Tontos, zopencos y soplagaitas

037.tontosNadie debe engañarse: en esta zarandeada vida que nos ha tocado lidiar hay de todo, como en botica, y cuando uno sale al ruedo de las calles debe armarse unas veces de valor y otras muchas de compasión, porque no siempre es fácil dar una larga cambiada a tanto personajillo que se cree ungido por los dioses o tocado por la varita mágica de la arrogancia, y que ellos, por una extraña perversión del lenguaje o porque cada uno se califica como le da la gana, llaman personalidad.

Por suerte, no debe cundir el pánico entre la ciudadanía, porque entre el común de los mortales impera eso que se ha dado en llamar ser buena persona, que es una mezcla de un poco de mansedumbre y un mucho de tener paciencia y barajar, pero donde uno menos se lo espera y como por descuido aparece ese capricho de la naturaleza que es el tonto de remate, que parece la broma de un Dios ocioso y con ganas de cachondeo, y entonces cada cual debe aguantar el chaparrón como mejor pueda y echar su cuarto a espadas, a verlas venir.

El problema está en que uno se los puede encontrar en cualquier sitio y casi a traición. Las colas de los supermercados parecen territorio abonado para esa clase de tonto impaciente o acelerado que tanto se prodiga en la actualidad. Se reconoce fácilmente porque tiene una especial habilidad para estirar el cuello y comprobar lo lentas que son las cajeras y lo torpes que son los clientes colocando los productos en la caja. Es especie vocinglera e hiperclorhídica que se sabe sus derechos al dedillo, gasta reloj de oro porque es de los que todavía piensa que el tiempo es ídem, el móvil parece una prolongación natural de su oreja y no comprende por qué los semáforos se ponen en rojo a su paso. Se presupone que en sus relaciones sexuales es tan rápido como en todo lo demás, para desconsuelo de su pareja.

En el polo opuesto está el tonto de capirote, también conocido como meapilas o chupacirios, que es especie gurrumina muy dada a lavarse las manos con frecuencia y por tanto, a tenerlas un tanto blandengues y suavonas, como su carácter. Es de esa gente que todavía dice jolines y recórcholis, hace como nadie el arroz los domingos junto a sus amigos de la Adoración Nocturna y mira como de pasada el culo de las nenas guarronas que ahora visten como pelanduscas (con perdón). Para ellos todo pasado fue mejor, las cosas deben ser como Dios manda y en cuanto te descuidas te aplican el reglamento. Acostumbran a colocarse como ejemplo de todo y después de ellos colocan al Papa (al de ahora,no; a los anteriores).

En otro orden de cosas está el lipendi a la moda, o zopenco macarra, que es género fácil de detectar por el oído, ya que lleva la música del coche a todo trapo aunque sean las seis de la mañana. A éstos la noche les confunde y son de los que piensan que probarlo todo los hace más irresistibles. No comprenden cómo las mujeres no se arrastran a sus pies subyugadas por el olor de su gomina o el color cobrizo y mate de su piel martirizada por sesiones de rayos uva. Aparecen como hongos por las playas más visitadas marcando paquete debajo de un bañador tres tallas más pequeñas que la suya. Su ídolo, hace años, era John Travolta, pero ahora se conforman con cualquier concursante chulillo de Gran Hermano.

Uno intuye que es categoría subalterna de esa otra tan vetusta y casposa como es la del macho ibérico, también llamado soplagaitas castizo o bellotero, sacabuche convencido de llamar al pan, pan y al vino, vino, para quien cualquier hombre que se perfuma tiene un nombre muy determinado, y las mujeres que se visten algo ceñidamente, otro no menos grosero. Es especie tan conocida que me da hasta vergüenza hablar de ella, por si hay señoras delante. Aunque su lema natural es el de “quedaré como cochero, pero soltero”, termina indefectiblemente casado con una pobre mujer que ya con eso tiene ganado el Cielo. Es difícil escucharles una conversación que no trate de tías o de fútbol y acostumbra a ser género bastante trolero y coñazo, que te endilga el rollo de la mili o de sus presuntas hazañas sexuales a poco que te despistes.

Nada que ver con el gilipollas intelectualoide o bobo ilustrado, que es ese tipo de individuo para quien la vida no tiene secretos y además está deseando contarlos. Lo mismo opina sobre la Bolsa de Tokio que sobre un sistema infalible para ganar a las quinielas. Es tío castaña como pocos y le encanta oírse mientras habla. Suele presidir comunidades de vecinos, asociaciones de padres de familia o cualquier otra institución donde su voz sea necesaria. Terminan con frecuencia delante de un tribunal por fraude fiscal o quiebras financieras.

Tal vez porque la Naturaleza es sabia, creó ese otro tipo de pelmazo jocundo o tonto ocurrente que por generación espontánea aparece allá donde haya reuniones, cursos y conferencias amenizando el ambiente con chistes rancios y chascarrillos de cuartel, riéndose las gracias antes de terminar de contarlas, todo ello acompañado con mucho palmeo en la espalda y cierta tendencia a dejarse la patilla ancha y en forma de boca de hacha. Su suegra suele ser infinita fuente de inspiración para su cháchara. Es especie que nunca falta por usucapión en los servicios públicos donde deja su indeleble marca en el interior de las puertas con versos tan dicharacheros como:

Aquí se caga

y aquí se mea.

Y aquí el que tiene tiempo

y ganas

se la menea.

Claro, que en el polo opuesto, y acechando habitualmente entre compañeros de trabajo, está el tonto jeremíaco o camarada ñiquiñaque, siempre con una quejicosa palabra en la boca dirigida contra el gobierno, la municipalidad, los jefes y en general contra el trabajo, al que suele tener aversión o fobia. Es tipo que en sus andares recuerda al mejor y más impasible John Wayne entrando en un Saloon y cuya triste y descontenta conversación inclina a pensar en el oyente que este mundo es un valle de lágrimas en forma de oficina o despacho. Es de fácil localización en el bar de la esquina, predominantemente a la una de la tarde.

No hay duda que hay más clases de tontos, pero parece conveniente pararse aquí, no vaya a ser que en cualquier momento aparezca un retrato nuestro, cosa nunca agradable. Además, tampoco conviene pasarnos de listos, que la frontera entre la idiotez y la listeza tiene los límites extremadamente borrosos. Por algo dice Álvaro Mutis: “De los listos no habla el Sermón de la Montaña. Esta advertencia del Señor debería bastarnos”. A fin de cuentas, los más listos de los tontos son los tontos que lo saben.

Acerca de José Luis Alvarado

José Luis Alvarado
Dijo el sabio griego que nada es comunicable por el arte de la escritura; tras apurar la copa de seca cicuta, su discípulo dilecto lo traicionó y acaso lo perfeccionó transmitiendo por escrito sus irónicos conocimientos. Como antes hiciera Montaigne, pienso que la obra de un autor se prolonga y modifica cada vez que se escribe sobre ella. La memoria, que fue oral y minoritaria, ahora se multiplica con cada palabra que integra y justifica el continuo universo, también llamado la Red.

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