Mefisto. Klaus Mann: Retrato del cinismo

104.mefisto1Generalmente, la novela suele explicar la barbarie desde el punto de vista de las víctimas, tal vez porque sea más fácil captar la atención del lector, que rápidamente se identifica con el más débil. Pero la barbarie tiene otro lado, el oscuro, el de los verdugos, y no es tarea sencilla para el escritor mostrar esa faceta repugnante sin que el lector muestre su natural rechazo. Mefisto (1936) es una novela sobre nazis, y no sólo eso, sino que trata sobre la ascensión de los nazis al poder visto desde el punto de vista de la población.

Se ha escrito mucho sobre ese oscuro episodio del siglo XX, pero la gran sabiduría de Klaus Mann (1906-1949) al enfrentarse a la novela fue poner el acento sobre una situación que estaba ocurriendo exactamente en el momento en el que escribía la novela. Esta circunstancia la hace especialmente interesante, muy sugestiva, porque Klaus Mann demostró con este libro que los alemanes sabían perfectamente quiénes eran esos tipos que habían ascendido al poder, cuáles eran las consecuencias de sus actos, de qué ética se estaba hablando cuando miraban a otro lado o cuando, directamente, apoyaban sus tropelías.

Por eso, leer Mefisto es comprender un hecho que va más allá del normal entretenimiento que supone una novela: mientras se lee, es imposible olvidar que Mann aún no conocía los espantosos hechos que se revelaron en la Segunda Guerra Mundial. De hecho, cuando termina la historia relatada en la novela, que es cuando Mann termina su redacción, aún quedan tres años para que los nazis muestren al mundo todo el terror que llevaban dentro. Pero al lector actual no le pasa desapercibido que ese terror ya está contenido en la trama, que no hay una sola línea que no anticipe todo lo que ocurriría después.

Sin duda, cuando Klaus Mann concibió la novela, quiso hacer con ella una denuncia de la Alemania que estaba surgiendo en aquellos momentos, ese monstruo que pasaba desapercibido a los ojos de Europa. Hubiera sido más sencillo hacerlo desde el punto de vista de los protagonistas, de esos demagogos que con sus mentiras estaban infectado con su veneno las mentes débiles de los ciudadanos; pero Mann estaba seguro de una cosa: los nazis nunca hubieran llegado a tener el poder inconmensurable que alcanzaron si no llega a ser por la fuerza que el pueblo les confirió. Por eso, el protagonista de la novela va a ser un simple actor de provincias que ascenderá en la sociedad de su tiempo con un cinismo propio de la época: sólo los más duros, sólo los peores podían alcanzar los mejores puestos en un mundo depravado y corrompido.

En Mefisto todo está corrupto. Nada más que por el primer capítulo merece ser leída esta obra maestra: es el cumpleaños del presidente del gobierno, del que no se nombra su identidad pero que puede ser fácilmente identificado con Goebbels. En esa fiesta están reunidos todos los personajes que han hecho de Alemania un territorio temible. Y allí se encuentra, entre otros, el actor Höfgen, director del Teatro Nacional, un rastrero idéntico a otros rastreros, industriales, comerciantes, altos cargos, que adulan sin vergüenza al poderoso, al hombre que lleva las riendas del país, bajo la confianza del Fürher. La escena pone los pelos de punta, es de una intensidad que pocas veces puede ser alcanzada por un escritor, y da la medida exacta de lo que más tarde se relatará.

Después de este capítulo, se hace un flashback que explicará cómo ese actor de provincias llega a tan alto cargo, y por qué precisamente, alcanza tan importante puesto precisamente con los nazis. Höfgen es un cínico en estado puro, un hombre con una ambición desmesurada, que es capaz de trepar por encima de los cadáveres que va encontrándose a su paso. No hay una sola línea en la novela en la que no veamos esa ascensión meteórica, pero lo que al principio, en el año 30, no deja de ser una pretensión normal de un artista (alcanzar la gloria con su talento) se convertirá a partir del año 33, con la llegada de los nazis al poder, en un relato poco apto para estómagos sensibles.

¿Hasta dónde puede llegar un hombre a rebajarse para alcanzar cierta altura? Puede ser que la suerte tenga algún papel que ayude a escalar posiciones en el estatus social, pero si no se tiene madera de verdugo, no se puede terminar frecuentando a los verdugos. Y de esa madera está hecho Höfgen: cuando los comunistas tenían un cierto peso en Alemania, él era comunista; cuando interesaba estar junto a los judíos y a su influencia, los judíos eran sus amigos. No hay momento de descanso para Höfgen, como no lo hay para el lector: cada uno de sus movimientos son hitos en ese ascenso al que no está dispuesto a renunciar, y lo que al principio será un camino difícil, lleno de obstáculos, porque el medio en el que se mueve no está dispuesto a abrirse fácilmente a los rastreros, la llegada de los nazis al poder abrirá ante él una senda ancha, sencilla y rápida de recorrer, porque la corrupción es el medio natural de los cínicos.

Mefisto es una novela que estuvo prohibida en Alemania hasta 1956, una vez muerto el autor, y al lector actual no debe extrañarle dicha circunstancia: los alemanes no podían concebir, ni demostrar al mundo, que fue él, el pueblo, el que creó el caldo de cultivo para que aquella barbarie fuera posible. Los generales, los demagogos, marcaban el paso, pero fue el pueblo el que obedeció encantado para hacer posible una Alemania grande, que insultara al mundo con su poder. Klaus Mann lo vio en 1936; así lo escribió. La mentira saltaba a la vista, el terror ya estaba ahí. Sólo había que estar ciego y sordo para no verlo: posiblemente los alemanes fueron los únicos que lo supieron desde el principio: leer esta novela es la demostración de una verdad que, quizás, aún no quiere ser reconocida.

Mefisto. Klaus Mann. Debolsillo

Acerca de José Luis Alvarado

José Luis Alvarado
Dijo el sabio griego que nada es comunicable por el arte de la escritura; tras apurar la copa de seca cicuta, su discípulo dilecto lo traicionó y acaso lo perfeccionó transmitiendo por escrito sus irónicos conocimientos. Como antes hiciera Montaigne, pienso que la obra de un autor se prolonga y modifica cada vez que se escribe sobre ella. La memoria, que fue oral y minoritaria, ahora se multiplica con cada palabra que integra y justifica el continuo universo, también llamado la Red.

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