¡Qué verde era mi valle! John Ford

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Cuando John Ford se hizo cargo de esta película, la preproducción se encontraba muy avanzada ya que la primera opción para dirigirla había sido Wylliam Wyler. Este pasó semanas con el guionista, Philip Dunne, trabajando escenas y diálogos, así como eligiendo parte del casting. Motivos económicos y de fechas apartaron a Wyler del proyecto pasando así a manos de Ford.

Nunca sabremos qué tipo de película hubiese hecho Wyler. Posiblemente, alguna con un estilo más realista y reivindicativo, pero lo que John Ford nos dejó fue una obra impecable e imperecedera al más puro estilo fordiano.

La película estará narrada desde el punto de vista de un niño, el hijo más pequeño de la familia Morgan, magníficamente interpretado por Roddy McDowall. Irá recordando su infancia en un valle galés, cuando aún era verde y no había sido devastado por las explotaciones mineras y conoceremos a toda su familia, encabezada por unos padres acostumbrados a la vida dura, a las estrecheces económicas pero que viven con una gran dignidad y sintiendo el respeto de sus vecinos.

Días felices darán pronto paso a otros más tristes donde problemas laborales empujarán a cuatro de sus hermanos mayores a emigrar a América; veremos como otro desaparecerá , víctima de un accidente minero, y asistiremos a la desgraciada boda de su única hermana, Angharad, enamorada del clérigo del pueblo pero abocada a casarse con el heredero de la mina para huir de la pobreza.

Viviendo ya solo con sus padres y su cuñada viuda, Huw tendrá que ver cómo su familia es difamada y humillada por mentes puritanas e hipócritas al propagar una calumnia sobre su hermana, ahora divorciada, así como el posterior accidente mortal del padre al que él mismo ayudará a rescatar.

La impresionante fotografía de Arthur Miller convertirá algunas de estas escenas casi en grabados y en ocasiones estará fuertemente contrastada conviviendo en un mismo plano la negrura que desprende el carbón en los rostros masculinos, frente al blanco, casi hiriente, de los delantales de las mujeres al recibirlos en la puerta después de un duro día de trabajo..

Los picados y contrapicados de enorme expresividad y gran carga emotiva abundarán a lo largo del metraje y, posiblemente, una de las escenas más bella la encontraremos en la boda de Angharad, bajando las escaleras de la iglesia con el velo arremolinado a merced del viento y ante la seria mirada del pueblo, nuevamente con un blanco deslumbrante como centro de la imagen, mientras al fondo y en plano general aparecerá la figura solitaria del clérigo viendo marchar a la mujer que ama y a la que renunció.

No es esta una película de denuncia social a pesar de exponer las condiciones infrahumanas del minero y las prácticas abusivas de los patrones en plena revolución industrial, sino más bien un ejercicio de emotividad y reivindicación de la familia, una crítica a la hipocresía de la sociedad puritana y una constatación del desarraigo que depara el incierto futuro frente a la suave añoranza de la vida armoniosa y familiar de aquel valle minero, cuando aún sus colinas se teñían de verde.

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