Poetas de Honduras: Roberto Sosa

Roberto Sosa(1930-2011). Honduras

Unos versos partieron en dos la historia de la poesía hondureña: “Los pobres son muchos / y por eso / es imposible olvidarlos”. Un ya nada joven poeta de Honduras, Roberto Sosa, antiguo estudiante en Artes de la Universidad de Cincinnati, ganaba en España el prestigioso Premio Adonáis con un poemario, Los pobres, que era como una bofetada a la poco interesante tradición poética hondureña, de corte realista y sumamente comprometida. Corría el año 1968; Roberto Sosa tenía ya 38 años y tres libritos de poemas a sus espaldas, y sin embargo, esa estrofa…


Aquella fue una época convulsa. En Centroamérica reinaba el compromiso político y la literatura comprometida de Ernesto Cardenal, Roque Dalton y Otto René Castillo. Las referencias a Cuba, al Che Guevara, a la revolución que parecía emprenderse en todo el subcontinente pedía una adhesión cuyo camino había sido trazado por Pablo Neruda. Y, sin embargo, Roberto Sosa encontró la mágica manera de mirar poéticamente la realidad evitando la ideología chirriante y el explícito dedo acusador para defender, desde sus postulados estéticos, la opresión, la pobreza y el desamparo de las masas vistos desde el pueblo que lo sufre, al que poco importa las grandezas y las miserias de la clase dirigente.

Así lo manifestó en su poema La voz del pueblo:

A la hora de la hora
de los pactos secretos y de las deslealtades públicas,
los Padres de la Patria, ellos honorables,
no enrojecen o ennegrecen de vergüenza, por el contrario,
se les suele ver implacables y puros
igual que antaño, de jóvenes,
en sus posiciones de jóvenes indignados,
si es que lo fueron,
una sola vez,
en sus vidas.

En su poesía resuenan ecos de Walt Whitman, de ese hombre que quiso ser él solo el cantor de la democracia, igual que Roberto Sosa, acaso sin quererlo, era el hombre que, él solo, ponía voz a los más desfavorecidos, sin odio, sin señalamientos inútiles, sin ensañamiento, porque el pueblo de Honduras, como en toda Centroamérica, trabaja para sobrevivir, sin saber (nadie se lo ha enseñado) que ellos mismos son la fuerza que puede atenuar sus males. Así lo sentía Roberto Sosa en su inolvidabe poema Los pobres:

Los pobres son muchos
Y por eso
Es imposible olvidarlos.
Seguramente
Ven
En los amaneceres
Múltiples edificios
Donde ellos
Quisieran habitar con sus hijos.
Pueden
Llevar en hombros
El féretro de una estrella.
Pueden
Destruir el aire como aves furiosas,
Nublar el sol.
Pero desconociendo sus tesoros
Entran y salen por espejos de sangre;
Caminan y mueren despacio.
Por eso
Es imposible olvidarlos
.


Aunque su poesía aspira a la universalidad, Roberto Sosa se sentía profundamente hondureño. Tal vez, los años vividos en Estados Unidos, sus continuos viajes como escritor residente a Nueva Jersey, le dieron una perspectiva sobre la realidad de su país que, de otra forma, hubiera empobrecido su poesía.
No obstante, son continuas las referencias a Honduras, donde residió habitualmente toda su vida, y así, en su poema Tegucigalpa, publicado en su primer libro de 1959, escribe:

“Vivo en un paisaje/ donde el tiempo no existe/ y el oro es manso./ Aquí siempre se es triste sin saberlo…”

Secreto Militar

Más tarde, en 1985, edita su libro Secreto Militar, una radiografía estremecedora de Honduras, una forma de decir al mundo lo que en verdad se vivía en ese país:

“La Historia de Honduras se puede escribir en un fusil, sobre un balazo, o mejor, dentro de una gota de sangre.”

Su denuncia social, como decimos, la trabajó sin estridencia a través de sus versos. Hay un excelente poema, De niño a hombre, que aclara para siempre ese error consentido de los padres y del sistema educativo que aún vivimos en nuestros días:

Es fácil dejar a un niño
A merced de los pájaros.
Mirarle sin asombro
Los ojos de luces indefensas.
Dejarle dando voces entre una multitud.
No entender el idioma
Claro de su medialengua.
O decirle a alguien:
Es suyo para siempre.
Es fácil,
Facilísimo.
Lo difícil
Es darle dimensión
De un hombre verdadero
.

No deja de haber una sonrisa irónica en la mirada de Roberto Sosa para describir la realidad, que al fin y al cabo es la tarea de todo gran poeta. Sin retórica alguna, abandonando toda pretensión esteticista, ese ego tan propio de los versificadores, allana con sus palabras el camino del entendimiento para que el lector normal y corriente (que es a quien, siempre va dirigida la poesía) comprenda y, lo que es lo mejor, se identifique con ese gesto socarrón que Roberto Sosa ponía en cada verso, tal como ocurre en este poema, La casa de la Justicia:

Entré
En la casa de la Justicia
De mi país
Y comprobé
Que es un templo
De encantadores de serpientes.

