Santuario. Edith Wharton

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La hermosa envoltura de la vida puede ocultar en realidad un laberinto formado por una extensa red de alcantarillado moral. En cada casa, en cada familia respetable, se toman las necesarias medidas higiénicas para que esos inevitables trapos sucios que tan molestamente aparecen, sean debidamente lavados y expulsados sin dejar mácula.

De trapos sucios familiares versa Santuario (1903), una excelente novela de Edith Wharton (1862-1937), escrita con una afilada intensidad y un envidiable conocimiento de la buena utilización de los recursos narrativos. En sus breves páginas aparecen dos historias, unidas por un mismo personaje, en distintos momentos de su vida.

En la primera parte, la joven Kate Orme prepara su vida con un refinado muchacho, Denis Peyton. La narradora no escatima en formar alrededor de los personajes un mundo de ensueño, en el que la mayor preocupación está en elegir la salsa de Burdeos o la gelatina para acompañar a la carne de venado.

No obstante un hecho luctuoso se cruza en la apacible vida de la pareja: la muerte repentina del hermanastro de Denis. Una lectura atenta de este episodio nos muestra la introducción moral sobre la que quiere incidir la autora: no hay pena alguna acerca de esa muerte, como tampoco la hay por el destino de una mujer y su niño pequeño, posibles esposa e hijo del hermanastro, que terminan suicidándose tras un litigio por la herencia del fallecido.

El primer dilema que ofrece la novela se encuentra en la confesión de Denis a su prometida: aunque él ha litigado con esa mujer, aunque él cree que era una despreciable aprovechada que solo buscaba el beneficio de estar junto a un hombre rico como era su hermanastro, lo cierto es que aquella mujer sí estaba realmente casada, y aquel hijo, era hijo de quien decía ser. Sin embargo, demostrada en los tribunales la posible mentira de la mujer, toda la herencia pasa a manos de Denis.

En este momento entra la importante figura de Kate. Sabiendo como sabe que en un futuro ella gozará de un dinero que legalmente pertenece a una mujer, la cual, además, terminó con su vida desesperada, se plantea si debe seguir con un hombre cuyos bajos escrúpulos son capaces de haber permitido una situación tan injusta. Lo único que nos deja saber Edith Wharton, es que Kate aplazará la boda hasta que Denis no declare en público la verdad y pueda expiar sus culpas.

En una excepcional elipsis, lo siguiente que sabemos es que Kate se casó con Denis, que esté murió y que al lado de la viuda quedó un hijo, al que pudo sacar adelante con enorme esfuerzo, puesto que Denis dilapidó en vida todo su dinero. El hijo crecerá, convirtiéndose en un ambicioso arquitecto. Qué ocurrió entre la difícil decisión de Kate de aplazar la boda y su viudez, no lo sabe nadie.

El nudo de esta segunda parte aparece con motivo de un concurso de diseño del Museo de Escultura de Nueva York, que no solo conlleva una gran dotación económica, sino también el debido prestigio en la profesión. El hijo de Kate, Dick, se enfrenta con ilusión al proyecto, pero a la vez lo hace su mejor amigo, un arquitecto audaz y de geniales ideas. El conflicto de intereses estará servido y se complicará con la aparición de una bella muchacha que, evidentemente, caerá rendida ante el profesional que más brillo y más dinero obtenga.

La historia, contada así, puede parecer de una cierta trivialidad si no fuera por el punto de vista privilegiado que eligió Edith Wharton para escribir la historia: todo lo sabremos a través de los ojos y de la mente de Kate, madre amantísima y hasta cierto punto ciega por el amor a su hijo, pero mujer inteligente a la que ya conocemos por sus fuertes escrúpulos morales y a quien no se le escapa las dificultades que va a encontrar su hijo para ganar el concurso. Por si fuera poco, por unas determinadas circunstancias, Dick podría hacer un uso indebido de los planos de su mejor amigo.

La decisión crucial de Dick, los pensamientos finales de su amigo arquitecto, la ambición de la chica, aparecerán como telón de fondo al imponente silencio de Kate, madre y mujer a la vez, portadora de un dilema moral antiguo junto a su marido que se repite, casi paso por paso, con su propio hijo.

Lo que convierte esta novela en excepcional es su fino tratamiento del tema, que discurre como una corriente subterránea sobre la cual aparecen los movimientos y los diálogos de los principales personajes. Si en la primera parte, la decisión de Kate se muestra explícitamente, en este segundo dilema, complicado por la fuerza del amor filial y por su propia historia, lo más importante será el silencio. Pocas veces ha dicho tanto un personaje con un simple gesto, con una mirada, con su mera presencia. La expiación que siempre deseó se va entretejiendo en la oscuridad mientras que a la luz de la ambición, los demás personajes se inclinan hacia el éxito y el interés personal.

Este combate entre las luces y las sombras, lo explícito y el silencio, el amor y la verdad, se resuelve de manera magistral por parte de la escritora norteamericana, que da un vuelco prodigioso a la trama en pocas páginas, escritas con la solvencia del mejor dramaturgo que dispone sus personajes sobre la escena, los ilumina con un potente foco y les hace decir aquello que nunca hubieran pensado decir pero que terminan reconociendo arrastrados por la fuerza del destino. Entonces es cuando el lector comprueba que todas las páginas de esta formidable novela llevaban a las últimas líneas, a la última frase. Difícilmente es superable un dominio así de la estructura y la intensidad narrativas en una novela.

Santuario. Edith Wharton. Impedimenta.

Acerca de José Luis Alvarado

José Luis Alvarado
Dijo el sabio griego que nada es comunicable por el arte de la escritura; tras apurar la copa de seca cicuta, su discípulo dilecto lo traicionó y acaso lo perfeccionó transmitiendo por escrito sus irónicos conocimientos. Como antes hiciera Montaigne, pienso que la obra de un autor se prolonga y modifica cada vez que se escribe sobre ella. La memoria, que fue oral y minoritaria, ahora se multiplica con cada palabra que integra y justifica el continuo universo, también llamado la Red.

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