Los mejores años de nuestra vida. William Wyler

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Terminada la segunda guerra mundial, William Wyler se embarcó en una de sus películas más personales. No en vano, él había vivido la guerra como soldado y conocía de primera mano el sentimiento de todos aquellos hombres que habían luchado y que habían conseguido volver a casa.

El trauma que supone luchar en una guerra y el punto y aparte que se produce en la vida de un soldado, es analizada en esta película que, aun teniendo el absoluto respaldo del público, fue tildada de antiamericana por mostrar la desubicación a la que se vieron sometidos los excombatientes, la falta de apoyo de la ciudadanía que habían continuado en el país con una vida más o menos normal, alejados del horror que se vivía en el Pacífico y Europa, y la ausencia de ayuda por parte de la administración para todos aquellos valientes que fueron movilizados y regresaron a un mundo diferente al que habían dejado.

Para contarnos esos momentos seguimos la vida de tres soldados que por capricho del destino regresarán juntos a la misma ciudad.

Tres personajes de los que iremos conociendo a lo largo de la historia que antes de la guerra eran un banquero acomodado que se licencia como cabo; un vendedor de helados que llegó a comandar una escuadrilla y que había recibido todo tipo de honores por su valor en acciones de guerra y un marinero, que regresará con los brazos amputados y que, en la universidad, había destacado como un gran deportista.

El temor que sentirán estos hombres de volver a reencontrarse con sus familias, denota lo extraños e inseguros que se sienten ante su nueva vida  después de tantos años ausentes.

Al (Fredric March) regresa a un hogar burgués con hijos mayores a los que ya no conoce y una esposa a la que quiere pero con la que el reencuentro afectivo resulta pudoroso, casi incómodo, después de años sin relación y será siempre con ayuda de unas copas como Al se enfrentará en diversas ocasiones a situaciones que le contrarían.

Fred (Dana Andrews)  volverá a un apartamento desconocido, con una esposa casi desconocida que solo se enamoró de la prestancia que desprendía el uniforme militar y sin tener ningún futuro laboral por su falta de cualificación.

Y Homer (Harold Russell) regresará  sintiendo la perturbación que causa en su familia cada vez que tiene un tropiezo debido a su invalidez y rechazando a su novia que lo sigue queriendo pero para la que no quiere ser una carga.

Partiendo de esos hechos viviremos con ellos su día a día, la frustración de los que tienen un trabajo aguardándoles pero que les exige aplicar políticas que resultan detestables y al margen de la realidad, o la de los que buscan un trabajo digno, con el fin de prosperar, y no encuentran quién les dé esa oportunidad. Vemos como parejas consolidadas tienen que volver a adaptarse, aceptarse, a enamorarse de nuevo y cómo otra está abocada a la ruptura porque nunca tuvo futuro y, sin embargo, ese futuro existe, se puede reconocer con un solo intercambio de palabras, de miradas, el problema comienza cuando no son las de tu esposa sino las de una joven que, acaso, has conocido demasiado tarde.

Esta es una película rodada con un estilo realista, sin ninguna concesión al glamour que aún destilaban las producciones de gran presupuesto y con estrellas.

Ni el vestuario, ni el maquillaje nos hacen creer, por un momento, que no es la vida real la que contemplamos y  con la ayuda del fotógrafo Gregg Toland, Wyler consiguió momentos intimistas en la narración al presentarnos secuencias de larga duración o con varios planos. Escenas en las que el espectador se mantenía alejado de la acción, sin entrometerse, como en el abrazo en el fondo del plano del reencuentro entre Al y su esposa Milly; la llamada de teléfono que hace Fred a la hija de Al para romper lo que puede comenzar a ser una relación adúltera, ya que mientras en un primer plano se desarrolla una acción alegre, los ojos del espectador estarán fijos en el fondo, donde se está deshaciendo algo que podía hacer feliz a dos personas; o una de las últimas escenas, en la boda de Homer, teniendo en primer plano a Fred como padrino de boda y, al fondo, una figura nítida y emocionada, la de la hija de Al, transmitiéndonos el deseo de ambos por poder intercambiar esos votos que escuchan.

Los mejores años de nuestra vida es una auténtica obra maestra de impecable técnica y con toda la sabiduría de Wyler para mantenernos a lo largo de todo el metraje, contemplando la dureza de la vida cotidiana en la gente normal.

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