La calle de las tiendas de libretas rojas, o cómo descubrí a Modiano en las páginas de Laurain.

Mujer de la libreta roja,La_135X220 modianoLa mujer de la libreta roja, una novela de Antoine Laurain, que está muy de moda en medio mundo, me ha conducido por un delicioso paseo parisino a la búsqueda de esa Laure, cuyo bolso fue robado y en cuyo interior se encontraba la Moleskine bermellón que reza el título, dentro de la cual, a su vez, se encuentran los pensamientos aleatorios e inconexos de una protagonista ausente.

Quizá lo más reseñable de la novela de Laurent sea su falta de ambición, su directo estilo y su elegante sencillez, certera en descripciones y afilada en pareceres según demanda el personaje de Laurent, el librero que encontrara el bolso y que rastrea ese espíritu escurridizo por los barrios del París contemporáneo. (Y sí, antes de continuar, quisiera especificar que el autor y los personajes principales se llaman casi igual, para evitar confusiones: Antoine Laurain, el autor; Laurent Letellier, el librero y Laure Valladier, la desaparecida. Peculiar apuesta, la del autor parisino).

Hay tres cosas que les gustan muchísimo a los franceses: los libros –no sé si leerlos o simplemente apilarlos, en anaqueles de librerías o estanterías hogareñas–; los retratos de sus convecinos, no criticarlos, como se hace en nuestro querido país, sólo analizarlos y de paso satirizar sobre su bien amada sociedad del escaparate; y, finalmente,  sus ciudades. Con la consiguiente reformulación: también les pirran los retratos de sus ciudades, entre ellas, con particular alevosía, el de su capital, París, lo que no es de extrañar, porque desde tiempos inmemoriales, la ciudad de la luz ha sido objeto y sujeto de incontables historias, acabando por llegar a convertirse en sí misma en un personaje, más que un icono. Para todos sus amantes, un paseo por París es un deambular por recuerdos y por situaciones prestadas, que hemos vivido y abrazado en libros y películas como nuestros, pero residiendo en las milenarias paredes grises de sus calles enrevesadas.

Laurain hace de ello su pendón y airea sin cortarse un pelo una reconstrucción de la personalidad de esa Laure (curioso resulta que haya tantas Lauras ausentes en el mundo de la ficción, desde la de Preminger hasta la de Lynch, pasando por la Laura de Petrarca o, por qué no, Nek nos dejó bien claro que Laura no está un verano de hace un montón de años) basada en las horas recorriendo con sus palabras las calles de un París vívido y gentil como un paseo por los Champs Elysees un domingo por la mañana; apoyándose reiteradamente en palabras de otros escritores, haciendo una crónica detallada de los títulos que pueblan la casa de la misteriosa protagonista o los libros que Laurent vende en su librería; y, como guiño-homenaje de autor-admirador confeso, reservando un capítulo esencial en el desarrollo de la trama a la aparición de Patrick Modiano en persona, que será el encargado de ponerle rostro al desfigurado aspecto de la dueña de la libreta roja.

Uno se pregunta, cuando se escurre por las páginas de este libro –cuidado, porque realmente se pasan las horas con alegría y premura, tanto que asusta–  si tanto elogio dedicado a Modiano y tanto recalar en su bibliografía y en su referencia personal, nos llevarán a algo más que a la constatación de que el señor Antoine Laurent es un devoto fan del autor de la Trilogía de la ocupación,o simplemente se moría de ganas por citarlo y hacer un guiño al oscuro y misterioso mundo del escritor, que, según parece, esquiva prensa o entrevistas (todo lo que tiene que decir, lo dicen sus libros, cosa que me parece encomiable, en un tiempo en el que cuanto menos se tiene que decir, más se habla) y recela de su intimidad y su persona, dándose a conocer exclusivamente a través de lo que vomita su pluma.

Sé, a ciencia cierta, la de mi propio juicio que me dicta estas palabras, que a muchos les parecerá aberrante comparar a Laurain con Modiano, y por ello, me escudo en el hecho inapelable de que esté citado y presente en La mujer de la libreta roja. Sin embargo, este tipo de diatribas me empujan siempre a la duda: ¿por qué no puede plantearse un paralelismo entre dos autores que, aunque presenten una obra tan dispar y, lo que es más importante, un target de lectores diametralmente opuesto, pueden ser considerados por igual?

Me voy al campo del cine, en el que me muevo con más soltura: nadie osaría a interpretar Amèlie de Jean Pierre Jeunet como una versión de La doble vida de Verónica de Krzysztof Kieslowski y, sin embargo, el mismo Jeunet se ha reconocido como gran admirador del polaco en muchas ocasiones y, le guste a la intelectualidad o no, Amelie es una forma estéticamente brillante y conceptualmente muy sencilla de tragar Kieslowski, aunque sea destilado.

Y sí, convencido estoy de que este “aparentemente plano” volumen que parece apelar a lectores holgazanes en tumbonas, a dedos correosos que dejan marcas de aceite en las páginas tras untar lúbricas sustancias con las que broncear los cuerpos, es mucho más que una “novelita” de verano: es una reverencia al maestro Modiano, un regalo con lazo y dedicatoria para el ganador del Nobel. Y de paso, para algunos ignorantes como este que suscribe, un excelente reclamo para aquellos que no habían oído hablar de él en su vida.

