Elia Kazan y Un tranvía llamado deseo.

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Recientemente se ha celebrado el centenario del nacimiento de Vivian Leigh, la conocida actriz que se consagró por el ambicionado papel de Scarlet O’Hara en Lo que el viento se llevó, película con la que ganó su primer Oscar. Su segundo Oscar llegó 12 años después, con la portentosa interpretación del personaje de Blanche Dubois en Un tranvía llamado deseo. Pocas piezas de teatro alcanzan la intensidad narrativa que Tennessee Williams le supo dar a esta obra maestra, quizá su obra cumbre y una de las que más éxito y reconocimiento le reportó.

La adaptación cinematográfica dirigida por Elia Kazan es insuperable. Los personajes son fieles al original de la obra de teatro y aunque parte de los diálogos se pierden transponiendo dichos textos a imágenes, que en la película resultan muy efectivas, nunca se tiene la sensación de que la adaptación mutila el drama de Tennessee Williams sino que más bien lo enriquece, puesto que los recursos cinematográficos a los que Elia Kazan recurre complementan e incluso mejoran la puesta en escena teatral, lógicamente más limitada en cuanto a decorados y escenografía. La composición resultante es sencillamente perfecta, y no sólo porque se mantiene fiel al espíritu de la obra original de Tennessee Williams, sino porque contó con un plantel de actores extraordinarios comenzando con Vivian Leigh en el papel de Blanche Dubois y Marlon Brando en el de su cuñado Stanley Kowalsky.

Rodada en blanco y negro, al ritmo de un inquietante jazz sinfónico compuesto por el prolífico Alex North, uno de los músicos de cine más importantes de todos los tiempos, Elia Kazan supo reflejar perfectamente el ambiente cerrado, agobiante y opresivo. La decoración contribuye a aumentar esa sensación;la casa de los Kowalsky se nos muestra como un antro caótico, sucio y desordenado, con una iluminación intencionadamente oscura, con luces y sombras estudiadas al milímetro, para propiciar con cada escena esa atmósfera agobiante ya descrita.

Elia Kazan ya había representado la misma obra teatral en Broadway, lo que le proporcionó una experiencia que sin duda tuvo que ser muy valiosa. Pero creo que cualquier persona que contemple esta película reconocerá que, al margen de la puesta en escena, ningún actor podría haber interpretado el papel de Stanley de una forma tan portentosa como lo hace Marlon Brando. Hay que rendirse ante la interpretación insuperable que realiza, captando plenamente el espíritu del personaje y haciéndolo creíble hasta el punto de que el espectador llegue a odiar y a despreciar a un Brando que se mete en la piel de personaje, aplicando con sublime efectividad el llamado método Stanislavski.

Ver a Brando comer o beber de una forma brutal, sudoroso, grasiento, comportándose de forma tosca, grosera, con una mirada animal como pocas veces se ha visto en el cine, con una carga sexual indudable, como un macho alfa en plena ebullición, es todo un espectáculo en sí mismo. De la misma forma, Vivien Leigh realiza sin lugar a dudas la mejor interpretación de toda su carrera, superando con creces el nada desdeñable papel de Scarlet O’Hara. La construcción de su personaje es vívida, una mujer del sur que intenta aparentar lo que no es, altiva, con un orgullo impostado con el que desea ocultar, como una máscara, la ilusión que no es más que un pozo de decepción, de ruina, de desilusión; un personaje frustrado que busca un poco de paz, que se conforma con que los demás sean amables con ella, pero que vive atormentada, presa del miedo, incapaz de reaccionar. Y es que viéndola actuar, parece que el miedo que se dibuja en su rostro es auténtico. La forma de amedrentarse con su cuñado Stanley provoca auténtica compasión, así como la forma de ocultarse en la oscuridad para esconder su falta de juventud, su belleza deteriorada mientras, al mismo tiempo, no puede reprimir una coquetería que nos conmueve tanto por lo que tiene de patética como por lo que tiene de verídica. Ver a estos dos actores frente a frente es un prodigio de química, como si ellos y sólo ellos hubieran nacido para interpretar a estos personajes.

Tampoco son desdeñables las interpretaciones de Kim Hunter encarnando a Stella, la esposa de Stanley, y Karl Malden como Mitch, el amigo de Stanley que juega un rol ambiguo que oscila entre el amable y cortés caballero que trata de seducir a Blanche, pero tras el que se esconde un ser brutal dominado por los mismos instintos primarios que el resto de los personajes. Tanto Kim Hunter como Karl Malden recibieron un Oscar por sus papeles.

El drama comienza cuando Blanche Dubois, una mujer madura, se va a vivir a la casa de su hermana Stella en Nueva Orleans. Blanche trata de aparentar ser una dama refinada, aunque su carácter trasluce un poso de inestabilidad emocional. Blanche sufrirá un enfrentamiento continuo con la rudeza de su cuñado, empeñado en averiguar el secreto que intuye en la vida de Blanche.

De hecho, es el enfrentamiento entre estos dos personajes el que sustenta todo el hilo argumental de la obra. Blanche es un personaje con una personalidad ambigua que mezcla modales altivos de una familia de abolengo con la debilidad que le ha generado el sufrimiento de una mala vida. En Blanche también vemos una coquetería muy femenina que contrasta con la fatal aceptación de su pérdida de juventud. Es un personaje lleno de contradicciones internas, puede ser presuntuosa al tiempo que indecorosa, remilgada a la par que atraída por los jóvenes o por los hombres vulgares de clase baja. Esa mezcla de apariencias, todos los secretos que esconde y las mentiras que ella termina creyéndose de forma delirante, la conducirán de forma inevitable a la locura.

La película tiene una carga sexual muy directa y poderosa, lo que sorprende en una época en la que había que hacer auténticas piruetas para sortear la censura. De hecho, el guión tuvo que ser modificado con respecto a la obra para no hacer tan explícitos algunos mensajes, como la homosexualidad del antiguo novio de Blanche, o la violación que ésta sufre al final de la obra. La interpretación de Brando como Stanley es una auténtica provocación en este sentido y tiene, como ya he comentado, tiene una carga sexual brutal, que se consuma con la violación final a su cuñada Blanche. En cuanto a Blanche, poco a poco descubrimos que su comportamiento en el pasado no ha sido precisamente un dechado de virtudes. Su instinto sexual la conduce a la ruina personal y familiar. Blanche busca en el deseo una forma de aplacar su frustración, una huida hacia adelante que la conducirá a ninguna parte o, lo que es peor, a la demencia. De no aparecer Brando en esta película, Vivien Leigh sería la estrella única e indiscutible. No concibo una Blanche mejor, como no imagino a ningún otro actor superando a Brando en esta magistral película, una lección de buen cine que no hay que dejar de ver.

Acerca de Jaime Molina

Jaime Molina
Licenciado en Informática por la Universidad de Granada. Autor de las novelas cortas El pianista acompañante (2009, premio Rei en Jaume) y El fantasma de John Wayne (2011, premio Castillo- Puche) y las novelas Lejos del cielo (2011, premio Blasco Ibáñez), Una casa respetable (2013, premio Juan Valera), La Fundación 2.1 (2014) y Días para morir en el paraíso (2016).

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