Los viajes de Gulliver. Jonathan Swift

Los viajes de Gulliver. Jonathan Swift

Un clásico es aquella obra literaria que no tiene fondo, que aporta en cada lectura un nuevo placer y mayor conocimiento. Si podemos encontrar algunos ejemplos de libros que nos han ido enriqueciendo con la edad, conforme visitábamos sus páginas, pocos tienen la cualidad de descubrirse paulatinamente a nuestros ojos como es el caso de Los viajes de Gulliver (1726).

Incluso para el propio autor, el destino de sus libros puede ser caprichoso: como observó Kipling, a un escritor le está permitido urdir fábulas, pero le está vedado saber cuál es la moraleja. Ya advirtió Borges que Un clásico es aquella obra literaria que no tiene fondo, que aporta en cada lectura un nuevo placer y mayor conocimiento. Si podemos encontrar algunos ejemplos de libros que nos han ido enriqueciendo con la edad, conforme visitábamos sus páginas, pocos tienen la cualidad de descubrirse paulatinamente a nuestros ojos como es el caso de Los viajes de Gulliver (1726).

Incluso para el propio autor, el destino de sus libros puede ser caprichoso: como observó Kipling, a un escritor le está permitido urdir fábulas, pero le está vedado saber cuál es la moraleja. Ya advirtió Borges que Jonathan Swift (Dublín 1667–1745), con este libro, se había propuesto enjuiciar el género humano y dejó un libro de lectura infantil.

Así al menos lo leí yo la primera vez, y posiblemente lo mismo les haya sucedido a muchos lectores: recordamos a Gulliver viviendo junto a los liliputienses o aterrorizado en el país de unos gigantescos seres, interviniendo en aventuras divertidas e inverosímiles que de niños nos hicieron soñar tantas veces. Sin embargo, aquellos libros infantiles nos escatimaban los últimos viajes, que son terribles, porque es terrible el mensaje que ocultan: la verdad sobre la condición humana.

Los viajes de Gulliver, que ahora podemos disfrutar en una excelente edición publicada por Pre-Textos, y que ni siquiera se llama así, sino Viajes por varias naciones lejanas del mundo, es un libro-trampa, porque no sólo es una emocionante novela de aventuras, sino también un completo tratado sobre la negociación y una sátira feroz, y sobre todo un libro amargo, sombrío, angustioso: en realidad, bajo el disfraz de una novela trepidante, nos presenta un viaje parecido al que Dante imaginó en la Divina Comedia: empezando por una especie de diminuto infierno y atravesando progresivamente el purgatorio, nos adentra al final en un lugar idílico, en una especie de Utopía, donde ya no reinan los hombres, sino los caballos, porque el género humano no parece tener cabida en un paraíso habitado en la tierra.

Gulliver soporta junto a los liliputienses la eterna ingratitud, cuando es sentenciado a muerte simplemente por orinar encima del palacio imperial para sofocar un fuego, después de haber conseguido con su envergadura y su bondad la supremacía de Liliput sobre el territorio enemigo, Blefuscu. Sólo la ridícula y minuciosa sentencia por la que se condena a muerte a Gulliver, compendio de todas las bajezas del ser humano, merece la lectura de esta maravillosa novela.

También conocerá esos otros infiernos en la tierra, la codicia y la sumisión, cuando llega al país de los gigantes, Brobdingnag, donde primero es exhibido como una rareza de feria por un labrador y después es vendido al rey, que lo acoge con gentileza pero sin darle libertad. Gulliver, esclavo en una corte que lo mima, nos plantea entonces esa pregunta que siglos después se haría Lenin y que aún resuena en muchos países del mundo: Libertad, ¿para qué?

Como también plantea otra pregunta mucho más sutil cuando llega a Lagado, la capital de Barnibarni: ¿de qué sirven los proyectos si no sirven para los demás? En Lagado visitará la Academia de Proyectistas, un grupo de expertos que saben de todo, dedicados exclusivamente a inventar nuevos sistemas de agricultura e ingeniería, nuevos instrumentos y herramientas para todas las industrias y artesanías, con los cuales, según ellos, un hombre hará el trabajo de diez, los frutos de la tierra serán cien veces más abundantes que en la actualidad y la prosperidad llegará a todo el mundo. El único inconveniente es que, después de muchos años de grandes discursos y ambiciosos proyectos, la tierra todavía yace baldía y las casas en ruinas, y la población pasa hambre y necesidad, sin ropa, sin comida, esperando que estos hombres poderosos hagan algo eficaz por ellos.

Y tras este purgatorio, en el que los hombres esperan la resolución de sus problemas más básicos, Gulliver llegará en 1710 al país de los houyhnhnm, la tierra donde reina una especie de caballos y en la que dominan a los yahoos, unos seres muy parecidos a los humanos, como perdidos en una evolución anterior que los acerca a los primitivos monos de los que todos descendemos. Es en este momento de la novela, antológico e inolvidable, cuando Jonathan Swift carga toda la hiel sobre su discurso, cuando el relato se vuelve oscuro, doloroso, terrible: en el país de los houyhnhnm no existe la mentira, ni siquiera su concepto. Para qué, se preguntan los caballos; si algo es blanco, por qué decir que es negro; para qué confundir lo corto con lo largo: mentir es “decir lo que no es”, y eso es absurdo.

Si partimos de esa idea, el mundo, tal como lo conocemos, con sus falsedades, sus vilezas, sus ruindades, se vuelve opaco, sin sentido. Gulliver le cuenta a los houyhnhnm el deseo humano de poder y de riquezas, la mala voluntad, la intemperancia, los terribles efectos de la envidia, la traición, la violencia, el asesinato, y no encuentra palabras para traducir todos esos actos humanos a los caballos, porque nadie le entiende, porque para ellos eso es más propio de las aves de rapiña que hay en los campos. Les cuenta que los países pobres pasan hambre y los ricos son orgullosos, y cuando les trata de explicar lo que es un soldado, alguien que da su vida por una bandera, es objeto de burla, porque lo que explica les parece absurdo.

Jonathan Swift fue contemporáneo de Diderot y D’Alembert, vivió en una época en la que se pretendía un saber enciclopédico basado sólo en el gobierno de la razón y el conocimiento, en la que algunos comenzaron a creer que las flaquezas humanas podían vencerse con un odio incondicional hacia toda falsedad o fingimiento. Los viajes de Gulliver es una magnífica invitación para los que todavía creen en la urbanidad y en la templanza, en la admiración por la belleza, en la laboriosidad y la franqueza, en la posibilidad de que los hombres puedan alejarse de la ley de la selva, donde viven los yahoos, los hombres primitivos, aquellos que sólo saben utilizar la fuerza para imponerse a los demás.

Los viajes de Gulliver. Jonathan Swift. Orbis, 1988

Acerca de José Luis Alvarado

José Luis Alvarado
Dijo el sabio griego que nada es comunicable por el arte de la escritura; tras apurar la copa de seca cicuta, su discípulo dilecto lo traicionó y acaso lo perfeccionó transmitiendo por escrito sus irónicos conocimientos. Como antes hiciera Montaigne, pienso que la obra de un autor se prolonga y modifica cada vez que se escribe sobre ella. La memoria, que fue oral y minoritaria, ahora se multiplica con cada palabra que integra y justifica el continuo universo, también llamado la Red.

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