El sentido del pasado. Henry James

sentido del pasado¿Puede ser la idea de una novela una obra maestra? Leer los fragmentos que Henry James dejó a su muerte sobre El sentido del pasado (The Sense of Past) nos induce a pensar que durante muchos años tuvo en mente quizás la mejor novela fantástica que se hubiera escrito jamás de no ser porque -sospechamos- ni siquiera él mismo fue capaz de acabarla, dada su complejidad extrema. No obstante, podemos conformarnos con pensar que solo la muerte nos arrebató una novela genial, cuya génesis y elaboración alberga una historia curiosa.

Después del éxito de Otra vuelta de tuerca, el editor norteamericano de Kipling conversó con James acerca de la posibilidad de escribir otro libro de cuentos en la línea del famoso relato. Tras almorzar con el propio Kipling y su esposa, tomó el tren y en el viaje de regreso comenzó a imaginar una historia de la que solo pudo registrar la emoción y la sensación de terror que le inspiraban.

Empezó a escribir los primeros capítulos en los primeros días de 1900, en un momento de su vida en que era cada vez más consciente del paso del tiempo y de las posibilidades que le daban sus ya amplios recursos narrativos. La idea, en un principio, parecía sencilla: un joven norteamericano entra en una casa en Londres que acaba de heredar y se adentra en el pasado.

En el argumento que había pensado James, su protagonista norteamericano Ralph Pendrel, posee un extraordinario sentido del arte y de la historia. Ha escrito una pequeña obra acerca de este tema pero sus intentos de penetrar en la verdad histórica se encuentran con la más pura realidad: solo puede contar la historia quien la ha vivido; el estudioso que la recrea tiempo después, únicamente puede intuirla, casi inventarla.

Durante el año 1900, James dejó y retomó la historia varias veces. En el primer capítulo recreaba una larga conversación entre Ralph y la que quiere que sea su prometida, Mrs. Aurora Coyne, todo ello situado en el Nueva York de 1910. La mujer, que ha enviudado recientemente y que ha pasado una larga temporada en Europa, lo rechaza, pero le da una ligera esperanza de compromiso si accede a hacerle una promesa: no dejará nunca Estados Unidos. Sin embargo, Ralph no puede cumplirla ya que acaba de recibir en herencia una casa en Londres, que desea visitar.

El segundo capítulo trata de su llegada a Londres y la morosa descripción de la casa y los motivos que le han llevado a heredarla: un tío suyo, de la rama de los Pendrel que quedó en Gran Bretaña cuando el grueso de la familia decidió emigrar a Estados Unidos, ha decidido que él se quede con esa antigua propiedad, dada su afición a la historia. En uno de esos recorridos por las estancias vacías descubre un curioso cuadro: el retrato de un caballero completamente de espaldas. Ese retrato, como veremos más adelante, será la puerta que lo lleve al pasado, exactamente al año 1820.

En el tercer capítulo, Ralph, que sabe que cuando vuelva a entrar en la casa se hallará en el siglo XIX, acude al embajador de Estados Unidos y le cuenta lo que le ha ocurrido. En una conversación de lo más descabellada, el dignatario lo escucha con benevolencia y presume que Ralph está loco pero, como buen diplomático, no le da su opinión sino que lo deja hablar e incluso lo acompaña a la puerta de su casa, sin saber que Ralph lo que está haciendo, desesperadamente, es tener un testigo en 1910 de su viaje al pasado.

Llegado a este punto, Henry James dejó la novela. Inició una desbocada etapa creativa cuyo comienzo podemos cifrarlo en la redacción de La fontana sagrada y que terminaría cuatro años después con La copa dorada. Muchos años después, en 1913, comenzó a escribir La torre de marfil, novela que dejó inconclusa cuando estalló la Primera Guerra Mundial, conflicto que afectó gravemente a su ánimo. En 1914 retomó El sentido del pasado, pues le parecía que aquella vieja novela fantástica podía mantener una dignidad digamos “neutra” ante los horribles sucesos que estaban sucediendo en Europa.

Aquí es donde podemos concretar el momento en el que esta narración nos resulta genial. Con los capítulos escritos en 1900 tenemos nuestras dudas acerca del resultado: la historia avanza muy lentamente, es algo aburrida y digresiva, y no conduce a nada. Es entonces cuando a Henry James se le ocurre dictar a su secretaria el futuro argumento de la novela, con un grado de detalle previsible en este escritor. Son unas 10.000 palabras que -no me canso de repetir- contienen una de las mejores historias fantásticas que haya leído.

Ese caballero de espaldas que permanece en el retrato colgado de la pared, se vuelve en el momento en que Ralph comprende que es la única forma de acceder al pasado, como si fuera un reflejo suyo en un espejo; en otras palabras, ese caballero es él, retratado en 1820, y en una escena prodigiosamente escrita, intercambian su tiempo; él pasa a vivir 90 años antes, y el desconocido joven del retrato habita en 1910. Pero desde el instante en que Ralph se halla en el pasado, se sume en el horror del miedo creciente a no ser salvado, de perderse, de estar para siempre en un tiempo que no es el suyo. Contrae inmediatamente las responsabilidades y las circunstancias de ese caballero (el compromiso con una joven, sus posesiones, su posición social) y comprende con angustia que se ha roto su lazo de unión con el presente. No se trata de un mero viaje en el tiempo: se ha encarnado en una persona de hace 90 años, y esa persona es él mismo.

