Mimoum. Rafael Chirbes

Una ciudad, un país, un clima, pueden ser un estado del alma. Intentas cambiar de vida, de trabajo, te vas a un país extraño entre gente extraña pero las maletas van vacías de ti mismo allá donde vayas, como le ocurre a Manuel, el desconcertado protagonista de Mimoum, una novela que Rafael Chirbes (Tabernes de Valldigna, 1949) escribió hace veinte años y que ahora reedita Anagrama con gran acierto.

Mimoum, cerca de Fez, es el lugar donde se retira un profesor español con la excusa de escribir una novela; parece un pueblo tranquilo, pequeño, idóneo para encontrarse con uno mismo, una especie de paraíso; pero al poco tiempo Manuel va perdiéndose en un laberinto sin paredes que no entiende, manejado por fuerzas ocultas, como una marioneta. Descubre con sorpresa que en Marruecos llueve mucho; el viento azota durante semanas los muros, las ventanas de su casa, se borra la línea del horizonte y con ella la razón de su huida de Madrid. Sólo le quedan por delante las largas horas junto al fuego, al calor del vino, hurtando besos y abrazos exhaustos a los muchachos que se unen a su desesperado deseo, buscando la compañía de prostitutas cuyo olor le produce arcadas.

La pesadilla sólo ha comenzado cuando llega el frío intenso que lo arroja a los bares donde bebe acompañado de más muchachos que sabe que se aprovechan de él y en ese ambiente cerrado se va creando un mundo de angustiosa pesadilla donde los policías pueden perseguirte durante días, semanas, meses, sin razón alguna, sólo por el hecho de ser extranjero en un lugar donde nadie expresa sus verdaderos sentimientos, donde todo es moneda de cambio, sospecha, una masculina amenaza que acecha como un lobo en la noche.

Le persigue una forma sutil de destrucción, y también le persiguen los hombres, y sobre todo el olor, ese olor a cementerio que exhala la tierra, a piel mojada de animal muerto, como esos perros que merodean en bandadas alrededor de su casa, siniestros, hoscos, intimidantes, mientras que a veces se escuchan unos alaridos desgarradores, aullidos humanos, que proceden de la habitación del fondo, donde habita un poeta francés que se va volviendo loco lentamente, asfixiado por la indolencia marroquí, por ese virus del que no se libra nadie, ni siquiera Manuel, al que se le va agarrando al alma la decrepitud de una ciudad casi muerta, fantasmagórica, como si todas las casas fueran sólo un decorado y sus habitantes, extras de una película que interpretaran un guión interminable.

Mimoum se convierte en un paisaje inquietante. Con la primavera llegan fuertes tormentas que parecen desgarrar el cielo y Manuel, en esa primavera colmada de belleza, comienza a dar paseos por el pueblo en busca de no sabe qué, en busca quizá de alguien, aunque no se da cuenta de que en verdad está huyendo, de todos, de sí mismo. Una red invisible comienza a tenderse sobre él, tejida con sonrisas e invitaciones a beber, de compulsivos encuentros sexuales en cualquier sitio, con hombres que apenas conoce, que presiente que lo espían, que lo engañan, porque en Mimoun todos engañan a todos, todos ocultan algo, pero no hay forma de escapar de ellos, inmersa la existencia en un frenesí de vino y besos que lo va destruyendo día a día.

Manuel podría escapar de allí, volver a Madrid, pero Mimoun se le ha inoculado en la sangre como un veneno lento, como si le hubiera revelado un espacio olvidado de su memoria, la impresión de que ha vivido anteriormente esa vida desgarrada por la cerveza agria, entre el humo del kif que fuma con los tenderos y las visitas a los prostíbulos ocultos entre miserables callejones.

El verano lo sorprende con largas pesadillas que le hacen pasar las noches en vela, con el único consuelo del alcohol y los amantes, que se juntan en el colchón de su cama, unos sobre otros, a veces media docena de cuerpos que se buscan con sigilo, ansiosamente, en la oscuridad. Su casa ya no es un lugar de protección, de intimidad, sino un paso más hacia el aniquilamiento de su personalidad, integrada paulatinamente en los secretos del alma marroquí, en sus costumbres, en la dejadez ante la miseria, hasta el punto de que “sentía una mezcla de fascinación y asco por el olor a orín”.

Perdida la voluntad, Manuel parece vivir en un abandonado letargo cuando llega el verano a Mimoun, como si el desierto hubiera ido cayendo imperceptiblemente sobre él, agostando las plantas, secando la tierra con un aire rojo y ardiente, un aire de fatal presagio que acaba por ocupar hasta los últimos rincones del alma. Primero será la misteriosa muerte del amigo extranjero, después el ahorcamiento de un perro con la cuerda de un piano y finalmente el incendio intencionado de su casa, ante la mirada contemplativa de la gente, que nada hace por sofocarlo.

Rafael Chirbes escribió ésta su primera novela con la maestría que lo ha convertido en uno de los mejores escritores españoles actuales. Mediante una narración de corte expresionista, de una belleza estremecedora, en la que la naturaleza y el paso de las estaciones juegan un papel fundamental, cuenta una historia de soledad, de ambigüedad moral y de ausencia de amor, pero sobre todo, trata de la imposibilidad de ocultarnos parte de nuestras vidas y de la desazonadora huida hacia ninguna parte. Leyendo Mimoun me he acordado de estos hermosos versos de Rafael Montesinos:

Todo es extraño para ti. Procura cerrar bien las maletas, los recuerdos, las nostalgias inútiles, los años colgados de sus perchas funerales. Mira la habitación. No olvides nada. Todo contigo va, menos tú mismo.

Canon Rafael Chirbes (I)
Mimoun. Rafael Chirbes. Anagrama, 1988

Acerca de José Luis Alvarado

José Luis Alvarado
Dijo el sabio griego que nada es comunicable por el arte de la escritura; tras apurar la copa de seca cicuta, su discípulo dilecto lo traicionó y acaso lo perfeccionó transmitiendo por escrito sus irónicos conocimientos. Como antes hiciera Montaigne, pienso que la obra de un autor se prolonga y modifica cada vez que se escribe sobre ella. La memoria, que fue oral y minoritaria, ahora se multiplica con cada palabra que integra y justifica el continuo universo, también llamado la Red.

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