Poetas de Panamá: Amelia Denis de Icaza

Amelia Denis de Icaza (1836-1911). PanamáAmelia Denis de Icaza

Amelia Denis de Icaza fue la primera mujer poeta de su querida patria de Panamá. Inscrita en el periodo correspondiente a  la poesía romántica, toda su producción poética destaca especialmente porque la utiliza como crítica social y política.

De padre francés y madre panameña, desde muy pequeña se sintió atraída por la literatura y, desde muy joven colaboró con sus escritos en una revista regentada por su padre y, con posterioridad, lo haría también en otros periódicos.

Casada dos veces, se considera que su formación cultural se la debe, más que a la escuela a la que asistió, al espíritu crítico que le transmitieron en su casa familiar.

Una de sus hijas, Mercedes, se casó con un caballero nicaragüense y, tras la muerte del esposo de Amelia Denis de Icaza, decide trasladarse a Nicaragua para mitigar la soledad de su viudedad y poder estar junto a su hija y a sus nietos.

Cuando regresó a Panamá, se encontró con que su querido país estaba controlado económicamente por los norteamericanos, con el Canal ya construido y bajo su explotación exclusiva. Precisamente la construcción del Canal de Panamá dio lugar a uno de sus poemas más conocidos y hermosos: Al Cerro Ancón. No obstante, el poema que hemos seleccionado para esta ocasión, Patria, tiene mucho que ver con el inmenso amor y dolor que Amelia Denis de Icaza sentía por su país. De hecho, uno de los rasgos que caracterizan la poesía de Amelia Denis de Icaza es el énfasis con que le imprime a sus versos de un patriotismo sincero y sentido, además de una innegable denuncia social y política que se acentúa especialmente con la creación del Canal de Panamá  bajo dominio estadounidense y en donde a los panameños les estaba vedado entrar:

PATRIA

¡Oh Patria idolatrada!, mi pueblo generoso,
al fin ¡ay! te obligaron a levantar la frente
y en un supremo grito te alzaste valerosa,
llevando entre tus manos la enseña independiente.

¡Oh Patria! yo he sufrido contigo en tus dolores,
tus luchas amargaron mis noches y mis días,
de lejos he escuchado tus hórridos clamores
enviándote mi espíritu sus hondas simpatías.

¡Oh virgen!, yo soñaba tu porvenir de gloria,
mirándote tan bella, de orgullo sonreía,
hoy te hacen que aparezcas ingrata ante la historia,
a ti, la noble víctima de odiosa tiranía.

¿Qué has hecho? no te culpo, los otros te arrojaron,
los otros que en tres años de lucha desgraciada,
tu rico y albo manto con saña destrozaron
cuando eras de Colombia la joya más preciada.

¿Qué has hecho de tu gloria?, mi pueblo tan querido,
y cuál será la suerte, pregúntome yo a solas,
de aquellas mis montañas donde formé mi nido,
de mis doradas playas besadas por las olas.

De aquellas blancas flores que el cielo nos ha dado
que forman de la istmeña justificable orgullo,
‘la flor del Santo Espíritu’ de aroma delicado,
que lleva una paloma guardada en su capullo.

¡Oh! guarda Dios piadoso mis flores adoradas,
que nunca los extraños profanen su hermosura,
¡guárdalas Ser Supremo! que vivan ignoradas,
que no llegue a tocarlas ninguna mano impura.

Y tú siempre tan bella, tan noble, Patria mía,
de todos admirada, de todos pretendida,
aliento y esperanza mi corazón te envía,
mi blanca flor istmeña del tallo desprendida.

Qué triste, sí, que triste la fratricida guerra,
y allá en mi suelo ístmico, el drama sin segundo,
y el grito de exterminio lanzado en esa tierra,
en el hermoso puente por donde cruza el mundo.

Aquel mi pobre pueblo, tan noble, tan valiente,
tan grande en esa lucha y en desigual batalla,
y aquella triste historia de Calidonia el puente,
sembrado de cadáveres por la infernal metralla.

Desesperada lucha, Colombia, y tú tan fuerte
contra el pequeño pueblo, la perla de tus mares,
contra ese pueblo libre, y heroico hasta la muerte,
¿qué hiciste de tus hijos? ¡hay luto en sus hogares!

Y sin embargo lloro, flameando está orgulloso
el lábaro que alzaron allá en mi patrio suelo;
pero ese no es el mismo que conocí glorioso,
que como santa enseña, me presentó mi abuelo.

¡Oh pueblo de Colombia!, tú no eres responsable,
que fresca está la tumba del noble San Clemente,
de aquel anciano digno, patriota venerable,
que por el voto unánime, subió de Presidente.

Palacio de San Carlos, vistierónte de duelo,
con un crespón ataron tu liberal enseña,
un ángel te guardaba, tendió por fin su vuelo
y con sus blancas alas, cubrió la faja istmeña.

. . . . . . . . . . . . . .
Escucha Ser Supremo, la súplica ferviente,
que mi alma de rodillas eleva ante tu altar,
conserva al pueblo ístmico su libertad naciente
sin que un extraño lábaro la llegue a profanar.

Dejad ¡Oh Ser Supremo! que el Istmo siempre viva,
con el trabajo honrado y la virtud por guía,
que no sea su esperanza, cual sombra fugitiva,
ni su soñada gloria como la flor de un día.

.

Reseñas sobre literatura hispanoamericana en Cicutadry:

Acerca de Jaime Molina

Jaime Molina
Licenciado en Informática por la Universidad de Granada. Autor de las novelas cortas El pianista acompañante (2009, premio Rei en Jaume) y El fantasma de John Wayne (2011, premio Castillo- Puche) y las novelas Lejos del cielo (2011, premio Blasco Ibáñez), Una casa respetable (2013, premio Juan Valera), La Fundación 2.1 (2014) y Días para morir en el paraíso (2016).

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