Todo vale

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En las primeras décadas del siglo XX se pusieron de moda las tertulias en los cafés, una moda saludable ya que en esas reuniones se fraguaron muchas de las mejores ideas de prosperidad y cambio en una época encorsetada por el conservadurismo. Baroja, Machado, Valle Inclán, fueron asiduos de las tertulias de los cafés. En la Granja del Henar, coincidieron Ortega y Gasset y el gran Ramón Gómez de la Serna, auténticos adelantados a su época, y en alguna de aquellas veladas se planeó la Revista de Occidente, que fue el baluarte de la cultura y la inteligencia española, una atalaya crítica donde se expusieron juicios atrevidos e insobornables que estimularon el pobre panorama de aquel tiempo.
 
Ahora, ni la Revista de Occidente ni muchas otras revistas culturales pueden hacer nada ante la inmensa fuerza de convocatoria que tiene la televisión. Pero a la vista de los programas de debate que colocan las cadenas televisivas me inclino a pensar que más vale una palabra escrita que mil imágenes. Algunos de estos programas son el ejemplo de chabacanería, ordinariez y necedad que nos ofrece todos los días un grupo de personas escogidas Dios sabe con qué criterio para hablar de temas que importan, y mucho, a la sociedad. Y lo malo es que la gente ve esos programas y se cree muchas de las majaderías que vociferan los contertulios.
 
Vivimos inmersos en lo que se denomina posmodernidad, y esos programas hacen de lo posmoderno su bandera: todo es relativo, nada ni nadie es de fiar, los deseos son nuestro único impulso, ser espontáneo es ser libre, el ingenio tiene más interés que la inteligencia. Todo vale. Incluso ha aparecido la curiosa figura del polemista, una persona intolerante y agresiva, cuya principal virtud es la de defender sus ideas políticas o sociales sin mayor argumento que decir lo primero que se les pasa por la cabeza. Tiene gracia que a estas alturas la mala educación que impera en estos guirigays sea lo menos relevante. Lo peor es la cantidad de sandeces sin fundamento que se puede escuchar en pocas horas, la catadura moral de algunos de los invitados y, lo más grave, la elevada audiencia indefensa que sigue sin pestañear este tipo de programas.
 
Se dice que en el libro de los gustos no hay nada escrito, pero eso no es cierto, porque es justamente uno de los libros donde más se ha escrito a través de los siglos. Lo que ocurre es que hay una ambigüedad tergiversadora, una ingenuidad deliberada que sólo es fruto de la falta de conocimientos tanto del que habla como del que escucha. Estamos ante una cultura a la deriva.
 
El arte tampoco está a salvo de las directrices de la posmodernidad. No soy sospechoso de animadversión por el arte contemporáneo, con el que disfruto en muchas ocasiones, pero sólo hay que visitar alguna de las macro exposiciones de esta clase de arte para darse cuenta que también todo vale. En 1917, Marcel Duchamp expuso en Nueva York un simple urinario bajo el título Fuente, y desde entonces el arte se metió en un callejón sin salida que aún está pendiente de solución. Los juegos con el arte se sucedieron en el siglo y Schwiter llegó a decir: “Todo lo que escupe un artista es arte”. Las obras, a falta de un criterio más sólido, ya no se aprecian por su belleza sino por su valor en una subasta y el cuadro más bello del mundo es el cuadro más caro. Nadie se plantea qué diferencia hay entre un paisaje de Monet y una fotografía de Marilyn pintada por Warhol.
 
Ante este desbarajuste sólo cabe adoptar la actitud más sensata: utilizar la propia cabeza, no creer en algo porque nos lo digan, exigir más claridad, menos simplismo, un razonamiento lógico, y sospechar siempre de aquellos que no dan explicaciones convincentes. Ante el bombardeo de informaciones contradictorias apelar al propio juicio crítico y racional y no perder la curiosidad por nuestro mundo, que sólo lleva al pasotismo. Recuerdo que en mi infancia me regalaron un libro llamado El porqué de las cosas: ante mis ojos recién estrenados aparecieron todas las soluciones a los enigmas que nunca habían tenido sentido y aprendí que cada cosa tenía su explicación y, que si no la tenía, había que encontrarla mediante el estudio y la reflexión. Descubrí que cada circunstancia, que cada información, contenía un misterio y que era un placer tratar de desvelarlo. Desde entonces intento mirar el mundo con la mirada anhelante y profunda de un joven enamorado.
 

Acerca de José Luis Alvarado

José Luis Alvarado
Dijo el sabio griego que nada es comunicable por el arte de la escritura; tras apurar la copa de seca cicuta, su discípulo dilecto lo traicionó y acaso lo perfeccionó transmitiendo por escrito sus irónicos conocimientos. Como antes hiciera Montaigne, pienso que la obra de un autor se prolonga y modifica cada vez que se escribe sobre ella. La memoria, que fue oral y minoritaria, ahora se multiplica con cada palabra que integra y justifica el continuo universo, también llamado la Red.

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