Vinieron como golondrinas. William Maxwell: El punto cardinal

William MaxwellEn los grandes escritores no sólo cabe destacar esa faceta que parece ineludible, el talento. Hay otros, pocos, que unieron al talento un asombroso buen gusto por lo literario. William Maxwell (1908-2000) fue un gran escritor que unió a su innegable talento su oficio de gran editor: de su extraordinario olfato literario surgieron escritores como Vladimir Nabokov, John Updike, J. D. Salinger, John Cheever, Eudora Welty o Isaac Bashevis Singer. Descubrir autores de esta talla, aglutinarlos bajo un sello editorial, lidiar con sus egos, supone una fuerte personalidad y, sobre todo, una concepción de la literatura emparentada con algo tan extraño a ella como la sensibilidad. Precisamente la sensibilidad es lo que cabe destacar de su obra maestra, Vinieron como golondrinas (1937), un sobrecogedor relato que procede directamente de su experiencia de la infancia, un momento traumático que posiblemente marcó su vida: la muerte de su madre cuando tenía 10 años.

El hecho de que sepamos que Maxwell quedó huérfano de madre a tan temprana edad le confiere al relato una dimensión mucho más rica, porque desde la primera página ya adivinamos un aliento melancólico, que es la característica principal de la novela. Pero Maxwell, que era un escritor muy inteligente, sabe cómo ofrecernos esa tragedia doméstica con la dosis adecuada, sin sentimentalismos, sin añadidos que puedan perturbar la lectura. La novela se ofrece en tres partes, protagonizada por los tres miembros de la familia que sobrevivirán a la tragedia: los dos hermanos y el padre.

La primera parte estará protagonizada por Bunny, un niño de ocho años, mimado por la madre, especialmente sensible, tal vez un trasunto del autor. No obstante hay que destacar ya desde el principio que la novela no va a ser estrictamente autobiográfica, y que la muerte de la madre no se va a centrar en las consecuencias sobre la mentalidad de un niño, sino que va a ir mucho más allá, enriqueciendo con matices insospechados la historia.

Al principio asistimos a la vida tranquila, modesta y típica de una familia norteamericana de Illinois, en 1918. Bunny, el hijo pequeño, es un niño que aún duerme con su muñeca agarrada a sus brazos. El interés que Bunny pone en los asuntos de su madre es continuo. En esos momentos, se siente de alguna manera el príncipe destronado, puesto que su madre espera un hijo para dentro de unos días. No es que sienta celos exactamente, sino que ese hecho lo apega más a su madre.

Bunny es un niño tímido, que no sabe valerse por sí mismo. En la calle, entre los demás chicos, necesita continuamente del apoyo de su hermano mayor, porque los niños se ríen de él, captan su extremada sensibilidad que lo convierte en un ser diferente, en un bicho raro. La relación entre Bunny y su madre es uno de los momentos más hermosos de la novela. Ya no es un niño pequeño, ya tiene que enfrentarse al mundo, pero dentro de él aún sobrevive la semilla de la dependencia maternal; se niega a convertirse en otra cosa que en el ojo derecho de su madre. Y su madre mantiene viva esa llama de la dependencia sin un especial cariño, sino con una atención tierna, al contrario de su padre, un buen hombre que no puede acomodarse a ningún plan, y por el que Bunny siente naturalmente amor, pero no un amor entregado.

De hecho, la figura materna será el centro de toda la historia. La familia gira en torno a ella, tanto para los dos hijos como para el padre. El ritmo de la casa es el ritmo de la madre, que viene acompañado con las continuas visitas de su hermana, la tía Irene, que tendrá su importancia en el relato, formando un personaje inolvidable por sus contradicciones y por la compleja personalidad que aportará una nueva frescura dentro de la situación acomodaticia en la que viven.

Otro de los protagonistas, el hijo mayor, que abarcará la segunda parte de la novela, es un chaval de 13 años que perdió una pierna cuando tenía 5 años. Representa la rebeldía, una rebeldía, eso sí, menor, sin estridencias, que procede de su necesidad de independencia. Esos deseos también serán aceptados por la madre, que los contempla con una mirada cuidadosa, comprensiva.

Cuando todo parece desarrollarse en un ambiente familiar pacífico y normal, con el que cualquier lector puede identificarse (y ese es uno de los grandes logros de la novela), llega a los Estados Unidos la epidemia de la gripe española, que afectará a todos los miembros de la familia. La muerte de la madre por culpa de la gripe será el punto de inflexión de la historia, pero curiosamente, siendo una novela autobiográfica, no la contemplaremos desde el punto de vista de los hijos, sino desde la perspectiva del padre, que se queda solo con tres hijos, puesto que en ese momento ya ha nacido el hijo que esperaban. Esas páginas contienen una profundidad dramática que convierte a esta novela en una obra maestra.

En ese momento comprendemos que el mundo familiar giraba en torno a la figura de la madre, cuya ausencia se hará insoportable. Los momentos de soledad del hombre, enfrentado a esa casa en la que falta la figura principal, son de una dolorosa verosimilitud. Esas pocas páginas dan la medida de un gran escritor.

Con muy pocos elementos, con una narración escueta, apoyada en unos cuantos puntos básicos, Maxwell va descubriendo un mundo de indefensión, de orfandad, sin dramatismos, sin acentos, basado en unos pocos gestos, los suficientes para que el lector se haga eco del hueco dejado por una persona. La fuerza creativa de Maxwell al recrear la figura de la madre, como se ha dicho, con muy pocos elementos, revela una maestría considerable a la hora de aprovechar los recursos narrativos, que convierte a esta obra en una novela inolvidable y, sobre todo, muy próxima, dolorosamente próxima al lector.

Vinieron como golondrinas. William Maxwell. Libros del asteroide

Acerca de José Luis Alvarado

José Luis Alvarado
Dijo el sabio griego que nada es comunicable por el arte de la escritura; tras apurar la copa de seca cicuta, su discípulo dilecto lo traicionó y acaso lo perfeccionó transmitiendo por escrito sus irónicos conocimientos. Como antes hiciera Montaigne, pienso que la obra de un autor se prolonga y modifica cada vez que se escribe sobre ella. La memoria, que fue oral y minoritaria, ahora se multiplica con cada palabra que integra y justifica el continuo universo, también llamado la Red.

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