo talento bajo tierra, los que piensan que no se puede hacer daño por omisión, los que no se mueven, como si no supieran que la existencia es un bracear constante —por lo general, contra corriente—, como si creyeran que se puede obtener algún beneficio de la dejadez, de la falta de interés, de la indiferencia, del descuido ante las oportunidades. Todavía hay incautos que piensan que la vida consiste en ir tirando.
 

 

Acerca de José Luis Alvarado

José Luis Alvarado
Dijo el sabio griego que nada es comunicable por el arte de la escritura; tras apurar la copa de seca cicuta, su discípulo dilecto lo traicionó y acaso lo perfeccionó transmitiendo por escrito sus irónicos conocimientos. Como antes hiciera Montaigne, pienso que la obra de un autor se prolonga y modifica cada vez que se escribe sobre ella. La memoria, que fue oral y minoritaria, ahora se multiplica con cada palabra que integra y justifica el continuo universo, también llamado la Red.

Un comentario

  1. Avatar

    Esta mañana, JLuis, tu artículo Los Talentos, ha sido nuestro tema de conversación camino al trabajo.

    Paco me ha recomendado que lo leyera, siempre me lo dice, pero en esta ocasión especialmente porque has elegido un pasaje del Evangelio como tema y además por ser el de los talentos, que tantas veces hemos discutido con verdadera pasión. Nosotros somos católicos y nos interesa conocer tu opinión. Y si me lo permites, expreso la mía.

    Entiendo el contenido aleccionador que entraña y lo comparto: tanto se te da, tanto has de dar. Tu lo explicas tan bien que no hay nada que añadir, quitar y ni siquiera matizar. Este es el mensaje.

    Lo que me llama la atención y hasta comprendo (quizás equivocadamente) es la actitud del siervo al que sólo se le da un talento, su temor por perderlo todo, su empeño en conservarlo y al menos presentar ante su patrón lo mismo que se le dió. La entendería mejor si el que guarda los talentos bajo la tierra fuese el que recibe cinco. Pero precisamente lo hace al que sólo se le da uno, al que menos se le da. Habría que ser comprensivo ante su miedo, su indecisión, su torpeza. …, porque él no es un santo, es un hombre sencillo, pecador. Un hombre como todos.

    Además expresa humildemente su limitación “señor, tuve miedo, fui y escondí tu talento en la tierra. Aquí tienes lo que es tuyo”. Estas palabras me desarman…..

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