The Soft Side (II). Henry James: Prodigiosos cuentos de hadas

The Soft Side Henry James entendía que los cuentos fantásticos debían ser encarados como cuentos de hadas, es decir, como escapes de la imaginación poética, enriquecidos por cualquier indagación en los motivos humanos que el autor encontrara apropiada. The Soft Side es un volumen que atiende a esa necesidad del escritor maduro por realizar experimentos y aprender a la misma velocidad con que escribía.

The soft side

El decenio 1890-1990 aportó los mejores ejemplos de relatos fantásticos de su narrativa, y acaso, muchos de los mejores cuentos que se han escrito del género. Sus textos fueron complicándose hasta llegar, como veremos, a sutiles composiciones cuyo sentido último casi se nos escapa. Sin embargo, una de sus últimas narraciones fantásticas, escrita para la publicación de este volumen, nos sorprende por su tono desenfadado. La tercera persona (The Third Person) es un divertido relato de dos viejas solteronas que habitan una antigua casa “con fantasma”. A una de ellas se le aparece el espectro de un antepasado, lo que provoca los celos de la otra. Dentro de la más insigne tradición de las letras inglesas –aunque fue James uno de los que introdujo la tradición con este cuento- las situaciones disparatadas se suceden una tras otra, comenzando por el pasado contrabandista del fantasma y continuando con la extravagante manera que tiene la solterona “ignorada” para reconciliarse con su ancestro y darle una justa entrada en el olvido.

La tercera persona es uno de esos textos que uno se imagina escuchando por la noche ante el fuego de una chimenea en lo más crudo del crudo invierno, justo el día de los Santos Inocentes, como ocurre con algunos relatos de M. R. James o Robertson Davies.

Ya dentro del tradicional “terror sagrado” del género encontramos una exquisita mezcla de su pasión por los cuentos de escritores y la extrañeza de lo fantástico en la vida cotidiana. Lo mejor de todo cuenta la historia de George Withermore, un joven periodista sin demasiado bagaje que recibe el encargo de hacer una biografía sobre un conocido escritor muerto recientemente, Ashton Doyne. Lo extraño es que la propuesta procede directamente de la viuda, a la que no conoce, cuando otros reputados autores y amigos del fallecido podrían haber escrito una biografía más completa y con un mayor conocimiento.

Nada más conocer a la viuda, ésta le ofrece el propio estudio de su marido, el lugar donde escribía y guardaba sus cosas, para que comience a redactar la proyectada biografía. Diarios, cartas, apuntes, notas, documentos de todas clases están al alcance de la mano de Withermore, pero pronto descubre que hay algo más cercano a él: la presencia del propio Doyne, puesto que en aquella habitación están todas sus pertenencias y todo lo que toca formaba parte de la vida de Doyne, hasta el punto de que ese contacto, esa compañía, le posibilita mantener una relación más íntima que la de la vida.

Sin embargo, la viuda, a pesar de todas sus demostraciones de ayuda, se ve que no se siente tranquila, que la ansiedad puede a la confianza, que no deja de estar allí del todo. Withermore presiente su presencia en los descansillos de las escaleras o al otro lado de la puerta.

La relación con el fallecido es tal que Withermore termina sabiendo qué cajón del escritorio contiene exactamente lo que está buscando, qué es lo que le resulta agradable que escriba sobre él o qué sospecha se oculta tras determinado secreto que descubre.

Pero una noche, de repente, contempla todo aquel material, no como un camino despejado, sino como una montaña de papeles que le impiden avanzar. La presencia de Doyne comienza a producirle desasosiego y empieza a vislumbrar una figura sombría tras la apacible apariencia de gran escritor que hasta entonces cree haber descubierto con excesiva fluidez. Es en ese momento cuando la viuda y él se plantean si lo que está haciendo quizás no sea lo mejor de todo.

Este cuento sí puede incluirse dentro del género del ghost story, que tanto le gustaba a James pero que, como no podía ser de otro modo, él interpretaba a su manera incidiendo más en la ambigüedad y la sospecha que sobre la materialización propiamente dicha del fantasma. La consecuencia de ese tratamiento es la huida de cualquier efecto espeluznante a cambio de un ambiente sobrecogedor y una clara incitación a que el lector vea por su cuenta las consecuencias de la intromisión fantasmal y deduzca acerca de la angustiosa conducta de las víctimas.