Dentro
Se está
Como en espera
De alguien
Que no existe.

Temibles
Abogados
Perfeccionan el día y su azul dentellada.

Jueces sombríos
Hablan de pureza
Con palabras
Que han adquirido
El brillo
De un arma blanca. Las víctimas -en contenido espacio-
Miden el terror de un solo golpe.

Y todo
Se consuma
Bajo esa sensación de ternura que produce el dinero.

Sea el lector de esta reseña del país que sea, haya vivido una época u otra, creo que puede identificarse perfectamente con este bellísimo y cristalino poema (salvo, entiendo, jueces y abogados). A esa perfección en la forma de expresión contenida y clara es a la que nos referimos cuando decimos que Roberto Sosa tiene algo de Whitman. Lo que ocurre es que, lo que para el americano era un canto a las instituciones democráticas, a la democracia en sí, en Roberto Sosa es un canto a la corrupción que existe en la democracia, en el adormecimiento del ciudadano bajo el pretexto de que esos políticos y esas instituciones han salido de las urnas. Roberto Sosa presenta, en definitiva, la otra cara de la democracia.

Un mundo para todos dividido

Esa democracia que ha sido violada tantas y tantas veces en Honduras y que Sosa, en sus momentos más sarcásticos, sin perder la compostura, ha mostrado -que no denunciado al estilo habitual- con una sorna impávida que no deja indiferente, como sucede en estos dos poemas que transcribimos; en primer lugar Las sales enigmáticas:

Los Generales compran, interpretan y reparten
La palabra y el silencio.

Son rígidos y firmes
Como las negras alturas pavorosas. Sus mansiones
Ocupan
Dos terceras partes de sangre y una de soledad,
Y desde allí, sin hacer movimientos, gobiernan
Los hilos
Anudados a sensibilísimos mastines
Con dentadura de oro y humana apariencia, y combinan,
Nadie lo ignora, las sales enigmáticas
De la orden superior, mientras se hinchan
Sus inaudibles anillos poderosos.

Los Generales son dueños y señores
De códigos, vidas y haciendas, y miembros respetados
De la Santa Iglesia Católica, Apostólica y Romana
.

De alguna manera, Roberto Sosa se hizo acreedor de mantener una tradición, la de la novela del dictador, que en Honduras nunca se ha escrito, y de todos los compinches que necesita para mantenerse en el poder, como presenta en este excepcional poema, Las voces no escuchadas de los ricos, cuyo comienzo ya es un puro ejercicio de inteligencia:

Somos y hemos sido los mismos.

Nunca sabemos lo que necesitamos de este mundo,
Pero
Tenemos sed -mar de extremos dorados- el agua
No se diferencia
De una muchedumbre
Extraviada
Dentro de un espejismo.

Hemos quebrado a los más fuertes.

Hemos enterrado a los débiles en las nubes.
Hemos inclinado la balanza del lado de la noche,
Y a pesar de los azotes recibidos
Permanecemos en el templo.

Muy pocos
Entienden
El laberinto de nuestro sueño.

Y somos uno.

No queremos terminar esta reseña sobre Roberto Sosa sin dejar al lector alguno de sus poemas con más aliento íntimo, tan perfectos en su ejecución como los que hemos incluido en este breve resumen de su gran obra. Valga como ejemplo este enternecedor El aire que nos queda, de 1971:

Sobre las salas y ventanas sombreadas de abandono.
Sobre la huida de la primavera, ayer mismo ahogada
En un vaso de agua.
Sobre la viejísima melancolía (tejida
Y destejida largamente) hija
De las grandes traiciones hechas a nuestros padres y abuelos:
Estamos solos.

Sobres las sensaciones de vacío bajo los pies.
Sobre los pasadizos inclinados que el miedo y la duda edifican.

Sobre la tierra de nadie de la Historia: estamos solos,
Sin mundo
Desnudo al rojo vivo el barro que nos cubre,
    Estrecho
En sus dos lados el aire que nos queda todavía
.

Desgraciadamente, no puedo aconsejar la lectura directa de alguno de sus libros, puesto que ninguna de sus obras está disponible en las librerías ni en el todopoderoso Amazon. Sea este un momento de imprecación contra el olvido.

Reseñas sobre literatura hispanoamericana en Cicutadry:

Acerca de José Luis Alvarado

José Luis Alvarado
Dijo el sabio griego que nada es comunicable por el arte de la escritura; tras apurar la copa de seca cicuta, su discípulo dilecto lo traicionó y acaso lo perfeccionó transmitiendo por escrito sus irónicos conocimientos. Como antes hiciera Montaigne, pienso que la obra de un autor se prolonga y modifica cada vez que se escribe sobre ella. La memoria, que fue oral y minoritaria, ahora se multiplica con cada palabra que integra y justifica el continuo universo, también llamado la Red.

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