Terminations. Henry James

TerminationsCasi después de dos años, en la primavera de 1895, y tras haber sufrido el fracaso personal que le supuso el estreno de Guy Domville, Henry James publica un libro de relatos oportunamente titulado Terminations. Su producción narrativa en ese tiempo ha sido muy escasa: en 1893 sólo publica un cuento; en 1894, dos; durante los primeros meses de 1895 escribe otro más y decide dar los cuatro a la imprenta. Todos ellos tratan de la muerte y, salvo el último, están protagonizados por escritores. Henry James encuentra en sí mismo una fuente de inspiración y sus textos son la respuesta más vívida a sus propios fantasmas.

La edad madura (The Middle Years, mayo de 1893) tal vez sea uno de sus relatos más conmovedores: desprende un halo de amarga realidad que será la nota común de sus cuentos posteriores. James se siente decepcionado por la falta de apreciación de su obra y presenta en su protagonista, Dencombe, la grandeza y la miseria del auténtico artista.

“El pobre Dencombe” es un maduro escritor que convalece de una enfermedad en una población al sur de Inglaterra. Acaba de recibir su último libro –una novela titulada La edad madura-, y como ocurriera con los anteriores, sabe que su esfuerzo ha sido inútil puesto que persistirá en su falta de éxito. Allí conoce a un joven médico, asistente personal de una rica condesa, que es gran admirador de su obra. Lo que puede parecer un feliz encuentro para el novelista no supone más que la revisión de toda su vida: aunque “había hecho todo lo que podía ya hacer, no había hecho aun lo que quería”.

La descripción que hace de su protagonista, no deja dudas acerca de quién se oculta tras su personalidad: “Era un corrector apasionado, un digitador del estilo”. El doctor, que casualmente también tiene en sus manos la novela recién publicada –la ironía hace que un anónimo lector posea un ejemplar antes que el propio escritor-, le confiesa al enfermo su entusiasmo por la obra de Dencombe, sin saber que está hablando con él. Precisamente la emoción de percibir este entusiasmo cuando ya ha dado la vida por acabada hace que el escritor recaiga, lo que asimismo le da la oportunidad al médico de conocer la verdadera identidad de su amigo.

Este pequeño embrollo le sirve a James para reflexionar sobre el arte de la creación y sobre la desesperación a la que se puede llegar cuando el artista se siente incomprendido, cuando ha dado de sí todo lo que puede y sabe que su labor es realmente valiosa. En el momento en que descubre que un lector –un solo lector-aprecia lo que ha salido de su pluma, se revitaliza pero a la vez comprende que ha madurado demasiado tarde, que necesitaría una segunda oportunidad para hacerse entender:

Trabajamos en la oscuridad, hacemos lo que podemos, damos lo que tenemos. Nuestra duda es nuestra pasión y nuestra pasión es nuestro trabajo. El resto es la locura del arte.

La muerte del león (The Death of the Lion, abril de 1894) le sirve a James para reflexionar sobre el hecho contrario: la fama del artista. Lion, además de su sentido literal, también significa en inglés “persona muy buscada”, “personaje muy popular”, y esta ambivalencia se aprovecha para referirse a la misión que emprende un periodista por hacer a Neil Paraday, un magnífico escritor que acaba de publicar su quinta novela pero que, a pesar de su experiencia, no ha encontrado hasta ese momento su público: una crítica del periodista le proporcionará el éxito.

Aunque el paralelismo con la carrera literaria de James es evidente –El retrato de una dama fue su cuarta novela-, Neil Paraday triunfa de un modo definitivo y se encuentra de repente sumido en una avalancha de reportajes periodísticos, fotos, peticiones de autógrafos, personajillos que se arriman al calor de la fama y demás interferencias que no lo dejan en paz. Personas que nunca han leído sus libros se acercan a él, surgen admiradores de todos lados y es invitado a cualquier evento que se precie de contar entre sus asistentes a personajes de renombre.