Acaso, El mejor de los lugares sea uno de los relatos más enigmáticos de Henry James: un escritor despierta por la mañana y ve ante él, en su estudio, montones de cartas esperando contestación, periódicos, revistas de toda clase, libros nuevos aún empaquetados: libros de editores, libros de autores, libros de amigos, libros de enemigos, libros de su propio librero… Con la vista cansada, repasa toda esa actividad acumulada que se ve incapacitado de emprender, así como su propio proceso creativo, las invitaciones a cenas, espectáculos y reuniones, las visitas que ese mismo día va a recibir.

Ante semejante panorama sólo vislumbra un remedio: lo imposible, ser abandonado, ser olvidado.

Sin embargo, casi como respuesta, aparece su mayordomo con nuevas invitaciones y cartas y el recordatorio de que se comprometió a recibir esa misma mañana a un joven escritor, un caballero que –según dice el mayordomo- seguramente “le haga algún bien”. Cuando anfitrión e invitado se encuentran frente a frente ocurre algo sorprendente: el escritor se encuentra de pronto como en una especie de monasterio, un lugar no sólo bello y tranquilo sino que tiene un encanto general.

El tiempo que pasa allí no puede medirse. Se encuentra con una persona cuya cualidad consiste en la ausencia de todas aquellas cosas que él no desea. Puede percibir por sí mismo, casi sin palabras, el hecho de que él y su compañero son Hermanos y lo que eso significa.

El lugar tiene como un clima propio no parecido a nada anteriormente vivido, es un lugar donde la paz, la tranquilidad, el cambio que produce en su ánimo, le impide dar nombre, o en todo caso, se le ocurre uno: El Mejor De Los Lugares.

La conversación con el Hermano pasa desde pensar que está muerto a que se ha producido un cambio repentino en su vida desde que le dio la mano al joven y le transmitió la idea que tanto le atormentaba: que él pudiera ser el otro, y el caballero ocupara su atareado lugar en el mundo. De hecho recuerda: cuando estaba en el sofá se dio cuenta de que aquel hombre era él mismo, mientras que él no era nadie.

Ahora sin embargo, está donde quiere estar, y su habitación es un aposento placentero donde puede gozar de libertad y disfrutar de una biblioteca donde están todos esos libros que nunca tuvo tiempo de leer o que quisiera releer, y más allá de este hecho, entiende que tendrá todo lo que desee y que aquel lugar tiene como una vida propia, es un lugar magnífico, alegre, que puede percibir de un solo vistazo como si tuviera alma, o también, como si allí todo fuera exactamente como debe ser.

Tal vez el término ambigüedad se quede corto para poder explicar todo lo que sugiere este cuento inexplicable, sensible y magnífico. Confiere, como le ocurre al protagonista, una calma, una paz su lectura que uno desea conocer un lugar así, o que exista, en este mundo o en el más allá. Como afirmaba Borges, este relato “ofrece una extraña visión del paraíso y una curiosa interpretación del estrés que podría firmar cualquier autor contemporáneo”. El biógrafo de James, Leon Edel, invoca como inspiración a Walden, el lugar utópico que Thoreau imaginó como el idilio entre la Naturaleza y el Hombre, el lugar perfecto donde se puede habitar en contacto con la tierra.

Personalmente creo que lo más extraño de este relato es que nadie haya supuesto que se trata de un evidente homenaje de Henry James a su padre, profundo creyente swedenborgiano, puesto que todas las sensaciones que va viviendo el protagonista tienen relación con la visión que Swedenborg tuvo del momento de la muerte, como ese lugar en el que poco a poco vas introduciéndote sin saber aún que has muerto y que nuevos amigos -en realidad, ángeles- te van guiando hasta que encuentras tu destino final, tu propio infierno o paraíso, el sitio que tu alma desea; en definitiva, el mejor de los lugares.

Si el anterior relato es un prodigio de sensibilidad y estilo, Maud-Evelyn es ese cuento fantástico que todos quisiéramos escribir, un cuento sobrenatural sin nada sobrenatural, un verdadero cuento de fantasmas sin fantasmas. Acaso desentrañar la trama sea un pecado frente a la capacidad de fascinación que crea en el lector.

