Nueve semanas y media. Elizabeth McNeill

Portada de Nueve semanas y media, de Elizabeth McNeillElizabeth McNeill fue el seudónimo que la austríaca Ingeborg Day eligió para publicar su única novela, Nueve semanas y media. Entonces tenía 38 años, vivía en Manhattan, había dejado a su marido, había perdido a un hijo de siete años, era editora de la revista Ms., un magazine feminista que aún existe. Durante un corto período de tiempo (esas nueve semanas y media a las que alude el título), vivió un traumático episodio pasional con un hombre, una relación que fue mucho más que una aventura y que ella necesitó plasmar por escrito para quitársela de la cabeza, para de alguna forma, olvidarla.

Sin embargo, años después el director Adrian Lyne resucitó aquel duro texto autobiográfico, aquella expiación pública de una mujer que ni siquiera se atrevió a firmar con su verdadero nombre, para perpetrar ese alargado videoclip musical que fue la película protagonizada por los dos guapos del momento, Kim Basinger y Mickey Rourke. Advierto desde ahora mismo que cualquier parecido entre el filme y la novela es pura coincidencia.

La historia es básicamente la misma, ciertamente, pero lo que en la película está edulcorado hasta extremos irrisorios, en la novela hay una semilla de corrosión y vileza que Adrian Lyne nos escatimó en imágenes efectistas.

No creo que sea casualidad que el apellido de su protagonista masculino, llamado John Gray, suene casi igual que otro mucho más conocido actualmente, el presunto Amo de Cincuenta sombras de Grey. En las dos novelas se habla de dominación, pero lo que en el best seller actual es pura pantomima de una escritora que no tiene ni idea de BDSM, en Nueve semanas y media es un tour de force acerca de la extraña seducción que ejerce el poder sobre las personas.

Naturalmente, Nueve semanas y media es una novela erótica, pero no sexual: olvídense de las imágenes de una joven Kim Basinger haciendo striptease y quedándose tan solo con un sombrero, como pedía Joe Cocker en la canción. En el libro no hay stripteases ni sombreros, Ingeborg Day era una mujer tan agraciada como puede ser cualquier mujer cuya mirada soñadora nos subyuga. A él, al hombre que un día encontró en un mercadillo y con quien empezó a hacer el amor, casi no lo describe y no tenemos por qué imaginárnoslo como un Mickey Rourke aún sin desfondar.

Sobre estas premisas, podemos hablar de la novela. Como digo, una mujer y un hombre se conocen en la calle; él insiste en buscarla; ella cede porque el joven tiene encanto, quizás porque le dedica una repentina atención que no había sentido hacía tiempo. Se acuestan y ella descubre que es un muy buen amante. El primer día que se acuestan le sujeta las manos por encima de la cabeza; al siguiente día le venda los ojos con un foulard; la tercera vez, la mantiene a punto de correrse durante un largo rato; con el mismo foulard, le ata las manos en el cuarto encuentro.

Él es hosco, gracioso, brillante. Tiene unos bonitos detalles: le manda rosas al trabajo, aparece cuando menos se le espera, es ocurrente, es imaginativo. Sin que ella se dé cuenta va entrando en el mundo de John Gray: primero en la cama; luego se muda a su casa. Se sorprende del minimalismo de la decoración, del vestuario, de los gustos del hombre. Hay una especie de frialdad en la forma que Ingeborg Day describe cómo fue descubriendo a su amante: no es que sea una persona misteriosa o un rico extravagante; es que él solo existe en función de ella: John Grey representa la imagen del hombre que quiere ver Ingeborg Day, pero lo representa él, como si fuera un actor cuyo guion es de su completa autoría.

Elizabeth McNeill

Fotografía de Ingeborg Day, autora de Nueve semanas y media que publicó bajo el pseudónimo de Elizabeth McNeill

Él la baña, él la perfuma, él le compra vestidos ajustados, él la viste, él le da de comer. Todos los días. Un día hacen el amor; al siguiente la azota; más tarde le coge una mano y la encadena con unas esposas a la cama. Él solo está para ella, es una fuente de diversión continua. Van a una tienda para comprar un colchón: él le pide a ella que se eche sobre la cama, que abra las piernas delante de la dependienta. Es una petición simpática pero también es humillante. Él no le pide permiso para nada de lo que le exige.

Por la mañana, Ingeborg es la independiente editora de una revista; por la tarde es la puta de su amante: ella se lo da todo porque él se lo da todo a ella pero, ¿qué le da él realmente? El tono de la novela nos ofrece una pista: hay una falta de pasión apabullante en la escritura, incluso hay tristeza en episodios que deberían ser excitantes. Lo que podría ser una apasionante aventura sexual también puede leerse como una aventura patológica. Fuera de esa casa está el mundo; entre aquellas paredes solo hay un mundo, el mundo de John Gray.

Ella está enamorada, es decir, centrada en él, pero las situaciones llegan a un límite en que es difícil distinguir entre la entrega y la despersonalización. Esa es la clave de esta novela: ella va desapareciendo progresivamente como persona, su carácter, su personalidad van cayendo por el sumidero que él le ofrece bajo el brillante aspecto de los regalos y los detalles continuos.

De alguna forma, Nueve semanas y media es una durísima revisión del mito del príncipe azul. Cuántas veces las mujeres han soñado con ese idílico personaje que las despierta después de cien años durmiendo y la lleva a su castillo donde serán felices y comerán perdices. Pero en el cuento nada nos dicen de la voluntad de la Bella Durmiente: ella se deja arrastrar por la atracción de su príncipe, que no se queda en la humilde casa de su amada (¿realmente la ama?) sino que la lleva a su fortificado hogar.

Esta sobrecogedora novela habla de la peligrosa búsqueda de lo absoluto: siempre, nunca, eternamente, completamente…, de la creencia en que mientras ames a una persona estás a salvo, de esas conductas que reaccionan inevitablemente ante el estímulo de otra persona simplemente porque es ella, porque ella te lo pide, como reacciona la rata de Skinner. La autora lo confiesa en un párrafo estremecedor por la extraña lógica que esconde:

No cabía error sobre el poder que aquel hombre ejercía sobre mí. Me corría cada vez que me ponía en movimiento, como un buen juguete de cuerda. El humor favorable o desfavorable a hacer el amor era algo que recordaba como leído en algún libro. No era cuestión de insaciabilidad, sino de inevitabilidad de la respuesta. Hiciera él lo que hiciera, siempre, inevitablemente, terminaba yo por correrme. Tan solo variaban los preludios.

Nueve semanas y media, aunque no lo crea la gente que haya visto la película, trata de la renuncia absoluta a la individualidad, del entregado deleite de abdicar de una misma cuando se confunde el amor con la adicción a la fantasía.

Nueve semanas y media. Elizabeth McNeill. Tusquets.

 

Acerca de José Luis Alvarado

José Luis Alvarado
Dijo el sabio griego que nada es comunicable por el arte de la escritura; tras apurar la copa de seca cicuta, su discípulo dilecto lo traicionó y acaso lo perfeccionó transmitiendo por escrito sus irónicos conocimientos. Como antes hiciera Montaigne, pienso que la obra de un autor se prolonga y modifica cada vez que se escribe sobre ella. La memoria, que fue oral y minoritaria, ahora se multiplica con cada palabra que integra y justifica el continuo universo, también llamado la Red.

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