El regreso del soldado. Rebecca West

040.El regreso del soldado

Confieso haber leído El regreso del soldado (1918) atraído por la efusiva reseña que José María Guelbenzu hizo de ella en un periódico, donde afirmaba que «haría empalidecer de envidia a Henry James». Una vez leída, solo puedo darle la razón al escritor madrileño. No en vano, Rebecca West (1892-1983) comenzó su andadura literaria escribiendo una biografía de James y la novela fue escrita inmediatamente después de la muerte del escritor. Es posible, pues, que se trate de una especie de homenaje al maestro de las novelas psicológicas, si bien solo en el fondo, puesto que en la forma, Rebecca West muestra una narrativa mucho más sencilla y clara, con una sintaxis directa y sin adornos y una eficacia expresiva digna de una gran escritora.

El regreso del soldado se basa en un curioso caso de cuadrado amoroso, en el que están implicados Chris Baldry, un soldado que regresa enfermo del frente, su estirada esposa, Kitty, su adorable y enamorada prima Jenny y una tercera mujer, Margaret, que será el gran detonante de la trama. El punto de partida resulta sencillo a primera vista: Chris sufre una neurosis de guerra que le produce una amnesia que le impide recordar cualquier dato acaecido en los últimos quince años. Pero antes de que el soldado regrese a su casa, Rebecca West abona el terreno para que el lector se adentre en una compleja trama psicológica.

Para empezar, el gran acierto de la novela consiste en el punto de vista desde el que cual está contada la historia (recurso, por cierto, excelentemente utilizado por Henry James): la novela está narrada en primera persona por la prima Jenny, una mujer indulgente y amable, sensible y compasiva, que sabrá extraer todos los detalles de los hechos que van a suceder. Se nos presenta como ese familiar que vive con un matrimonio feliz, de clase alta y buen gusto, un tanto elitista, que ha convertido su mansión en el paradigma de la felicidad conyugal. En esa mansión, con su extenso terreno bucólico y bien ordenado, no hay un solo detalle que falte. Chris ha sido un hombre que se ha hecho a sí mismo y ha escogido para vivir un lugar y una esposa que rayan en la perfección. Allí, en esa mansión, Kitty y Jenny esperan noticias del frente, tranquilas en su hábitat natural, como si la guerra fuera una cosa de otro mundo que difícilmente pueda perturbar la paz de sus vidas. La ausencia de Chris se vive como un accidente, como algo inevitable a lo que hay que resignarse pero que, en ningún modo, puede manchar la paz de una vidas ordenadas hasta el extremo.

Esa paz se verá repentinamente perturbada por la aparición de una mujer desconocida, Margaret, que porta un telegrama de Chris. ¿Por qué ella, y no su familia, ha recibido un telegrama del admirable marido? Jenny, en su descripción de Margaret, no ahorra ningún detalle para hacernos ver que la mujer desconocida es de otra extracción social, sumida en el mal gusto en la ropa, con las manos ajadas propias de un ama de casa de un suburbio. Su sola presencia parece ensuciar el gusto refinado de las estancias. De hecho, las dos mujeres dudan al principio que no sea una sinvergüenza que trata de engañarlas para obtener un poco de dinero por compasión. Pero el telegrama es cierto. Y lo que es peor: tras el telegrama ha recibido una carta de puño y letra de Chris donde se dicen cosas que no se pueden contar en voz alta.

Pronto se revela el misterio: Chris y Margaret tuvieron un idilio hace quince años, cuando el hombre aún no había conocido a su esposa, y parece que en ese momento se ha parado su mente. La aparición de Chris en la mansión no hará sino confirmar este hecho. Para él, su esposa Kitty no es más que una desconocida a la que sin embargo debe respetar, puesto que hubo un tiempo en que fueron una pareja feliz. En cuanto a la prima, Chris la ve con los mismos ojos de hace quince años, cuando era un familiar más con el que se cruzaba sin apenas mirarla a los ojos. Las situaciones de tensión se van acumulando a lo largo del relato y a ello contribuye la reacción de Kitty: ella cree tener derecho al amor que la amnesia le ha robado, y en una patética escena, se presenta ante su marido con sus mejores ropas, adornada de todas las joyas que él le compró mientras estaban casados. De alguna manera, Kitty se niega a reconocer que su marido tenga la susodicha amnesia, se niega a ver la realidad. Es demasiado orgullosa, demasiado soberbia y en todo momento aparece inclinada a creer que su marido la está engañando.