Maud-Evelyn es la historia de una pasión, una extraña pasión que nos sacude por dentro porque parte de algo tan real como el dolor y la pérdida de una hija, y del consuelo de hallar a alguien que pueda hacernos sobrellevar la carga de su ausencia, porque Marmaduke, un joven que sale de su país al ser rechazado por una mujer con la promesa de no volver, se encuentra en Suiza con una familia que ha perdido a su hija de 13 años y de alguna manera es adoptado como hijo, o al menos eso creemos, porque el relato está contado por Lady Emma, una anciana que tiene una bella historia que contar, la historia de la separación entre Marmaduke y Lavinia, la institutriz que se niega al matrimonio pero que con el tiempo queda esperando el regreso de quien estúpidamente rechazó en su momento.

Todo lo que llega a oídos de Lady Emma son como retazos de la vida de Marmaduke, sin mayor explicación que los hechos consumados, de por sí inexplicables, puesto que los Dedrick, el desgraciado matrimonio despojado de su niña, son corteses y amables, un ejemplo de pareja enamorada, con la vida resuelta y sin más aspiraciones que llevar el recuerdo de su hija impreso en sus corazones.

Su relación con Marmaduke no sólo se estrecha, sino que va más allá: lo hacen partícipe de esa ausencia para que la llene, pero no como un consuelo vulgar, sino como presencia que acompañe a esa ausencia, que llene el hueco de esa vida tan prontamente segada como si estuviera ella aún entre ellos.

De alguna manera, en este insólito relato, la muerte va formando parte de la vida, va invadiendo las vidas de los supervivientes, pero no de una forma espectral o sobrenatural, sino todo lo contrario: de una manera tan real, tan lógica, que parece normal la conducta de Marmaduke, su espera a que la niña se convierta en mujer, a que pueda pedirla en matrimonio, a que mantenga con ella una vida que tan solo la realidad ha negado, pero es que la realidad no lo es todo si el corazón y la mente pueden entender otra forma de vivir que no necesite de objetos, de palabras o de hechos, ni siquiera de cuerpos.

Insisto en que no hay fantasmas ni sucesos sobrenaturales en este cuento, pero todo él es extraordinario, una especie de cascada en la que la fuerza de unos acontecimientos arrastra a los demás, si bien a los ojos mundanos estos hechos puedan ser calificados de macabros. Pero ¿cómo llamar macabro a ese acto de bondad incondicional de Marmaduke, ese sentimiento que los humanos llamamos amor?

Los dos siguientes relatos de los que hablaremos pertenecen a lo que llamo los cuentos crueles de Henry James. No es que sea una crueldad evidente, ni siquiera es una crueldad contra nadie en particular, sino que es algo cuyo poso de amargura y pesimismo incide en los peores aspectos del ser humano.

En El árbol de la ciencia (The Tree of Knowledge), a Peter Brench le desagrada las esculturas de su amigo Morgan Mallow, aunque aprecia al escultor como persona. A pesar de no vender una sola obra, Mallow se ha hecho una imagen ante sí mismo y ante su familia –su esposa y un hijo- de artista total pero incomprendido. Los dos adoran al hombre, igual que el narrador Peter Brench ha adorado siempre a la mujer de Mallow; de hecho, no queda claro que su amistad con el escultor no derive casi exclusivamente de este amor secreto.

Influido por el “talento” del padre, su hijo decide comenzar la carrera de artista. Peter trata de disuadirlo pero el muchacho insiste en viajar a París. Con un punto de crueldad, lo deja ir sabiendo cuál será su destino: conocer su propio fracaso y el de su padre. En París el joven se da cuenta de que ha vivido en una burbuja, que nada de lo que consideraba como seguro es cierto, que el amigo de su padre estaba en el secreto y que lo ha dejado marcharse para que aprendiera el horror con sus propios ojos.

No obstante, la verdadera crueldad comienza cuando se interrogan acerca del entusiasmo de su madre. ¿No es capaz de ver la triste realidad de su esposo o está en el secreto y no lo comunica? En el primer caso, ella estaría cegada, engañada por el ego de Mallow; si conoce la medida de su mediocridad, entonces es el amor el que prudentemente oculta su conocimiento, y en este caso, Peter perdería la esperanza de hacer posible alguna vez su amor secreto.

