Una mirada sutil .Carmen Werner. Provisional Danza.

La nueva pieza de la prolífica coreógrafa Carmen Werner (Madrid, 1953) nos introduce como espectadores dentro de un curioso espectáculo de mortíferas dimensiones. Como si nos reuniéramos para echar una partida de ese juego que los nostálgicos recordarán de tardes aburridas de domingo: el Cluedo, los integrantes de la compañía se meten en la piel de unos variopintos y peculiares personajes invitados a una cena con asesinato y, como tales, recrean sus roles arquetípicos planteado si la Señorita Amapola aporreó a la víctima con un candelabro en la sala de estar a través de un lenguaje poco usual para este género concreto, el lenguaje de la danza. Cierto es que se echa de menos que la señorita Marple o el mismísimo detective belga Hercule Poirot vengan a arrojar un poco de luz ante el misterio, pero aún sin ellos, en estos 50 minutos de movimiento continuo, la intriga está servida. Servida en frío, como una buena venganza, en una bandeja cargada de humor y dobles sentidos.

Carmen Werner

Fotografía de Juan Carlos Toledo

Carmen Werner, cabeza visible de la legendaria compañía Provisional Danza, fundada en 1987, incurre, como es usual en su imaginario, en las pulsiones fetiche de su creación: la muerte y la ambigüedad. Muerte, evidentemente, porque es el leit motiv fundamental de toda la pieza; y ambigüedad, ese componente que tanto se echa de menos en las lineales y vacías propuestas escénicas que últimamente pueblan nuestros carteles, dado el divertido toma y daca que nos propone, el deambular de los sospechosos por la escena del crimen a airear sus idiosincrasias y caricaturescas propuestas dancísticas.

Es, en efecto, una pieza que gira entorno a una premisa muy sencilla, la de un asesinato que no presenciamos pero al que se refieren constantemente. Al igual que pasara en cualquier thriller cinematográfico que se precie, “Una mirada sutil” atiende a ese acto moralmente reprobable de sustraer una vida, como peculiar alteración de la cotidianeidad, pero es en su juego de contrastes donde reside su verdadero interés. “Una mirada sutil” nos hace testigos de excepción, jueces y en cierta medida cómplices de ese laberinto que se representa en el escenario, despertando una inusual simpatía hacia los personajes y sus curiosas acciones. No existe linealidad en la trama y sin embargo, uno sale con un extraño sentimiento de acabar una refrescante novela de misterio. No se plantea una resolución argumental, y sin embargo, todo el mundo a la salida comenta: “está claro que xxxxxxx era culpable”.

Quizá sea ese el gran acierto de la Werner: el no ceñirse a un argumento cerrado y narrativamente explicado, sino tejer una trama a base de pinceladas aisladas como estructura aislada sobre la que se cimienta y solidifica el edificio de su danza. No le importa que el espectador no entienda su premisa, pero sin duda va a despertar la curiosidad y el interés por descubrir qué demoníaco y encriptado mensaje pretenden dibujar con sus cuerpos los miembros de la compañía, quienes, como ya es habitual en todas sus piezas, demuestran ser poseedores de talentos de excepción y poseedores de habilidades interpretativas mucho más allá de la mera ejecución coreográfica, al estar cargados todos y cada uno de ellos de mucho más que de sus movimientos.

Resulta ineludible hacer mención a la particular dificultad añadida –en lo escenográfico y en lo coreográfico- de decidir centrar toda la atención en un diseño compositivo en el que una mesa y una silla (marca de la casa, todo sea dicho) ocupan el centro del espacio. Casi todo lo que acontece en la pieza se realiza alrededor de ésta y supone, por ende, un obstáculo de virtuosa composición el no desdibujar todo el material a su alrededor, bien al contrario, las escenas de danza se distribuyen radialmente a su alrededor y genera en varios momentos excepcionales puzles de hermosísima naturaleza al más puro estilo Werneriano, bebiendo de las fuentes de la Baush de los primeros años y picoteando en los derroteros de la cámara curiosa y caprichosa de Hitchcock, cineasta al que la autora ya ha homenajeado en varias ocasiones. Así, como en muchas otras piezas anteriores suyas, la coreógrafa y creadora nos presenta cuadros en los que el espectador se encuentra en la difícil tesitura de no saber hacia dónde mirar, ejemplo esclarecedor de una presunción de interés y particular buena fe en la conciencia de un espectador que debe demostrar estar bien despierto en todo momento.

Siempre demostrando su buena forma compositiva y su bien destacada figura dentro del Olimpo de creadores de danza de este país- no olvidemos que fue galardonada con el Premio Nacional de Danza en 2007-, Carmen Werner y su troupe deleitan con su estética y depositan ante nuestras miradas destellos de elegancia y languidez herederos del arte contemporáneo, no es difícil encontrar en su imaginario referencias a pintores y escultores de reconocido renombre; pero también, para el avezado investigador en el que nos convertimos asistiendo a su propuesta, se puede sustraer una lectura más soterrada, un derrotero que apela al grito callado de los creadores contemporáneos de nuestro país. Hagamos una parada para reflexionar sobre la parquedad de escenografía; la concreta (y excelente) propuesta de diseño de luces, aséptica y profundamente expresionista; la desgana redundante de unos personajes que revierten su ir y venir en un mito de Sísifo contra la peña que ha de subir una y otra vez por toda la eternidad; todo ello podría suscitar la más que asumible sospecha de que, en realidad, la verdadera víctima en las tablas escénicas, es la danza en nuestro país, un cádaver que se resiste a hincar el pico pero sobre el que se descargan constantemente ráfagas de artillería.

Fotografía de Juan Carlos Toledo

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