Naturalmente, la fama le viene grande a Paraday como bien podemos intuir; lo que hace este relato tan moderno es que este éxito multitudinario no era tan corriente en aquella época, y que si bien había habido escritores muy celebrados –como es el caso de Dickens-, parece que hubieran disfrutado con esa fama, con la que, además, suele soñar cualquier persona pública.

Sin embargo, para Paraday es un impedimento: su trabajo es escribir en soledad, es con lo que verdaderamente disfruta, no con las felicitaciones de los demás. El éxito es algo agradable; la fama, no. Para ironizar sobre este hecho, presenta a dos figurones que están en todos los saraos y que, como suele ser costumbre, dictan sentencia sobre lo divino y lo humano, sobre el bien y el mal: Guy Walsingham , el autor de la famosa novela Obsesiones, que en verdad es una mujer pero que se oculta con seudónimo porque es una dama partidaria de que se liberalicen las costumbres imperantes; y Dora Forbes, autora de Al Revés, ese libro del que habla todo el mundo, y que realmente esconde a un señor con bigote que inventa personajes femeninos que gozan de gran popularidad entre las mujeres lectoras.

Como no podía ser de otra manera, James introduce su nota malsana cuando Paraday es invitado a una mansión en el campo y se le ocurre llevar el único original de su última novela: a nadie le importa lo que haya escrito pero todos quieren leerlo. Como si se tratara de un relato kafkiano, Paraday va perdiendo contacto con su manuscrito –una dice habérselo entregado a otra que dice haberlo prestado a uno que parece que se lo llevó en un tren pero que cree recordar haberlo dejado en el asiento… El pesimismo se adueña del escritor, que se siente simple trampolín de los que lo rodean y lo encumbran, y a la vez, presiente que sin ellos volvería al anonimato.

Escrito desde la perspectiva del periodista, tenemos la oportunidad de leer al James más cínico y amargo, alejado de cualquier tipo de contemplaciones, despiadado con la sociedad de su época, brutal consigo mismo y con tantos escritores que son capaces de vender la posteridad por un plato de lentejas.

Otro aspecto no menos fascinante del arte nos lo muestra El fondo Coxon (The Coxon Fund, julio de 1894), un relato ambiguo y extraño inspirado en la vida de Coleridge, que como James escribiría en su Cuaderno de notas:

Es un conversador magnífico, incomparable. Posee las otras virtudes —no me hace falta enumerarlas aquí, las veo a todas admirablemente, con el fuerte pintoresquismo del fino genio central rodeado de una costra anómala, desconcertante, desesperante, irrisoria. De donde: lo «obvio» en la acción requerida […] es justamente el elemento de oposición entre las dos maneras, la imaginativa y la miope, la literal y la constructiva, de tratar con él.

Frank Saltram, el protagonista del cuento, tiene un don incomparable, una facultad innata para deslumbrar y, asimismo, es un escritor irresponsable y voluble que se dedica a sablear a una ingenua familia que lo ha adoptado en su casa y que mantiene económicamente sus caprichos. Saltram es un hombre feo, carente de dignidad, dado a la bebida, pero adaptado de tal forma a los convencionalismos sociales que acepta como un gran favor préstamos y sacrificios sin agradecerlos.

El virtuosismo de James hace despertar la simpatía del lector por tal espécimen, y al igual que los pobres personajes que se cruzan en su camino, piensa que está ante un genio a punto de escribir una obra maestra pero que va postergándola –a pesar de cobrar anticipadamente todo tipo de derechos de autor- porque su vitalidad impura y trágica, subyugante, lo lleva a ocuparse de otras necesidades de la vida más prosaicas.

La admiración comprensiva de una joven norteamericana proporciona a Saltram el cuantioso legado de un rico excéntrico, Coxon, que debe ser administrado por su viuda -otra persona negada para ver la realidad delante de sus narices- según unas ridículas cláusulas que, irremediablemente, dejan la inmensa fortuna en manos del más desaprensivo y encantador de los seres.