Henry James sabe que el secreto de nuestra incierta naturaleza puede hallarse en cualquier sitio y en cualquier momento y aparecer cuando menos se le espera. En este sobrecogedor relato, ese secreto se encuentra fuera de escena, en un París evocado, lejano, donde se vive una experiencia inesperada que subvierte la situación inicial. Como ocurrió con esa manzana del Árbol del Bien y del Mal, el pecado es querer conocer lo que debe permanecer oculto, lo que nos da la felicidad gracias precisamente a nuestro milagroso desconocimiento de la realidad.

Borges escribió que La humillación de los Northmore (The Abasement of the Northmores) constituye, quizá, la obra maestra de Henry James en el cuento. En él continúa esa áspera exhibición del infortunio humano tan característica de su última producción. Para exasperación del lector nos presenta a Lord Northmore, una figura política, uno de esos grandes nombres de relumbrón que nadie sabe por qué están ahí pero que cuando mueren, como es su caso, saltan a la opinión pública como el más destacado de los hombres.

Digo para exasperación del lector porque sabemos que Lord Northmore fue un mediocre toda su vida que se aprovechó de las personas que lo rodearon para cultivar su éxito. ¿Y cómo lo sabemos? Una vez más James aplica con una lente de aumento su peculiar técnica del punto de vista y escribe el relato desde la perspectiva menos esperada: la de la esposa de Warren Hope, el más viejo amigo del aristócrata, hombre inteligente y culto que recibió sólo muestras de ingratitud por parte de Lord Northmore cuando no necesitó sacarle más provecho.

No quiere decir esto que el relato esté narrado en primera persona por Mrs. Hope, sino que los acontecimientos se ven desde su perspectiva al igual que James lo hiciera anteriormente con Lo que Maisie sabía. De este modo, los lectores no ponen en duda lo que se está contando, cuando deberían hacerlo, ya que esta tercera persona narrativa es tan poco fiable como lo sería la primera.

Sin embargo, James nos da confianza en el relato cuando narra la muerte del pobre Warren Hope justamente por haber acudido a las exequias de su ingrato amigo. La esposa, tras este terrible incidente, no sabe cómo resarcir la memoria de su marido para que destaque sobre la del famoso político, y su vano intento llega casi a la humillación cuando la mujer de Northmore le pregunta si podría proporcionarle las cartas que su marido escribió a Warren con vistas a una próxima publicación para mayor gloria del político.

Lo espantoso es que parece que esa humillación que sufrió su marido sigue vigente por cuanto que éste, efectivamente, guardó y clasificó las cartas de Northmore como si hubiera previsto su importancia para la posteridad. Se da además la circunstancia de que Northmore se enamoró de Mrs. Hope antes que el propio Warren, y aunque fue rechazado, ésta conservó las cartas de amor que él le envió.

En un momento determinado, Mrs. Hope está tentada de contestar a Mrs. Northmore que su marido no conservó ninguna carta de su amigo, y a su vez, publicar las ridículas memeces que su antiguo enamorado le escribió, para escarnio de éste. Pero, como si de una oscura maldición se tratara, al final cede y envía las cartas de Northmore a su familia. Sin querer, y como escribiría Borges, comienza así “la crónica de una paciente venganza, tanto más atroz cuanto que ignoramos su última realidad”.

El escritor acertó plenamente en esta última apreciación, puesto que es cierto que hay como una verdad que se nos escapa, como un punto equidistante entre la ingenuidad, el azar y la maldad en el que James sabe transitar como nadie ha vuelto a hacerlo, ese terreno pantanoso que él supo cultivar como si fuera su particular jardín secreto.

El mejor de los lugares y Lo mejor de todo se encuentra en el volumen Fantasmas. Penguin Clásicos.

La tercera persona está incluido en La tercera persona y otros cuentos fantásticos. Rialp.

El árbol de la ciencia pertenece a El altar de los muertos y otros relatos. Valdemar.

La humillación de los Northmore está seleccionado en el libro Los amigos de los amigos. Siruela.

Reseñas sobre Henry James en Cicutadry:

Acerca de José Luis Alvarado

José Luis Alvarado
Dijo el sabio griego que nada es comunicable por el arte de la escritura; tras apurar la copa de seca cicuta, su discípulo dilecto lo traicionó y acaso lo perfeccionó transmitiendo por escrito sus irónicos conocimientos. Como antes hiciera Montaigne, pienso que la obra de un autor se prolonga y modifica cada vez que se escribe sobre ella. La memoria, que fue oral y minoritaria, ahora se multiplica con cada palabra que integra y justifica el continuo universo, también llamado la Red.

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