Solaris. Stanislaw Lem: en busca de la inteligencia extraterrestre

solaris Stanislaw LemStanislaw Lem es uno de esos escritores que se han ganado por mérito propio su lugar en la literatura universal. Inevitablemente asociado a la etiqueta de escritor de ciencia-ficción, creo que, en su caso, esa clasificación simplifica demasiado su verdadero talento. Desde mi punto de vista, Stanislaw Lem fue, más que un escritor de género, un magnífico narrador y observador, sin más etiquetas que la de su propia calidad literaria. Científico de formación (estudió Medicina), una constante en sus escritos es precisamente esa curiosidad inherente a todos los científicos: curiosidad por conocer, por descubrir, por comprender. Autor de numerosos y magníficos relatos (algunos de los cuales son de una comicidad hilarante) agrupados en volúmenes como Ciberíada o Diarios de las estrellas, por citar un par de títulos, su novela Solaris es, sin lugar a dudas, si no su obra maestra (en esto, como en todo, hay disparidad de opiniones), si al menos la más conocida y difundida (ha tenido, hasta la fecha, tres adaptaciones cinematográficas, siendo las más conocidas la de Andréi Tarkovski y la de Steven Soderbergh). Como sucede en muchas obras de Lem, hay un factor filosófico o, siendo más precisos, epistemológico, que subyace en toda la narración. Y es que el hilo conductor de toda la historia es justamente el afán de conocimiento, en este caso el que demuestran un grupo de astronautas en una estación espacial que tratan de estudiar un misterioso planeta en el que se sospecha que puede subyacer una forma de inteligencia extraterrestre.

La novela comienza con la llegada de un nuevo miembro a la estación espacial. Se trata de Kris Kelvin, un psicólogo que, nada más llegar, descubre que en la estación espacial reina una especie de confusión, de caos. Sus compañeros parecen trastornados, y lo reciben con hosquedad, sin querer darle explicaciones por lo que, desde el comienzo, nos parece una conducta sumamente extraña. No obstante, el misterio se desvela pronto. Los otros dos astronautas, Snaut y Sartorius, le informan de que un tercero llamado Gibarian se ha suicidado pocos días antes de su llegada. El comportamiento de los hombres parece un tanto esquizoide, y Kris Kelvin comienza a sospechar que se han vuelto locos. Ambos le insinúan que puede toparse con presencias extrañas. El doctor Sartorius se resiste a salir de su laboratorio, sin que Kelvin acierte a comprender qué lo retiene allí. La primera noche que Kelvin pasa en la estación, se encuentra con su esposa Harey en su habitación, algo que sorprende a Kris por un doble motivo: primero, porque él ha viajado solo y segundo, porque Harey se suicidó hace varios años. Asustado, cuando intenta deshacerse de ella, descubre con horror que, haga lo que haga, ella volverá a aparecer, y lo hará sin conciencia aparente de su intento de destruirla.

Poco a poco se nos desvela que esas apariciones que Kris ha presenciado también las tienen los otros pasajeros de la tripulación, lo que explica o al menos justifica su conducta anómala. Sin embargo, aun tratándose de apariencias humanas, no lo son, sino que parecen ser el reflejo que el propio planeta les devuelve en lo que podría interpretarse como una especie de intento de contacto con sus mentes. Los científicos llegan a la conclusión de que el planeta Solaris, básicamente un inmenso océano repleto de sustancias químicas disueltas, es en sí mismo una forma viva e inteligente. Sin embargo, el fondo de esta novela radica en la dificultad, por no decir la imposibilidad de establecer ningún tipo de contacto provechoso con una forma de inteligencia extraterrestre. Kelvin comienza a indagar en la biblioteca de a bordo y descubre que los estudios solarianos comenzaron hace más de un siglo, sin haber llegado nunca a una conclusión satisfactoria sobre la naturaleza del planeta. El autor conduce perfectamente la historia, implicando al lector en una amalgama de emociones que le hacen sentir el mismo rechazo inicial que Kelvin por un ser extraño pero al mismo tiempo conocido, para luego empatizar con un ser que, conforme avanza la historia, se vuelve más humano. El resultado, casi inevitable, desemboca en el enamoramiento de Kelvin, quien se siente cada vez más ligado a la nueva Harey, un ser que, según descubre, no puede tener existencia lejos de Solaris, ni lejos de él. Entretanto, todo el empeño de los científicos pasa por lograr deshacerse de sus apariciones. Cuando Harey logra ser consciente de lo que sucede, Kris se enfrenta a un terrible dilema: no sabe si debe optar por quedarse con Harey y vivir con ella en la estación o, tal y como planean sus compañeros Snaut y Sartorius, deben deshacerse de esas presencias a las que llaman “mimoides”.