Agradeceré a Laurain que me haya llevado a las librerías (lástima que no me atendiera el mismo señor Letellier, hubiese sido gracioso cerrar el círculo de esa forma) a la búsqueda de la literatura de Modiano, ya que, chi lo sa,  tal vez sin ese volumen de Accidente Nocturno guardado en el bolso junto a la libreta del título, me hubiera perdido semejante descubrimiento. Pero también agradezco al Laurain retorcido, que da al lector más voyeur,  la capacidad de adentrarse a hurtadillas en la casa vacía de un potencial amante, pudiendo conocer de antemano las cartas que juegan a su favor en la partida de la relación. Laurain perpetra a la perfección ese juego de curiosidad y entrometimiento, de husmear, esa tendencia, todo sea dicho, tan francesa de cotillear las vidas ajenas.

Pero como aquí de lo que se trata es de reconstruir personalidades, horas después de terminar el de Laurent, interpreté la conclusión del libro como una pista a seguir y algo después ya tenía en mi poder Calle de las tiendas oscuras, llamado a gritos por semejante título, excitado desde lo más profundo de mi ser ante la implacable apelación a lo misterioso y sugestivo de tal nombre. Y disfruté en tiempo récord de esa profunda búsqueda de la identidad del misterioso protagonista, indagando por un París mucho más crepuscular y hostil que el de Laurain, pero igual de sensorial y vivificante. Si el primero era capaz de despertarte con los murmullos de los niños en los Jardines de Luxemburgo y el olor a croissants recién hechos; el segundo te coge la mano y desliza tu piel por las paredes cubiertas de terciopelo de un piso destartalado en Montmartre, te llena el gaznate con el anisado sabor del pastis en una terraza y te revela  que las aceras de París doblan la imagen la ciudad cuando están mojadas por la lluvia otoñal.

El misterio de la ausencia está presente en los dos, y la reconstrucción investigadora también, rascando en los destellos superfluos de elementos meramente cotidianos y aparentemente carentes de sentido. Así como un interesantísimo enfoque  sobre la subjetividad que conlleva todo descubrimiento filosófico: aunque las pruebas nos conduzcan hacia hechos, las interpretaciones pueden ser infinitas. Y en lo que a la personalidad de los humanos se refiere, el universo por descubrir es inalcanzable. Laurent descubrirá el amor, a pesar de negárselo a sí mismo (curioso, como Amèlie Poulain, Laurent busca desesperadamente a la tal Laure, y a la hora de enfrentarse a ella, pese a haber estado incluso viviendo en su casa, huye del encuentro final) y Guy Roland descubrirá que lo había encontrado y que lo perdió (el amor, su Denise) cruzando la frontera suiza, porque, a fin de cuentas, resumiendo hasta la extenuación el complejo libro de Modiano, es la conclusión a la que llegamos.

Claro está que el enfoque optimista y resolutivo de Laurent choca de lleno con el marcado carácter pesimista y destructivo de Modiano. En Calle de las tiendas oscuras, todo el pasado delicioso y encantador, de fiestas con personajes pintorescos, amables y tremendamente divertidos, se ha tornado en un presente de incógnitas, melancolías y personajes oscuros que han sido abatidos por un mazazo asestado por el tiempo. Y las averiguaciones se enfangan en una espiral cada vez más tenebrosa que emborrona la divina postal de París. En este aspecto, Modiano me recordó al retrato que ofrece Eduardo Mendoza en sus reconstrucciones investigatorias de la Barcelona de su excelente personaje Loquelvientosellevó, evidentemente, sin el tono sardónico ni paródico, pero en el que reside el mismo espíritu preciso y metódico, capaz de despertar en la mente del lector esa bombillita de emoción, melancolía y perfecta descripción con la menor cantidad posible de palabras usadas. Puede que parezca superficial y falaz que la búsqueda de Gurb –en otra creación sobresaliente de Mendoza– por parte de un alienígena en nuestro planeta  tenga el mismo componente de profundidad y relevancia filosófica que buscar la propia idea de uno mismo, las raíces y los propios recuerdos; puede resultar mucho más comercial un misterio resuelto con un conveniente affaire de amor verdadero como en un cuento pasado por la factoría Disney, que un oscuro relato en la que la búsqueda sólo desentraña la desolación y la tristeza por encontrar aquello que nunca más va a volver o, lo que es aún más desesperanzador, que las preguntas solo conduzcan a más preguntas sin una aparente resolución. Sin embargo, no debemos olvidar nunca que uno llega a un libro por diferentes razones y que todas ellas son válidas. A mí, la “novelita” de Laurent me ha conducido a una estantería de libros que no conocía y ha despertado una curiosidad afectuosa y ansiosa por indagar en otros autores, como Stefan Zweig te hace desear pisar todos y cada uno de los rincones que describe. Porque un buen autor despierta la pasión y el entusiasmo y te insta a que bucees dentro de su conocimiento, con el mismo afán que Guy Roland escudriña las fotos antiguas metidas en cajas que va encontrando en sus pesquisas.

Y además, Laurain, como gran citador que es, lo deja claro en la frase de Alain Fournier que abre su novela: “Sólo lo sublime puede ayudarnos a sobrellevar lo ordinario de la vida”. Sublime como su dedicación (y dedicatoria) a (y hacia) la literatura, como su amor por todo lo que tenga que ver con el arte. Y sublime como el delicado encanto de sentarse en la terraza de un café y abrir un libro para hojear entre sus palabras, divisando los retazos de un cuerpo que se contonea delante de nuestras propias narices detrás de los visillos, en la ventana de enfrente. Dejémonos de categorías, tomemos lo sublime de Laurain, de Modiano y de todo buen escritor que se precie y que ello borre de nuestra vida la ordinariez.

La mujer de la libreta roja. Antoine Laurain. Salamandra

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