El nudo dramático se cierra sobre Ralph cuando se ve obligado a comprometerse con Molly, una de las dos hermanas que viven en la casa de Mansfield Square junto a su madre en régimen de arrendamiento. Digamos que lo que en principio no deja de ser una imposición agradable -Molly es una bella joven muy inteligente- se torna una desgracia cuando Ralph descubre que ella es la hermana “equivocada”.

Aquí se produce otro giro de la trama, que la emparenta con Otra vuelta de tuerca: cuando Ralph conoce a la otra hermana, Nan, comienza a actuar en él la sensación de cuánto necesita esa relación, la comprensión todavía turbia y vaga de cómo ella podría ayudarlo. Él ve, siente, que ella lo comprende de algún modo, que su singularidad, su secreto, están a salvo gracias a ella.

Esta fascinación por la otra hermana tiene su punto culminante cuando Nan descubre, de alguna forma, que él no está plenamente allí; sumida en la estupefacción y el horror, tiene la impresión directa, o la percepción, de que él actúa como si tuviera un doble, que de acuerdo con las leyes y la lógica de la vida, él no puede estar en un sitio determinado y se ve obligada a pedirle que se lo explique. La belleza, el terror, residen en que él se lanza sobre ella en busca de ayuda, literalmente, “para salir de allí”, ayuda que solo ella puede proporcionarle.

Esta sensación de miedo se acrecienta con otro nuevo giro inesperado: Ralph, que está viviendo una experiencia dentro de la experiencia, percibe que el otro, el que está viviendo su vida en 1910, ha adivinado su debilitamiento, y que además ha advertido que, cambiando la historia con un posible compromiso con la otra hermana, sus respectivas situaciones están en peligro. Todo el efecto de la historia se cifra exactamente en el cara a cara desconcertado y casi vencido entre ellos, el conflicto que se produce, no por la alteración de la cronología histórica, sino por el cruce de desviaciones del plan establecido que ninguno de los dos esperaba. En este sentido, James retoma aquel primer capítulo en Nueva York con la viuda, y hace que el Ralph Pendrel de 1910 avance también por su cuenta, de tal forma que en una hipotética vuelta al futuro, las cosas ya no sean como las había dejado.

Ante esta nueva situación, James da un último giro magistral: hace que Ralph, en 1820, encargue su retrato a un pintor, un retrato en el que él posará completamente de espaldas. Nótese cómo queda en duda la cuestión del cuadro: ¿el retrato que se encuentra en la casa de 1910 está hecho a partir de Ralph en 1820 o no?, ¿está hecho a partir del propio Ralph o explicado como si su origen fuera posterior?

Ante la complejidad con la que se encontraba, James escribe en estas propias notas:

Naturalmente, tengo miedo de estos giros, quiero decir, de que se multipliquen entre mis manos con el efecto de un excesivo alargamiento, ensanchamiento y amplitud.

Durante 1915, terminó el tercer capítulo -la conversación con el Embajador- y comenzó el cuarto, en el que Ralph Pendrel conoce a la familia que habita en su casa, descubre su situación y comprende que se encuentra prometido. De nuevo vuelve a perderse en diálogos interminables que apenas arrojan luz sobre las escenas que pensó en su argumento preliminar, y cuando aparece Nan, la otra hermana, se entiende que se producirá el primer gran giro argumental:

-Pero, querida prima, estoy aquí como prometido de Molly, para casarme con ella tan pronto como puedan hacerse públicas las amonestaciones y ella se compre el traje de novia: ¿qué clase de impresión daría si ella no me fuera tan querida como la vida misma? Molly es todavía más magnífica de lo que había soñado.

-¿Más “magnífica”? -Nan se aferró a este término como había hecho antes; pero es como si algo hubiera sucedido desde entonces, y esta vez encontró su idea a tiempo.

-¿No será que usted la hace magnífica?

-Deseo de todo corazón hacerla feliz, pero ella es espléndida -dijo Ralph gravemente, casi sentenciosamente-, más allá de mi capacidad de ensalzarla.

Se aferró a su gravedad, que de algún modo lo tranquilizaba; era extraño que el sentimiento de comprensión de la muchacha no disminuyera, y que incluso un fallo particular, veía él…

Y en ese justo instante, un día de 1915, la voz de James calló para siempre.

El sentido del pasado. Henry James. Ediciones El Cobre.

Reseñas sobre Henry James en Cicutadry:

Acerca de José Luis Alvarado

José Luis Alvarado
Dijo el sabio griego que nada es comunicable por el arte de la escritura; tras apurar la copa de seca cicuta, su discípulo dilecto lo traicionó y acaso lo perfeccionó transmitiendo por escrito sus irónicos conocimientos. Como antes hiciera Montaigne, pienso que la obra de un autor se prolonga y modifica cada vez que se escribe sobre ella. La memoria, que fue oral y minoritaria, ahora se multiplica con cada palabra que integra y justifica el continuo universo, también llamado la Red.

Check Also

Sobre los huesos de los muertos, de Olga Tokarczuk

Sobre los huesos de los muertos, de Olga Tokarczuk: un thriller animalista

La escritora polaca Olga Tokarczuk, recientemente galardonada con el Premio Nobel de Literatura, nos presenta …

Deja un comentario