Vigilia. James Agee

Vigilia. James Agee

El pecado es una oscura herida abierta, una herida ponzoñosa que es muy difícil de limpiar, porque atenta directamente contra Dios, porque, como dice el Catecismo, es una falta al amor verdadero que debemos a Dios, a nosotros mismos y al prójimo, por un apego perverso a bienes que aparecen como atractivos por efectos de la tentación, ¿y cómo evitar esa tentación, cómo limpiar después ese rastro de babosa que queda en el alma, cuando es Dios quien nos ha visto caer, engañarlo, apartarnos de él? Esas preguntas y muchas más se hace Richard, el niño de once años que protagoniza Vigilia (1950), la novela que ahora publica Alianza editorial del gran escritor estadounidense James Agee (1909-1955), en realidad un relato autobiográfico que transcurre en una sola noche, la madrugada del Viernes Santo, durante la vigilia en un internado católico, de curas.

Richard sólo quiere limpiarse de sus pecados, y de la conciencia del pecado, y no encuentra consuelo en la confesión, porque el rastro queda: aunque los confesores no puedan contar lo que escuchan, el que te confiesa, ése, lo sabe de todos modos, y después te mira a partir de ese momento sabiendo lo que tú sabes, lo que nadie más debe saber, más que Dios. Y entonces piensas: sólo Dios es el que debe conocer todo mi arrepentimiento, todos los esfuerzos que hago por evitar los pecados, por ser tan puro como lo fue Jesús aquella madrugada de Viernes Santo de hace dos siglos, cuando fue escarnecido, humillado, ultrajado, sangrado por mis pecados, para que todos nos salváramos y pudiéramos ser felices aquí en la tierra como en el cielo sin ese peso de los pecados pendiendo de nosotros.

Como Richard, muchos fuimos los que sentimos ese dolor dentro cuando éramos niños, adolescentes. Recuerdo a un sacerdote que me dijo en una ocasión: si no eres mortificado nunca serás alma de oración; y también: cuando veas una pobre Cruz de palo, sola, despreciable y sin valor y sin crucifijo, no olvides que esa Cruz es tu Cruz, la de cada día, la escondida, sin brillo y sin consuelo, que está esperando el Crucifijo que le falta, y ese Crucifijo has de ser tú. Igual que yo, igual que tantos adolescentes que quisimos seguir las enseñanzas de sacerdotes cercanos, amigos, Richard quiere encontrar su Cruz, igual que hizo Cristo por nosotros. Esa noche de vigilia, durante la cual transcurre la novela, será su prueba definitiva.

Y se dirige a Dios como sólo puede hacerlo quien quiere limpiarse de pecado ante sus ojos: “Oh, Señor, perdona que no pueda hacerlo bien. Oh, Señor, ayúdame a hacerlo mejor ahora. Haz que Te ame y que conozca Tu sufrimiento en este día”. Ese día en el que Jesús fue traicionado, en el que entregó a los demás su Cuerpo y su Sangre por el perdón de todos los pecados. ¿Y qué mejor manera hay de agradarle que hacer lo mismo que él, que ofrecerle el propio sufrimiento? “Donde no hay mortificación no hay virtud” le enseñan a Richard, entre el aroma del fuego y de la cera y de las flores frescas y marchitas, entre los rezos del rosario dentro de la capilla, y él se encomienda mientras a Dios para demostrarle que también puede hacer lo que él hizo por nosotros: se mantiene de rodillas sobre el suelo todo el tiempo que puede, hasta que le duelen los huesos, hasta que se le dobla la columna, los riñones, de dolor, imaginando con todas sus fuerzas la mano de Cristo en la madera astillada, y la cabeza del clavo en el centro de la mano abierta, y el gran martillo, y el clavo horadando la mano, rompiendo un hueso, ya fijo en la madera con la cabeza enterrada en la carne y el hueso esquirlado. Y entonces escucha a Jesús que dice “Padre perdónales porque no saben lo que hacen”, y siente una sincera admiración, y también un espasmo de angustia en el centro de cada mano, y en los pies, esos dos pies cruzados el uno sobre el otro con el clavo atravesando los empeines, y Richard entonces no puede aguantarlo, necesita emular ese sufrimiento que le han dicho que se hizo por él, por todos nosotros.

¿Cómo puede demostrar a Dios que él también puede mortificarse para ser más digno ante Su presencia? Él ha ayunado durante las semanas de Cuaresma, ha ido a los bosques y ha comido gusanos, aunque le hayan asqueado, ha intentado azotarse, ha vigilado sus pensamientos, su vocabulario y los juegos sensuales consigo mismo, pero de nada le ha servido esto, porque ha sentido vergüenza, se ha sentido ridículo. Durante toda la novela asistiremos a esa necesidad de redención que requiere quien se siente sucio, minúsculo ante la grandeza del sacrificio de Cristo, ante la facilidad de caer una vez y otra en el agujero inmundo del pecado. Ni siquiera es capaz de velar una hora concentrado ante la Virgen, rezar una Avemaría tras otra extrayéndole el sentido a cada frase, poniéndose en manos de la divinidad de palabra, ya que no ha podido hacerlo de obra.

Vigilia es un itinerario estremecedor por el camino de la culpa y el arrepentimiento. Lo paradójico es que este relato de profundo dolor se da en un niño de 11 años, lo que nos lleva a la cuestión esencial sobre lo que supone para un niño la conciencia de pecado, sin una formación suficiente para distinguir el sufrimiento interior de una visión completa de la propia existencia. Y todo ello en el contexto de una religión, la católica, cuyo mensaje, el mensaje del amor por encima de todas las cosas, debería estar tan alejado de cualquier sentimiento de culpa. Por desgracia, sabemos que no es así. En algún momento, muchos hemos sido ese niño que fue James Agee: sólo la experiencia y la realidad nos han abierto los ojos para comprender que un corazón pleno sólo entiende de sentimientos mucho más positivos que el del pecado.

Vigilia. James Agee. Alianza, 2009

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Acerca de José Luis Alvarado

José Luis Alvarado
Dijo el sabio griego que nada es comunicable por el arte de la escritura; tras apurar la copa de seca cicuta, su discípulo dilecto lo traicionó y acaso lo perfeccionó transmitiendo por escrito sus irónicos conocimientos. Como antes hiciera Montaigne, pienso que la obra de un autor se prolonga y modifica cada vez que se escribe sobre ella. La memoria, que fue oral y minoritaria, ahora se multiplica con cada palabra que integra y justifica el continuo universo, también llamado la Red.

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