Del tiempo y del río. Thomas Wolfe: Una pasión desmesurada

102.tiempoFue Thomas Wolfe (1900-1938) un escritor desmesurado, autor de una obra corta, intensa y exuberante. Sus pocas novelas son asombrosas por la calidad de su estilo, por la rica adjetivación, por el intenso lirismo y la mirada desarraigada de este hombre del profundo Sur que supo dotar a su escritura de una carnalidad extrema, donde se une la prosa torrencial y el cuidado exquisito del párrafo, como si un gigante se dedicara a tejer delicados encajes.

Del tiempo y del río (1935) es quizás su novela más ambiciosa; como rápidamente se advierte al iniciar su lectura, se trata de la continuación de esa otra obra maestra que es El ángel que nos mira, es decir, la detallada historia de un muchacho del Sur de Estados Unidos que repasa de forma exhaustiva cada uno de los episodios que han compuesto su vida y la de los suyos.

Si en El ángel que nos mira podíamos leer la crónica de una familia que empieza a crecer en un pueblo perdido, de sus pequeñas miserias, de las tranquilas y pocas alegrías que le da la existencia, en Del tiempo y del río vamos a seguir a uno de los hijos en el difícil recorrido de la juventud que trata de escapar de su terruño sintiendo a la vez nostalgia del tiempo pasado y de su tierra, tratando de encontrar su identidad mediante la acumulación de experiencias, del estudio, del trabajo al que le obliga su vocación de escritor y de una curiosidad que no queda saciada con nada. Es al propio Thomas Wolfe al que vemos crecer en Harvard, de la que apenas se cuenta nada si no es a través de la interiorización de ese tiempo que parece enclaustrarse en la mente del escritor, adormecerse, enseñar sus junturas a través de una escritura demorada, íntima y sensible, más unida a las impresiones que a los hechos.

Ese mundo desmesurado que Thomas Wolfe bebió a grandes sorbos en su corta vida lo plasma en su escritura a través de una prosa hiperbólica, entusiasta y compleja, con frases repletas de adjetivos donde parece querer calificar toda la experiencia, querer resumir en pocas palabras miles de sensaciones por las que se ve arrastrado al mismo tiempo, como si estuviera viviendo varias vidas simultáneas.

No es tanto una novela de iniciación en el mundo, como una crónica iniciática de la vocación del escritor que Thomas Wolfe llegaría a ser. Lo vemos leyendo libros de una forma voraz, encerrado en su cuarto entre cuartillas que va garabateando, mientras trata de sacar de dentro todo lo que lleva escondido, como si se tratara de un tesoro cuyo mapa sólo puede aflorar a la luz a través de sensaciones de gran plasticidad, deformadas por los recuerdos, atravesadas por el dolor de quien aún no ha encontrado su forma de expresión.

El protagonista busca incesantemente un lugar donde poder escribir, como si el espacio fuera parte de una inspiración que a veces le parece esquiva, y de Harvard partirá hacia Europa tratando de encontrar ese lugar de paz donde todos los temas que lleva dentro puedan plasmarse por escrito.

Visita Londres, pero allí no parece encontrar lo que busca. Más tarde llegará a París, y será en esta ciudad donde encuentre algo que no andaba buscando: la amistad. Del tiempo y del río es una gran novela sobre la amistad y también una historia que sirve para entender la forma con la que los americanos comprendían Europa en los años veinte, ese lugar de ensueño donde parecía florecer el arte en las calles. París, o Francia, parecen identificarse con las musas, y acompañado con un viejo amigo de Harvard y dos chicas, se adentra en un mundo de experiencias juveniles que no lo convertirán definitivamente en adulto, pero que le ayudarán a madurar para hallar el lugar que tiene en el mundo.

A pesar de tantos sucesos que vivirá acompañado de sus amigos, se deja traslucir en esta historia un fuerte desarraigo, una pasión desmedida por sus añorados Estados Unidos, que sin embargo, odia por momentos a la luz de la libertad que vive en Europa.

Del tiempo y del río es una novela llena de contradicciones, las contradicciones de la juventud, ese deseo por lo que no se tiene, pero que se sacia fácilmente en cuanto se encuentra. Es la novela de la soledad de quien tiene que enfrentarse a la vida con sus propias manos, el desamparo del hombre que cubre sus días sin un mapa que le guíe, si no es la soledad de quien no es capaz de adaptarse a ningún sitio ni a ninguna circunstancia.

Es un análisis bello y deslumbrador de los sinsabores de la juventud, de los deseos insatisfechos, de la necesidad de la búsqueda. Perdido anímicamente en un país extranjero, lejos de los suyos, abrumado por los recuerdos y a la vez satisfecho de encontrarse ajeno a su ambiente familiar y a la tierra que lo vio crecer, el protagonista demuestra una fuerte entereza a la hora de afrontar su futuro, agarrándose con firmeza a su única tabla de salvación, que es la escritura, esa necesidad que nace de dentro y que no conoce de países ni de fronteras.

Es ésta una novela hermosa, muy hermosa: nos enseña cómo puede vivirse la vida con pasión, pero con una pasión interior, como si fuera un reto impuesto por la propia alma, que no descansa jamás en su empeño de alcanzar un lugar donde quedarse y reposar.

Del tiempo y del río. Thomas Wolfe. Piel de Zapa

Acerca de José Luis Alvarado

José Luis Alvarado
Dijo el sabio griego que nada es comunicable por el arte de la escritura; tras apurar la copa de seca cicuta, su discípulo dilecto lo traicionó y acaso lo perfeccionó transmitiendo por escrito sus irónicos conocimientos. Como antes hiciera Montaigne, pienso que la obra de un autor se prolonga y modifica cada vez que se escribe sobre ella. La memoria, que fue oral y minoritaria, ahora se multiplica con cada palabra que integra y justifica el continuo universo, también llamado la Red.

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