El planteamiento de toda la historia es impecable, no sólo porque la trama es bastante original, sino porque el tema de fondo es interesante y nos plantea una reflexión profunda sobre la existencia humana. Aunque por momentos se le pueda reprochar un exceso de “cientificismo” en sus descripciones y explicaciones, en mi opinión, eso no le resta interés ni merma su altísima calidad narrativa. Irónicamente, Lem escoge a un psicólogo como personaje principal cuando toda la novela es un estudio de la mente humana, especialmente cuando esta se ve enfrentada a situaciones que escapan de la comprensión racional de nuestro mundo. El autor parece preguntarse si la condición humana se basa únicamente en la posesión de inteligencia y voluntad o si el factor sentimental puede tener un mayor peso. El libro no pretende, sin embargo, proporcionar respuestas, lo que acaso pueda suscitar la frustración de algún lector, sin embargo, eso que para otros puede ser un defecto, para mi gusto es uno de los mayores aciertos del libro: no se desvela cuál es el secreto de Solaris, pero no nos hace falta saberlo, pues, como el propio autor expresa con sabiduría:

Salimos al cosmos preparados para todo, es decir: para la soledad, la lucha, el martirio y la muerte. La modestia nos impide decirlo en voz alta, pero a veces pensamos, de nosotros mismos, que somos maravillosos. Entretanto, no queremos conquistar el cosmos, solo pretendemos ensanchar las fronteras de la Tierra. Unos planetas habrán de ser desérticos, como el Sáhara; otros gélidos, igual que el polo; o bien tropicales, como la selva brasileña. Somos humanitarios y nobles. No aspiramos a conquistar otras razas. Tan solo deseamos transmitirles nuestros valores y, a cambio, recibir su herencia. Nos consideramos caballeros del Santo Contacto. Esa es otra falsedad. No buscamos nada, salvo personas. No necesitamos otros mundos, necesitamos espejos. No sabemos qué hacer con otros mundos. Con uno, ya nos atragantamos. Aspiramos a dar con nuestra propia e idealizada imagen: habrá planetas y civilizaciones más perfectas que la nuestra; en otras, en cambio, encontramos el reflejo de nuestro primitivo pasado. Mientras tanto, al otro lado subsiste algo que no aceptamos, de lo que nos defendemos, ¡pero si de la Tierra no hemos traído más que un destilado de virtudes, la heroica estatua del Hombre! Hemos llegado hasta aquí tal como somos en realidad y cuando la otra parte, la parte que silenciamos, nos muestra esa verdad, ¡no somos capaces de aceptar!

–Entonces, ¿qué es? –pregunté tras escucharle pacientemente.

–Lo que anhelábamos: el Contacto con otra civilización. ¡Lo tenemos, hemos establecido ese Contacto! ¡Nuestra propia fealdad, aumentada como bajo un microscopio, nuestra necedad y nuestra vergüenza!

Esa puede ser la impactante conclusión de esta novela, una novela fascinante de un autor que, sin duda alguna, rebasa con creces todas las expectativas de quien aún no se haya adentrado en ese mundo conocido como la ciencia-ficción. Solaris es una novela que brilla con luz propia, absolutamente recomendable. Les invito sinceramente a que viajen y se zambullan en ese inmenso océano de Solaris y descubran sus extrañas peculiaridades y anomalías. Tal vez, como les sucedió a los científicos que lo estudiaron durante años, no descubran nada, pero créanme si les digo que habrá merecido la pena.

Solaris. Stanislaw Lem. Minotauro

 

Acerca de Jaime Molina

Jaime Molina
Licenciado en Informática por la Universidad de Granada. Autor de las novelas cortas El pianista acompañante (2009, premio Rei en Jaume) y El fantasma de John Wayne (2011, premio Castillo- Puche) y las novelas Lejos del cielo (2011, premio Blasco Ibáñez), Una casa respetable (2013, premio Juan Valera), La Fundación 2.1 (2014) y Días para morir en el paraíso (2016).

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