Aunque pueda parecer extraño, entendemos que Saltram se haga con el apetecible legado porque no es culpable de la pedantería ni la estupidez de los que no están dispuestos de luchar contra él: en un relato a contrapelo como éste, la víctima no es quien se deja engañar sino el héroe de quienes todos esperan lo máximo sin pedirle cuentas, el hombre que tiene que crear su genialidad de la nada para seguir subsistiendo.

El último relato del libro, El altar de los muertos (The Altar of the Death) es una muestra de la capacidad de Henry James para sugerir más que narrar. “La solidez del tema, su importancia y capacidad emocional son lo único en lo cual me es de decisiva utilidad esforzarme”, leemos en el prólogo de la Edición de Nueva York que incluye este cuento. “Todo lo demás se quiebra, se derrumba, se adelgaza, se arruina, lo traiciona a uno miserablemente”. La acumulación de detalles es lo que alimenta a este relato, de una ejemplar simplicidad: no hay épica en esta lucha contra el olvido.

Un hombre solitario descubre que la muerte tiene un especial peso sobre él, que sus seres queridos muertos están presentes en su esencia amplificada, en su ausencia perceptible, palpable, como si lo único que le hubiera ocurrido en la vida fuera irlos viendo quedarse mudos pero a su vez sintiendo su exigencia de ser respetados y consagrados por la memoria de los vivos.

Por ello, un día consigue hacerse con un capilla en una iglesia londinense donde levanta un altar exclusivamente dedicado a ellos, a esos seres que le reclaman atención y para cada uno de los cuales enciende una vela, que con el tiempo culmina en una especie de montaña de fuego que refulge en las entrañas del altar, al que dedica toda su atención y por el que reclama la atención de los demás feligreses, que en un acto piadoso, muchas veces se arrodillan delante de la capilla rezando por ellos.

Un día descubre que una mujer, que dos años antes había visto prosternada por el dolor de una muerte, se acerca todos los días a su capilla, como si se sirviera de su altar para su propia finalidad: la de mantener la memoria de sus propios muertos. Los continuos encuentros con ella le revelan una noticia asombrosa: ella sólo va al altar para sentirse cerca de un hombre que sabe que fue amigo de él y cuya luz está segura que resplandece junto a las demás. El desconcierto comienza cuando él reconoce que justamente ese amigo no tiene recuerdo alguno en su capilla por un suceso desagradable que ocurrió entre ambos.

Este singular relato, de una extraordinaria belleza, contiene una de las más singulares parábolas que se hallan escrito acerca de la soledad, la muerte, la tristeza, el olvido y la imposibilidad de vivir sin amor. Henry James ahonda con mirada poética y compasiva en los aspectos patológicos de una situación espantosa y macabra.

El altar de los muertos y otros relatos. Valdemar.

Relatos. Editorial Cátedra.

El fondo Coxon. Ático de los Libros.

Reseñas sobre Henry James en Cicutadry:

Acerca de José Luis Alvarado

José Luis Alvarado
Dijo el sabio griego que nada es comunicable por el arte de la escritura; tras apurar la copa de seca cicuta, su discípulo dilecto lo traicionó y acaso lo perfeccionó transmitiendo por escrito sus irónicos conocimientos. Como antes hiciera Montaigne, pienso que la obra de un autor se prolonga y modifica cada vez que se escribe sobre ella. La memoria, que fue oral y minoritaria, ahora se multiplica con cada palabra que integra y justifica el continuo universo, también llamado la Red.

Check Also

Laura Riesco

Ximena de dos caminos, de Laura Riesco: entre la cultura y la inocencia.

El caso de Laura Riesco en la literatura peruana merece ser comentado pues, al igual …

Deja una respuesta