Porque, además, está esa mujer, Margaret, esa pobretona sin ningún atractivo, desaliñada y vulgar, que es imposible que pueda ser la destinataria de los sentimientos amorosos de su marido. Pero éste le ruega a Kitty que le permita ver a Margaret, porque si no se moriría. Hay como una especie de suspensión en el primer encuentro entre los dos antiguos amantes, que no se narra en ningún momento, esperando las dos mujeres de la casa que Chris se decepcione cuando vea de nuevo a esa chica por la que mostró tanto interés en otro tiempo.

Pero no es así. Desconocemos lo que Margaret y Chris hablan entre ellos, sus momentos de intimidad en el jardín de la casa, y eso hace mucho más angustiosa la espera del momento en que Chris recobre la memoria. Con una sutileza extraordinaria, veremos cómo Jenny va poco a poco comprendiendo la conducta de su primo. Ella no se niega a ver la realidad, pero la realidad la molesta y la desconcierta. Todo lo que ocurre a partir de ese momento solo lo vamos a saber desde los pensamientos de Jenny, desde sus suposiciones y sus anhelos, desde su resignación. Estamos, por tanto, ante una historia que no se cuenta, que el lector no ve en ningún momento sino a través de persona interpuesta. En ese sentido, la novela es ejemplar, magnífica. Juega con la elipsis de una manera extraordinaria, creando la tensión precisa y creciente con muy pocos elementos.

Aunque Jenny va comprendiendo por momentos que esta situación hace realmente feliz a su primo, no cede a la imposibilidad de que las cosas vuelvan a su cauce. En un desarrollo memorable, de una finura psicológica enternecedora, Jenny recurre a un médico famoso por recuperar casos de amnesia. Entonces es cuando se planteará el gran dilema: ¿por qué la mente de Chris ha vuelto a ese preciso momento de felicidad que tuvo hace quince años? ¿Por qué ha olvidado un pasado presuntamente feliz con la mujer con la que se casó? Solo hay una solución: la propia Margaret será la única persona que pueda hacer recobrar la memoria a Chris, ese hombre al que ha redescubierto en esta segunda oportunidad que le ha dado la vida.

Evidentemente, hay mucho más en esta pequeña novela que hará las delicias del lector. Ante todo, es un retrato preciso y lúcido de la psicología femenina: hay tres mujeres enfrentadas por intereses distintos pero en ningún momento se hará explícito ese enfrentamiento. En el silencio, en el sobreentendido, está el verdadero valor de esta novela, es decir, no tanto en lo que cuenta (que es de gran importancia) como en lo que no cuenta, en ese rastro espeso que la historia irá dejando en el comportamiento de Jenny, la narradora. Efectivamente, esta historia haría empalidecer de envidia al mismo Henry James. No lo supera pero sí lo iguala, lo que demuestra el enorme talento que Rebecca West supo verter en esta preciosa novela.

El regreso del soldado. Rebecca West. Herce.

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Acerca de José Luis Alvarado

José Luis Alvarado
Dijo el sabio griego que nada es comunicable por el arte de la escritura; tras apurar la copa de seca cicuta, su discípulo dilecto lo traicionó y acaso lo perfeccionó transmitiendo por escrito sus irónicos conocimientos. Como antes hiciera Montaigne, pienso que la obra de un autor se prolonga y modifica cada vez que se escribe sobre ella. La memoria, que fue oral y minoritaria, ahora se multiplica con cada palabra que integra y justifica el continuo universo, también llamado la Red.

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